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Uno con los ojos recibe, por ejemplo cuando lee, cuando conoce, cuando contempla, pero uno con los ojos también da, uno manda muchos mensajes con los ojos, y por eso cuando el silencio es  muy estricto, hablan los ojos, ahí entran a hablar los ojos. Por eso el silencio toca guardarlo también en los ojos.
 
Uno con los ojos recibe, por ejemplo cuando lee, cuando conoce, cuando contempla, pero uno con los ojos también da, uno manda muchos mensajes con los ojos, y por eso cuando el silencio es  muy estricto, hablan los ojos, ahí entran a hablar los ojos. Por eso el silencio toca guardarlo también en los ojos.
  
Si una persona quiere vivir, por ejemplo, imaginémonos un monje, que quiera vivir el silencio, tiene vivir el silencio también de los ojos, ¿cierto? Hay que vivir el silencio tambiénen las muecas,porque a uno también le pueden salir muchas muecas, hay gente que no habla, pero tuerce la boca de tal manera, que con eso echa todo el discurso.  
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Si una persona quiere vivir, por ejemplo, imaginémonos un monje, que quiera vivir el silencio, tiene vivir el silencio también de los ojos, ¿cierto? Hay que vivir el silencio también en las muecas, porque a uno también le pueden salir muchas muecas, hay gente que no habla, pero tuerce la boca de tal manera, que con eso echa todo el discurso.  
  
No, hay que hacer voto de silencio de muecas, voto de silencio de ojos, hay que hacer muchos votos de silencio para realmente vivir lamansedumbre propia del silencio. Pero ese no es el tema de hoy.
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No, hay que hacer voto de silencio de muecas, voto de silencio de ojos, hay que hacer muchos votos de silencio para realmente vivir la mansedumbre propia del silencio. Pero ese no es el tema de hoy.
  
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El tema de hoy es que la rutina se rompió en ese encuentro de miradas, se rompió porque lo ojos de Pedro hablaban, y no muecas, hablaban de una gracia inmensa, hablaban de una gloria inmensa, hablaban de un amor inmenso.
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Los ojos de Pedro hablaban, y en esa mirada, el lisiado guardó silencio y contempló; y en esa mirada los ojos de Pedro hicieron un discurso y hablaron.
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Y entonces Pedro cierra su discurso, ese discurso de unos segundos intensísimos diciéndole: " Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a anadar" [[:Category:Hechos 003_006|Hechos de los Apóstoles 3,6]].

Revisión del 15:44 31 mar 2010

Fecha: 20010418

Título:

Original en audio: 31 min. 29 seg.


Una de las razones para creer que no va a apasar nada raro es porque nunca ha pasado.

Yo creo que la rutina, la repetición, trae un efecto tranquilizador, porque le hace sentir a uno que está en terreno conocido, por ejemplo, esa es una de las ventajas de nuestra vida religiosa, es una vida que se llama "regular", claro que a veces es muy regular.

Pero se llama regular porque es según una regla, y esa regla, ese conjunto de costumbres, hacen que uno tenga como una cierta seguridad, uno sabe lo que va a suceder, eso tranquiliza.

Hay que tener casa no sólo en el espacio, sino casa en el tiempo. Tener casa en el espacio, es tener un rinconcito donde uno se sienta cómodo; tener casa en el tiempo, es tener unas costumbres lo suficientemente estables, como para que uno se sienta cómodo en ellas y sienta: "Este soy yo".

O sea que la rutina tiene un aspecto positivo, pero ese aspecto positivo, a veces, puede constituirse en un freno para la novedad de Dios. Y como no hay novedad más grande que la Resurrección, entonces el peso de lo esperado, el peso de lo que uno ya espera, le cierra los ojos para las sorpresas que Dios pudiera traer.

Es como lo que sucede con el lenguaje: si uno dice ciertas palabras, ya el oyente espera una cierta continuación, eso también pertenece a la rutina. Yo creo que hemos caído en el círculo, ya todo el mundo piensa que va a decir "el círculo vicioso", porque todos los círculos son viciosos.

¿Usted cuándo ha oído que se diga: "Hemos caído en el círculo perfecto", "hemos llegado al círculo eterno", el círculo hermoso", "el círculo sabio"? No. Ya es un lugar común, ya es una costumbre; "-un cículo", "-sí, círculo vicioso".

Uno completa el discurso, uno completa la experiencia, de ahí, que las apariciones del Resucitado causan una sorpresa, causan estupefacción: "¿Cómo así? Espere, explíqueme, ¿qué pasa?"

Cristo viene a romper la rutina, no sólo la rutina como conjunto de cosas que uno haceen el día, sino viene a cambiar la manera de ver, la manera de entender, la manera, la manera de escuchar.

El Resucitado es la absoluta novedad, el Resucitado trasciende toda la historia, y por eso, nos pone frente a un tipo de experiencias que rebasan todo lo que uno ha vivido.

Hay que romper con la rutina para que entre el Resucitado, pero no hay que romper con la rutina para que entre el pecado.

Ese es el reto que debe tener un buen cristiano. Tiene que tener unas costumbres sólidas, tiene que tener unas rutinas, todo cristiano tiene que tener rutinas, si usted mira la vida de los laicos santos, también ellos se definieron unas determinadas rutinas, unas prácticas, unas devociones, unas visitas, unas oraciones, porque no es posible de otra manera crecer en la oración.

Entonces hay que tener rutinas, costumbres estables y firmes, hay que tenerlas; lo suficientemente firmes, como para no quebrantarlas de modo que entre el pecado; pero lo suficientemente frágiles, como para que Cristo sí las pueda quebrantar.

El pecado no debe poder romper las costumbres nuestras, pero Cristo sí debe poder romper las costumbres nuestras.

Fíjese que eso ya se vio en la vida del Señor Jesús en esta tierra. Había unos que habían canonizado de tal manera las costumbres y las rutinas, que cuando vieron al paralítico, llevando la camilla, no se fijaron: "Oiga,lo curó", sino se fijaron fue: "Rompió el sábado".

No vieron la curación, no la vieron, sino vieron fue la camilla: "Está cargando camilla, hoy es sábado, sí sábado, hoy es sábado, cargando camilla,pecado". ¡Terrible!

Pero, el otro extremo es cuando uno rompe sus buenas costumbres no por darle paso a Cristo, sino por darle paso a la mediocridad, a la pereza, a la dejadez, eso no lo quiere Dios.

La primera lectura de hoy nos presenta cómo se quebró la rutina de un determinado hombre, es la victoria de Cristo sobrela rutina lo que aparece en esa primera lectura. "Subían al templo Pedro y Juan a la oración de media tarde" Hechos de los Apóstoles 3,1.

Esa oración estaba establecida, era una costrumbre, era una rutina: a media tarde había una oración en el templo, correspondía, más o menos, a lo que hoy podriamos llama "Nona", en la terminología de las horas del Oficio.

"Vieron traer a cuestas a un lisiado, solían colocarlo todos los días" Hechos de los Apóstoles 3,2, -también el lisiado tenía su propia rutina, estaba la rutina del templo: todos los días la oración de media tarde, y la rutina del lisiado: todos los días ¿a dónde? "A la puerta llamada Hermosa" Hechos de los Apóstoles 3,2.

O sea que ya él sabía: "llegó la hora de la oración de la tarde, ya ahora llegan mis amigos, y entonces me van a llevar cargado, y yo me voy a sentar ahí, y ahí voy a pedir limosna, y ahí estaré hasta no sé que hora, y después me llevarán". Existía la rutina del lisiado y existía la rutina del templo.

Pedro y Juan, como judíos piadosos, iban a la oración del templo, esto no nos debe extrañar. Los primeros cristianos, -estamos hablando de los primerísimos cristianos, poco después de Pentecostés, que este es el tiempo de este pasaje-, estaban muy unidos a la vida del templo, porque en realidad ellos miraban a Cristo fundamentalmente ¿como qué? Como el cumplimiento de las promesas al pueblo elegido.

Por lo tanto, ellos, en un primer momento, no sintieron que había que romper con todas las prácticas, por ejemplo las del templo, no había que romper con eso, porque todo eso, Cristo no había venido a abolirlo sino a darle plenitud. De ahí surgen unas preguntas muy interesantes que no vamos a hacer hoy.

El hecho es que estaban ahí en la oración del templo, que era rutinaria, y Pedro y Juan iban a esa oración, que en cierto modo podemos pensar que era como una costumbre para ellos, y llegó otro que tenía otra rutina, la rutina de pedir limosna.

La primera lectura nos cuenta cómo rompió la rutina, sucedió algo raro, esa vez fue raro, y la cosa empezó con un juego de miradas, mire: "Subían al templo Pedro y Juan, cuando vieron traer a cuestas" Hechos de los Apóstoles 3,1.

Pedro y Juan vieron al inválido que le iban trayendo. "Solían colocarlo en la puerta llamada Hermosa" Hechos de los Apóstoles 3,2.

Luego sigue: "Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosnaHechos de los Apóstoles 3,3, ahora fue él el que los vio a ellos.

Estos empezaron así mirándose: Pedro y Juan lo miraron a él, pero siguieron: él los miró a ellos, pero no los dejó pasar, "les pidió limosna" Hechos de los Apóstoles 3,3.

Era un acto rutinario, como ver a un lisiado que desde su nacimiento no ha sido sino eso, un pobre lisiado, ¿qué se puede esperar del lisiado? "Pobrecito, pues que pida limosna, ¿qué más se va a poder esperar?" ¿Y qué va a poder esperar este hombre de esos señores que entran al templo a la oración? "Pueden ser gentes de buen corazón, que me den una limosnita".

También ese acto era un acto ruinario. Pero entonces ahí es donde sucede algo raro. Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando; primero ellos lo vieron a él, después él los vio a ellos, y después se vieron, después sí se encontraron las miradas.

"se les quedó mirando" Hechos de los Apóstoles 3,3. En ese encuentro de miradas, ahí aconteció algo, que queda subrayado por la palabra de Pedro: "Míranos". Hechos de los Apóstoles 3,3.

Es maravilloso ver cómo la Pascua de Cristo no sólo trae nuevos ojos, porque fíjense que en todas las apariciones que estamos oyendo estos días, la gente no reconocía a Cristo, no lo reconocían, pero Cristo les da una gracia especial y ahí sí lo reconocían.

Pero no es sólo que la Pascua no dé nuevos ojos para recibir, la Pascua nos da nuevos ojos para dar, porque con los ojos no sólo se recibe, sino con los ojos se da.

Uno con los ojos recibe, por ejemplo cuando lee, cuando conoce, cuando contempla, pero uno con los ojos también da, uno manda muchos mensajes con los ojos, y por eso cuando el silencio es muy estricto, hablan los ojos, ahí entran a hablar los ojos. Por eso el silencio toca guardarlo también en los ojos.

Si una persona quiere vivir, por ejemplo, imaginémonos un monje, que quiera vivir el silencio, tiene vivir el silencio también de los ojos, ¿cierto? Hay que vivir el silencio también en las muecas, porque a uno también le pueden salir muchas muecas, hay gente que no habla, pero tuerce la boca de tal manera, que con eso echa todo el discurso.

No, hay que hacer voto de silencio de muecas, voto de silencio de ojos, hay que hacer muchos votos de silencio para realmente vivir la mansedumbre propia del silencio. Pero ese no es el tema de hoy.

El tema de hoy es que la rutina se rompió en ese encuentro de miradas, se rompió porque lo ojos de Pedro hablaban, y no muecas, hablaban de una gracia inmensa, hablaban de una gloria inmensa, hablaban de un amor inmenso.

Los ojos de Pedro hablaban, y en esa mirada, el lisiado guardó silencio y contempló; y en esa mirada los ojos de Pedro hicieron un discurso y hablaron.

Entonces surge una comunicación silenciosa, pero al mismo tiempo luminosa como la miriada, una comunicación luminosa, una palabra, un discurso que salió de esos ojos de Pedro y que se coló por los ojos del lisiado. Y de allí surgió el milagro de la fe en este hombre.

Y entonces Pedro cierra su discurso, ese discurso de unos segundos intensísimos diciéndole: " Te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a anadar" Hechos de los Apóstoles 3,6.