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Tantos no'es hacen que la Ley tenga una cara bastante antipática. Por eso se necesita la predicación, se necesita la oración y se necesita la reflexión, para encontrar el fruto dulce debajo de esa cáscara un poco amarga, encontrar lo que hay ahí.
 
Tantos no'es hacen que la Ley tenga una cara bastante antipática. Por eso se necesita la predicación, se necesita la oración y se necesita la reflexión, para encontrar el fruto dulce debajo de esa cáscara un poco amarga, encontrar lo que hay ahí.
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Pasa como con las nueces: hay que abrirlas. Porque, si uno descarta la nuez debido a que tiene la corteza arrugada y dura, se pierde el fruto que va dentro.
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''La Ley tiene una cara arrugada y dura por todos esos no'es. Pero, por dentro es saludable y dulce. Eso lo descubre uno a través de la enseñanza que recibe, y a través de la oración, de la meditación, de la reflexión en estas cosas.''
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Miremos, por ejemplo, lo que tiene que ver con ese "no" del "no mentir". A veces es muy cómodo decir una mentira y salir de un mal paso. A veces es muy cómodo inventar una historia y no quedar mal ante un amigo. O, a veces es muy cómodo mentir, -qué sé yo-, ante el jefe, o ante el estado, o ante un sacerdote. A veces, la mentira puede ser cómoda.
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Pero, si uno se pone a reflexionar lo que significa el no mentir y lo que significa la transparencia, la sinceridad, la capacidad de confiar en otra persona, en no tener que estar verificando lo que el otro me dice, imagínate lo que sería una relación así entre amigos, o entre padres e hijos.
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¡Imagínate lo que es una sociedad en la que se puede creer en la palabra de la gente! ¡Imagínate lo que eso traduce en términos de paz, de serenidad del corazón, de alegría, de caminos abiertos para la amistad!
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''Si uno valora lo que significa ese bien, si uno valora el bien que nos trae el no mentir, le resulta mucho más fácil dejar de mentir si se ha acostumbrado a hacerlo. El mensaje es: valora el bien que te trae la Ley.''
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Valora el bien que te trae, por ejemplo, la fidelidad. La fidelidad, a veces, puede ser difícil con tantas alternativas y con tantos placeres intensos que se ofrecen en este tiempo. Con lo fácil que a veces resulta ser infiel, pues, entonces, es difícil ser fiel.
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''Pero, hay que valorar el bien de la fidelidad. Hay que valorar lo que significa tener éso, tener ese santuario, tener ese recinto de amor, de confianza que es un hogar. Jamás se construye un hogar sobre la arena movediza de la infidelidad, de las aventuras, de los placeres de última hora.''
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Así no se construye nada que dure. Sólo se puede construir un verdadero hogar, sobre la fidelidad, la absoluta, recíproca y gozosa confianza entre el hombre y la mujer. Entonces, si uno se enamora de esa confianza, de esa fidelidad, le resulta más fácil ser fiel. Ese es el mensaje que quisiera que tomáramos de la primera lectura del día de hoy.
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Y digamos ahora algo sobre el evangelio. Resulta que los fariseos, no solamente tenían estos principios saludables, sanos de la Ley de Dios, sino que se habían llenado de costumbres.
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Por ejemplo, eso de estarse lavando no era por asunto de higiene; no era por limpieza. Era porque ellos sentían: "Nosotros somos el pueblo puro, y todos los demás sólo son sucios, son impuros".
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Entonces, si yo he ido al mercado, he tenido que tocar una cantidad de gente impura. El rito de lavarse era una manera de decir: "Que quede fuera de mí esa impureza, porque yo soy el limpio".
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Es un modo de pensar muy peligroso. Si uno está haciendo eso todos los días, uno se convierte en juez de todo el mundo y se llena de vanidad, se llena de autosuficiencia, se llena de crítica, por lo menos interiormente. En todo caso, esa era la manera como obraban ellos.
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Hay algo de bueno en esa forma de pensar, porque, ¡sí!, es verdad que uno tiene que valorar el ser miembro del pueblo de Dios, y es muy hermoso pertenecer a ese pueblo. Pero, entrar con todas esas costumbres, ya es mucho más cuestionable.

Revisión del 02:39 28 ago 2009

Fecha: 20060903

Título: Valorar el bien que trae la Ley

Original en audio: 16 min. 18 seg.


Ustedes habrán notado que con mucha frecuencia, la primera lectura y el evangelio van como en un mismo tema. La segunda lectura a veces complementa y a veces abre un tema distinto. Pero, en general, en los domingos es más fácil ver la relación entre el evangelio y la primera lectura.

Así sucede también hoy. La primera lectura ha sido tomada del libro del Deuteronomio, y en ella Moisés hace un elogio de la Ley. Invita al pueblo de Dios a ser fiel a esa Ley.

Sin embargo, antes de la fidelidad, lo invita a la admiración. Sentir admiración y cariño, sentir agradecimiento, amor, alegría por la Ley. La lógica consecuencia de todos esos sentimientos, es la fidelidad.

Y en el evangelio, pues, también está el tema de la Ley, aunque de una manera distinta. Resulta que los fariseos eran grandes amantes de la Ley, pero podemos decir que se iban al otro extremo, porque no sólo querían que se obedeciera la Ley de Dios, o tal vez no era lo que más les importaba, la Ley de Dios, sino todas sus costumbres y sus propias leyes.

Entonces, Jesús viene a decir: "No le podemos dar ese lugar, el lugar de la Ley de Dios, no se lo podemos dar a ninguna palabra humana" (véase San Marcos 7,6-8).

Con la ayuda del Espíritu Santo, tratemos de recibir este mensaje para nuestras vidas. Tratemos de ver cómo esto se aplica a nuestra existencia.

En primer lugar, me gusta mucho eso de Moisés, que uno tiene que valorar la Ley, uno tiene que valorar lo que ha recibido antes de ser fiel. El que no valora el compromiso que tiene, será fiel solamente a la fuerza.

Cuando una persona se siente feliz, por ejemplo, de su matrimonio, cuando se siente feliz de la persona que ha escogido y de la persona que lo ha escogido a él, cuando piensa que esa relación es lo más hermoso que le ha pasado en la vida, le resulta muy fácil ser fiel.

En cambio, si esa persona no siente esa alegría, si no siente el bien del matrimonio, casi que cualquier cosa que se le diga por la fidelidad o en favor de la fidelidad, le va a parecer algo forzado y que le están quitando su libertad, que lo están presionando.

Pues, hay un matrimonio, una especie de matrimonio que Dios quiere celebrar con cada uno de nosotros. La Ley, lo que nosotros llamamos la Ley o los Mandamientos, en hebreo significa también la Alianza, es la palabra de alianza.

Alianza, como el matrimonio, alianza, como usted hace un negocio con un buen amigo. ¡Una alianza! Dios quiere hacer ese buen negocio con cada uno de nosotros, y Dios quiere celebrar ese matrimonio con cada uno de nosotros. Pero, hay que sentir la alegría, el bien de la Ley.

¡Qué bueno es creer en Él! ¡Qué bueno es lo que Dios manda! ¡Qué bueno es lo que Dios dispone! Mas, eso no es tan fácil. Al principio, uno puede sentir que las Leyes de Dios tienen un rostro muy antipático, empezando por el hecho de que muchas de ellas comienzan con la palabra "no": "No mates, no forniques, no mientas" (véase Éxodo 20,13-16).

Tantos no'es hacen que la Ley tenga una cara bastante antipática. Por eso se necesita la predicación, se necesita la oración y se necesita la reflexión, para encontrar el fruto dulce debajo de esa cáscara un poco amarga, encontrar lo que hay ahí.

Pasa como con las nueces: hay que abrirlas. Porque, si uno descarta la nuez debido a que tiene la corteza arrugada y dura, se pierde el fruto que va dentro.

La Ley tiene una cara arrugada y dura por todos esos no'es. Pero, por dentro es saludable y dulce. Eso lo descubre uno a través de la enseñanza que recibe, y a través de la oración, de la meditación, de la reflexión en estas cosas.

Miremos, por ejemplo, lo que tiene que ver con ese "no" del "no mentir". A veces es muy cómodo decir una mentira y salir de un mal paso. A veces es muy cómodo inventar una historia y no quedar mal ante un amigo. O, a veces es muy cómodo mentir, -qué sé yo-, ante el jefe, o ante el estado, o ante un sacerdote. A veces, la mentira puede ser cómoda.

Pero, si uno se pone a reflexionar lo que significa el no mentir y lo que significa la transparencia, la sinceridad, la capacidad de confiar en otra persona, en no tener que estar verificando lo que el otro me dice, imagínate lo que sería una relación así entre amigos, o entre padres e hijos.

¡Imagínate lo que es una sociedad en la que se puede creer en la palabra de la gente! ¡Imagínate lo que eso traduce en términos de paz, de serenidad del corazón, de alegría, de caminos abiertos para la amistad!

Si uno valora lo que significa ese bien, si uno valora el bien que nos trae el no mentir, le resulta mucho más fácil dejar de mentir si se ha acostumbrado a hacerlo. El mensaje es: valora el bien que te trae la Ley.

Valora el bien que te trae, por ejemplo, la fidelidad. La fidelidad, a veces, puede ser difícil con tantas alternativas y con tantos placeres intensos que se ofrecen en este tiempo. Con lo fácil que a veces resulta ser infiel, pues, entonces, es difícil ser fiel.

Pero, hay que valorar el bien de la fidelidad. Hay que valorar lo que significa tener éso, tener ese santuario, tener ese recinto de amor, de confianza que es un hogar. Jamás se construye un hogar sobre la arena movediza de la infidelidad, de las aventuras, de los placeres de última hora.

Así no se construye nada que dure. Sólo se puede construir un verdadero hogar, sobre la fidelidad, la absoluta, recíproca y gozosa confianza entre el hombre y la mujer. Entonces, si uno se enamora de esa confianza, de esa fidelidad, le resulta más fácil ser fiel. Ese es el mensaje que quisiera que tomáramos de la primera lectura del día de hoy.

Y digamos ahora algo sobre el evangelio. Resulta que los fariseos, no solamente tenían estos principios saludables, sanos de la Ley de Dios, sino que se habían llenado de costumbres.

Por ejemplo, eso de estarse lavando no era por asunto de higiene; no era por limpieza. Era porque ellos sentían: "Nosotros somos el pueblo puro, y todos los demás sólo son sucios, son impuros".

Entonces, si yo he ido al mercado, he tenido que tocar una cantidad de gente impura. El rito de lavarse era una manera de decir: "Que quede fuera de mí esa impureza, porque yo soy el limpio".

Es un modo de pensar muy peligroso. Si uno está haciendo eso todos los días, uno se convierte en juez de todo el mundo y se llena de vanidad, se llena de autosuficiencia, se llena de crítica, por lo menos interiormente. En todo caso, esa era la manera como obraban ellos.

Hay algo de bueno en esa forma de pensar, porque, ¡sí!, es verdad que uno tiene que valorar el ser miembro del pueblo de Dios, y es muy hermoso pertenecer a ese pueblo. Pero, entrar con todas esas costumbres, ya es mucho más cuestionable.