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Él, que como fariseo se guardaba seguramente de tener muy buena fama y de tener muy buena imagen, ve que entra esta mujer, y tal vez piensa: "¡Ya se me dañó la invitación! ¡Yo, que quería que la invitación al Rabí, Jesús, al Maestro, Jesús, fuera como uno más en la lista de mis prestigiosos invitados! Y ahora, me toca añadir junto al nombre de Jesús, el nombre de esta pecadora, que todo el mundo sabe que es una vagabunda. ¡Tendré que añadir ese nombre! ¡Se me dañó la invitación!" | Él, que como fariseo se guardaba seguramente de tener muy buena fama y de tener muy buena imagen, ve que entra esta mujer, y tal vez piensa: "¡Ya se me dañó la invitación! ¡Yo, que quería que la invitación al Rabí, Jesús, al Maestro, Jesús, fuera como uno más en la lista de mis prestigiosos invitados! Y ahora, me toca añadir junto al nombre de Jesús, el nombre de esta pecadora, que todo el mundo sabe que es una vagabunda. ¡Tendré que añadir ese nombre! ¡Se me dañó la invitación!" | ||
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| + | Si él hubiera entendido el mensaje de Jesús, hubiera comprendido que invitar a Jesús tiene esos riesgos. Invitar a Jesús a nuestra vida, supone que se cuele mucha gente que seguramente no es de nuestro agrado, pero que sí es del agrado de la misericordia del Señor y que por lo tanto, llegará junto con Él. | ||
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| + | No sólo entró Jesucristo con su misericordia y con ese prójimo. Entró Jesús como Maestro. Se supone que Simón iba a tener una delicada atención con Nuestro Señor y le iba a dar a Jesús. Pero fue Jesús el que le dio un banquete espléndido de enseñanzas a Simón, y a través de Simón, también a todos nosotros. | ||
Revisión del 02:57 10 sep 2008
Fecha: 19980917
Título: Jesús llega a nosotros con todo lo que Él es
Original en audio: 3 min. 4 seg.
Este fariseo, Simón, "le rogaba a Jesús que fuera a la casa de él" (véase San Lucas 7,36). Pero, quería que Jesús entrara sin que entrara la misericordia de Jesús. Afortunadamente para él y para nosotros, no lo consiguió.
Cuando Jesús llega, llega con todo lo que Él es. Él entra a nuestro corazón, a nuestra casa, a nuestra comunidad, con todo lo que Él es. A veces nosotros queremos que llegue Jesús, pero queremos que llegue a hacer lo que nosotros queremos, y que entre sólo hasta donde nosotros queremos.
Mas, Jesucristo entra con toda su carga de misericordia. Por eso, a veces Jesús, como en este evangelio, se parece a esos invitados pesados, a los que uno les dice: "¡Venga!", y resulta que él viene con los amigos, o con los parientes, o con la mamá, o con los sobrinos.
Así pasa con Jesús. No se puede invitar a Jesús sin que venga también la misericordia de Jesús. Y no se puede invitar a Jesús y a la misericordia de Jesús, sin que lleguen también todos los que se beneficien de esa misericordia.
Es decir, no se puede invitar a Jesús sin que llegue también una cantidad de prójimos que Simón no quería recibir. Simón, me imagino la cara que hizo cuando ve que va entrando esta mujerzuela, ahí, a la casa de él.
Él, que como fariseo se guardaba seguramente de tener muy buena fama y de tener muy buena imagen, ve que entra esta mujer, y tal vez piensa: "¡Ya se me dañó la invitación! ¡Yo, que quería que la invitación al Rabí, Jesús, al Maestro, Jesús, fuera como uno más en la lista de mis prestigiosos invitados! Y ahora, me toca añadir junto al nombre de Jesús, el nombre de esta pecadora, que todo el mundo sabe que es una vagabunda. ¡Tendré que añadir ese nombre! ¡Se me dañó la invitación!"
Si él hubiera entendido el mensaje de Jesús, hubiera comprendido que invitar a Jesús tiene esos riesgos. Invitar a Jesús a nuestra vida, supone que se cuele mucha gente que seguramente no es de nuestro agrado, pero que sí es del agrado de la misericordia del Señor y que por lo tanto, llegará junto con Él.
No sólo entró Jesucristo con su misericordia y con ese prójimo. Entró Jesús como Maestro. Se supone que Simón iba a tener una delicada atención con Nuestro Señor y le iba a dar a Jesús. Pero fue Jesús el que le dio un banquete espléndido de enseñanzas a Simón, y a través de Simón, también a todos nosotros.