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Fue tan tormentosa, fue tan dura la vida de Jeremías, fue tan duro su ministerio, que de alguna manera este hombre se vio obligado a entrar en sí mismo, a hacer una especie de análisis, llamaríamos, de su propio corazón, de su propia situación.
 
Fue tan tormentosa, fue tan dura la vida de Jeremías, fue tan duro su ministerio, que de alguna manera este hombre se vio obligado a entrar en sí mismo, a hacer una especie de análisis, llamaríamos, de su propio corazón, de su propia situación.
  
Y nos han quedado fragmentos preciosos de esas introspecciones, de esa lectura que Jeremías hace de su propia condición, de su propio dolor. Las introspecciones de Jeremías son tanto más intensas, cuanto mayor es la soledad del Profeta.
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Y nos han quedado fragmentos preciosos de esas introspecciones, de esa lectura que Jeremías hace de su propia circunstancia, de su propio dolor. Las introspecciones de Jeremías son tanto más intensas, cuanto mayor es la soledad del Profeta.
  
 
Como él sintió que Dios le decía: "No busques mujer, no hagas un hogar" (''véase'' Jeremías 16,2) y ésa también era una señal profética por el final que se venía para la Casa de Judá con el destierro, como Jeremías vivía esa soledad, privado incluso de su propio hogar, ¿qué significa eso? Que este hombre no tiene más  descanso, no tiene en quién descansar sino en Dios.
 
Como él sintió que Dios le decía: "No busques mujer, no hagas un hogar" (''véase'' Jeremías 16,2) y ésa también era una señal profética por el final que se venía para la Casa de Judá con el destierro, como Jeremías vivía esa soledad, privado incluso de su propio hogar, ¿qué significa eso? Que este hombre no tiene más  descanso, no tiene en quién descansar sino en Dios.
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Jeremías, consciente de esta analogía, de esta comparación, habla así de su relación con Dios y dice: "Yo intentaba acallar, yo intentaba frenar la Palabra. Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón" (''véase'' Jeremías 15,16). Ahí parece el disfrute de una amada con su amado. Pero más adelante expresa: "No me senté a disfrutar con los que se divertían. Forzado por tu mano, me senté solitario" (''véase'' Jeremías 15,17). Es como el amor que atrae, que envuelve y que sin embargo, hace sufrir. No es una experiencia que tanta gente tiene.
 
Jeremías, consciente de esta analogía, de esta comparación, habla así de su relación con Dios y dice: "Yo intentaba acallar, yo intentaba frenar la Palabra. Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón" (''véase'' Jeremías 15,16). Ahí parece el disfrute de una amada con su amado. Pero más adelante expresa: "No me senté a disfrutar con los que se divertían. Forzado por tu mano, me senté solitario" (''véase'' Jeremías 15,17). Es como el amor que atrae, que envuelve y que sin embargo, hace sufrir. No es una experiencia que tanta gente tiene.
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"Si yo no me enamorara, no sufriría", oye uno decir a la gente. "¿Para qué amo yo a ese hombre? ¿Para qué amo yo a esa mujer? ¿Para sufrir? ¿Para que me haga sufrir?" Mas es un sufrimiento que tiene como su propia dulzura. Es un sufrimiento que abre el corazón a una realidad diferente, un sufrimiento que lleva a la persona más allá de sí misma.
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El amor y el dolor van muy unidos. Esto lo saben todos los enamorados. Pero ese dolor se hace soportable por la fecundidad del amor, y ese amor se hace fuerte con la victoria sobre el dolor. Jeremías, en su experiencia de Profeta, lo vive con fuego. Se queja ante  Dios, diciéndole: "¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga y mi herida enconada e incurable?" (''véase'' Jeremías 15,18). Y se queja más: "Te me has vuelto arroyo engañoso de aguas inconstantes" (''véase'' Jeremías 15,18).
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''¿Por qué le habla así a Dios? Porque Dios es el Dios de las sorpresas, porque no podemos meterlo dentro de nuestros esquemas, porque no podemos predecirlo, porque como el verdadero amor, el Señor Dios nos lleva por caminos inesperados, nos da sorpresas y regalos maravillosos, o nos envía por terrenos y parajes oscuros, donde nos visitan el sufrimiento y por qué no decirlo, la traición.''

Revisión del 03:05 12 jul 2008

Fecha: 20020731

Título: En medio de la incertidumbre, escuchar la voz de Dios

Original en audio: 8 min. 22 seg.


Hermanos:

Una de las particularidades del Profeta Jeremías, podemos decir, entre todos los Profetas del Antiguo Testamento, son esos fragmentos que algunos estudiosos de la Biblia llaman las confesiones de Jeremías.

Fue tan tormentosa, fue tan dura la vida de Jeremías, fue tan duro su ministerio, que de alguna manera este hombre se vio obligado a entrar en sí mismo, a hacer una especie de análisis, llamaríamos, de su propio corazón, de su propia situación.

Y nos han quedado fragmentos preciosos de esas introspecciones, de esa lectura que Jeremías hace de su propia circunstancia, de su propio dolor. Las introspecciones de Jeremías son tanto más intensas, cuanto mayor es la soledad del Profeta.

Como él sintió que Dios le decía: "No busques mujer, no hagas un hogar" (véase Jeremías 16,2) y ésa también era una señal profética por el final que se venía para la Casa de Judá con el destierro, como Jeremías vivía esa soledad, privado incluso de su propio hogar, ¿qué significa eso? Que este hombre no tiene más descanso, no tiene en quién descansar sino en Dios.

Pero este es el Dios que al mismo tiempo lo llama, lo lanza, lo envía en ese ministerio terrible de anunciar la infidelidad y de proclamar la sóla fidelidad de Dios. Por eso, se da una relación compleja entre Dios y Jeremías. Porque Dios es al mismo tiempo el que le envía al dolor y el que le envía el consuelo.

Si no fuera por Dios, Jeremías no tendría que sufrir tanto. Pero si no fuera por Dios, Jeremías no tendría a dónde ir a descansar. Por lo tanto, la relación entre el Señor Dios y Jeremías, es una relación que podemos llamar compleja. No es una relación simple, sino se parece a esos misterios que tiene el amor humano cuando al mismo tiempo atrae, pero hace sufrir.

Jeremías, consciente de esta analogía, de esta comparación, habla así de su relación con Dios y dice: "Yo intentaba acallar, yo intentaba frenar la Palabra. Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón" (véase Jeremías 15,16). Ahí parece el disfrute de una amada con su amado. Pero más adelante expresa: "No me senté a disfrutar con los que se divertían. Forzado por tu mano, me senté solitario" (véase Jeremías 15,17). Es como el amor que atrae, que envuelve y que sin embargo, hace sufrir. No es una experiencia que tanta gente tiene.

"Si yo no me enamorara, no sufriría", oye uno decir a la gente. "¿Para qué amo yo a ese hombre? ¿Para qué amo yo a esa mujer? ¿Para sufrir? ¿Para que me haga sufrir?" Mas es un sufrimiento que tiene como su propia dulzura. Es un sufrimiento que abre el corazón a una realidad diferente, un sufrimiento que lleva a la persona más allá de sí misma.

El amor y el dolor van muy unidos. Esto lo saben todos los enamorados. Pero ese dolor se hace soportable por la fecundidad del amor, y ese amor se hace fuerte con la victoria sobre el dolor. Jeremías, en su experiencia de Profeta, lo vive con fuego. Se queja ante Dios, diciéndole: "¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga y mi herida enconada e incurable?" (véase Jeremías 15,18). Y se queja más: "Te me has vuelto arroyo engañoso de aguas inconstantes" (véase Jeremías 15,18).

¿Por qué le habla así a Dios? Porque Dios es el Dios de las sorpresas, porque no podemos meterlo dentro de nuestros esquemas, porque no podemos predecirlo, porque como el verdadero amor, el Señor Dios nos lleva por caminos inesperados, nos da sorpresas y regalos maravillosos, o nos envía por terrenos y parajes oscuros, donde nos visitan el sufrimiento y por qué no decirlo, la traición.