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El que se hace con el poder a base de astucia, de pezuña, de garra y de fuerza, ése no puede decir: "Pregúntale a mis discípulos" (''véase'' San Juan 18,21), porque los discípulos no van a estar de acuerdo con lo que les manda Anás. | El que se hace con el poder a base de astucia, de pezuña, de garra y de fuerza, ése no puede decir: "Pregúntale a mis discípulos" (''véase'' San Juan 18,21), porque los discípulos no van a estar de acuerdo con lo que les manda Anás. | ||
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| + | ¡Es tan profunda, es tan majestuosa la actitud de Cristo! Es como si Cristo le dijera: "A mis discípulos se les puede preguntar. ¿Se puede preguntar también a los tuyos? ¿Se puede preguntar a tus discípulos, Anás? ¿Le podemos preguntar a tus discípulos?" | ||
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| + | Pero antes de que eso suceda, uno de esos discípulos, un lacayo, un adulador, queriendo ganar puntos frente a Anás, va y le da una bofetada a Jesucristo. Entonces Jesucristo le pregunta al discípulo: "Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado. Pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?" (''véase'' San Juan 18,23). ¿Y qué dice el evangelio? ¿Hubo respuesta? No hubo respuesta. | ||
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| + | Jesús le dice a Anás: "Tú pregunta a mis discípulos" (''véase'' San Juan 18,21), y uno de ellos, los de Anás, en ese momento le da una cachetada a Cristo, y entonces Cristo le pregunta al discípulo de Anás. | ||
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| + | Es decir, entendamos, hermanos, este lenguaje. Jesús es el que estaba siendo juzgado, pero termina siendo Jesús el que juzga a Anás: "Si tú quieres saber lo que yo soy, pregunta a los míos; que yo soy Maestro, que yo tengo unción, que yo tengo Palabra, que yo sé tocar los corazones. Si tú quieres conocerme, pregunta a los míos. Ahora yo quiero conocerte, y voy a preguntarle a los tuyos". | ||
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| + | Y "los tuyos", representados en ese insolente que le dio la bofetada, ésos no tenían nada que decir. O sea, que lo que Jesús le está diciendo a Anás es: "Mira cuál es tu autoridad, mira a qué Dios estás representando, que no podemos preguntarle a tu gente, porque tú sabes bien que tu gente no piensa como tú. Tú los utilizas a ellos, y ellos te utilizan a ti, negociador, intrigante, mentiroso". | ||
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| + | Mas todas esas palabras no las dijo Cristo. Todas esas palabras quedaron ahí, implícitas, pero tan claras, que el interrogatorio se acabó. Anás no hizo una pregunta más. ¿Qué hizo? Lo mandó donde su yerno. Lo mandó atado donde Caifás. Y quién sabe con qué instrucciones lo mandó, porque si uno sigue leyendo con atención, mire lo que dice aquí: "Anás envió a Cristo atado a Caifás, el sumo sacerdote" (''véase'' San Juan 18,24). | ||
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| + | Luego viene la negación de Pedro, y después se lee: "Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio" (''véase'' San Juan 18,28). ¿Ustedes qué deducen de ahí? Porque la Palabra de Dios hay que leerla también con inteligencia. ¿Qué deducimos de ahí? Que Anás se dio cuenta de que no había caso en interrogar a Cristo. No le hizo más preguntas él, y seguramente, o mandó razón, o Caifás supo con quién se estaba metiendo. | ||
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| + | Caifás, aunque era llamado sumo sacerdote, -una cosa medio ficticia, porque eso era intrigas de esos sacerdotes-, le llegó Cristo, ahí lo tuvo en la casa un rato, y luego apenas pudo, se deshizo de Él, mandándolo al pretorio donde Pilato. | ||
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| + | Esa es la autoridad de Caifás; no la autoridad de un testigo, sino la autoridad de un funcionario. Ese no es un testigo de Dios; ese no es un profeta que conoce el Corazón de Dios. Ese es un funcionario que está aprovechándose de las cosas de Dios, para mantener sus privilegios de clase, para mantener su ritmo de vida. ¡Ese es el tipo de gente que mandó crucificar a Cristo! | ||
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| + | ''Ya podemos sacar una conclusión. ¿Cómo es el enfrentamiento entre Jesús y los sumos sacerdotes? Quedó claro: Lo iban a juzgar a Él, y resultó Él juzgándolos.'' | ||
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| + | "¿A mí me vienen a preguntar? Pues sepan que mi autoridad es la autoridad del Maestro, es la autoridad del que llega a los corazones y los transforma. ¡Señores! ¡Anás! ¡Caifás! ¿Ustedes tienen esa autoridad? No la tienen, porque sus discípulos no pueden responder lo que yo pregunto; porque en realidad, ellos están aprovechándose de ustedes, así como ustedes se aprovechan de ellos". | ||
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| + | De esa forma terminó la historia con los sumos sacerdotes, y entonces lo mandaron a la siguiente estación en ese proceso doloroso. Lo mandaron donde Pilato. Aquí vamos a ver qué pasó, a ver ahora qué sucede donde Pilato. | ||
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| + | Resulta que Anás y Caifás, que eran llamados sumos sacerdotes, -y digamos que en términos legales lo eran-, representaban al Dios de Moisés. Llega Pilato, el procurador romano, que es el representante del gran Imperio de todos los tiempos. Ahora llega Pilato, que es el embajador romano, Pilato, que representa al César, y el César se supone que es como un ser divino. | ||
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| + | Los romanos se sentían orgullosos, especialmente de su justicia y de su derecho, la justicia romana, el derecho romano. Todavía hoy, cuando alguien va a estudiar abogacía, le toca estudiar derecho romano un semestre, un año, lo que sea de derecho romano. Ellos son los que saben del derecho, y allá, a donde esa gente que sabe del derecho y sabe de la justicia, allá envían a este alborotador, a este hombre extraño, que se llama Jesús de Nazareth. | ||
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| + | No nos perdamos ese enfrentamiento. ¿Qué va a suceder entre Jesús y Pilato? ¿Pilato, que representa a los dioses paganos y al emperador divinizado, Pilato, que representa al imperio que idealiza la justicia, y Jesús de Nazareth, que viene con unos mensajes de misericordia, de perdón y de fidelidad de Dios? | ||
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| + | Vamos a ver qué pasó en ese encuentro. Pilato empezó muy bien. Pilato empieza muy bien sentado en su silla: "¿De qué acusan a este hombre?" (''véase'' San Juan 18,29). Es un juez que está ejerciendo su oficio: "Vamos a abogar. Aquí hay un caso; llegó el acusado. A ver, ¿de qué se acusa a este hombre? Soy el funcionario que va a hacer justicia; pertenezco al Imperio Romano. El Imperio Romano es recto, justo. Aquí llega un acusado". | ||
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| + | Pilato empezó divinamente. "¿De qué acusan a este hombre?" (''véase'' San Juan 18,29). Y empiezan a embolatarlo, como decimos en este país: "Si éste no fuera un melhechor, no te lo hubiéramos traído" (''véase'' San Juan 18,30). ¿Usted qué opina de eso? Como quien dice: "Usted no está aquí para que haga justicia. Usted está aquí para que diga lo que nosotros le hemos dicho". | ||
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| + | Esa es la corrupción de la justicia en el siglo primero, en el siglo quince, en el siglo veinte y en el siglo veintiuno. La corrupción de la justicia es: "Usted no tiene que juzgar. Usted tiene que declarar lo que nosotros le digamos". Es lo mismo que sucede todavía hoy con los jueces corruptos, exactamente lo mismo: "Usted tiene que decir, que este señor es culpable. Usted tiene que decir, que este señor es inocente". | ||
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| + | Pilato todavía se sostiene en su orgullo romano: "¡Ah! Luego no me van a dejar hacer mi oficio. Pues entonces llévenselo y juzguenlo ustedes según su ley. Si yo no puedo juzgar y ya está condenado, llévenselo ustedes" (''véase'' San Juan 18,31). Y ellos revelan su corazón: "No estamos autorizados para dar muerte a nadie" (''véase'' San Juan 18,31). En ese momento Pilato se da cuenta de que el asunto es serio: "¡Es que esto aquí es con muerte!" | ||
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| + | Dar muerte; es dar muerte, ¿por qué? ¿Por qué hay que matar a una persona? ¿Por qué autorizaba el Imperio Romano que se matara a una persona? Había una serie de delitos que traían la muerte. Pero uno que era muy obvio en esa región donde estaban, es el delito de rebelión contra el Imperio. | ||
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| + | Es decir, toda persona que se declaraba rey, toda persona que declaraba la independencia de esa tierra de Judea con respecto al Imperio, automáticamente merecía la pena de muerte, y además, pena de cruz. La cruz era el tormento que el Imperio Romano infligía a aquellos que se declaraban rebeldes al Imperio. | ||
Revisión del 06:51 15 mar 2008
Fecha: 20020329
Título: Jesucristo frente a los poderes de este mundo
Original en audio: 36 min. 3 seg.
En estas lecturas hemos visto a Nuestro Señor Jesucristo cerca de la gente importante de aquel tiempo. Jesús no estuvo cerca de los importantes, -podemos decir-, por lo menos de los que son tenidos por importantes a los ojos del mundo.
Los relatos del evangelio nos presentan a Cristo más bien rodeado de la gente que no cuenta, del pueblo más pobre, humilde y enfermo. Los que solían estar cerca de Cristo, eran los leprosos, las prostitutas, los publicanos, la basura de aquel tiempo.
En el momento de su Pasión, sin embargo, Jesús está cerca de gente muy importante a los ojos del mundo. Se trata, ni más ni menos, que del sumo sacerdote de los judíos, y se trata del procurador romano. Si atendemos al evangelio de Lucas que se proclama en otro año distinto, pues también del rey Herodes.
Y por eso, hoy quiero compartirles una meditación sobre ese encuentro de Jesús, que es el Rey, que es Nuestro Rey, que es el Señor de los Señores. Cuando se encuentra a Jesús, que es el Señor de los Señores, con los señores de este mundo, con la gente importante de este mundo, ¿qué pasa? Esa es la pregunta que nos hacemos hoy.
Y el evangelio según San Juan nos ayuda a responder esa pregunta. ¿Cómo es Jesús frente a los poderes de este mundo? Y la respuesta que vamos a encontrar, es que Jesús no toma una actitud, ni de miedo, ni de adulación, ni de negociación. Lo que Jesús hace frente a los poderes de este mundo, es lo mismo que ha hecho siempre, y eso es evangelizar.
Vamos a mirarlo en los textos mismos que hemos escuchado, porque este ejemplo de Jesucristo nos enseña la grandeza de su Ministerio, la grandeza de su Corazón, la grandeza de su Palabra, y amigos míos, hoy más que nunca, hay que enamorarse de la grandeza de Jesucristo, para no dejar que ningún ídolo se adueñe de nuestro corazón.
La Primera Carta de Juan, que tiene tanta poesía, que tiene tanta elocuencia, de un modo casi brusco, nada poético, termina diciendo: "Hijos, cuidado con los ídolos" (véase 1 San Juan 5,21). Pues siguiendo esa advertencia, amemos la grandeza de Jesucristo, y seremos libres de toda idolatría.
Jesús está cerca de la máxima autoridad judía y cerca de la máxima autoridad romana en aquella región. Pilato representaba al gran rey de ese tiempo, rey político, rey económico, que se consideraba señor de vidas y haciendas. Aún más, se consideraba prácticamente un dios. Porque los emperadores romanos, llamados los Césares, se consideraban dioses.
Pilato es como el representante de ese dios que vive en Roma, y mientras tanto, el sumo sacerdote, que era Caifás, es representante de ese Dios que habló por medio de Moisés, el Dios de la Ley. Jesucristo es representante, es presencia y sacramento del Dios que es Padre.
¿Qué va a pasar cuando se encuentren estos tres hombres, cada uno a su manera representando la divinidad? Eso es lo que nos va a ayudar a resolver el evangelio de Juan.
Nos dice el Evangelista: "Apresaron a Jesús y lo llevaron ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año" (véase San Juan 18,12-13). Anás era el suegro de Caifás; propiamente el sumo sacerdote era Caifás. Pero Anás había sido sumo sacerdote.
Para los que son expertos en la Biblia, habrán notado que ahí hay un error. Efectivamente, el sumo sacerdote era un cargo vitalicio. Se supone que se era sumo sacerdote para toda la vida. Pero no es error del Evangelista. Es un error de la gente de esa época, que conscientes de todo el poderío que tenía el sumo sacerdote, porque era el gran negociador frente al Imperio Romano, entonces habían hecho del sumo sacerdocio un cargo que se rotaban entre varias familias.
Y para que el poder no saliera de esas pocas familias, hacían lo que se suele hacer, casarse entre ellos. Esta es la razón por la que Anás y Caifás estaban emparentados. Anás era un poco mayor, y ya había sido sumo sacerdote. Caifás era sumo sacerdote ese año, pero el verdadero poder detrás del trono, el que seguía tejiendo los hilos de la política y moviendo como títeres a los demás, es Anás.
Y Anás siente que le ha llegado su hora; siente que es el momento de tomarle cuentas a ese revoltoso, a ese hombre que anda por ahí alborotando gente y poniendo en peligro todo el edificio religioso, que ellos con tanta diplomacia y política han logrado levantar.
Anás siente que ha llegado su turno, y por tanto, empieza a preguntarle, acribilla a preguntas a Jesucristo. Interrogó a Jesús acerca de los discípulos y la doctrina. Esperaba Anás, que conocía todos esos intríngulis de la Ley y todos esos detalles de la Ley de Moisés, que iba a coger a preguntas a Jesús y lo iba a dejar convicto, culpable frente a los demás miembros del Sanedrín.
Pero la respuesta de Jesucristo, que no tiene una gota de adulador ni de miedoso, es clara: "He hablado abiertamente al mundo. He enseñado en la Sinagoga y en el Templo. No he dicho nada a escondidas. Pregunta a mis seguidores" (véase San Juan 18,20-21), es la respuesta que le da Jesucristo.
"Pregunta a mis seguidores" (véase San Juan 18,21). Mientras que Anás, en ese diálogo con Jesucristo, toma el papel de la autoridad, tanta autoridad que uno de los suyos le da una bofetada a Cristo, autoridad por el poder, autoridad por la fuerza, Jesucristo toma el poder de la autoridad por la enseñanza.
Jesús está tan convencido del poder de su enseñanza, que puede decirle a Anás: "Véte donde mis discípulos" (véase San Juan 18,21). ¡Qué maravilloso Maestro es Éste, que está convencido que sus discípulos pueden dar razón de Él!
Jesús mismo había dicho en una ocasión: "Cuando un discípulo termine su formación, será como su Maestro" (véase San Lucas 6,40). Y Jesús está convencido, que de tal manera, con tal poder, con tal unción, ha llegado a los corazones de los discípulos, que ellos pueden dar razón de quién es Él.
De modo que si Anás va con las herramientas de su interpretación de la Ley de Moisés, o va con las herramientas del poder de la fuerza bruta, Jesucristo va por dentro con la convicción del que es verdadero Maestro y que sabe, que su unción, su enseñanza ungida, ha llegado hasta el fondo de los discípulos.
Anás es la representación de la fuerza, esa pezuña, esa garra que está puesta sobre el cuello de Israel, y que mantiene así, sojuzgado al pueblo: terrorismo de estado, podríamos llamar eso.
Jesucristo, en cambio, es la manifestación de Aquel que tiene los corazones, de Aquel que llega a lo profundo de las conciencias, de Aquel que es Rey y Señor de las almas.
"Tú tienes autoridad, Anás, porque tienes espada, porque tienes una lengua aduladora, porque tienes capacidad de tejer hilos políticos. Yo tengo autoridad", -dice Cristo-, "porque tengo los corazones, porque tengo la Palabra, porque tengo la unción". Ese es el enfrentamiento entre Anás y Jesucristo: "Pregunta a mis discípulos" (véase San Juan 18,21).
Pero hay algo más sutil aquí. ¿Anás hubiera podido decir lo mismo? ¿Podría haber dicho Anás: "Pregunta a mis discípulos" (véase San Juan 18,21)? Claro que no. Porque el que es intrigante y el que sólo sabe tejer con los hilos de la política y de esa diplomacia de salón, ése no sólo es mentiroso, sino que cría mentirosos.
El que se hace con el poder a base de astucia, de pezuña, de garra y de fuerza, ése no puede decir: "Pregúntale a mis discípulos" (véase San Juan 18,21), porque los discípulos no van a estar de acuerdo con lo que les manda Anás.
¡Es tan profunda, es tan majestuosa la actitud de Cristo! Es como si Cristo le dijera: "A mis discípulos se les puede preguntar. ¿Se puede preguntar también a los tuyos? ¿Se puede preguntar a tus discípulos, Anás? ¿Le podemos preguntar a tus discípulos?"
Pero antes de que eso suceda, uno de esos discípulos, un lacayo, un adulador, queriendo ganar puntos frente a Anás, va y le da una bofetada a Jesucristo. Entonces Jesucristo le pregunta al discípulo: "Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado. Pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?" (véase San Juan 18,23). ¿Y qué dice el evangelio? ¿Hubo respuesta? No hubo respuesta.
Jesús le dice a Anás: "Tú pregunta a mis discípulos" (véase San Juan 18,21), y uno de ellos, los de Anás, en ese momento le da una cachetada a Cristo, y entonces Cristo le pregunta al discípulo de Anás.
Es decir, entendamos, hermanos, este lenguaje. Jesús es el que estaba siendo juzgado, pero termina siendo Jesús el que juzga a Anás: "Si tú quieres saber lo que yo soy, pregunta a los míos; que yo soy Maestro, que yo tengo unción, que yo tengo Palabra, que yo sé tocar los corazones. Si tú quieres conocerme, pregunta a los míos. Ahora yo quiero conocerte, y voy a preguntarle a los tuyos".
Y "los tuyos", representados en ese insolente que le dio la bofetada, ésos no tenían nada que decir. O sea, que lo que Jesús le está diciendo a Anás es: "Mira cuál es tu autoridad, mira a qué Dios estás representando, que no podemos preguntarle a tu gente, porque tú sabes bien que tu gente no piensa como tú. Tú los utilizas a ellos, y ellos te utilizan a ti, negociador, intrigante, mentiroso".
Mas todas esas palabras no las dijo Cristo. Todas esas palabras quedaron ahí, implícitas, pero tan claras, que el interrogatorio se acabó. Anás no hizo una pregunta más. ¿Qué hizo? Lo mandó donde su yerno. Lo mandó atado donde Caifás. Y quién sabe con qué instrucciones lo mandó, porque si uno sigue leyendo con atención, mire lo que dice aquí: "Anás envió a Cristo atado a Caifás, el sumo sacerdote" (véase San Juan 18,24).
Luego viene la negación de Pedro, y después se lee: "Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio" (véase San Juan 18,28). ¿Ustedes qué deducen de ahí? Porque la Palabra de Dios hay que leerla también con inteligencia. ¿Qué deducimos de ahí? Que Anás se dio cuenta de que no había caso en interrogar a Cristo. No le hizo más preguntas él, y seguramente, o mandó razón, o Caifás supo con quién se estaba metiendo.
Caifás, aunque era llamado sumo sacerdote, -una cosa medio ficticia, porque eso era intrigas de esos sacerdotes-, le llegó Cristo, ahí lo tuvo en la casa un rato, y luego apenas pudo, se deshizo de Él, mandándolo al pretorio donde Pilato.
Esa es la autoridad de Caifás; no la autoridad de un testigo, sino la autoridad de un funcionario. Ese no es un testigo de Dios; ese no es un profeta que conoce el Corazón de Dios. Ese es un funcionario que está aprovechándose de las cosas de Dios, para mantener sus privilegios de clase, para mantener su ritmo de vida. ¡Ese es el tipo de gente que mandó crucificar a Cristo!
Ya podemos sacar una conclusión. ¿Cómo es el enfrentamiento entre Jesús y los sumos sacerdotes? Quedó claro: Lo iban a juzgar a Él, y resultó Él juzgándolos.
"¿A mí me vienen a preguntar? Pues sepan que mi autoridad es la autoridad del Maestro, es la autoridad del que llega a los corazones y los transforma. ¡Señores! ¡Anás! ¡Caifás! ¿Ustedes tienen esa autoridad? No la tienen, porque sus discípulos no pueden responder lo que yo pregunto; porque en realidad, ellos están aprovechándose de ustedes, así como ustedes se aprovechan de ellos".
De esa forma terminó la historia con los sumos sacerdotes, y entonces lo mandaron a la siguiente estación en ese proceso doloroso. Lo mandaron donde Pilato. Aquí vamos a ver qué pasó, a ver ahora qué sucede donde Pilato.
Resulta que Anás y Caifás, que eran llamados sumos sacerdotes, -y digamos que en términos legales lo eran-, representaban al Dios de Moisés. Llega Pilato, el procurador romano, que es el representante del gran Imperio de todos los tiempos. Ahora llega Pilato, que es el embajador romano, Pilato, que representa al César, y el César se supone que es como un ser divino.
Los romanos se sentían orgullosos, especialmente de su justicia y de su derecho, la justicia romana, el derecho romano. Todavía hoy, cuando alguien va a estudiar abogacía, le toca estudiar derecho romano un semestre, un año, lo que sea de derecho romano. Ellos son los que saben del derecho, y allá, a donde esa gente que sabe del derecho y sabe de la justicia, allá envían a este alborotador, a este hombre extraño, que se llama Jesús de Nazareth.
No nos perdamos ese enfrentamiento. ¿Qué va a suceder entre Jesús y Pilato? ¿Pilato, que representa a los dioses paganos y al emperador divinizado, Pilato, que representa al imperio que idealiza la justicia, y Jesús de Nazareth, que viene con unos mensajes de misericordia, de perdón y de fidelidad de Dios?
Vamos a ver qué pasó en ese encuentro. Pilato empezó muy bien. Pilato empieza muy bien sentado en su silla: "¿De qué acusan a este hombre?" (véase San Juan 18,29). Es un juez que está ejerciendo su oficio: "Vamos a abogar. Aquí hay un caso; llegó el acusado. A ver, ¿de qué se acusa a este hombre? Soy el funcionario que va a hacer justicia; pertenezco al Imperio Romano. El Imperio Romano es recto, justo. Aquí llega un acusado".
Pilato empezó divinamente. "¿De qué acusan a este hombre?" (véase San Juan 18,29). Y empiezan a embolatarlo, como decimos en este país: "Si éste no fuera un melhechor, no te lo hubiéramos traído" (véase San Juan 18,30). ¿Usted qué opina de eso? Como quien dice: "Usted no está aquí para que haga justicia. Usted está aquí para que diga lo que nosotros le hemos dicho".
Esa es la corrupción de la justicia en el siglo primero, en el siglo quince, en el siglo veinte y en el siglo veintiuno. La corrupción de la justicia es: "Usted no tiene que juzgar. Usted tiene que declarar lo que nosotros le digamos". Es lo mismo que sucede todavía hoy con los jueces corruptos, exactamente lo mismo: "Usted tiene que decir, que este señor es culpable. Usted tiene que decir, que este señor es inocente".
Pilato todavía se sostiene en su orgullo romano: "¡Ah! Luego no me van a dejar hacer mi oficio. Pues entonces llévenselo y juzguenlo ustedes según su ley. Si yo no puedo juzgar y ya está condenado, llévenselo ustedes" (véase San Juan 18,31). Y ellos revelan su corazón: "No estamos autorizados para dar muerte a nadie" (véase San Juan 18,31). En ese momento Pilato se da cuenta de que el asunto es serio: "¡Es que esto aquí es con muerte!"
Dar muerte; es dar muerte, ¿por qué? ¿Por qué hay que matar a una persona? ¿Por qué autorizaba el Imperio Romano que se matara a una persona? Había una serie de delitos que traían la muerte. Pero uno que era muy obvio en esa región donde estaban, es el delito de rebelión contra el Imperio.
Es decir, toda persona que se declaraba rey, toda persona que declaraba la independencia de esa tierra de Judea con respecto al Imperio, automáticamente merecía la pena de muerte, y además, pena de cruz. La cruz era el tormento que el Imperio Romano infligía a aquellos que se declaraban rebeldes al Imperio.