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Amados hermanos, dos ciegos seguían a Jesús ¿Cómo podían seguirlo si no lo veían? pues no lo veían pero si lo oían, esa es una parte de la respuesta y la otra parte es no veían a Jesús; pero estaban con los discípulos de Jesús  en medio de la muchedumbre siguiendo a los que acompañan a Jesús, seguían a Jesús.
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Así que ya tenemos dos enseñanzas en este evangelio, primera, seguir a Jesús, no es tanto ver sino oír, uno siempre quiere ver porque quiere estar seguro, el ver nos da una sensación de posesión; pero como estos ciegos la mayor parte de la vida cristiana consiste en oír mas que en ver, por ejemplo nuestro amigo Santo Tomás de Aquino decía que en este sacramento de la eucaristía todos los sentidos engañan, estamos celebrando el sacramento de la eucaristía; pero la vista no ve a Jesús, el olfato, el paladar no distinguen a Jesús, el tacto no encuentra a Jesús, y dice santo Tomás, solo hay un sentido, de los cinco que tenemos los seres humanos según la clasificación clásica, la de Aristóteles, de los cinco sentidos.
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De los sentidos, que tenemos, cuatro se engañan,  el olfato, la vista, el paladar, el tacto, estos cuatro se engañan, solo hay uno que no se engaña, ese sentido que nos permite discernir a Cristo, encontrar a Cristo y seguir a Cristo aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque no lo gustemos, ese sentido que no se engaña es el oído, estos ciegos aunque no veían sí oían, y por el oído pudieron seguir a Jesús.
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Nosotros tampoco vemos a Jesús, pero sí podemos oírle. Cuando el apóstol Tomás, antes hablé de santo Tomas de Aquino que fue un dominico sacerdote que vivió en el siglo XIII, pero ahora me voy a referir a otro Tomás, Tomás el apóstol del grupo de los doce, cuando el apóstol Tomás oyó que los otros 11 ó 10, porque ya no estaba Judas, se habían encontrado con el resucitado, él quiso ver, tengo que ver el agujero en las manos y tengo que meter mi mano en su costado.
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Ocho días después de la resurrección, nuestro señor Jesucristo vuelve a aparecerse al grupo de los apóstoles reunidos y esta vez estaba Tomás y entonces le dice Jesús a Tomás lo que ustedes saben, le muestra las manos y le dice “aquí está el agujero de las manos, mete tus dedos, aquí está la herida del costado mete tu mano” y el apóstol Tomás se postró ante Cristo y dijo ”Señor mío y Dios mío” y Jesús añadió “porque me has visto Tomás has creído, dichosos los que sin ver creen”.
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¿Y quiénes son esos que sin ver creemos? Somos nosotros, Jesús nos llama felices a nosotros, el apóstol San Pedro  también en su carta alude a lo mismo, se refiere a como nosotros amamos al que no vemos, creemos en aquel a quien no hemos visto y dice San Pedro: “y así vuestra fe resulta más preciosa que el oro el cual al ser purificado en el fuego es perecedero”.
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Así que aquí hay toda una línea de enseñanza, para nosotros no debe resultarnos tan difícil identificarnos con estos hombres, que aunque eran ciegos seguían a Jesús, porque todos de alguna manera estamos en la misma condición, no podemos verle, pero El nos llama felices puesto que aun sin verle le oímos y oyéndole le amamos y amándole le seguimos.
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Pero los ciegos seguían a Jesús no solamente por el oído, sin duda había una gran muchedumbre que estaba con Jesucristo, varias veces los evangelios nos cuentan como Jesús atraía gentes, multitudes, sobe todo a personas necesitadas, hambrientos, cojos, sordos, leprosos, la miseria humana siguiendo a la misericordia divina, ese es el evangelio, la gente seguía a Jesús porque necesitaba de Jesús y como son tantos los necesitados son muchos los seguidores.
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En medio de esa multitud estos ciegos, apoyados, aconsejados, agarrados de la mano de otras personas, van siguiendo a Jesucristo, no logran verle pero si están con los que le acompañan y eso basta. Esto también vale para nosotros, ¿Cuál es la muchedumbre que está con Jesucristo? Tiene un nombre, se llama la Iglesia, y nosotros aunque a veces no vemos con claridad a Cristo, si permanecemos en la comunidad, si permanecemos con los hermanos, si permanecemos en la fe de la Iglesia, ahí estamos siguiendo a Jesús, a veces uno no logra verlo, a veces las tentaciones nos nublan la vista, las crisis, las contradicciones, los problemas nos confunden y en esos momentos no sabemos cómo actuar ni que decir, no encontramos a Cristo.
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Cuando nos llega una noticia terriblemente mala nos preguntamos ¿donde está Dios? esa pregunta la hacemos porque no lo vemos, porque no lo encontramos.
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El papá que sufre con el corazón en la mano viendo a su hijo enfermo, el hombre que se queda sin empleo y tiene una familia por alimentar, la mamá que queda descorazonada al descubrir que un hijo consume droga, el amigo que se sabe traicionado por otro amigo, los ejemplos son muchos, en todos estos casos fácilmente el corazón se nos va al piso, nos sentimos tristes y preguntamos ¿qué se hizo Dios? ¿Donde está Dios? ¿por qué me abandona? No lo vemos.
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La tentación en esas circunstancias es apartarse de todo, darle la espalda al evangelio, darle la espalda a Jesús, la tentación es aislarse. ¿Qué significa esa palabra “aislarse”? significa volverse una isla, una isla solitaria que terminará muriendo en su desesperación y en su amargura.
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Cuando tenemos dificultades, serias dificultades y no vemos a Cristo, entonces la tentación es abandonarlo todo, pero hay una cosa que podemos aprender de estos ciegos, ellos no veían a Cristo pero sí estaban con los demás creyentes, estaban con los hermanos, estaban con la comunidad, nosotros podemos decir estaban con la Iglesia, y así aunque ellos personalmente no veían se apoyaban, de alguna manera se apoyaban en los que tenían las cosas más claras, en los que sí podían ver.
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Esa es también la vida cristiana, muchas veces uno no ve las cosas con claridad, pero en vez de caer en la tentación de aislarse, en vez de caer en la tentación de separarse del grupo y volverse una isla de amargura y desesperación como hacen algunos, la verdadera respuesta es, aunque tú no puedas ver no te apartes de los que algo ven.
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Yo estoy pensando como una imagen que ilustra esta enseñanza, estoy pensando en las procesiones que hacemos aquí en Chiquinquirá, hace un par de meses tuvimos una hermosa procesión el primer domingo de octubre cuando celebrábamos a nuestra Señora del Rosario, es una procesión que convoca a mucha gente, la fila es larga a veces la imagen no se ve ¿Cuál es la manera de no perderse uno? Uno sigue con los demás y así no se pierde porque uno no alcanza a ver todo, pero uno sigue con el grupo, uno sigue con el rebaño de Cristo, uno sigue con la porción de Cristo, con el pueblo de Cristo, con el cuerpo de Cristo.
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Y si uno sigue con el cuerpo de Cristo, uno encuentra a Cristo que es la cabeza, ese día de la procesión dimos un recorrido por las calles de Chiquinquirá y llegamos después felizmente a esta casa de oración, a esta basílica, que yo sepa nadie se perdió ¿Por qué nadie se perdió? Porque íbamos juntos,  porque no nos apartamos del grupo, porque permanecemos en la comunidad, por eso dice la Carta a los Hebreos en el capitulo nueve o diez, “no abandonéis vuestras asambleas como algunos tienen por costumbre” no abandonéis las asambleas”.

Revisión del 02:55 27 nov 2010

Fecha: 20091204

Título:

Original en audio: 26 min. 41 seg.


En transcripcion 

Amados hermanos, dos ciegos seguían a Jesús ¿Cómo podían seguirlo si no lo veían? pues no lo veían pero si lo oían, esa es una parte de la respuesta y la otra parte es no veían a Jesús; pero estaban con los discípulos de Jesús en medio de la muchedumbre siguiendo a los que acompañan a Jesús, seguían a Jesús.

Así que ya tenemos dos enseñanzas en este evangelio, primera, seguir a Jesús, no es tanto ver sino oír, uno siempre quiere ver porque quiere estar seguro, el ver nos da una sensación de posesión; pero como estos ciegos la mayor parte de la vida cristiana consiste en oír mas que en ver, por ejemplo nuestro amigo Santo Tomás de Aquino decía que en este sacramento de la eucaristía todos los sentidos engañan, estamos celebrando el sacramento de la eucaristía; pero la vista no ve a Jesús, el olfato, el paladar no distinguen a Jesús, el tacto no encuentra a Jesús, y dice santo Tomás, solo hay un sentido, de los cinco que tenemos los seres humanos según la clasificación clásica, la de Aristóteles, de los cinco sentidos.

De los sentidos, que tenemos, cuatro se engañan, el olfato, la vista, el paladar, el tacto, estos cuatro se engañan, solo hay uno que no se engaña, ese sentido que nos permite discernir a Cristo, encontrar a Cristo y seguir a Cristo aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque no lo gustemos, ese sentido que no se engaña es el oído, estos ciegos aunque no veían sí oían, y por el oído pudieron seguir a Jesús.

Nosotros tampoco vemos a Jesús, pero sí podemos oírle. Cuando el apóstol Tomás, antes hablé de santo Tomas de Aquino que fue un dominico sacerdote que vivió en el siglo XIII, pero ahora me voy a referir a otro Tomás, Tomás el apóstol del grupo de los doce, cuando el apóstol Tomás oyó que los otros 11 ó 10, porque ya no estaba Judas, se habían encontrado con el resucitado, él quiso ver, tengo que ver el agujero en las manos y tengo que meter mi mano en su costado.

Ocho días después de la resurrección, nuestro señor Jesucristo vuelve a aparecerse al grupo de los apóstoles reunidos y esta vez estaba Tomás y entonces le dice Jesús a Tomás lo que ustedes saben, le muestra las manos y le dice “aquí está el agujero de las manos, mete tus dedos, aquí está la herida del costado mete tu mano” y el apóstol Tomás se postró ante Cristo y dijo ”Señor mío y Dios mío” y Jesús añadió “porque me has visto Tomás has creído, dichosos los que sin ver creen”.

¿Y quiénes son esos que sin ver creemos? Somos nosotros, Jesús nos llama felices a nosotros, el apóstol San Pedro también en su carta alude a lo mismo, se refiere a como nosotros amamos al que no vemos, creemos en aquel a quien no hemos visto y dice San Pedro: “y así vuestra fe resulta más preciosa que el oro el cual al ser purificado en el fuego es perecedero”.

Así que aquí hay toda una línea de enseñanza, para nosotros no debe resultarnos tan difícil identificarnos con estos hombres, que aunque eran ciegos seguían a Jesús, porque todos de alguna manera estamos en la misma condición, no podemos verle, pero El nos llama felices puesto que aun sin verle le oímos y oyéndole le amamos y amándole le seguimos.

Pero los ciegos seguían a Jesús no solamente por el oído, sin duda había una gran muchedumbre que estaba con Jesucristo, varias veces los evangelios nos cuentan como Jesús atraía gentes, multitudes, sobe todo a personas necesitadas, hambrientos, cojos, sordos, leprosos, la miseria humana siguiendo a la misericordia divina, ese es el evangelio, la gente seguía a Jesús porque necesitaba de Jesús y como son tantos los necesitados son muchos los seguidores.

En medio de esa multitud estos ciegos, apoyados, aconsejados, agarrados de la mano de otras personas, van siguiendo a Jesucristo, no logran verle pero si están con los que le acompañan y eso basta. Esto también vale para nosotros, ¿Cuál es la muchedumbre que está con Jesucristo? Tiene un nombre, se llama la Iglesia, y nosotros aunque a veces no vemos con claridad a Cristo, si permanecemos en la comunidad, si permanecemos con los hermanos, si permanecemos en la fe de la Iglesia, ahí estamos siguiendo a Jesús, a veces uno no logra verlo, a veces las tentaciones nos nublan la vista, las crisis, las contradicciones, los problemas nos confunden y en esos momentos no sabemos cómo actuar ni que decir, no encontramos a Cristo.

Cuando nos llega una noticia terriblemente mala nos preguntamos ¿donde está Dios? esa pregunta la hacemos porque no lo vemos, porque no lo encontramos.

El papá que sufre con el corazón en la mano viendo a su hijo enfermo, el hombre que se queda sin empleo y tiene una familia por alimentar, la mamá que queda descorazonada al descubrir que un hijo consume droga, el amigo que se sabe traicionado por otro amigo, los ejemplos son muchos, en todos estos casos fácilmente el corazón se nos va al piso, nos sentimos tristes y preguntamos ¿qué se hizo Dios? ¿Donde está Dios? ¿por qué me abandona? No lo vemos.

La tentación en esas circunstancias es apartarse de todo, darle la espalda al evangelio, darle la espalda a Jesús, la tentación es aislarse. ¿Qué significa esa palabra “aislarse”? significa volverse una isla, una isla solitaria que terminará muriendo en su desesperación y en su amargura.

Cuando tenemos dificultades, serias dificultades y no vemos a Cristo, entonces la tentación es abandonarlo todo, pero hay una cosa que podemos aprender de estos ciegos, ellos no veían a Cristo pero sí estaban con los demás creyentes, estaban con los hermanos, estaban con la comunidad, nosotros podemos decir estaban con la Iglesia, y así aunque ellos personalmente no veían se apoyaban, de alguna manera se apoyaban en los que tenían las cosas más claras, en los que sí podían ver.

Esa es también la vida cristiana, muchas veces uno no ve las cosas con claridad, pero en vez de caer en la tentación de aislarse, en vez de caer en la tentación de separarse del grupo y volverse una isla de amargura y desesperación como hacen algunos, la verdadera respuesta es, aunque tú no puedas ver no te apartes de los que algo ven.

Yo estoy pensando como una imagen que ilustra esta enseñanza, estoy pensando en las procesiones que hacemos aquí en Chiquinquirá, hace un par de meses tuvimos una hermosa procesión el primer domingo de octubre cuando celebrábamos a nuestra Señora del Rosario, es una procesión que convoca a mucha gente, la fila es larga a veces la imagen no se ve ¿Cuál es la manera de no perderse uno? Uno sigue con los demás y así no se pierde porque uno no alcanza a ver todo, pero uno sigue con el grupo, uno sigue con el rebaño de Cristo, uno sigue con la porción de Cristo, con el pueblo de Cristo, con el cuerpo de Cristo.

Y si uno sigue con el cuerpo de Cristo, uno encuentra a Cristo que es la cabeza, ese día de la procesión dimos un recorrido por las calles de Chiquinquirá y llegamos después felizmente a esta casa de oración, a esta basílica, que yo sepa nadie se perdió ¿Por qué nadie se perdió? Porque íbamos juntos, porque no nos apartamos del grupo, porque permanecemos en la comunidad, por eso dice la Carta a los Hebreos en el capitulo nueve o diez, “no abandonéis vuestras asambleas como algunos tienen por costumbre” no abandonéis las asambleas”.