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Es una palabra dulce, pero que trae como su amargura, luego es una dulzura que tiene su dulzor; es una palabra de profunda mansedumbre, pero de increíble fuerza; es una palabra de incalculable poder, pero de intensa humildad. | Es una palabra dulce, pero que trae como su amargura, luego es una dulzura que tiene su dulzor; es una palabra de profunda mansedumbre, pero de increíble fuerza; es una palabra de incalculable poder, pero de intensa humildad. | ||
| − | Algunas veces nosotros quisiéramos quedarnos sólo con la parte dulce del Evangelio, quedarnos con un Jesús bien tierno, cacheticolorado, largos cabellos, sonrisa pepsodent, mirada amable. A veces quisiéramos que ése fuera todo Jesús para nosotros | + | Algunas veces nosotros quisiéramos quedarnos sólo con la parte dulce del Evangelio, quedarnos con un Jesús bien tierno, cacheticolorado, largos cabellos, sonrisa pepsodent, mirada amable. A veces quisiéramos que ése fuera todo Jesús para nosotros y verle es así, y es mucho más dulce y es mucho más amoroso y mucho más tierno de lo que cabe en cualquier palabra humana. |
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| + | Pero no es solamente así; hay veces que tiene que obrar con vigor para purificar un corazón, así como obró con vigor para purificar el templo, y tuvo que sacra casi a empellones a los vendedores y hacerles ver que a Dios no se le trata de cualquier manera. | ||
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| + | Cuando uno ve a Jesús con esta fuerza, pronto puede preguntar: "¿Y dónde quedó la ternura? ¿Y dónde quedó la mansedumbre? ¿Y dónde quedó la humildad?" En realidad, la mansedumbre, la humildad y la ternura están siempre ahí, y eso se entenderá con un ejemplo. | ||
Revisión del 15:30 19 oct 2010
Fecha: 19961122
Título:
Original en audio: 9 min. 41 seg.
Queridos Hermanos:
Las lecturas que la Iglesia nos ofrece hoy, la primera del Apocalipsis y la segunda del evangelio según San Lucas, nos presentan ese contraste entre dulzura y amargura, entre mansedumbre y violencia, entre sonrisa y disgusto, ese contraste, esa tensión que tiene el mensaje del evangelio y que tiene en realidad la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios es dulce, y hemos repetido con el salmista: "Qué dulce al paladar tu promesa, Señor" Salmo 118,103, y sin embargo, a este vidente del Apocalpsis se le dice: "Cómete esta palabra dulce, pero todavía tienes que profetizar contra pueblos, contra razas, contra lenguas" Apocalipsis 10,10.11.
Es una palabra dulce, pero que trae como su amargura, luego es una dulzura que tiene su dulzor; es una palabra de profunda mansedumbre, pero de increíble fuerza; es una palabra de incalculable poder, pero de intensa humildad.
Algunas veces nosotros quisiéramos quedarnos sólo con la parte dulce del Evangelio, quedarnos con un Jesús bien tierno, cacheticolorado, largos cabellos, sonrisa pepsodent, mirada amable. A veces quisiéramos que ése fuera todo Jesús para nosotros y verle es así, y es mucho más dulce y es mucho más amoroso y mucho más tierno de lo que cabe en cualquier palabra humana.
Pero no es solamente así; hay veces que tiene que obrar con vigor para purificar un corazón, así como obró con vigor para purificar el templo, y tuvo que sacra casi a empellones a los vendedores y hacerles ver que a Dios no se le trata de cualquier manera.
Cuando uno ve a Jesús con esta fuerza, pronto puede preguntar: "¿Y dónde quedó la ternura? ¿Y dónde quedó la mansedumbre? ¿Y dónde quedó la humildad?" En realidad, la mansedumbre, la humildad y la ternura están siempre ahí, y eso se entenderá con un ejemplo.