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"Vieron traer a cuestas a un lisiado, solían colocarlo todos los días" [[:Category:Category:Hechos 003_002|Hechos de los Apóstoles 3,2]], -también el lisiado tenía su propia rutina, estaba la rutina del templo: todos los días la oración de media tarde, y la rutina del lisiado: todos los días ¿a dónde? "A la puerta llamada Hermosa" [[:Category:Category:Hechos 003_002|Hechos de los Apóstoles 3,2]]. | "Vieron traer a cuestas a un lisiado, solían colocarlo todos los días" [[:Category:Category:Hechos 003_002|Hechos de los Apóstoles 3,2]], -también el lisiado tenía su propia rutina, estaba la rutina del templo: todos los días la oración de media tarde, y la rutina del lisiado: todos los días ¿a dónde? "A la puerta llamada Hermosa" [[:Category:Category:Hechos 003_002|Hechos de los Apóstoles 3,2]]. | ||
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| + | O sea que ya él sabía: "llegó la hora de la oración de la tarde, ya ahora llegan mis amigos, y entonces me van a llevar cargado, y yo me voy a sentar ahí, y ahí voy a pedir limosna, y ahí estaré hasta no sé que hora, y después me llevarán". Existía la rutina del lisiado y existía la rutina del templo. | ||
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| + | Pedro y Juan, como judíos piadosos, iban a la oración del templo, esto no nos debe extrañar. Los primeros cristianos, -estamos hablando de los primerísimos cristianos, poco después de Pentecostés, que este es el tiempo de este pasaje-, estaban muy unidos a la vida del templo, porque en realidad ellos miraban a Cristo fundamentalmente ¿como qué? Como el cumplimiento de las promesas al pueblo elegido. | ||
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| + | Por lo tanto, ellos, en un primer momento, no sintieron que había que romper con todas las prácticas, por ejemplo las del templo, no había que romper con eso, porque todo eso, Cristo no había venido a abolirlo sino a darle plenitud. | ||
Revisión del 15:09 30 mar 2010
Fecha: 20010418
Título:
Original en audio: 31 min.28 se.
Una de las razones para creer que no va a apasar nada raro es porque nunca ha pasado.
Yo creo que la rutina, la repetición trae un efecto tranquilizador, porque le hace sentir a uno que está en terreno conocido, por ejemplo, esa es una de las ventajas de nuestra vida religiosa, es una vida que se llama "regular", claro que a veces es muy regular.
Pero se llama regular porque es según una regla, y esa regla, ese conjunto de costumbres, hacen que uno tenga como una cierta seguridad, uno sabe lo que va a suceder, eso tranquiliza.
Hay que tener casa no sólo en el espacio, sino casa en el tiempo. Tener casa en el espacio, es tener un rinconcito donde uno se sienta cómodo; tener casa en el tiempo, es tener unas costumbres lo suficientemente estables, como para que uno se sienta cómodo en ellas y sienta: "Este soy yo".
O sea que la rutina tiene un aspecto positivo, pero ese aspecto positivo, a veces, puede constituirse en un freno para la novedad de Dios. Y como no hay novedad más grande que la Resurrección, entonces el peso de lo esperado, el peso de lo que uno ya espera, le cierra los ojos para las sorpresas que Dios pudiera traer.
Es como lo que sucede con el lenguaje: si uno dice ciertas palabras, ya el oyente espera una cierta continuación, eso también pertenece a la rutina. Yo creo que hemos caído en el círculo, ya todo el mundo piensa que va a decir "el círculo vicioso", porque todos los círculos son viciosos.
¿Usted cuándo ha oído que se diga: "Hemos caído en el círculo perfecto", "hemos llegado al círculo eterno", el círculo hermoso", "el círculo sabio"? No. Ya es un lugar común, ya es una costumbre; "-un cículo", "-sí, círculo vicioso".
Uno completa el discurso, uno completa la experiencia, de ahí, que las apariciones del Resucitado causan una sorpresa, causan estupefacción: "¿Cómo así? Espere, explíqueme, ¿qué pasa?"
Cristo viene a romper la rutina, no sólo la rutina como conjunto de cosas que uno haceen el día, sino viene a cambiar la manera de ver, la manera de entender, la manera, la manera de escuchar.
El Resucitado es la absoluta novedad, el Resucitado trasciende toda la historia, y por eso, nos pone frente a un tipo de experiencias que rebasan todo lo que uno ha vivido.
Hay que romper con la rutina para que entre el Resucitado, pero no hay que romper con la rutina para que entre el pecado.
Ese es el reto que debe tener un buen cristiano. Tiene que tener unas costumbres sólidas, tiene que tener unas rutinas, todo cristiano tiene que tener rutinas, si usted mira la vida de los laicos santos, también ellos se definieron unas determinadas rutinas, unas prácticas, unas devociones, unas visitas, unas oraciones, porque no es posible de otra manera crecer en la oración.
Entonces hay que tener rutinas, costumbres estables y firmes, hay que tenerlas; lo suficientemente firmes, como para no quebrantarlas de modo que entre el pecado; pero lo suficientemente frágiles, como para que Cristo sí las pueda quebrantar.
El pecado no debe poder romper las costumbres nuestras, pero Cristo sí debe poder romper las costumbres nuestras.
Fíjese que eso ya se vio en la vida del Señor Jesús en esta tierra. Había unos que habían canonizado de tal manera las costumbres y las rutinas, que cuando vieron al paralítico, llevando la camilla, no se fijaron: "Oiga,lo curó", sino se fijaron fue: "Rompió el sábado".
No vieron la curación, no la vieron, sino vieron fue la camilla: "Está cargando camilla, hoy es sábado, sí sábado, hoy es sábado, cargando camilla,pecado". ¡Terrible!
Pero, el otro extremo es cuando uno rompe sus buenas costumbres no por darle paso a Cristo, sino por darle paso a la mediocridad, a la pereza, a la dejadez, eso no lo quiere Dios.
La primera lectura de hoy nos presenta cómo se quebró la rutina de un determinado hombre, es la victoria de Cristo sobrela rutina lo que aparece en esa primera lectura. "Subían al templo Pedro y Juan a la oración de media tarde" Hechos de los Apóstoles 3,1.
Esa oración estaba establecida, era una costrumbre, era una rutina: a media tarde había una oración en el templo, correspondía, más o menos, a lo que hoy podriamos llama "Nona", en la terminología de las horas del Oficio.
"Vieron traer a cuestas a un lisiado, solían colocarlo todos los días" Hechos de los Apóstoles 3,2, -también el lisiado tenía su propia rutina, estaba la rutina del templo: todos los días la oración de media tarde, y la rutina del lisiado: todos los días ¿a dónde? "A la puerta llamada Hermosa" Hechos de los Apóstoles 3,2.
O sea que ya él sabía: "llegó la hora de la oración de la tarde, ya ahora llegan mis amigos, y entonces me van a llevar cargado, y yo me voy a sentar ahí, y ahí voy a pedir limosna, y ahí estaré hasta no sé que hora, y después me llevarán". Existía la rutina del lisiado y existía la rutina del templo.
Pedro y Juan, como judíos piadosos, iban a la oración del templo, esto no nos debe extrañar. Los primeros cristianos, -estamos hablando de los primerísimos cristianos, poco después de Pentecostés, que este es el tiempo de este pasaje-, estaban muy unidos a la vida del templo, porque en realidad ellos miraban a Cristo fundamentalmente ¿como qué? Como el cumplimiento de las promesas al pueblo elegido.
Por lo tanto, ellos, en un primer momento, no sintieron que había que romper con todas las prácticas, por ejemplo las del templo, no había que romper con eso, porque todo eso, Cristo no había venido a abolirlo sino a darle plenitud.