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Al comienzo de nuestro retiro, ¡este evangelio drástico, sin contemplaciones, sin concesiones, este evangelio que no permite negociar con él, este evangelio que no permite componendas!
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"¡Ay de vosotros los ricos ... ! ¡Ay de vosotros los que ahora reís ... ! ¡Ay, si todo el mundo habla bien de vosotros ... ! (''véase'' San Lucas 6,24-26).
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Quiera el Señor volver proféticas esas palabras en estos días de retiro espiritual. Porque, así como ellas revelan la profunda ruptura que tiene el Evangelio de Cristo con muchos de los valores de este mundo, así también, que estos días sirvan para hacer una ruptura.
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''"No hay que tener miedo", nos decía San Agustín no hace mucho en el oficio de lectura:"No hay que tener miedo de que se rompa el corazón, si Dios promete un corazón nuevo".''
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''No hay que tener miedo de que se rompa la vida, si Dios promete una vida nueva. No hay que tener miedo de que lleguen las lágrimas, si con ellas se riega la tierra que da fruto de eternidad.''
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Nos acercamos a Jesús, y muchas veces hemos dicho: "Voy a pedir sanación". Pues, este evangelio como que dice lo contrario. Este evangelio y la radicalidad de los mártires que hoy celebramos, como que manifiestan lo contrario.
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Como que nos recuerda, que no siempre se debe acercar uno a Jesús para decirle: "¡Sáname!". Hay veces que hay que acercarse a Jesús para decirle: "¡Hiéreme!" No siempre hay que rogarle: "¡Repárame!" Hay veces que hay que rogar: "¡Fractúrame!" No siempre hay que decirle: "¡Constrúyeme!" A veces hay que decirle: "¡Destrúyeme!"
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Y cuando Dios envía al Profeta Jeremías, al darle las palabras que definen su misión, le dice: "Para arrancar y derribar, para destruir y plantar" (''véase'' Jeremías 1,10).
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Si uno mira el texto completo, Dios utiliza seis verbos: cuatro de destrucción y dos de destrucción; cuatro de derribar, de arrasar, de arrancar, y dos de construir y de plantar.
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Casi siempre uno se acerca a Dios para suplicarle: "¡Repárame! ¡Constrúyeme!" Pero, no se puede edificar la casa, no se puede hacer un arreglo sin hacer un poco de mugre, sin levantar un poco de polvo.
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Imagínate que fuéramos a hacer una reparación en esta casa, y entonces llegan los albañiles, llegan los constructores y dicen: "-Bueno, pues, toca quitar esta pared". "-¡No! ¡No! Esta pared no la toca". "-Tenemos que levantar esta parte del piso". "-Éso tampoco lo haga". "-Hay que quitar esa ventana". "-No la mueva". Entonces, el albañil diría: "Mire, mejor no toco nada, no miro nada y no cambio nada. Permiso, me voy".

Revisión del 04:07 28 jun 2009

Fecha: 19960709

Título: ¡Quebranta y rompe, Senor!

Original en audio: 11 min. 3 seg.


Al comienzo de nuestro retiro, ¡este evangelio drástico, sin contemplaciones, sin concesiones, este evangelio que no permite negociar con él, este evangelio que no permite componendas!

"¡Ay de vosotros los ricos ... ! ¡Ay de vosotros los que ahora reís ... ! ¡Ay, si todo el mundo habla bien de vosotros ... ! (véase San Lucas 6,24-26).

Quiera el Señor volver proféticas esas palabras en estos días de retiro espiritual. Porque, así como ellas revelan la profunda ruptura que tiene el Evangelio de Cristo con muchos de los valores de este mundo, así también, que estos días sirvan para hacer una ruptura.

"No hay que tener miedo", nos decía San Agustín no hace mucho en el oficio de lectura:"No hay que tener miedo de que se rompa el corazón, si Dios promete un corazón nuevo".

No hay que tener miedo de que se rompa la vida, si Dios promete una vida nueva. No hay que tener miedo de que lleguen las lágrimas, si con ellas se riega la tierra que da fruto de eternidad.

Nos acercamos a Jesús, y muchas veces hemos dicho: "Voy a pedir sanación". Pues, este evangelio como que dice lo contrario. Este evangelio y la radicalidad de los mártires que hoy celebramos, como que manifiestan lo contrario.

Como que nos recuerda, que no siempre se debe acercar uno a Jesús para decirle: "¡Sáname!". Hay veces que hay que acercarse a Jesús para decirle: "¡Hiéreme!" No siempre hay que rogarle: "¡Repárame!" Hay veces que hay que rogar: "¡Fractúrame!" No siempre hay que decirle: "¡Constrúyeme!" A veces hay que decirle: "¡Destrúyeme!"

Y cuando Dios envía al Profeta Jeremías, al darle las palabras que definen su misión, le dice: "Para arrancar y derribar, para destruir y plantar" (véase Jeremías 1,10).

Si uno mira el texto completo, Dios utiliza seis verbos: cuatro de destrucción y dos de destrucción; cuatro de derribar, de arrasar, de arrancar, y dos de construir y de plantar.

Casi siempre uno se acerca a Dios para suplicarle: "¡Repárame! ¡Constrúyeme!" Pero, no se puede edificar la casa, no se puede hacer un arreglo sin hacer un poco de mugre, sin levantar un poco de polvo.

Imagínate que fuéramos a hacer una reparación en esta casa, y entonces llegan los albañiles, llegan los constructores y dicen: "-Bueno, pues, toca quitar esta pared". "-¡No! ¡No! Esta pared no la toca". "-Tenemos que levantar esta parte del piso". "-Éso tampoco lo haga". "-Hay que quitar esa ventana". "-No la mueva". Entonces, el albañil diría: "Mire, mejor no toco nada, no miro nada y no cambio nada. Permiso, me voy".