Diferencia entre revisiones de «I093001a»

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar
(New page: Fecha: 19990620 Título: Original en audio: 12 min. 9 seg. Queridos Hermanos: El episodio del Libro de Tobías, que acabamos de escuchar, nos invita a la oración. La oración no en pr...)
 
Línea 1: Línea 1:
 
Fecha: 19990620
 
Fecha: 19990620
  
Título:
+
Título: No oramos porque seamos buenos
  
 
Original en audio: 12 min. 9 seg.
 
Original en audio: 12 min. 9 seg.
Línea 7: Línea 7:
 
Queridos Hermanos:
 
Queridos Hermanos:
  
El episodio del Libro de Tobías, que acabamos de escuchar, nos invita a la oración. La oración no en primer lugar como un deber que nosotros nos imponemos, sino como una oportunidad que Dios regala a nuestra vida.
+
El episodio del Libro de Tobías, que acabamos de escuchar, nos invita a la oración. La oración, no en primer lugar, como un deber que nosotros nos imponemos, sino como una oportunidad que Dios regala a nuestra vida.
  
La oración no es en primer lugar un propósito nuestro, sino una ocasión, un regalo que Dios concede; no es porque seamos buenos, sino para que podamos mejorar.
+
La oración no es, en primer lugar, un propósito nuestro, sino una ocasión, un regalo que Dios concede; no es porque seamos buenos, sino para que podamos mejorar.
  
 
A veces uno se pregunta cómo orar y a veces se pregunta qué hacer para mejorar la oración. Nuestro tiempo tiene dificultades para recogerse, para el silencio; las condiciones exteriores apropiadas para la oración no suelen darse, y las condiciones interiores de paz, de confianza tampoco se dan a veces.
 
A veces uno se pregunta cómo orar y a veces se pregunta qué hacer para mejorar la oración. Nuestro tiempo tiene dificultades para recogerse, para el silencio; las condiciones exteriores apropiadas para la oración no suelen darse, y las condiciones interiores de paz, de confianza tampoco se dan a veces.
Línea 19: Línea 19:
 
Esa oración de grito, esa oración de llanto, esa oración que nace de estrellarse uno con las dificultades, con los límites absolutos de uno mismo, esa oración que a veces ni palabras tiene, esa oración profunda, quemante, tiene un inmenso valor ante Dios.
 
Esa oración de grito, esa oración de llanto, esa oración que nace de estrellarse uno con las dificultades, con los límites absolutos de uno mismo, esa oración que a veces ni palabras tiene, esa oración profunda, quemante, tiene un inmenso valor ante Dios.
  
Porque no está el valor de la oración en la elocuencia de las palabras, sino está, en primer lugar,  en ese arrojar toda nuestra confianza en el Señor; una oración así logra grandes coas; una oración que se lanza completamente hacia el Señor. Por eso podemos esperar muchos bienes de esa oración
+
Porque no está el valor de la oración en la elocuencia de las palabras, sino está, en primer lugar,  en ese arrojar toda nuestra confianza en el Señor; una oración así logra grandes coas; una oración que se lanza completamente hacia el Señor. Por eso podemos esperar muchos bienes de esa oración.
 +
 
 +
Nada es difícil para Dios, no sólo no es imposible, sino que nada es difícil; Él es poderoso sin esfuerzo; Dios puede hacer grandes cosas por nosotros; Dios puede liberarnos, puede sanarnos, puede desatarnos de malas costumbres, de vicios, de resentimientos; Dios tiene poder para sacar de nosotros todo poder de las tinieblas.
 +
 
 +
Y lo que hoy nos ha presentado esa Primera Lectura es un par de personas que hicieron eso ante Dios y a las que Dios escuchó; se lanzaron a ese Dios; botaron, arrojaron toda su confianza en Dios.
 +
 
 +
Ese verbo arrojar es el mismo que aparece en la Carta de Pedro cuando dice: "Arrojad sobre el Señor todas vuestras preocupaciones" (véase  ). Una oración así, repleta de confianza es también una oración llena de humildad. Si algo tinen estos dos orantes del Libro de Tobías es una profunda humildad.
 +
 
 +
Dice aquel ciego triste no dice: "¡Qué desgracia", o, "¡qué injusticia que yo me haya quedado ciego!", que podría haberlo dicho, lo que dice es: "Soy un pecador, pertenezco a un pueblo de pecadores,pero no puedo más" (véase  ).
 +
 
 +
Lo mismo sucede a esa Sara, que no podía conocer la alegría del matrimonio; sin comer, sin beber, en ayuno, en silencio, en humillación, no tiene otro refugio que Dios, y se humilla ante Dios y le pide. Esta oración viene del Espíritu Santo, esta oración se parece a eso que dice San Pablo que: "El Espíritu Santo intercede en nosotros y por nosotros con gemidos inefables" (véase  ).
 +
 
 +
Yo pienso que ansiar la oración, así nos lo enseña San Agustín, ya es orar; tener ganas de ser orantes, muchos no hemos podido, no hemos encontrado camino, muchos quisiéramos llevar verdaderamente una vida de oración, y tal vez encontramos tropiezos, tal vez las palabras de la Escritura quedan ahí como en el papel; tal vez las experiencias de otras personas nos parecen como lejanas, o como fanáticas, o como excesivas, o como acríticas.
 +
 
 +
Pero hay algo, hay un borbotear, hay un murmullo del Espíritu, allá en lo profundo de nuestro corazón, que nos invita, que nos llama a orar; en ese gemido del Espíritu, en ese clamor del Espíritu hay algo, hay una obra de Dios, y esa obra de Dios se puede volver un torrente de oración y esa oración Dios la escucha.

Revisión del 22:10 24 may 2007

Fecha: 19990620

Título: No oramos porque seamos buenos

Original en audio: 12 min. 9 seg.

Queridos Hermanos:

El episodio del Libro de Tobías, que acabamos de escuchar, nos invita a la oración. La oración, no en primer lugar, como un deber que nosotros nos imponemos, sino como una oportunidad que Dios regala a nuestra vida.

La oración no es, en primer lugar, un propósito nuestro, sino una ocasión, un regalo que Dios concede; no es porque seamos buenos, sino para que podamos mejorar.

A veces uno se pregunta cómo orar y a veces se pregunta qué hacer para mejorar la oración. Nuestro tiempo tiene dificultades para recogerse, para el silencio; las condiciones exteriores apropiadas para la oración no suelen darse, y las condiciones interiores de paz, de confianza tampoco se dan a veces.

Pero yo quiero destacar que nosotros no oramos porque seamos buenos; una oración bine hecha, no es una medalla que se le pone al que se ha portado bien, sino en primer lugar, es una medicina para el que ya no sabe cómo portarse, para el que ya no sabe qué hacer.

Hay un ejemplo de esa oración en este hombre que tenía un niño enfermo, fue donde los Apóstoles y no pudieron sanarlo, fue donde Jesús y Jesús le dice: "Si crees, es posible" (véase ), El Evangelista nos cuenta que aquel hombre gritó: "Yo sí creo, pero ayuda a mi poca fe" (véase ).

Esa oración de grito, esa oración de llanto, esa oración que nace de estrellarse uno con las dificultades, con los límites absolutos de uno mismo, esa oración que a veces ni palabras tiene, esa oración profunda, quemante, tiene un inmenso valor ante Dios.

Porque no está el valor de la oración en la elocuencia de las palabras, sino está, en primer lugar, en ese arrojar toda nuestra confianza en el Señor; una oración así logra grandes coas; una oración que se lanza completamente hacia el Señor. Por eso podemos esperar muchos bienes de esa oración.

Nada es difícil para Dios, no sólo no es imposible, sino que nada es difícil; Él es poderoso sin esfuerzo; Dios puede hacer grandes cosas por nosotros; Dios puede liberarnos, puede sanarnos, puede desatarnos de malas costumbres, de vicios, de resentimientos; Dios tiene poder para sacar de nosotros todo poder de las tinieblas.

Y lo que hoy nos ha presentado esa Primera Lectura es un par de personas que hicieron eso ante Dios y a las que Dios escuchó; se lanzaron a ese Dios; botaron, arrojaron toda su confianza en Dios.

Ese verbo arrojar es el mismo que aparece en la Carta de Pedro cuando dice: "Arrojad sobre el Señor todas vuestras preocupaciones" (véase ). Una oración así, repleta de confianza es también una oración llena de humildad. Si algo tinen estos dos orantes del Libro de Tobías es una profunda humildad.

Dice aquel ciego triste no dice: "¡Qué desgracia", o, "¡qué injusticia que yo me haya quedado ciego!", que podría haberlo dicho, lo que dice es: "Soy un pecador, pertenezco a un pueblo de pecadores,pero no puedo más" (véase ).

Lo mismo sucede a esa Sara, que no podía conocer la alegría del matrimonio; sin comer, sin beber, en ayuno, en silencio, en humillación, no tiene otro refugio que Dios, y se humilla ante Dios y le pide. Esta oración viene del Espíritu Santo, esta oración se parece a eso que dice San Pablo que: "El Espíritu Santo intercede en nosotros y por nosotros con gemidos inefables" (véase ).

Yo pienso que ansiar la oración, así nos lo enseña San Agustín, ya es orar; tener ganas de ser orantes, muchos no hemos podido, no hemos encontrado camino, muchos quisiéramos llevar verdaderamente una vida de oración, y tal vez encontramos tropiezos, tal vez las palabras de la Escritura quedan ahí como en el papel; tal vez las experiencias de otras personas nos parecen como lejanas, o como fanáticas, o como excesivas, o como acríticas.

Pero hay algo, hay un borbotear, hay un murmullo del Espíritu, allá en lo profundo de nuestro corazón, que nos invita, que nos llama a orar; en ese gemido del Espíritu, en ese clamor del Espíritu hay algo, hay una obra de Dios, y esa obra de Dios se puede volver un torrente de oración y esa oración Dios la escucha.