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Revisión del 23:48 31 oct 2008
Fecha: 20001122
Título: El éxtasis que lleva a la verdad interior
Original en audio: 11 min. 41 seg.
El libro de la Biblia en el que aparece con mayor frecuencia la palabra éxtasis, tal vez es este Libro del Apocalipsis que estamos leyendo y meditando al final del Año Litúrgico.
Un éxtasis, como lo indica su raíz griega, es una salida, es salir de sí mismo. A este vidente del Apocalipsis, Dios le concedió muchas veces esa gracia, por decirlo de algún modo, levantarse de su situación presente y mirar un conjunto más amplio. O lo podemos decir de otra manera, percibir un horizonte, un nuevo horizonte.
En este sentido, todos necesitamos de ese género de éxtasis. Necesitamos levantarnos del momento presente y percibir en un nuevo horizonte, cómo muchas cosas de las que parecen despreciables, son en realidad importantes, así como muchas de las que parecen importantes, son poca cosa ante los ojos de Dios. Un éxtasis es una participación en la mirada de Dios.
Cuentan las crónicas, por ejemplo, de aquellos niños en las visiones de Fátima. Los niños tuvieron varios éxtasis. Algunos de esos éxtasis eran para mirar sobre la historia del mundo, y otros, -o por lo menos uno de ellos-, fue para que pudieran mirar hacia adentro.
Es algo como lo que sugiere la imagen que aparece en el Apocalipsis hoy, cuando se habla de esos extraños seres, "uno en forma de león, otro en forma de novillo, otro en forma de hombre y otro en forma de águila, que tenían ojos por fuera y por dentro" (véase Apocalipsis 4,7-8).
Es una sobreabundancia de luz. Esa multitud de ojos no es para que hagamos una representación en nuestra imaginación de qué tipo de monstruo sería eso. Esa multiplicación de ojos es una multiplicación de luz. Es como un éxtasis permanente. El Cielo es como un éxtasis permanente.
Quiero destacar el éxtasis que lleva a la verdad interior. Esos seres que alegóricamente han sido vistos por la tradición católica como imagen de los Evangelistas, -Marcos sería el león, Mateo sería el torete, el novillo; Lucas, el hombre, y Juan, el águila-, esos seres tienen ojos por dentro. Hay un éxtasis interior que les lleva como a reconocer la profundidad de la presencia de Dios también dentro de ellos.