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''¿Qué hacemos para sorprender? ¿Sorprender con amor y con alegría? ¿Con santidad y con pureza? ¿Con verdad y con una primavera del Espíritu en los corazones? ¿Qué hacemos para que los Obispos prediquen con ganas? ¿Qué hacemos para que no nos digan únicamente lo que es verdadero, sino para que nos enamoren con lo que es bello? ¿Qué hacemos para que los superiores por fin envíen circulares que nos animen, que nos hagan llorar de gozo? Necesitamos esa clase de predicación y esa clase de circulares.''
 
''¿Qué hacemos para sorprender? ¿Sorprender con amor y con alegría? ¿Con santidad y con pureza? ¿Con verdad y con una primavera del Espíritu en los corazones? ¿Qué hacemos para que los Obispos prediquen con ganas? ¿Qué hacemos para que no nos digan únicamente lo que es verdadero, sino para que nos enamoren con lo que es bello? ¿Qué hacemos para que los superiores por fin envíen circulares que nos animen, que nos hagan llorar de gozo? Necesitamos esa clase de predicación y esa clase de circulares.''
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¿Cómo puede llegar a ser tan aburrida la vida cristiana para tanta gente? Entonces la gente se nos aburre desde temprana edad. La historia mía siempre es la de ese niño que decía: "Yo no vuelvo a Misa". "¿Por qué no vuelves a Misa?" "Porque el padre siempre dice lo mismo, que nos portemos bien".
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Yo quisiera ser un padre, no uno que dice que se porten mal, pero sí quisiera ser un verdadero padre que trae una vida nueva. ¡Si yo pudiera inyectar en la vida de usted una verdadera sorpresa! ¡Imagínese que usted pudiera sentir después de quince años, veinte años, que el corazón se le acelera de amor!
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Hay religiosas, a las que yo quisiera entrevistar con esa casi crueldad que tienen algunos periodistas, por ejemplo, aquí en Colombia, y decirle: "Hermana, ¿a usted qué le acelera el pulso hoy aparte de la arterioesclerosis? ¿Qué le acelera el pulso a usted, hermana? ¿Qué hace que usted sienta gozo? ¿Qué le trae brillo a sus ojos, hermana?" Ustedes dirán que la emprendí contra las hermanas. ¡No!
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A tantos católicos: ¿Qué podemos hacer para que tu vida reciba una aparición de gracia y de gloria? ¿Qué podemos hacer para que tú puedas sentir que habitabas en tierras de sombra, y una luz te brilló? O de pronto, esa luz ya está brillando. De pronto, como sugiere una traducción del griego en el capítulo cuarto de San Lucas: "La Palabra se cumple al pronunciarla" ( ''véase'' San Lucas 4, 21 ). De pronto tú sientes allá en lo profundo de tu corazón: "Me gustaría sentir eso".
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El primer punto, el punto de partida es que uno pueda sentir algo de envidia de la gente que está enamorada, no de la gente que está apasionada simplemente. La pasión es una cosa que no es tan interesante; se repite siempre. Además implica como una especie de apagar la luz. Una persona apasionada con la pasión de la ira, o con la pasión del sexo, con la pasión de la vanidad, del orgullo, es una persona enceguecida. La pasión es algo aburrido, porque es enceguecido.
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No digo una persona así, digo una persona enamorada, una persona que se siente "en-amor", "en-amor-ada", una persona que se siente inundada de amor. Yo creo que si algo debe traernos esta Fiesta, es una inundación de amor, que uno sienta que es muy grande siendo tan chiquito. ¡Es tan bonito! ¡Es tan bello! ¡Es tan santo!
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El fruto grande de esta Noche de Navidad, es que podamos sentir que algo puede empezar en nosotros, algo que puede ser un secreto que se queda entre el Pesebre y tu corazón.
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Quizá con estas palabras que te estoy diciendo, esa luz está naciendo en ti. De pronto tú sientes que vale la pena conocer a Jesús, no como lo que alguien dijo que otro le contó, que otro más había dicho. De pronto tú sientes en este instante, que quisieras tener lo que dijo San Pablo, una experiencia particular, personal, innegable, incontestable del amor de Dios.
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''Ese es el fruto de la Navidad: Sentir que ese Niño vino por mí, que así me ama, que me ha amado, y que eso me quiebra la voz y me hace llorar.''
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Hay que tenerle miedo a la gente que llora por todo, pero hay que tenrle miedo también a la gente que no llora por nada. Hay que tenerle miedo a la gente que se ríe de todo, pero hay que tenerle miedo a la gente que no ríe de nada.
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''¡Qué bello encontrar una persona que puede llorar de alegría sabiendo que el Niño vino, que es verdad que ha nacido! ¡Qué bueno encontrar una persona que corre al Portal de Belén, que se postra, que ve la humildad de esos pañales, de esas telas, que ve la pobreza, la sencillez, y al mismo tiempo la alegría; que ve lo perfecto en lo más humilde, en lo más bajo, lo más excluido!''
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''Cuando uno tiene una experiencia de esa naturaleza, mis hermanos, uno tiene una experiencia de lo que es la gracia de Dios. Uno siente escalofrío; es algo que se siente en el cuerpo también.''

Revisión del 16:49 13 dic 2007

Fecha: 20061225

Título: Podemos ser sorprendidos por Dios

Original en audio: 25 min. 55 seg.


A veces es una buena idea, cuando queremos meditar en las lecturas que nos ofrece la Iglesia, buscar alguna palabra, o alguna idea que esté en común en esas lecturas.

Por ejemplo, el día de hoy yo quisiera tomar el verbo "aparecer". Es como verse uno sorprendido por una buena noticia. Eso está en las tres lecturas de hoy.

Isaías nos ha dicho: "El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande" ( véase Isaías 9,2 ). Cuando uno va en tinieblas, uno no espera que aparezca luz; mucho menos espera una luz grande. Es una sorpresa, es algo que no aguardábamos.

En la segunda lectura de San Pablo a Tito encontramos: "Ha aparecido la gracia de Dios" ( véase Carta a Tito 2,11 ). Eso es algo que no nos esperábamos. Esperábamos tal vez el castigo de Dios. Hay mucha gente esperando la ira de Dios, el castigo de Dios, el desquite de Dios.

Es muy difícil tratar de explicar lo que es que aparezca la gracia de Dios. Es más fácil entender a un Dios bravo, un Dios iracundo por el mal comportamiento de los seres humanos. Eso lo podríamos entender. Pero, ¿cómo entender que ha aparecido la gracia de Dios? ¿Qué quiere decir eso? ¿Que no importa si yo peco, o no peco?

Alguna gente interpretaba la predicación del Apóstol San Pablo de esa manera. Lo calumniaban, y decían: "Lo que usted está diciendo con ese mensaje de la gracia, es que el pecado en realidad no importa, y que uno puede hacer lo que se le dé la gana". En todo caso, en la segunda lectura está esa idea: "Ha aparecido la gracia de Dios" ( véase Carta a Tito 2,11 ).

Y en la lectura del evangelio, también hay otra aparición; en realidad son varias apariciones: "Unos pastores pasaban la noche al raso, al aire libre" ( véase San Lucas 2,8 ). No esperaban nada especial esa noche. Pero, "un Ángel del Señor se les presenta, la gloria del Señor se les presenta" ( véase San Lucas 2,9 ), una noticia de inmensa alegría se les presenta. Ellos no estaban esperando eso. Se trata de una aparición; es una sorpresa.

El Dios que tanto necesitamos, el Dios que tratamos de esperar, es sin embargo una sorpresa; es siempre una sorpresa. Y creo que este es un mensaje muy importante para nosotros: que Dios es capaz de sorprender, que no le conocemos todos sus caminos, y que en su sorpresa, cambia por completo nuestra historia.

"El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande" ( véase Isaías 9,2 ). Se vieron sorprendidos con la luz. Me gusta ese verbo del castellano antiguo, que nosotros hoy atribuímos sobre todo a la gente sencilla, tal vez la del campo: "Se toparon con la luz". Es perfecto para describir lo que nos quiere decir Isaías: es toparse con la luz; es algo que yo no esperaba.

Hay mucha gente que no espera nada esta noche. Se parecen a los pastores de los que habla el evangelio. Yo me atrevo a pensar que la mayor parte de la gente no espera nada de esta noche. Y es posible que algunos de ustedes hayan venido aquí, y no esperen nada de esta noche. Es posible que ustedes hayan venido aquí, y simplemente estén esperando que termine esta cosa religiosa, y "vámonos".

¿A qué? ¿A una fiesta como a otras fiestas? ¿A una comida como a otras comidas? ¿A un baile como a otros bailes? ¿A las amistades? ¿A las risas? Eso espera mucha gente.

Yo debo reconocer, que, claro, como mi vida está entregada a este servicio, a mí eso me causa disgusto, que la gente no tenga esa esperanza, que la gente llega a la iglesia sin esperar nada. Mucha gente llega sin esperar nada, llegan desconociendo a Dios. La primera tentación de uno es como de disgusto, como de rabia. Pero si yo me pusiera bravo, estaría traicionando el Evangelio que predico.

¡Bienvenidos los que no esperan nada! ¡Bienvenidos los aburridos! ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos los incrédulos y semi-incrédulos! Y, ¡Bienvenidos todos los distraídos!

La gente que está en gran preparación, tal vez no necesite estas palabras. Pero el pueblo que caminaba en tinieblas, no estaba esperando una luz grande, y les llegó esa luz. Y si Dios lo hizo esa vez, llamando a ese pueblo a una esperanza, Dios lo puede hacer también hoy.

Nos dice la Carta de San Pablo a Tito: "Ha aparecido la gracia de Dios" ( véase Carta a Tito 2,11 ), lo que no esperábamos. No esperábamos un Dios así, pero ha llegado. Y si ese Dios ha llegado, si ese Dios ha cautivado, ha fascinado y ha enamorado gente a lo largo de tantos siglos, ¿por qué no puede hacerlo hoy? ¿Por qué no puede tomar hoy al corazón más frío que hay entre nosotros?

Ustedes saben que a veces debajo de un hábito, se esconde un corazón helado, un corazón frío, un corazón indiferente que ya lo sabe todo. Hay religiosos que ya lo saben todo, hay sacerdotes que ya lo saben todo, y no se sorprenden de nada. Esos tampoco esperan nada.

Hay monjas que viven la Navidad como otra ceremonia más dentro de la larga, interminable serie de ceremonias que tiene toda su vida. Pero tampoco esperan que suceda nada especial en esta noche.

O entre los amigos laicos, jóvenes, niños, matrimonios que nos acompañan, de pronto hay personas que tampoco esperan nada.

¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos los aburridos! ¡Bienvenidos los rutinizados! ¡Bienvenidos los desconsolados! Ustedes pueden ser atraídos, ustedes pueden ser sorprendidos. Quizá hoy usted puede toparse con la gracia de Dios, como dirían nuestros amados campesinos. Quizá hoy usted puede toparse con un Ángel del Cielo.

Y eso explica muchas cosas. Por ejemplo, eso explica el temor. La persona que se siente que está super preparada para recibir a Dios, cuando se le aparece un Ángel, entonces dice: "Bueno, llegó un poco tarde pero al fin llegó". No siente sorpresa; siente que se merece ese Ángel.

¿Sabe que hay gente que siente que se merece comulgar? Hay gente que siente que se merece ser perdonada, y hay gente que siente que se merece la gracia. "La gracia no se merece", dice Santo Tomás de Aquino, "la gracia es principio para merecer". "Principium merendi", dice Santo Tomás. La gracia no se merece.

Yo como quisiera a veces tomar esas vidas acartonadas, de las cuales he conocido tantas, y la mía ha sido muchas veces así, tomar esas vidas envejecidas, rutinizadas, esas vidas que no esperan nada, esos monjes aburridos, esos sacerdotes aburridos que cogen con pereza el libro, que no saben ni leer, que no les interesa lo que están leyendo, esas monjas que toman esa Liturgia de las Horas, y: "¡Ay! ¡La Cruz!" ¡Qué agradable sería poder tomar una vida de esas, y darle una sorpresa!

Ese es mi único reclamo en contra de Catalina Labouré, Margarita María Alacoque y Faustina Kowalska, con la probable excepción de esta última. ¡Eran personas como tan buenecitas!

¿Qué hacemos para sorprender? ¿Sorprender con amor y con alegría? ¿Con santidad y con pureza? ¿Con verdad y con una primavera del Espíritu en los corazones? ¿Qué hacemos para que los Obispos prediquen con ganas? ¿Qué hacemos para que no nos digan únicamente lo que es verdadero, sino para que nos enamoren con lo que es bello? ¿Qué hacemos para que los superiores por fin envíen circulares que nos animen, que nos hagan llorar de gozo? Necesitamos esa clase de predicación y esa clase de circulares.

¿Cómo puede llegar a ser tan aburrida la vida cristiana para tanta gente? Entonces la gente se nos aburre desde temprana edad. La historia mía siempre es la de ese niño que decía: "Yo no vuelvo a Misa". "¿Por qué no vuelves a Misa?" "Porque el padre siempre dice lo mismo, que nos portemos bien".

Yo quisiera ser un padre, no uno que dice que se porten mal, pero sí quisiera ser un verdadero padre que trae una vida nueva. ¡Si yo pudiera inyectar en la vida de usted una verdadera sorpresa! ¡Imagínese que usted pudiera sentir después de quince años, veinte años, que el corazón se le acelera de amor!

Hay religiosas, a las que yo quisiera entrevistar con esa casi crueldad que tienen algunos periodistas, por ejemplo, aquí en Colombia, y decirle: "Hermana, ¿a usted qué le acelera el pulso hoy aparte de la arterioesclerosis? ¿Qué le acelera el pulso a usted, hermana? ¿Qué hace que usted sienta gozo? ¿Qué le trae brillo a sus ojos, hermana?" Ustedes dirán que la emprendí contra las hermanas. ¡No!

A tantos católicos: ¿Qué podemos hacer para que tu vida reciba una aparición de gracia y de gloria? ¿Qué podemos hacer para que tú puedas sentir que habitabas en tierras de sombra, y una luz te brilló? O de pronto, esa luz ya está brillando. De pronto, como sugiere una traducción del griego en el capítulo cuarto de San Lucas: "La Palabra se cumple al pronunciarla" ( véase San Lucas 4, 21 ). De pronto tú sientes allá en lo profundo de tu corazón: "Me gustaría sentir eso".

El primer punto, el punto de partida es que uno pueda sentir algo de envidia de la gente que está enamorada, no de la gente que está apasionada simplemente. La pasión es una cosa que no es tan interesante; se repite siempre. Además implica como una especie de apagar la luz. Una persona apasionada con la pasión de la ira, o con la pasión del sexo, con la pasión de la vanidad, del orgullo, es una persona enceguecida. La pasión es algo aburrido, porque es enceguecido.

No digo una persona así, digo una persona enamorada, una persona que se siente "en-amor", "en-amor-ada", una persona que se siente inundada de amor. Yo creo que si algo debe traernos esta Fiesta, es una inundación de amor, que uno sienta que es muy grande siendo tan chiquito. ¡Es tan bonito! ¡Es tan bello! ¡Es tan santo!

El fruto grande de esta Noche de Navidad, es que podamos sentir que algo puede empezar en nosotros, algo que puede ser un secreto que se queda entre el Pesebre y tu corazón.

Quizá con estas palabras que te estoy diciendo, esa luz está naciendo en ti. De pronto tú sientes que vale la pena conocer a Jesús, no como lo que alguien dijo que otro le contó, que otro más había dicho. De pronto tú sientes en este instante, que quisieras tener lo que dijo San Pablo, una experiencia particular, personal, innegable, incontestable del amor de Dios.

Ese es el fruto de la Navidad: Sentir que ese Niño vino por mí, que así me ama, que me ha amado, y que eso me quiebra la voz y me hace llorar.

Hay que tenerle miedo a la gente que llora por todo, pero hay que tenrle miedo también a la gente que no llora por nada. Hay que tenerle miedo a la gente que se ríe de todo, pero hay que tenerle miedo a la gente que no ríe de nada.

¡Qué bello encontrar una persona que puede llorar de alegría sabiendo que el Niño vino, que es verdad que ha nacido! ¡Qué bueno encontrar una persona que corre al Portal de Belén, que se postra, que ve la humildad de esos pañales, de esas telas, que ve la pobreza, la sencillez, y al mismo tiempo la alegría; que ve lo perfecto en lo más humilde, en lo más bajo, lo más excluido!

Cuando uno tiene una experiencia de esa naturaleza, mis hermanos, uno tiene una experiencia de lo que es la gracia de Dios. Uno siente escalofrío; es algo que se siente en el cuerpo también.