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¡Qué gran misionero! ¡Qué hombre generoso!¡Qué hombre penitente! Pero a la vez, ese otro oficio que también debemos considerar: Luis Berrtán el formador. Un hombre estricto, un hombre muy exigente con él mismo, extraordinariamente exigente con él mismo, y con una medida parecida pero menor, exigente con los novicios.
 
¡Qué gran misionero! ¡Qué hombre generoso!¡Qué hombre penitente! Pero a la vez, ese otro oficio que también debemos considerar: Luis Berrtán el formador. Un hombre estricto, un hombre muy exigente con él mismo, extraordinariamente exigente con él mismo, y con una medida parecida pero menor, exigente con los novicios.
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Realmente, Luis Bertrán tomó en serio aquello de buscar la santidad y de ayudar a los otros a buscarla. Los límites de su exigencia indudablemente nos parecen exajerados en nuestra época, quizás  algo se equivocó él, quizás en algo nos equivocamos nosotros.
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Lo cierto es que hay que descubrir, debajo de ese nivel de exigencencia hay que descubrir dos cosas: que la santidad existe y es alta y no es fácil, y en segundo lugar, un amor muy grande hacia esos mismos novicios, un amor para que cada uno llegara a ser lo que Dios quiso que fuera.
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Luis Bertrán miraba a sus novicios como joyas que debían ser talladas, Dios tenía que obrar en ellas, porque una joya sin tratar no es preciosa, se vuelve material precioso sólo cuando es realmente tallada y cuidada.
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Así que tenemos a un gran misionero y tenemos a un gran maestro de vida espiritual, un gran formador en la terminología que utilizamos hoy. Y hasta donde yo recuero no hay muchos ejemplos de frailesque hayan destacado tanto en esos dos campos que parecen casi contrarios.
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La vida del noviciado por definición es una vida de cierto recogimiento, es lo prpopio del noviciado; Claro, es necesaria también la ejercitación apostólica y todo aquello, pero en elcorazón del noviciado está esa llamada hacia el interior, conocernos delante de Dios, aprender a desnudar el corazón ante Dios, es un llamado a la interioridad.

Revisión del 18:36 8 oct 2010

Fecha: 20091009

Título:

Original en audio: 17 min. 21 seg


A lo largo de sus años de religioso y de sacerdote, Fray Luis Bertrán tuvo sobre todo dos encargos: misionero y formador.

Sabemos que nuestra Provincia dominicana de Colombia lleva su nombre,porque sus pies recorrieron tierra colombiana, especialmente en la Costa Atlántica y en la zona que llamamos del Catatumbo, por norte de Santander.

Mi papá, que es de la Costa, cuenta de un cierto pozo, el cual nunca se ha secado; la tradición dice que ese pozo lo logró la oración de San Luis Bertrán, en una época de terrible sequía. Compadecido por la necesidad de la gente, oró, y Dios le indicó dónde había que cavar para encontrar ese manantial, esa agua que nunca se seca.

También en tierras del Catatumbo quedó el recuerdo suyo. Los indígenas, algunos de los cuales eran ya famosos por su agresividad, por su violencia, recordaban con extrañeza y con cariño a este personaje; también ahí hay una anécdota: los indios se extrañaban de ver que este hombre hablaba con un libro.

Terminada su jornada, él se encerraba en su pequeña cabaña,sin saber que algunos indios lo espiaban a ver qué era lo que hacía él allá encerrado.

El misionero santo sacaba su Liturgia de las Horas, su Oficio Divino, y se ponía a rezar a la luz, probablemente, de un pobre candil. Los indios desconocían competamente lo de la lectura y la escritura, y ellos veían que él rezaba en voz alta y decían: "Le está hablando a un libro".

Así pues, San Luis es el gran misionero, el gran taumaturgo, el hombre fuerte también frente a la injusticia social. Ese cuadro famoso de Gregorio de Arce y Cevallos, en donde aparece Luis Bertrán bendicienso una especie de arcabuz que se convierte en Crucifijo, pues muestra hasta dónde fue tensa la situación para él, precisamente por denunciar las injusticias que se cometían contra los indígenas.

Otra anécdota recordada en la vida del santo: estaban algunos españoles encomenderos explotadores,- no todos lo eran pero un buen número sí-, unos de estos españoles estaban comiendo algunas arepas de maíz, -producto típico y propio de aquí del Nuevo Continente-.

Y Luis Bertrán quería hacerles ver la gravedad del daño que causaban a los indígenas haciéndolos trabajar como máquinas, hasta matarlos en las minas o en los campos, aprovechándose también de sus mujeres.

Y entonces les dijo: "Voy a mostrarles de qué se están alimentando, ysangre humana, o lo que parecía sangre humana, una cosa roja salió de las arepas de maíz, no solamente impiediendo que siguieran comiendo, sino dejándoles un signo imborrable del daño que causaban.

¡Qué gran misionero! ¡Qué hombre generoso!¡Qué hombre penitente! Pero a la vez, ese otro oficio que también debemos considerar: Luis Berrtán el formador. Un hombre estricto, un hombre muy exigente con él mismo, extraordinariamente exigente con él mismo, y con una medida parecida pero menor, exigente con los novicios.

Realmente, Luis Bertrán tomó en serio aquello de buscar la santidad y de ayudar a los otros a buscarla. Los límites de su exigencia indudablemente nos parecen exajerados en nuestra época, quizás algo se equivocó él, quizás en algo nos equivocamos nosotros.

Lo cierto es que hay que descubrir, debajo de ese nivel de exigencencia hay que descubrir dos cosas: que la santidad existe y es alta y no es fácil, y en segundo lugar, un amor muy grande hacia esos mismos novicios, un amor para que cada uno llegara a ser lo que Dios quiso que fuera.

Luis Bertrán miraba a sus novicios como joyas que debían ser talladas, Dios tenía que obrar en ellas, porque una joya sin tratar no es preciosa, se vuelve material precioso sólo cuando es realmente tallada y cuidada.

Así que tenemos a un gran misionero y tenemos a un gran maestro de vida espiritual, un gran formador en la terminología que utilizamos hoy. Y hasta donde yo recuero no hay muchos ejemplos de frailesque hayan destacado tanto en esos dos campos que parecen casi contrarios.

La vida del noviciado por definición es una vida de cierto recogimiento, es lo prpopio del noviciado; Claro, es necesaria también la ejercitación apostólica y todo aquello, pero en elcorazón del noviciado está esa llamada hacia el interior, conocernos delante de Dios, aprender a desnudar el corazón ante Dios, es un llamado a la interioridad.