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'''FECHA:  19990719'''
 
  
'''Original en audio: 13 min. 56 seg.'''
 
 
'''TITULO:  LA GRACIA UNITIVA'''
 
 
 
 
'''El relato de la primera lectura,  tomado del libro del éxodo, es conocido desde los libros de historia sagrada, sabemos de esa salida de Egipto.  El punto es que hay algo muy misterioso ahí y es lo que va diciendo Dios: "que va a endurecer al faraón para cubrirse de gloria". (véase: Exodo 14.17)
 
 
Y, en ese punto conflictivo quisiera yo fijar mi mirada y la de ustedes, para que descubramos un poco sobre la voluntad de Dios, porque toda nuestra vida, toda nuestra eternidad está en la realización de la voluntad de Dios.
 
 
De manera que en el conocimiento y sobre todo en la obediencia de la voluntad de Dios, está toda nuestra plenitud cristiana, toda la obra del Espíritu Santo en nosotros. Hay que conocer la Divina voluntad.
 
 
Lo extraño del caso, es que  dice el texto sagrado:  “El señor hizo que el Faraón se empeñase en perseguir a los israelitas”  (veáse:  Exodo  14.17). La la dureza del faraón aparece causada por Dios, esto es muy propio de la sagrada escritura que atribuye todas las cosas a su causa primera y no le da tanto relieve o tanta importancia a las causas segundas.
 
 
La sagrada escritura no obra como los sutiles teólogos que disciernen, que distinguen causas primeras y segundas, algo puede ser causa segunda, y sin embargo, deja espacio para tener su causa en otra que es la causa primera. 
 
 
Donde mejor se entiende esto es en los instrumentos.  Si una persona es apuñaleada, le causó la muerte  el puñal, pero ese puñal no se movió solo, hubo otro que fue el asesino, que fue quien movió ese puñal.  La existencia del puñal como causa segunda no elimina una causa primera, que en este caso, sería el asesino, y así podríamos dar otros muchos ejemplos.  Esto sería suficiente para calmar nuestra conciencia. 
 
 
Dios obra como causa primera y el faraón obra como causa segunda.  El faraón libremente desde su libertad, en este caso iniciada pues por la codicia, por el rencor sale a perseguir a los israelitas, pero hay una causa primera que no elimina la causa segunda que es Dios Nuestro Señor, y que a través de esa acción del faraón, quiere hacer una manifestación de su gloria para que crezca la fe de los israelitas y para que los israelitas aumentando su fe en Dios se consoliden como pueblo testigo de sus maravillas en la humanidad, y así ese bien mayor que se va abriendo paso que es la llegada de Nuestro Señor Jesucristo. Como explicación podemos decir que esto es suficiente. 
 
 
El faraón es una causa segunda.  Obró libremente, pero detrás, podemos decir, detrás de la acción del faraón, en los renglones torcidos de la obra del faraón está la letra derecha de Dios que quiere realizar su voluntad. Ahí podríamos dejar nuestra explicación. 
 
 
Pero vale la pena recordar aquí una enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre la voluntad de Dios, sobre ¿qué es lo que Dios quiere?, ¿qué podemos decir que Dios quiere?  ¿Quería Dios el endurecimiento del faraón? como causa primera, siguiendo esa nomenclatura, ¿quería Dios el endurecimiento del faraón?. 
 
 
Entonces, nos explica Santo Tomás que se puede hablar de la voluntad de Dios de dos maneras:  Una, es sobre aquello que descubrimos como lo bueno, como lo mejor en determinadas circunstancias y a partir de los elementos que nos presenta la historia.
 
 
Por ejemplo, la muerte de Jesucristo.  ¿Quería Dios que su hijo fuera torturado?  Ahí  toca distinguir el hecho mismo de golpear y de humillar al hijo de Dios.  Nuestra razón lo rechaza, nuestra inteligencia descubre la suminiquidad de ese hecho, y en ese sentido, podemos decir que hay como un rechazo, una desaprobación de Dios a ese hecho.
 
 
Este es el primer sentido.  Esta es la primera manera para hablar de la voluntad de Dios.  La voluntad de Dios como aquello que descubrimos en un determinado momento, como lo mejor.  Pero hay un segundo sentido, que es el desenlace:  ¿Qué bienes se van a seguir?  ¿Cuál es el desarrollo?  ¿Cuáles son las consecuencias de un determinado hecho? 
 
 
De la efusión de la sangre de Cristo viene la perfecta manifestación del amor de Dios y de su misericordia.  Viene el perdón de nuestros  pecados, viene la denuncia de todo pecado y del imperio de Satanás.  Son tantos los bienes que surgen de la efusión de la sangre de Cristo que en razón de esos bienes por Dios conocidos.
 
 
Aunque nosotros en el momento de la pasión, nosotros no lo supieramos, son tantos esos bienes que podemos decir que Dios si quería la efusión de esa sangre.  No por los males de ese momento presente, sino por los bienes futuros, por los bienes que iban a llegar.
 
 
Así, pues, podemos hablar de la voluntad de Dios, de dos modos:  Uno, como aquello que descubrimos en el momento presente, y es a lo que nosotros debemos tender con nuestra conciencia, con nuestra razón.  Y, otro,  que son los bienes que Dios quiera sacar de nuestros actos y de los actos de las otras personas en lo cual a nosotros nos corresponde aceptar y nos corresponde acoger.
 
 
Así, que frente a la voluntad de Dios, nosotros somos activos cuando buscamos con nuestra conciencia  ¿qué es lo mejor que nosotros podemos hacer?  Y somos pasivos cuando confiamos en que suceda lo que suceda, Dios en su misericordia, Dios en su sabiduría y en su poder nos está conduciendo a nosotros por el camino que Él  quiere. Para la realización de lo que Él quiere.
 
 
Ante la voluntad de Dios, pues, nosotros somos activos en un sentido y pasivos en otro sentido.  Activos cuando obramos a partir de nuestra conciencia de la mejor manera.  Pasivos cuando acogemos todo aquello que sucede, lo que está fuera de nuestro alcance.
 
Lo que no corresponde a nosotros, lo aceptamos como venido de la mano de Dios. 
 
 
Lo maravilloso de este enfoque es que podemos estar más seguros de la voluntad de Dios, en aquello que nosotros somos pasivos, porque en aquello, en lo que nosotros somos activos, es decir, en lo que nosotros decidimos es muy difícil estar completamente seguros de que estamos libres de toda codicia, de todo egoísmo, de toda envidia, de todo desquite, de toda concupiscencia.  Es muy difícil tener absoluta claridad sobre la pureza absoluta de nuestro acto, no podemos tener completa certeza de eso. 
 
 
Este es el motivo, por el cual, las almas que Dios llama a la santidad, más tarde o más temprano, les enseña esta lección, ''claro que Dios la explica mejor,'' y la lección es que es más perfecto el descubrimiento de la voluntad del señor, en aquello que nos pasa, en aquello que padecemos, en aquello que nos sucede, en aquello en que somos obedientes.
 
 
Es lo mismo que nos dice Catalina de Siena, en su pequeño tratado de La Obediencia, en el diálogo nos habla de la misma manera.  Dice Catalina de Siena:  “Que la obediencia va más allá de nuestros superiores legítimos y dice que en cierto modo alcanza a todas las criaturas racionales”  Dice  uno, pero,  ¡yo cómo voy a obedecer a todas las criaturas, tendría que ser como una veleta que me llevaran para cualquier parte”
 
 
 
¡No! De lo que está hablando Catalina, en ese caso, es de esa perfección  de la obediencia, que descubre como más perfecto, como más firme, como más seguro  y de mayor virtud el aspecto pasivo ante la voluntad de Dios, es decir, la acogida anticipada, gozosa, creyente y esperanzada en el querer divino y en el desenlace de todas las obras que Dios quiera por nosotros. 
 
 
Cuando nos sentimos fuertes por nuestros conocimientos, por nuestra juventud, por nuestra fuerza, preferimos el aspecto activo de la voluntad de Dios.  ¡Nos encanta sentir o pensar que estamos haciendo lo que Dios quiere!.
 
 
Si fuéramos sabios, realmente descubriríamos que ahì no está la verdadera grandeza. Descubriríamos que es más perfecto el padecer.  Dio, más gloria a Dios su hijo, Nuestro Señor Jesucristo en las horas de la pasión, que en todos los otros años de su vida, en la perfecta acogida, en el perfecto padecer, en la perfecta unión con esa voluntad que acaece fuera de nosotros, pero que nos implica.  Ahí está la realización.
 
 
Esto tiene mucha relación con la vida contemplativa, porque en el fondo, la vida contemplativa es ,ya, una pasión, una pasión que empieza por la purificación de la fe y de la inteligencia.
 
 
Describen algunos autores antiguos el acto contemplativo como un padecer a Dios “pasin veo”, padecer a Dios, dejar que Dios acontezca.  Pues, fíjate que una persona que es contemplativa y deja acontecer en su inteligencia tiene la mayor preparación para dejar a Dios acontecer en su propia voluntad, en sus proyectos, en su cuerpo, en su salud, en su muerte.
 
 
De todo esto, quede para nosotros el deseo, lo más desnudo posible, de acoger el querer Divino.  Sabiendo, si una cosa así, como la contemplación infusa solo puede darse por gracia.  Así también, este don, que es el don de la cruz, porque de eso es de lo que estamos hablando en realidad. 
 
 
Este don, que es el don de la cruz, sólo puede ser acogido de corazón sincera y gozosamente por una gracia.  ¡Una especialísima gracia de Dios!.  Pero, esa gracia es la que marca el comienzo de la tercera y definitiva etapa de la vida espiritual, lo que se llama la vía unitiva, o, lo que a mi me gusta llamar  tercera generación, o, lo que el padre grant llamaba la tercera etapa de la vida interior. A eso se llega por esa gracia.
 
 
Pues,''¡pidámosla!.''  Creo que todos la necesitamos.  Aunque, también creo, que de ustedes, hay quien ha sido bendecido, hay quien ha sido bendecida por esa gracia.  Con ella nos hacemos especialmente semejantes a Cristo y especialísimamente útiles al designio salvador de Dios.
 
 
AMEN
 
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Revisión actual del 22:03 19 jul 2009