Un kerigma para hoy, 3 de 3

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Muchas gracias por esta oración que ustedes hacen por este servidor de ustedes, esa es una buena y saludable costumbre, orar por nuestros sacerdotes; si oramos mucho por nuestros sacerdotes, luego no tendremos que quejarnos de los sacerdotes.

Hace poco, -estas son propagandas-, hace poco me decía un hermano de comunidad, me decía que hay una oración que dice: “Señor, danos sacerdotes; Señor, danos muchos sacerdotes; Señor, danos muchos sacerdotes santos”, o así parecida.

Y él decía: “Pues el orden hay que cambiarlo, el orden es: “Señor, danos sacerdotes; Señor, danos santos sacerdotes; Señor, danos muchos santos sacerdotes”. Hay que pedir primero la calidad, y después sí la cantidad. Me parece interesante esa idea.

Y de verdad que la oración de ustedes es invaluable; una comparación que he dicho en otros lugares: usted sabe que la mayor parte de las telas son tejidos que tienen hilos, vamos a decir verticales, hilos horizontales. Y es el tejido, el entramado de los hilos verticales y los hilos horizontales lo que forma la tela.

Lo mismo pasa en el alma de un sacerdote, es como una tela; los hilos verticales son los de la misericordia de Dios, los hilos horizontales son las oraciones de ustedes. Tienen que mezclarse, tienen que entramarse los dos para que haya un tejido, para que el sacerdote se pueda sostener.

Si hay mucha misericordia del Señor, pero no hay ningún apoyo de la gente, lo más probable es que el sacerdote se va a romper; si hay mucho cariño de la gente, pero no se invoca la misericordia de Dios, con la sola humanidad y la sola amistad, no se sostiene. Necesitamos las dos cosas, así que jamás nos olviden, por favor.

Esta es la tercera predicación en nuestra serie de hoy. Vamos a recordar lo que hemos presentado. Son tres predicaciones que se refieren a cómo la mirada de Dios es distinta de la mirada del hombre.

La primera predicación fue aquello de “ya no te escondas más”. Hicimos un bosquejo, bosquejo solamente, de antropología, mostrando todo lo que hay detrás de eso de estarse uno escondiendo. ¿Por qué nos escondemos? Nos escondemos por miedo, y debajo de nuestros miedos hay necesidades, insatisfechas.

Y ahí hablamos también de cómo Nuestro Señor Jesucristo, a través de esa humildad y de esa bondad, vino a quitarnos el orgullo y el temor, el miedo. Jesucristo nos quitó ese orgullo tan grande que tenemos y nos quitó esos miedos que tenemos, para que nosotros pudiéramos recibir el amor que Papá Dios nos ha enviado.

Cristo es como un regalo que hay que desempacar; Él mismo se desempacó en la Cruz, por eso en la Cruz Él está desnudo, desempacado, está para cada uno de nosotros con transparencia, ese es Jesús.

Y veíamos cómo Jesús en su redención lo que hace es como una especie de regresión, pero no la regresión que nos dicen algunos metafísicos raros con reencarnación e historias por allá esotéricas, sino una regresión que es en el fondo devolvernos al origen, volvernos a crear, renovarnos.

En la segunda predicación hablábamos de las justificaciones, comentábamos cómo nosotros no solamente nos ponemos máscaras ante Dios, debido al orgullo, o máscaras ante la gente, debido al miedo, sino que nos ponemos máscaras ante nosotros mismos, y empezamos a creernos nuestras propias mentiras, y esas autojustificaciones nos mantienen en realidad presos, y nos mantienen estériles.

Por el contrario, hicimos un recorrido, que a mí me parece que tiene su gusto, tiene su sabor, tiene su luz, que es un recorrido por aquello de los jueces, la justicia y la justificación en la Biblia. Esencialmente, la justicia de Dios es el ajuste que se da entre el plan que Él tenía y la realidad de esta tierra.

La justicia de Dios es corregir lo que está desajustado, y desajustado significa en desfase con el plan de Dios, esa es la justificación.

Y repasamos que la justificación de Dios no se puede conseguir simplemente por nuestras solas fuerzas, nuestras solas fuerzas no dan para justificarnos, es decir, para llegar a ser justos ante Dios, nuestras solas fuerzas no alcanzan.

Porque con nuestras solas fuerzas, -eso lo muestra el testimonio del Apóstol San Pablo-, finalmente nos endurecemos, nos erigimos en jueces de los demás y terminamos en lo que dice Romanos, capítulo siete: “Hago el mal que no quiero, y dejo de hacer el bien que sí quiero” Carta a los Romanos 7,19.

La única manera de ser Justificados, es decir, de que Dios nos ajuste, es bañándonos en su misericordia, recibiendo el baño saludable de la redención que brota de la Cuz de Cristo, ejerciendo fe en el regalo que Él nos ha dado.

Y por eso nuestra segunda predicación terminaba con esta propuesta: en vez de seguir justificándonos nosotros, en vez de seguir nosotros dando explicaciones estériles, ridículas, de por qué no cambiamos, la invitación era: abrámonos a la justicia nueva que trae Dios, abrámonos a que el Señor nos ajuste, porque estamos desajustados, que el Señor nos ajuste a su plan.

Y cuando Dios obra en nosotros y nos ajusta, dejamos de estar dando explicaciones tontas, disculpas que nadie cree, y empezamos a ver que lo que era imposible para los hombres es posible para Dios. Y vamos viendo que Dios realiza su plan en nosotros, y descubrimos en ese plan alegría. Esas han sido nuestras dos enseñanzas en resumen.

Ahora vamos para la tercera y última de este día. Le hemos puesto un título un poco exótico, lo llamamos: “Alabanzas inesperadas”.

Cuando uno empieza a hablar de ese tema de no poner disculpas sino dejar más bien que Dios nos transforme y nos haga semejantes a Él, es decir, que sea Él el que nos justifique, pues ya uno ve que el plan de Dios va en una dirección y la lógica del mundo va en otra dirección.

La lógica del mundo es: “Busque a quién echarle la culpa”; la lógica del mundo es: “Trate de quedar bien a toda costa”; la lógica del mundo es: “Apuéstele al cinismo”.

Por eso vemos a tantas personas que lamentablemente son modelo y referencia para la juventud, personas que realizan cosas escandalosas, pero siempre dicen: “No me arrepiento de nada de lo que yo haya hecho”, caen en el cinismo, se vuelven descarados, descaradas.

Tenemos actores, tenemos cantantes, tenemos poetas que blasfeman a destajo; tenemos poetas, actores, cantantes, científicos que niegan a Dios y se quedan sonriendo. La comisión de sabios que organizó el Gobierno nacional para buscar caminos a la paz, casi no se puso de acuerdo en nada, salvo en una cosa: que Dios no existe, para eso sí se pusieron de acuerdo.

¡Qué tristeza de sabios la que tiene este país! Le provoca a uno como decir: “¿Qué está sucediendo en nosotros?” Pues eso, que el plan de Dios va en una dirección, y el plan nuestro va en otra dirección, y que nosotros entonces, muchas veces, para justificar nuestros planes, es ahí donde nos inventamos todas esas disculpas, porque nosotros queremos quedarnos en el plan nuestro.

Y nosotros le hemos cambiado el Padrenuestro y nosotros decimos que “tenemos el plan nuestro de cada día”, cada día vamos cambiando de plan, y organizamos la vida a nuestro antojo y a nuestro acomodo, y luego lo justificamos.

Y justificamos el hambre en el mundo, y justificamos la injusticia social, justificamos el aborto, justificamos la práctica descarada y arrogante de la homosexualidad, justificamos la prostitución, la pornografía, justificamos la corrupción administrativa y política, lo justificamos todo, pero en el fondo, en el fondo, lo que hay es una humanidad que quiere seguir sus propios caminos y que no quiere aceptar la lógica de Dios, y que siente que la lógica de Dios es imposible y es absurda.

Bueno, en parte tienen razón, porque la lógica de Dios se condensa en este misterio hermoso que nos está presidiendo en esta iglesia, la lógica de Dios se condensa en la Cruz.

Fíjate cómo nuestra primera predicación, sobre el tema de no esconderse y el tema de las máscaras, esa predicación finalmente nos llevó al misterio de la Cruz, porque dijimos que allí donde Cristo mostró toda su humildad, fue en la Cruz; donde Cristo mostró toda su bondad, incluso con sus enemigos, fue en la Cruz.

La Cruz es el lugar donde se vence la tendencia humana de estarse escondiendo y poniendo máscaras, luego la primera predicación nos llevó a los pies de la Cruz.

La segunda predicación sobre la justificación también nos lleva hacia los pies de la Cruz, porque las explicaciones que nosotros nos damos son estériles, como el árbol de la muerte en el Génesis; mientras que el árbol de la vida, el árbol que dio el fruto precioso, el árbol que es la Cruz, ese árbol es el que nos justifica.

"Nosotros hemos sido justificados en la Sangre de Cristo" Carta a los Romanos 5,1, nos dice San Pablo en el capítulo quinto de Romanos. Así que la charla, la predicación sobre la justificación, también nos lleva a los pies de la Cruz, porque si uno quiere ser lavado por la Sangre de Cristo, ¿a dónde le toca pararse? A los pies de la Cruz.

Si yo me pongo aquí lejos, aquí lejos es muy poquito lo que me va a llegar, si acaso, algo me salpicará. Si yo quiero ser lavado, si yo quiero ser recubierto, si yo quiero ser renovado por la Sangre de Cristo, ¿a dónde tengo que ir? A los pies de la Cruz.

El que quiera renacer necesita descubrir la Cruz de Cristo; el que quiera verdaderamente renacer, el que quiera empezar una vida nueva, parquéese, párese, abrácese a la Cruz de Cristo, es ahí donde nosotros recibimos el regalo de un amor que no merecemos pero que sí necesitamos, a los pies de la Cruz.

Nuestras dos predicaciones, si lo miras bien, han sido una invitación a venir a este lugar, a esta escuela de misericordia, a este hospital del corazón humano, a este camino de perfección espiritual, a este trono de la divinidad, a este tribunal donde Satanás es expulsado para siempre.

Nuestras dos predicaciones han sido una invitación para que se levante esa Cruz en donde está la redención, y para que en ella encontremos nuestra paz, nuestro gozo, nuestra salvación, porque ahí es donde reina, ahí es donde ha recibido Él su corona.

Cristo rechazó corona de oro corona de oro, aceptó corona de espinas; Cristo rechazó la púrpura regia del lujo, y aceptó únicamente la púrpura de humillación y de desprecio; Cristo despreció el cetro majestuoso, y aceptó la caña con que fue castigado.

Cristo, en la Cruz, Él es nuestro Rey; Cristo, en la Cruz, es el que nos da la justificación; Cristo, en la Cruz, es el que nos saca de nuestro escondite.

Pero la lógica de la Cruz es muy complicada, muy difícil. San Pablo dice que “la Cruz es escándalo para los judíos, necedad para los griegos” 1 Corintios 1,23. Y yo creo que en la Cruz se resumen todas las paradojas de Dios, y yo creo que en la Cruz se demuestra cómo son de diferentes los dos mundos, los dos planos, la mirada de Dios y la mirada del hombre, en la Cruz, sobre todo, se nota eso.

Cuando llegó el momento de la Cruz se supo quién era quién. ¿Pedro qué dijo?: “Yo iré contigo, Señor; si me tengo que hacer matar, me hago matar; contigo hasta el final” San Mateo 26,33-35, ahh, sí, cuando llegó el momento de la Cruz, lo negó tres veces, salió corriendo, se escondió. ¿Qué había pasado con Pedro? Que no había oído la primera predicación: "No te escondas", ¿ve? Pedro se fue y se escondió.

La Cruz es el lugar donde vemos la gran diferencia que hay entre el estilo de Dios y el estilo nuestro, entre el plan de Dios y el plan nuestro, y la tentación que uno siempre tiene es quedarse uno con el plan de uno y justificarlo, ese es el estilo de uno.

Pero el estilo de los santos, el estilo de los amigos fuertes de Dios, como los llamaba Santa Teresa de Jesús, el estilo de los santos y los amigos de Dios no es imponerle uno su voluntad a Dios sino, más bien, vivir a fondo la espiritualidad del Padrenuestro .

Porque fíjate cómo lo que hemos hecho también en esta tarde y en este día es aprender a mirar el Padrenuestro de otra manera. ¿qué nos dice el Padrenuestro?” Hágase tu voluntad” San Mateo 6,10

Nosotros buscamos, queremos esa voluntad de Dios aunque sabemos que es distinta de la nuestra.Y aquí es donde entramos de lleno en nuestro tercer tema.

Resulta quel a voluntad de Dios va en una dirección y el plan de uo va en otra dirección, aunque hay momentos en que uno logra entender un poquito la lógica de Dios; hay momentos en que uno, mirando hacia atrás, dice lo que dice el salmo: “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos” Salmo 119,71.

Hay momentos en que uno, mirando hacia atrás, dice lo que dijo Job en el libro que lleva su nombre: “Yo antes te conocía solamente de oídas; ahora, Señor te han visto mis ojos. Llevaré la mano a mi boca, no hablaré más” job 5,6. Job se volvió discípulo en ese momento.

Hay momentos en que uno mira hacia atrás, y uno seda cuenta lo que dice el salmo 51: “En el juicio resultarás inocente” Salmo 51,6. Dios resulta inocente y uno, cada uno de nosotros, resulta culpable, lo cual es una manera de decir: “Le doy la razón a mi Dios. Lo que Dios decía, eso era lo correcto”.

Hay momentos en que uno, cuando mira hacia atrás, como que recibe una luz y uno dice: “Ese era el plan de Dios. Mi Dios tan bueno que era”.

Pero aquí es donde necesitamos el auxilio del Espíritu Santo para la parte la más densa, y yo creo que la más bella de todo el día. Mire esto. A ver, Espíritu Santo, ayúdame y ayúdanos, que entendamos bien, que podamos comprender esta hermosura.

Porque lo que vamos a hacer ahora es a conectar el misterio de la Cruz de Cristo con nuestras cruces; y las alabanzas inesperadas de las que he hablado, ¿qué son? Las alabanzas inesperadas son las alabanzas que uno dice cuando no entiende pero ya presiente, esas son las alabanzas inesperadas.

Cuando uno todavía no entiende pero ya presiente, porque la experiencia le ha demostrado, en tantas ocasiones le ha demostrado que el querer de Dios es lo mejor y entonces uno, aunque todavía no entiende, ya empieza a dar gracias.

Y esto nos lo enseñan los grandes santos. Por ejemplo, San Pablo os dice: “Dad gracias al Señor en toda ocasión” 1 Tesalonicenses 5,18, ¿qué significa “en toda ocasión”? Cuando entiendes y cuando no entiendes.

Fíjate, la persona inmadura y la persona madura. La persona inmadura en la fe, primero entiende, y sólo cuando ha entendido, da gracias; la persona que va madurando en la fe, o la persona que quiere crecer en la fe, primero da gracias, y así llega a entender, ese es el resumen de lo de hoy.

La persona que apenas está empezando, primero quiere entender, y luego sí verá si da gracias, y luego verá si alaba: “Yo primero entiendo, y porque entendí, doy gracias. En cambio, la persona que quiera crecer pronto bien en la fe, hace al revés: “Yo primero doy gracias, y porque di gracias, empiezo a entender”.

Ese es el contraste, pero eso, ante los ojos del mundo, eso es loco. Yo, si quiero crecer en la fe, no tengo que esperar a entender para agradecer, sino que yo agradezco para entender. Yo no espero a que las cosas se me aclaren, no, yo no espero a eso. Yo no espero la claridad, simplemente le doy gracias ya al Señor.

Y les voy a contar ejemplos porque esto toca aprenderlo con ejemplos y con personas específicas. Primer ejemplo: tengo un hermano de comunidad que se está muriendo, literalmente día por día, es un hombre mayor, padece una cantidad de enfermedades, todas relacionadas con la circulación.

Unos dolores terribles, los cambios en las medicinas son sobre todo para tratar de aliviar el dolor; no hay curación conocida para esos males graves que él tiene en su sistema circulatorio, y siempre hay un riesgo continuo de gangrena; es un problema serio, con mucho dolor.

Cuando yo me hospedo, cosa que sucede con frecuencia, cuando yo me hospedo en el Convento de Santo Domingo, en Bogotá, este Padre queda exactamente frente a mi puerta, no está mal que yo diga su nombre, se llama Luis Carlos.

Luis Carlos se está muriendo, ante nuestros ojos, Luis Carlos se está muriendo. Esa es una casa donde viven los estudiantes de filosofía y de teología, se están preparando para ser sacerdotes. Ahí vamos los que somos profesores, yo entre otras cosas soy profesor allá, será por eso que a veces las predicaciones me salen como dando una clase.

Yo soy profesor y yo doy clases allá, pero yo les digo una cosa, las mejores clases las están recibiendo los estudiantes no en los salones donde yo voy, las mejores clases las reciben en la habitación del Padre Luis Carlos, ¿por qué? Porque cuando tú vas donde este hombre, que pasa casi semanas enteras en que duerme por minutos, no alcanza a completar una hora de sueño; es un hombre que está crucificado, está viviendo el misterio de la Cruz.

Y tú hablas con él, y el hombre te sonríe, y te dice: “Bueno, ¿cómo vamos?” Y te pregunta por ti, él no se encierra en la autocompasión, él te pregunta cómo vas tú, y si tú le preguntas cómo está él, él responde lo siguiente: “Haciendo la voluntad de Dios; y si Dios lo quiere así, así está bien”. Esa es la mejor cátedra, eso enseña más que muchísimas horas de tablero, ese es un regalo de Dios para ese convento y para esos frailes estudiantes.

Si nosotros fuéramos gente cruel que se va con un micrófono a la habitación del Padre Luis Carlos y le pregunta: “Padre, ¿usted entiende por qué, después de años de sacerdocio, se está pudriendo en esa enfermedad que se lo come vivo y que un día lo va a matar, usted entiende por qué?” Yo estoy seguro que él tendría que decir: “No sé por qué, pero yo ya le doy gracias a Dios. Yo no sé por qué, pero esto es lo que Dios ha querido para mí. Estamos haciendo todo lo que podemos con los médicos”.

Y él, así como está, cuando las fuerzas se lo permiten, va a la Misa, pero como se ha quedado casi ciego, entonces él dice la Misa de memoria, tiene ya muchos años, dice la Misa de memoria, no puede predicar, anda por ese convento dando tumbos, es un hombre bastante independiente, él no quiere que lo consientan más de lo necesario.

Él no está esperando a entender para dar gracias, es un hombre lleno de luz, existe sobre el planeta Tierra; no les estoy hablando de una fábula, está en la carrera primera, calle sesenta y ocho, Bogotá.

Esta noche, seguramente, cuando usted ya se haya devuelto a su casa, él tampoco podrá dormir por el dolor. Esa es una persona que existe, está ahí, lo está viviendo, lo está viviendo sin amargura, lo está viviendo sin dramatismo y sin protagonismo, jamás busca atención para sí mismo. Él esta ahí, subido en la Cruz de Cristo, amando a Cristo, orando por el mundo, ofreciendo las Misas por los sacerdotes, por los dominicos.

Yo, aveces pienso, cuando la gente es bondadosa y le dice a uno: “Padre, muy buena su predicación, -a veces algunas predicaciones salen buenas-, Padre, muy buena su predicación”, yo siempre pienso: “Esto se lo debemos a alguna oración de alguien”.

Si usted en esta tarde, si usted en esta noche siente que algo le ha tocado el corazón, pídale a Dios un poquito de misericordia para Luis Carlos, que está allá, sin poder dormir, rezando por todos nosotros. Esa gente sí ha entendido el Evangelio, esos son los que saben predicar, esos son los que sí conocen a Jesucristo.

Pero cuando uno ve a una persona que se está muriendo de dolor y que sonríe y te pregunta: “Tú, ¿cómo estás?” Uno siente que algo le traspasa el corazón.

No es el primero que yo veo morir así; entre otras cosas, y parece un chiste malo, yo tengo mala espalda, parece, porque en ese convento, varios vecinos que he tenido, se me han muerto, así que procuren no quedar de vecinos o yo no sé cómo será eso.

Fíjate, no hay que esperar a entender para empezar a agradecer, ese es el resumen; no hay que esperar a entender, Dios lo sabe.

Ahora aplícale esto a otras cosas. Resulta que hay una mujer que quería casarse, -esas mujeres existen-, había una mujer que quería casarse, yo simempre echo el cuento de un portero que teníamos en ese convento, precisamente, el Convento de Santo Domingo.

Esta mujer quería casarse y este portero, -no es que se quería casar con el portero, no revuelvan las historias-, cada cosa es distinta. Por un lado, una mujer que quería casarse; por otro lado, un portero. El portero también quería casarse, pero no revuelva la historia, no es con esta mujer que le dije antes.

La historia del portero es muy chistosa, porque ese hombre se quería casar, y yo le pregunté: “-¿Y usted está seguro de que se quiere casar?” “-Sí, Padre, estoy muy seguro, me caso la semana entrante, y yo como he visto tantos problemas en los matrimonios, yo le decía: “-¿Pero de verdad está seguro?” “-Sí, Padre, que estoy seguro, que yo me caso porque me caso, así me muera de eso”.

Yo sé que hay varias aquí que estarán diciendo: “¿Dónde se conseguirán esos hombres?” Bueno, el hecho es, terminada la historia del portero, volvamos a la historia de la niña que se quería casar.

Hay frustraciones en la vida. Resulta que, por una razón que ningún científico entiende, nacen más mujeres que hombres en el planeta Tierra, les tengo esa mala noticia.

En algunos países, la proporción es, más o menos, de cada cien nacimientos, cincuenta y dos mujeres, ojo, contra cuarenta y ocho hombres, ¿eso qué significa? Grave, mal, mala cosa. En otros países está cincuenta y uno, cuarenta y nueve; uno es cincuenta y dos, cuarenta y ocho, y el otro es cincuenta y uno, cuarenta y nueve.

Eso significa que la naturaleza parece un poco cruel, porque “ha programado” a que las mujeres quieran casarse, pero no le da chance a todas. Y a demás de que la naturaleza tiene esas ideas tan extrañas, hay otra serie de complicaciones.

Por ahí me decía una amiga: “Si usted consigue un hombre que a los cuarenta sea soltero, sea decente, nunca se haya casado, ¡nooo, peligroso ese hombre! Y que cada uno entienda, yo ahí no entro en más nada.

Esa es una frustración, eso no es morirse de cáncer, eso no es morirse entre dolores como le está pasando al Padre Luis Carlos, que de veras les pido que hagamos una oración por él esta noche, porque a mí, de verdad, me parte el alma, o sea, es claro que él le está haciendo mucho bien a la Iglesia, pero que mi Dios también tenga compasión de él, ¡es duro!

Bueno, no es quedarse uno con un de seo de que “yo me quería casar, yo me quería casar”, y uno ve el tren: “Yo me quería casaaar!” Esa parte es complicada, aunque no crea, uno de sacerdote, uno ve de todo.

Por ejemplo, yo tenía una amiga que me escribe con mucha frecuencia, yo casi o puedo responder correos electrónicos, pero ella me escribe mucho. Y entonces ella me escribí cuando todavía no tenía novio: “Ay, lo que yo más quiero, fray, pídele a Dios, lo que yo más quiero, un buen hombre, un esposo, yo quiero casarme”.

Ya me tenía hasta el cuello con que quería casarse; finalmente, consiguió contra quien casarse, y se casó. Pero los correos electrónicos siguieron: “Fray, este hombre me da mala vida, este hombre me decepciona en esto, este hombre...”

¿Entonces yo qué estoy haciendo ahora? Yo me volví cruel, cada vez que me manda un correo de cómo es el esposo, yo le devuelvo un correo de que quería casarse, y así no gasto mucho tiempo. Para eso se inventaron, en el sistema de correo electrónico lo que llaman “foward”, que uno envía un correo que tiene en su casilla a otra pesona. “-Que mi marido, que mi marido, que mi marido”, “-tenga, mijita, vea, ahí está”.

Pero el tema lo aderezamos con un porquito de humor porque es un tema difícil, estamos hablando de las frustraciones de las personas. A veces Dios alivia esas frustraciones.

Hay personas, por ejemplo, que no pueden tener hijos, y uno hace oración, -a mí ya me ha pasado con varias parejas que no podían tener hijos-, y uno hace oración, y es una alegría muy grande: “Estamos embarazados”, porque esa es la moda ahora, que dicen así en plural, “estamos embarazados”, bueno, bendito sea Dios.

Pero eso no es en todos los casos. Cuando una persona tiene un deseo que es legítimo, y ese deseo no se le cumple, por ejemplo, la que quiere casarse: “Yo quiero casarme, yo quiero casarme, yo quiero casarme”, y allá se ve el tren: “Huuuu”.

¿Entonces ahí qué pasa? ¿Cuál es la actitud humana, normal, la que sale de la carne y la sangre, cuál es? “Dios no me ama, Dios no me escucha, habiendo tanto hombre libre por ahí, Dios no me ama, Dios no me escucha, estoy brava con Dios, ¿por qué Dios hace esto?”

Y en ese momento, la escuela bíblica Jeshúa hace propaganda en los "1530 A.M"., que se llama “La Voz de Jesucristo”: “Seminario Taller de Oración y Alabanza.”Traen el ministerio de alabanza y no sé cuántas cosas, y se reúnen en un gran coliseo y todo el mundo alaba y bendice al Señor con poder.

Y a ese seminario asiste la niña del tren, y ella llega allá: “A ver, pues, ¿qué es esto?” Y yo ya me imagino a Oscar Henao en ese micrófono: “Hermanos, hay que bendecir, alabar al Señor en este encuentro”, y esta niña piensa: “Y yo alabar de qué? ¿Por qué o qué?”

Y luego se para allá el gran ministerio de oración, alabanza, intercesión y poder, y empiezan a cantar, resuenan los instrumentos, trompetas, danzas, aplausos, y esta niña por allá, detrás de una columna diciendo: “¿Y a mí qué? Si yo no conseguí lo que yo quería, yo por qué voy a alabar?”

Y están allá en acción de gracias, oración en lenguas, baja fuego del cielo, tiembla el lugar, y esta dice: “Esto no tiene nada que ver conmigo porque nunca apareció nadie para mí”. Llega el momento en el que uno dice: “Quizás esa niña puede estar equivocada, aunque no se haya cumplido su deseo”.

Fíjate que hemos dicho que hay alabanzas inesperadas, y una alabanza inesperada puede ser esa: “Señor, mi plan no se cumplió, no sé por qué, me lo he preguntado muchas veces, ¿será por qué? Como que cuando estaba de moda las rubias, yo me pintaba de negro, luego se pusieron de moda las pelinegras, yo me pintaba de rubio, como que nada casaba con nada, como que nunca acerté.

“Cuando se me engordaron las piernas, se peso de moda la minifalda”, todos esos casos se dan, y eso es fijo, “yo no sé, como que no coincidí”. Pero fíjate que de acuerdo con la estadística , siempre va a haber un número de mujeres frustradas.

Lo triste del caso es que uno de sacerdote conoce aquí un grupo de hombres que dicen: “Padre, ya no hay mujeres como las de antes”, y uno conoce otro grupo de mujeres que dicen: “Ya no hay hombres, padre”. Entonces yo dije en una época: “Voy a poner una agencia, ¿cierto? Lo normal, pongo una agencia.

Pero hay un problema muy grave y es el problema de que, con los años, uno tiene menos para dar y más para exigir, y así sí es muy complicado.

Yo hay veces que me pongo a oír, como Dios me ha concedido tantas amistades, hombres, mujeres, parejas, a mí me gusta oír a mis amigas, entonces le pregunto a una amiga: “Bueno, ¿y tú cómo te imaginas tu pareja?” Y entonces ella dice: “Yo me imagino que cuando él esté saliendo de su oficina de gerencia para el gimnasio....”, yo nada más me agarro la cabeza y digo: “Ahora una de baqueros, a ver, pues”.

Estas personas no saben por qué alabar. La persona que se está muriendo de una enfermedad, no sabe por qué alabar; la persona a la que se le murió un hijo, no sabe por qué alabar; la persona que tuvo una quiebra económica con todo el dinero que había ahorrado con tanto trabajo, y se perdió la platica, esa persona no sabe por qué alabar.

La persona que descubre que los hijos por los que se ha esforzado tanto no responden a las expectativas, no sabe por qué alabar.

Ustedes se dan cuenta que este es un tema que tiene que ver con la madurez cristiana, porque son santos los que alaban a Dios, aunque las cosas les salgan mal.

Entonces yo hace unos años jamás hubiera predicado este tema en un seminario o en un encuentro que es de tipo kerigmático; se supone que aquí estamos atrayendo a la gente hacia el amor de Jesucristo, y estamos llamando a la gente a que se entregue a Jesucristo, y le estamos diciendo a la gente: “Entrégate a Cristo, pero tal vez te van asalir mal las cosas”.

Está como raro este marketing, ¿cierto? Porque les estoy proponiendo que nos entreguemos a Jesús, y a la vez les estoy contando que no necesariamente las cosas van a a salir bien.

Yo estuve en una Eucaristía, la última Eucaristía que celebró el Padre Emiliano Tardif en Colombia, ¿se acuerdan del Padre Tardif? Ese estuvo varias veces aquí, un Padre con un don de sanación impresionante.

Ese Padre, yo creo que Dios le concedió realizar unos milagros únicos ante los ojos de la gente, y esos milagros fueron ocasión de conversión y de predicación para muchas personas.

Yo estuve en la última Misa que él celebró en Colombia, claro que ni él sabía ni yo menos; él salió de Colombia para Argentina, iba para un seminario allá en Argentina, y allá, a los pocos días, murió, se fue, así lo dispuso Dios.

En ese encuentro que tuvimos, que fue en un coliseo muy grande allá en Bogotá, yo estuve concelebrando con el Padre Tardif, y él hacía esas oraciones: “El señor me muestra que hay una persona que está enferma de tal cosa, el Señor la está sanando, ¿dónde está es apersona? Esa persona está por tal lugar”.

Y se paraba la persona, la gente aplaudía, había gente que lloraba, ¡ay, Dios! “Dios ha visitado a su pueblo, eso era bellísimo. La gente que se levantaba de su silla de ruedas, eso era bellísimo. ¿Pero qué pasaba? Yo he estado con el Padre Darío Betancur, yo he estado con varios de estos que tienen un carisma de sanación maravilloso, pero fíjese esto que pasaba: casi siempre en la fila de adelante ponían la gente de silla de ruedas, y el Padre oraba, y di tú que hubiera treinta, cuarenta personas, se levantaban cuatro, cinco, seis, diez, no más de diez, ¿y los otros veinte?

¿Y los que fueron allá con la misma esperanza, con la misma alegría, con la misma fe, con un hilito así de amor, diciendo: “Ay, señor, si me regalaras otra vez mi salud”? Esos otros que iban allá, que entraron en silla de ruedas?

Yo me acuerdo mucho de esa Misa por un detalle, porque llegó la gente, hicimos todas las oraciones, gente mucha de la cual venía por primera vez a escuchar predicación; llegaban ahí, y algunos, claro, al ver lo de las sillas de ruedas y los milagros, sentían admiración.

Pero fíjese de este detalle: por alguna razón yo resulté en la puerta principal despidiendo a la gente; a mí jamás se me olvidará, jamás, la mirada de los que salían en su silla de ruedas otra vez. Llegaron con una esperanza, llegaron con una ilusión, y otra vez se devolvían. Algunos decían: “Bueno, otra vez será”; otros decían: “Ya no me traigan más a esto”, fíjate.

Por eso, yo me convencí que si le vamos a jugar a la honestidad en la Iglesia Católica, desde el primer día de la conversión, lo que hay que predicar es esto, esto: De esa Cruz bendita vienen milagros, pero de esa Cruz bendita también viene un llamado a sacrificarse, como el que está ahí colgado.

Por eso, a los que están llegando hoy a la Iglesia Católica, yo les digo: No esperen milagros, sobre milagros, sobre milagros; prosperidad, sobre prosperidad; no esperen, en resumidas cuentas, lo que a veces nos proponen algunos predicadores protestantes, no todos.

¿Usted conoce el estilo del predicador protestante?: “Hermanos, yo era una persona irresponsable, borracha, drogadicto, convicto, andaba entre la cárcel y la calle. El Señor Jesús me tomó, el Señor Jesús me transformó, el Señor Jesús me regaló esta foto, esto que ven aquí ustedes, esas cuatro ventanas que ven ahí son parte del frente de la casa mía; no conseguí una foto donde cupiera toda la casa. Esa reina, -venga, mamita-, esa reina de belleza que ven ahí, esta fue la esposa que el Señor me regaló, no es por nada, noventa, sesenta, noventa.

Ese perro, raza pura, este perro maravilloso, avaluado en medio millón de dólares me lo regaló el Señor porque Él sabe que me gustan los perros, bendito se Dios. El carro que está parqueado allá, con ocho escoltas, ese carro me lo dio el Señor”.

Bueno, no hay que hacer más caricatura. Yo quiero decirles a los que hoy se están convirtiendo a Jesucristo: convertirse a Jesucristo no es esa payasada, convertirse a Jesucristo no es la prosperidad, sobre el buen negocio, sobre “todo me va a salir bien, conseguí seguro de vida, miren que feliz soy”.

¡No! Convertirse a Jesucristo trae sorpresas maravillosas en lo material, en lo financiero, en la salud, ojo, yo creo en los milagros, yo creo en las curaciones, pero como sacerdote me toca preocuparme no sólo del que se curó sino también del que no se curó. Y yo sé que Jesús tiene una palabra para ambos.

Por eso hoy te invito a que no esperes al milagro para agradecer, no esperes a que se te componga la vida para agradecer, no esperes a que te llegue el perro del medio millón de dólares para agradecer. Empieza a agradecer al Señor ya, ya. No le pongas a Dios la condición: “Cuando yo entienda, cuando las cosas me gusten, cuando sean a mi manera, te alabaré”, no.

Dile al Señor: “Yo te alabaré, y las cosas serán a tu manera, que será entonces mi manera. Yo no voy a empezar a entender para agradecer, yo voy a agradecer para entender”.

Les quiero contar una historia de un santo al que yo amo mucho, y después les cuento una historia de familia, y con eso prácticamente terminamos.

El santo al que quiero mucho se llama Rafael, Rafael Arnáiz, un pintor, fue canonizado recientemente por el Papa Benedicto, Rafael Arnáiz. Rafael quería ser monje trapense, ese era el anhelo de su corazón, ser monje. Y él entró al monasterio de los trapenses para ser monje, pero la salud no aguantó y le tocó salirse. Y él quería ser monje y entonces se alimentó lo mejor que pudo, tomó todos los cuidados, cuando ya se sintió mejor, otra vez cogió para el monasterio porque quería ser monje.

Y duró en el monasterio unos días y otra vez se enfermó y eche para afuera. Y entonces aquí se cuidó y mejoró un poquito y volvió al monasterio, y cuando llegó al monasterio, otra vez se enfermó y eche para afuera. Al final le consiguieron un carro de balineras. Rafael Arnáiz, ¿no es cierto? Al final, ¿en qué paró la historia? Yo sé que ustedes están esperando a que se diga: “Finalmente pudo entrar al monasterio, y estando en la celda de su monasterio, entregó su alma al Creador”. No, ¿a dónde murió él? En la enfermería del monasterio, nunca pudo ser monje.

Esas vidas, la vida de la que quería ser, ¿se acuerda? La del tren, la vida de la que quería ser mamá, la vida del que quería ver crecer a su hijo y se le murió, ¿ah? ¿Esas vidas qué, valen algo o no valen nada? ¿Esas vidas qué pintan ante Cristo? ¿Sabe qué pintan? Pintan la Cruz.

¿Yo a qué te invito? Yo tenía dos posibilidades, una era: “No hablemos de este tema, hoy hagamos únicamente sanación, kerigma, amor de Dios, misericordia”. ¿Pero sabe qué pienso yo? Si al Padre Emiliano Tardif, siendo quien era, no se le paraban todos los de la silla de ruedas, ¿cierto? A este otro Padre, que llaman Nelson Medina, muy seguramente le va a suceder que ese gozo y amor de Dios que yo quisiera transmitir no le llega a todos.

Y mi preocupación es los que van a salir esta noche por esa puerta, o por esa puerta, o por cualquier puerta, y que vana a sentir: “¿Y para mí qué? Para mí que estoy frustrado por: una, dos , tres, cuatro, ochenta razones, ¿para mí qué?”

Yo te quiero decir: como el plan de Dios es tan diferente, en vez de entender para agradecer, toma la otra posibilidad: agradece para entender.

¿Cuál es la época de mi vida en la que yo he rezado más? ¿Cuáles son los días de mi vida en que yo he rezado más tiempo seguido? Yo les voy a contar. Sucedió en el año dos mil uno, hace ocho años. En el año dos mil uno, era Semana Santa, y toda mi familia estaba orando por una sola intención: se le había encontrado autismo grave, profundo, a mi sobrino.

Mi sobrino menor se llama Felipe Andrés, tiene autismo profundo también hoy. En esa Semana Santa, yo estaba en un clima muy difícil: "Campo Dos", Norte de Santander, caliente y húmedo. Es un clima tan caliente, que yo me acuerdo cuando me sirvieron el almuerzo la primera vez, la señora de la cocina me pasó la sopa, me dijo: “Padre, tómese rápido la sopa que se le calienta”.

Bueno, en ese calor tan espantoso, yo no tenía sino una obsesión: orar por mi sobrino. Fue una Semana Santa muy difícil porque hubo una toma guerrillera, con disparos, con todo lo que implica eso, bueno, es es es otra historia, esa la cuento otro día, porque espero que me volverán a invitar, digo yo. Gente que aguanta tres predicaciones de este tamaño en un día, yo digo: “Tiene resistencia para otra sesión”.

El hecho es, en esa Semana Santa, estas rodillas, mijo, al suelo, ore: “Señor, te pedimos por Felipe; Señor, te pedimos por Felipe; era cadena de oración, estábamos orando, estábamos suplicando, rezábamos, encomendábamos a Dios. Además, la predicación era muy tensionante porque en las puertas, cuando ya sacaron a la guerrilla, llegaron los paramilitares, y en las puertas se paraban ellos con ametralladora, eso sí era un poquito tensionante.

Bueno, toda la Semana Santa:”Felipe Andrés, Felipe Andrés, Felipe Andrés; Señor, haz tu obra; Señor, tú eres poderoso; Señor, tú tienes amor por nosotros; Señor, nosotros te lo entregamos”, ore, ore, ore, yo nunca había orado tanto. Terminó la Semana Santa, no había pasado nada; llegó Pentecostés, no había pasado nada; llegó Navidad, no había ningún cambio; llegó la otra Semana Santa, estaba peor el niño; llegó la otra Navidad, cero cambios.

Eso es duro para mí, es mucho más duro para la mamá, es durísimo para el papá, durísimo, para mi hermano, muy duro. Nostroos hemos llorado muchas veces por eso, en otro tiempo, ahora ya no lloramos. Es bien duro eso.

Mi cuñada, por consiguiente mamá de este autista, fue la primera que nos dio la gran lección. Ella oraba, claro, por el mejoramiento del niño, y mientras oraban, lo llevaron a los mejores especialistas en Estados Unidos: que asuntos de mercurio, que problemas del cerebro, que posible internarlo no sé dónde, que oxígeno adicional, que pastillas de no se cuánto. Cuánto tratamiento se pudo buscar en Estados Unidos para que el niño mejorara, el mejoramiento, por lo menos en esa época, fue mínimo, después ha mejorado un poquito.

La mamá, que es un ser humano que existe en esta tierra, la mamá, que además ella misma tiene otra enfermedad que es incurable, la mamá, que vive en la ciudad de Concord, en California, Estados Unidos, y que esta noche se va a dormir después de darle un beso a su hijo autista, esa mamá un día decidió esto: “Yo no voy a esperar a que Felipe cambie para empezar a darle gracias a Dios, yo no voy a esperar a que Felipe cambie para empezar a alabar a Dios”.

La mamá, que se llama Miryam, empezó a darle gracias a Dios: “Por Felipe, porque me lo diste, porque existe, porque es como es, así me lo diste, bendito seas”. Eso se llama el Evangelio, eso se llama el Padrenuestro, eso se llama encontrarse con Jesucristo.

Si yo, en esta noche, les vendiera un Evangelio barato a ustedes, diciéndoles que uno cree en Cristo y que todo se arregla y que todo funciona, y que tus sueños y que tus ilusiones.... Siempre queda gente sentada en la silla de ruedas, siempre queda la mamá que llega con el hijo autista y sale con el hijo autista, y esa es mi cuñada; siempre queda el que llega con una herida en el alma y que sale y que todavía no entiende por qué está sufriendo.

A esos yo les recomiendo que miren hacia Concord, en California, o miren hacia el Convento de Santo Domingo, en Bogotá, y les recomiendo: No intentes entender para agradecer, agradece y podrás entender.

Felipe cambió nuestra familia completamente, Felipe ha hecho una obra tan maravillosa, no puedo darles demasiados detalles, porque ustedes entenderán que hay asuntos que son un poco privados y de familia, lo que sí les puedo decir es: El corazón de toda mi familia, y sobre todo el corazón de mi hermano y mi cuñada, son de oro y el oro lo dio Felipe.

"Dios sabe cómo hace las cosas, y yo no soy nadie para pedirle una explicación a Dios; lo que a mí me corresponde es abrir mi corazón a Él, abrir mi mente a Él y decirle: “Hoy, ya, te doy gracias, ya, hoy, hoy, que no entiendo nada, ya te doy gracias, un día sabré por qué, un día lo entenderé. Lo importante es que tú no vas a empezar a ser mi Papá amado, tú no vas a empezar a ser Dios misericordioso cuando yo entienda; tú ya eres un Dios misericordioso, yo me demoraré en entenderlo, pero tú ya lo eres, y como ya eres un Dios misericordioso, ya, hoy, esta noche, te bendigo; hoy, esta noche, te alabo”, aunque sea una alabanza insólita.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.