Un kerigma para hoy, 2 de 3

De Wiki de FrayNelson
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Esta es la segunda de tres enseñanzas que tenemos en este día. La primera es: “Ya no tienes que esconderte, ya no te escondas”; la segunda, la que vamos a tener en este momento es: “Que sea Dios el que te Justifique”; y la tercera se llama: “Alabanzas Inesperadas”.

En la primera conferencia vimos que nosotros solemos utilizar máscaras ante Dios y ante nuestros hermanos, pero hay también una especie de máscara que utilizamos ante nosotros mismos, es lo que se llama justificarse.

Los seres humanos tenemos una gran capacidad de autojustificación, nos justificamos, justificamos lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, somos expertos en encontrarle explicaciones a nuestra vida, a nuestro proceder, tratamos a toda costa de quedar bien.

Fíjate que hay una relación muy profunda entre el tema de esconderse, que es el tema de las máscaras, y el tema de justificarse. Porque muchas veces justificarse es tratar de guardar una imagen, tratar de quedar bien.

Pero el tema de la justificación es más profundo, porque en esa justificación, a veces es casi como si que nos engañáramos a nosotros mismos, como que nosotros tratáramos de convencernos a nosotros mismos que sí estamos haciendo las cosas bien.

En cierto sentido, la justificación se convierte como en una máscara que nos ponemos ante nosotros mismos. Esa es la relación que hay entre el tema anterior y este tema.

Pero ahora queremos darle bastante más énfasis al aspecto bíblico, porque resulta que en la Biblia la justificación es una cosa completamente diferente; la justificación en la Biblia no es buscar excusas, justificación en la Biblia no significa buscar explicaciones, no significa tratar de quedar bien, no significa ponerle una disculpa, un barniz de racionalización a nuestra vida.

¿Qué es la justificación en la Biblia? ¿Y cuál es esa oferta que hemos recibido en Cristo, porque en Cristo nosotros somos justificados? Por eso, el propósito de esta enseñanza es que pasemos de la autojustificación, que son todas las disculpas que yo me doy para no cambiar, pasemos a la justificación de Cristo, es decir, la nueva creación que Dios nos da en la persona de su Hijo.

Vamos a salir de las explicaciones, y vamos a salir de las excusas que nosotros nos damos, y vamos a asomarnos al mensaje de amor y de transformación interior que Dios Padre nos ha dado en su Hijo Jesucristo.

¿Cuáles son las justificaciones más comunes que utilizamos? Por ejemplo, decimos: “Lo que sucede es que yo soy un joven y los jóvenes somos ruidosos, somos desordenados”.

Dice otra persona: “Lo que pasa es que yo sigo en el siglo XXI, en el siglo XXI el noviazgo tiene muchos derechos, padre, por si no se había enterado. Como somos personas del siglo XXI, nuestros noviazgos son noviazgos con muchos derechos”, ahí nos estamos justificando. Otro, en cambio, grita mucho en la casa, todo lo quiere resolver a gritos, y añade una justificación: “Es que el papá soy yo; ser papá me autoriza para gritar y para tratar de cualquier manera”.

Decimos que porque somos jóvenes, o porque somos viejos, o porque tenemos tal o cual temperamento, tal o cual enfermedad, porque hemos vivido tales o cuales cosas en nuestra vida: “A mí me tocó una infancia muy difícil, luego yo estoy justificado para ser una persona amargada, una persona insoportable, porque mi juventud fue muy difícil”.

“A mi familia me la destruyeron cuando yo era un niño, la guerrilla acabó con mi familia, estoy justificado para odiar a todo el mundo, empezando por los guerrilleros”, es una justificación.

“A mí una mujer me traicionó, estoy justificado para odiar a las mujeres” ; “a mí un hombre me traicionó, yo por eso los tengo que humillar, uno detrás de otro, y tendrán que pagarlo todos porque uno me humilló”, estoy justificada, dice una mujer.

Todas esas son justificaciones nuestras, y las justificaciones nuestras tienen algo en común, y esta palabra yo quiero que nos quede clara como la primera palabra en esta enseñanza y es la palabra “esterilidad”. Nuestras justificaciones son estériles, de nuestras justificacioes no nace nada, lo único que brota de nuestras justificaciones es la muerte.

Esos novios que dicen: “Somos novios del siglo XXI, luego tenemos derecho a hacer y deshacer, porque somos novios con muchísimos derechos”, de ahí nace la muerte, la muerte en forma de desilusión, la muerte en forma de prostitución sin sueldo, la muerte en forma de aborto.

Las justificaciones nuestras son estériles, no producen nada, nos frenan, nos anclan, nos amarran, nos constriñen, nos impiden, nos paralizan, nos matan.

Por eso, yo, hoy, te invito, en el Nombre del Señor Jesucristo, a que no te justifiques más. El profeta Isaías tiene una palabra vigorosa: “¡Ay de aquellos que llaman bien al mal, y mal al bien!” Isaías 5,20. Lo que es bueno, es bueno, mis hermanos; lo que es malo, es malo, y ninguna cantidad de palabras nuestras va a cambiar eso.

A veces nos justificamos mirando a otras personas. Por ejemplo, decimos: “El cura de mi parroquia es un borracho no hay que creer en la Iglesia, quedo justificado en mi ateísmo, puedo portarme como se me dé la gana, porque la Iglesia no da ejemplo.

A veces nos justificamos en la situación económica. “Hay una gran urgencia, una gran necesidad de dinero, todo el mundo anda mal, que yo haga trampa no tiene nada de extraño, todo el mundo hace trampa”, justificación a través de la situación económica.

A veces nos justificamos en nuestros amigos o en nuestras amigas, que no deberíamos llamarlos así cuando nos dan consejos que conducen a la muerte; pero así sucede, hay gente que se justifica en sus amigos o en sus amigas: “Todas mis amigas con los novios hacen y deshacen, yo no puedo ser la niña diferente, yo tengo que hacer lo mismo con mi novio”.

“El lesbianismo se está poniendo de moda; todas las niñas bonitas andan besándose en las revistas, luego yo tengo derecho a tener experiencias lesbianas”.

Nos justificamos porque así está el mundo, nos justificamos porque en otros países ya se usa, nos justificamos de mil maneras, pero todas nuestras justificaciones, todas, tienen un común denominador, hay una palabra que las envuelve a todas, esa palabra es: “esterilidad”.

Las palabras que utilizamos para tratar de cambiar el bien en mal, y el mal en bien, esas palabras no producen nada distinto sino la muerte.

Ese papá autoritario, lejano, ese papá que considera que es general de los ejércitos celestiales y que cree que mantener a los hijos humillados, es la manera de ejercer autoridad “porque yo soy el papá”, pues el día que un hijo tuyo, Dios te libre, el día que un hijo tuyo se suicide, ante el cadáver de tu hijo vas a decir: “Soy el papá de un suicida, ¿de qué me sirvió?”.

El día que tu hija se fugue con el novio porque ya no se aguanta tu régimen antipático, tu régimen asfixiante, ese día vas a decir: “Soy el papá de una madre soltera que sabe Dios dónde andará”. ¿En dónde quedan tus justificaciones, en dónde queda la manera que tenías para explicar tu autoritarismo, tu manera odiosa de hablar?

Por eso, en el día de hoy, mis hermanos, así como hemos querido desprendernos de las máscaras que nos ponemos ante Dios y de las máscaras que nos ponemos ante los hermanos, tenemos que desprendernos de la máscara más profunda que es la mentira que nos hemos tragado, y esa mentira es la justificación que hacemos de nuestros actos.

Hoy te invito a que no te justifiques, hoy te invito a que no lo hagas. Pero ¿qué sucede cuando uno no se justifica? ¿Qué sucede cuando uno asume lo que uno ha hecho? Sucede una realidad que se llama “confusión”.

En la Biblia varias veces encontramos salmos donde se le ruega a Dios, “que yo no quede confundido” Salmo 30,2. La confusión en la Biblia no es una situación puramente mental o intelectual; estar confundido es quedarse delante del tribunal sin ninguna justificación, sin ninguna explicación, sonrojarse, no poder decir nada a favor, tener que asumir la realidad espantosa: “Yo no soy lo que parecía”, eso es muy duro.

Y tratando de evitar esa experiencia, que es una experiencia tan difícil, uno busca justificarse, uno busca encontrar cualquier explicación, desde niños somos así.

Una vez un niño llegó con una cortada en la frente; llega el niño donde la mamá, la mamá angustiada le pregunta: “Pero mijo, ¿qué le pasó?” Y el niño, para no quedar confundido, dijo: “Me mordí”. La justificación nuestra empeora la situación.

En realidad, nuestras justificaciones nos hacen quedar en un ridículo peor que si hubiéramos admitido la realidad o la verdad.

Dos niños estaban discutiendo en una cierta calle, el uno finalmente le tiró una piedra al otro, acto vandálico que produjo una escalabrada, menos mal no pasó de ahí.

La mamá del niño herido va a hablar con la mamá del niño semiasesino, y le dice: “-¿Cómo así que su hijo le tiró una piedra a mi hijo?” Y la mamá del niño semiasesino le pregunta: “-¿Pero mijo, ¿por qué hiciste eso?” Y él dijo: “-Pues estábamos peleando”. Y ella dijo: “Pues así no se arreglan las pelas, ¿por qué no me llamaste a mí?” Y el niño se justificó diciendo: ”-Porque usted no tiene buena puntería”.

Nuestras justificaciones son ridículas, nuestras justificaciones nos dejan en una situación peor que la que estábamos.

Hoy te invito a que no te justifiques, pero eso es demasiado duro, porque cuando no hay justificación, la Biblia nos dice que lo que hay es confusión, y uno no quiere sentirse confundido.

Recuerda: confusión no es solamente asunto de ideas en la cabeza, confusión es la situación bochornosa, avergonzante, embarazosa, es situación por la que uno jamás quisiera pasar, eso de que lo encuentren a uno más o menos con el colchón orinado, es una situación muy, muy complicada.

¿Qué se hace ahí? Ponga pausa ahí por el momento, dejamos ese tema hasta ahí. Ya sabemos lo que es la justificación en nustra vida diaria.

Ahora hablemos de qué es la justificación en la Biblia, y para eso vamos a hablar de qué significa la palabra “justo” en la Biblia, y para eso vamos a ver qué es lo que hace Jesucristo con la palabra “justificación” en los escritos de San Pablo. Y de ahí vamos a descubrir por qué el mejor negocio en la vida es dejar de justificarse uno, para que sea Dios quien lo justifique a uno; ya deja de justificarte para que sea Dios quien te justifique.

¿Qué es un justo en la Biblia? Bueno, pues para ver qué es un justo, -esto es una cadena-, hay que ver qué es hacer justicia. Hacer justicia, según la Biblia, es traer orden. Ustedes saben que en la Biblia hay un libro que se llama “Jueces”. Jueces tiene que ver con justicia, justicia tiene que ver con justo, justo tiene que ver con justificación . Jueces, justicia; justo, justificación.

Mire, si nosotros abrimos el libro de los Jueces, ¿qué encontramos? Una serie de personajes exóticos, con todo tipo de acciones y comportamientos en parte extraños. De entre los jueces, el más conocido, es uno que se llamaba Sansón, pero Sansón como que no corresponde a la idea que uno tiene de un juez.

Uno se imagina que un juez es una persona imparcial, una persona que está sentada, ¿cierto? En un estrado, o mejor dicho, tiene un despacho, oye una evidencia, oye la otra evidencia, oye unos testigos, oye otros testigos, sopesa, pondera, saca conclusiones y presenta un veredicto. Ese es un juez en la idea que nosotros tenemos de juez.

Pero resulta que la Biblia tiene un libro que se llama el libro de los Jueces, y en el libro de los Jueces aparece un señor llamado Sansón; la principal característica de Sansón, ¿cuál era? La fuerza, era un hombre con mucha fuerza.

Sansón con tanta fuerza, ¿qué tendrá que ver eso con justicia, justo, justificación? Pues mira: ese libro se llama el libro de los Jueces porque esos eran los que hacían la justicia de Dios, ¿y qué es la justicia de Dios? La justicia de Dios es poner orden en la historia humana según el plan y la sabiduría y el querer de Dios.

Hacer justicia es poner orden, es decir, el pecado es un desorden. Dios tiene un plan para el mundo, pero el mundo, donde estamos todos nosotros, está lleno de pecados; el pecado es una deformación, es un desorden, mira esta palabra que tenemos en español: el pecado es un desajuste; el mundo está desajustado. Hacer justicia es ajustar, lo encontramos, ¡eso es!

El libro de los Jueces no es el libro de unos señores serios, ponderados, medio flemáticos, no. Los jueces eran gente carismática, apasionada, que era tomada por el Espíritu de Dios para hacer una tarea específica en un momento específico, ¿qué era lo que hacían estos jueces? Ajustar el mundo.

Dios tiene un plan para el mundo, pero el mundo está desajustado; Dios infunde su Espíritu en una persona, el cual lo vamos a llamar aquí un juez, ¿el juez quién es? El ministro, el instrumento de Dios para ajustar. Al fin, el juez mueve esto para aquí, esto para allá, hasta que al fin queda ajustado.

En la Biblia, el libro de los Jueces es el libro en donde se ajusta, ¿qué se ajusta? Se ajusta la realidad humana al querer divino, ese es el libro de los Jueces; se toma la realidad humana que está deforme, que está torcida, y a través del servicio, a través del ministerio, una persona, hombre o mujer, porque hubo también juezas, a través de esta persona Dios ajusta la realidad.

¿Qué es entonces la justicia de Dios? Según esta explicación que empieza en la Biblia, la justicia de Dios es la realización en la tierra de su voluntad que se cumple en el cielo.

La justicia de Dios se comprende desde la diferencia, desde el desfase tan tremendo que hay entre el designio de Dios y la realidad humana en la historia. Hay un desfase. ¿Ustedes se acuerdan que hay una oración que se llama el Padrenuestro?

Una de las cosas que decimos en el Padrenuestro es: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, pero esa no es la forma correcta de decirlo porque se puede entender de esta manera: “Señor, que tu voluntad se cumpla en Ecuador y en Colombia; que tu voluntad se cumpla en Venezuela y en Panamá; que tu voluntad se cumpla en Estados Unidos y en Canadá”, dos lugares, “que tu voluntad se cumpla aquí y acá”, “en la tierra y en el cielo”.

¡No, no! Lo que dice el texto es: “Así como se cumple tu voluntad en el cielo, que se cumpla también en la tierra”. "Jós" es la conjunción griega, "jós", “así como en el cielo, así en la tierra”. Es decir, “que no haya desfase entre el cielo y la tierra”.

O sea que lo que pedimos en el Padrenuestro es justicia, que la tierra sea como el cielo, que la tierra se ajuste al modelo celestial, eso es pedir justicia. Para nosotros, lo que solemos entender por justicia, ¿qué es? Justicia es que haya equidad en la tierra, dentro de la tierra, de tejas para abajo, en nuestro mundo.

No. En la Biblia, “que se haga tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo”, significa esto: “Que tu designio, que se realiza plenamente en ti mismo y en la asamblea de tus Ángeles”, lo veamos realizarse también aquí en el mundo de los hombres”; “que la tierra sea como el cielo”, “que nuestra se juste al modelo celestial”.

¿Justicia qué es? Justicia es ajustar la tierra al designio del cielo, eso es justicia. ¿Hacer justicia qué es? Ajustar lo que estaba desajustado. ¿Los jueces quiénes son? Los jueces de la Biblia son aquellos hombres, o mujeres, que fueron tomados por el Espíritu de Dios para, en ciertas circunstancias, ajustar la tierra al designio del cielo.

Esta ley de que la tierra se parezca al cielo aparece en toda la Biblia. Cuando Moisés fue a hacer el Tabernáculo, cuando Salomón fue a hacer el Templo, ¿qué le dijo Dios?: “Mira el modelo que viste en la montaña, quédate con el modelo del Templo celestial”.

La referencia siempre es el cielo, que la tierra se parezca al cielo. De ahí el desastre que cometen los que cambian el Padrenuestro, por ejemplo, diciendo: “Padre nuestro tú que estás en los que aman la verdad”, esa música me fascina pero es un desastre de Padrenuestro.

Para la Biblia es esencial la diferencia entre la tierra y el cielo, porque el cielo es el modelo para la tierra, y la justicia es que la tierra se ajuste al cielo, que la voluntad de Dios se cumpla no sólo en la corte de sus Ángeles fieles, sino que se cumpla en la asamblea de los hombres y las mujeres y las familias y los niños, aquí, en la tierra. La tierra se la ha dado a los hombres, que aquí se cumpla el querer de Dios.

Lo que nosotros pedimos en el Padrenuestro es justicia, ¿cuál justicia? Justicia es que eso, que es la verdad de Dios, eso que es el plan de Dios, lo veamos realizarse aquí.

Muy bien, ya sabemos un poco qué quiere decir un juez, ya sabemos qué quiere decir hacer justicia, ¿qué será un justo? Una cosa es un juez y otra cosa es un justo. La definición de justo es muy sencilla en la Biblia, traducido a español contemporáneo: justo es el que se ajusta al querer de Dios. Pero hay otra mejor todavía: justo es el que se ha ajustado al plan de Dios, justo es el ajustado, el que se ha ajustado al querer divino, el que se ha adaptado al querer divino.

Y aquí descubrimos dos cosas maravillosas, una tiene que ver con los orígenes, y otra tiene que ver con las postrimerías; una tiene que ver con el Génesis, y otra con el Apocalipsis; una tiene que ver con la protología, y otra con la escatología. ¿Cuáles son esas dos realidades de la justicia? Si la justicia es estar ajustado al plan de Dios, ajustarse al plan de Dios es realizar la semejanza de Dios en nosotros; ajustarse al plan de Dios es alcanzar nuestra plena humanidad.

La manera de ser plenamente ser humano es ser semejante a Dios. Cuando Dios nos dice en el Génesis que nosotros somos imagen y semejanza suya, el ser imagen es algo que en cierto modo permanece, el ser semejante es un plan de vida.La semejanza es algo que tiene que crecer en nosotros todos los días; llegar a ser semejantes a Dios, de eso se trata, llegar a ser semejantes a Dios.

¿Qué es un justo? El justo es el que ha vivido, el que está viviendo plenamente el Génesis, ese es el justo, y vivir plenamente el Génesis es llegar a la semejanza, se semejante a Dios es ajustarse a su querer, es ajustarse a su plan.

La persona humana plenamente justa es aquella que en todo realizó la voluntad de Dios, la misma que dijo: “Aquí está la esclava del Señor; que se cumpla en mí según tu palabra” San Lucas 1,38.

¿Qué es un justo según esa explicación? Justo es el que se ajusta al querer de Dios, justo es el que vive según el designio de Dios, justo es el que lleva en sí la semejanza de Dios; en español contemporáneo la manera usual de referirnos a esas personas es lo que nosotros llamamos un santo; ser justo es ser un santo.

Pero hay otra manera de mirarlo, el justo es el que no está en desfase con Dios, el que no está descoordinado de Dios, el que no está en otro canal o sintonía sino en la sintonía de Dios.

El justo es el que está en sintonía con Dios, ¿y eso qué significa? Eso significa que el justo es el que no tiene temor en la presencia de Dios, porque está hablando el mismo lenguaje de su Señor, no tiene temor, no tiene miedo ante Él. El justo no tiene temor ante Dios, el justo está en la presencia de Dios sin temor, no hay obstáculo.

¿Qué es un obstáculo, cómo se llama un obstáculo, cómo se llaman los obstáculos que tenemos ante Dios? Esto lo he comentado en otras predicaciones que han sido transmitidas en “La Voz de Jesucristo, 1530 A.M.”

Ahí se ha transmitido en otras ocasiones esta idea que les voy a comentar nuevamente. Mira: cuando nosotros hablamos de el justo y hablamos de que no tiene obstáculos, eso es lo que rezamos en el Padrenuestro, es que el Padrenuestro es el resumen del Antiguo Testamento, y es el resumen del Nuevo Testamento, y es el resumen del Corazón de Cristo, y es el resumen del Evangelio, como el Padrenuestro no existe nada en esta tierra.

Yo creo que por el solo Padrenuestro uno tendría que vivir de rodillas, alabando y agradeciendo a Dios. El Padrenuestro es la condensación de la ternura de Dios en palabras que hasta un niño puede aprender, es una belleza, es lo más hermoso que existe en palabras humanas.

En el Padrenuestro nosotros decimos: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” San Mateo 6,12, nada, está mal traducido, ¿sabe por qué? Mire, lo que dice el texto es: “Kai áfes jemín, ta ofeilémata jemón”, “ofeilémata”, “ofeilémata jemón” son lo que solemos traducir por “nuestras deudas”, “nuestras ofensas”.

¿Qué quiere decir eso, “ofeilémata”? Los “ofeilématas” son los impedimentos, los bloqueos que se presentan en una relación humana, los obstáculos, lo que no deja que la relación fluya.

Le voy a poner un ejemplo, tomado del lenguaje bíblico, el ejemplo que siempre digo. Supongamos que usted y yo somos amigos, -no es muy difícil de suponer-, usted me presta diez millones de pesos y yo quedo de pagárselos en dos meses. Pasan los dos meses, y no aparecen ni los diez millones, ni el amigo.Pasaron tres meses, cuatro meses, el hombre no contesta llamadas, no responde correos electrónicos, hace el quite, corta el teléfono, cambia de número, se muda.

Un día, la señora que me prestó diez millones de pesos ocho meses atrás, va saliendo de un almacén, -vamos a suponer el “Éxito”, ya que estamos aquí-, la señora va saliendo y yo voy entrando, y nos encontramos, y yo le debo diez millones que quedé de pagarle hace seis mese atrás. Y le he hecho el quite. Y nos encontramos, y entonces yo le digo a la señora, cuyo nombre es Ligia: “Hola, Ligia, ¿cómo te va? ¿Qué hay de cosas? ¿Bien? ¿Todo en orden? Te tomás un cafecito, Ligia?”

Cuando yo la saludo de esa manera, y quizás ella accede a tomarse el café, hay algo que está pendiente, ¿cierto? Eso es lo que llaman “el elefante en la habitación”, ¿no? O sea, nos podemos tomar el café, o no tomarnos el café, o lo que sea, pero ella me va a decir: “¿Qué pasó con los diez millones?”

Hay un obstáculo, no es simplemente la deuda en cuanto deuda, es la deuda en cuanto obstáculo, es la deuda en cuanto freno, impedimento, bloqueo, es la deuda que hace que yo me esconda. “Ofeilémata” no son las deudas simplemente como deudas, “ofeilémata” son aquellas deudas que hacen que yo me retraiga y me esconda, son las deudas que me bloquean.

¿Cuando nosotros tenemos esa clase de deudas qué hay que hacer? Hay que solucionar ese problema para que la amistad de nuevo fluya, para que de nuevo nos podamos tratar normalmente .

Entonces yo le explico lo que sucedió; si la explicación es correcta, si no es una simple justificación, si la explicación es la correcta, y se entiende, y si yo pago una compensación, y si le doy el dinero y quedamos todos tranquilos, esos “ofeilémata”, esos obstáculos desaparecen y la amistad sigue como si nada hubiera pasado. Eso es lo que queremos decir con “ofeilémata”.

Cuando nosotros le decimos a Dios nuestro Padre, en el Padrenuestro: “Perdónanos nuestras ofensas”, lo que le estamos diciendo, -es que el verbo griego es muy interesante-, “áfes!, “áfes” es: “Áparta, quita, aleja”, “áfes”, es tomar hacia afuera, es quitar hacia afuera, “aparta, quita los obstáculos, así como nosotros estamos dispuestos a quitar todo obstáculo con los demás”, ese es el Padrenuestro: “Quita los obstáculos, Señor”.

¿Quién es justo en la Biblia? ¿Qué es ser justo en la Biblia? Ser justo es no tener “ofeilémata”, no tener obstáculos ante Dios, poder estar en su presencia, como decimos en español con esta expresión: “A paz y salvo, en tranquilidad”.

Si yo ya le pagué mi deuda a Ligia, si yo no tengo un obstáculo, una deuda que me interrumpa la amistad, nuestra amistad fluye, comentamos, reímos, nos invitamos, lo que sea, la amistad está bien, eso es ser justo.

Ser justo es vivir sin esconderse, ser justo es vivir sin máscara, ser justo es estar ante Dios a paz y salvo, ser justo es no tener que correr allá a buscar un matorral, un rastrojo, eso es ser justo.

Muy bien, ya a prendimos qué es hacer justicia, qué es un juez, qué es ser justo, nos falta la última. ¿Qué es justificación entonces? Ya ustedes lo pueden imaginar. justificación es el proceso para tomar a uno de nosotros, miserables pecadores que somos, y llevarnos a una condición de justo.

¿Justificar qué es? Justificar es llevar a la persona a que sea justa ante Dios, a que no haya obstáculo alguno, a que estemos a paz y salvo, a que yo no tenga que esconderme, a que yo pueda recuperar, a que yo pueda reconstruir, o a empezar a construir en algunos casos, una relación viva de amistad, de cercanía, serena, alegre, con Dios, mi Padre, mi Creador, esa es la justificación.

La justificación es aquel proceso por el que Dios me lleva a ser ajustado, ajustado a su voluntad, ajustado a su querer, ajustado a su amor, ajustado a su plan, sin obstáculo, en serenidad, en alegría.

Dios es mi amigo, yo estoy en comunión con Él, el Dios que se ha revelado en la Biblia, el Dios que se ha revelado en la Alianza, ese Dios es mi amigo, estoy a paz salvo con Él; no hay obstáculos, yo realizo su voluntad. Jesús dijo: “Yo hago siempre lo que a Dios le agrada, yo hago siempre la voluntad del Padre” San Juan 8,29, eso es ajustarse. La justificación es el proceso de llevar a una persona para que sea justa.

San Pablo nos enseña una cosa muy importante, -y aquí vamos llegando al final de esta reflexión-, San Pablo nos enseña que Cristo, con su sacrificio, Cristo, con su Sangre preciosa, es el que nos ha dado la justificación.

Es decir que nosotros no llegaremos a ser justos a base de nuestros propios esfuerzos; nosotros llegamos a ser justos recibiendo el regalo de su amor y de su Sangre. Solamente, bañados en su misericordia, aceptando el regalo de su perdón, nosotros podemos llegar a presentarnos justos ante Dios; justo significa, en ese caso, en amistad y a paz y salvo con Él.

¿Qué quiere decir esto? Ahora ya podemos comparar. Cuando yo me justifico, escojo el camino de la esterilidad; cuando yo dejo que el Señor me justifique, me baño en su amor, me baño en su Sangre, recibo su perdón, acepto su Espíritu, acojo su Evangelio, soy transformado, quedo en paz con Él, recibo vida y transmito vida, esa es la justificación que viene de Dios.

La justificación que viene de ti es una simple disculpa, una disculpa que te deja en esterilidad, una disculpa que te deja en el mismo punto donde estabas, una disculpa que solo produce muerte, una disculpa que deja el corazón frío.

La justificación que viene de Dios, esa justicia que viene de Dios, es el regalo de su amor que vuelve a crearte, es el regalo de su amor que te renueva, que te rehace, es el regalo de su amor, que sin mérito de parte tuya y con el único requerimiento de la fe, te abre a que recibas todo lo que el Señor quiera regalarte, esa es la justicia que viene de Dios.

¿Cuál es la invitación, entonces, hermanos? La invitación es: vamos a dejar de justificarnos, vamos a dejar, ¡no más! ¡No más justificaciones! Dejemos nuestras disculpas y busquemos el plan de Dios.

Nos reconoceremos inmediatamente no sólo indignos sino incapaces de ese plan, incapaces de esa voluntad, esa santidad a la que Dios nos llama nos queda grande, pero aunque sintamos que nos queda grande a nosotros, no le queda grande a Él.

Hoy te invito: no más disculpas, la santidad es real, la amistad con Dios es real y es posible. ¿Y cuál va a ser tu referencia? Muy sencillo, la palabra que te da nuestra Madre la Iglesia.

Si la Iglesia te dice, si la Iglesia te muestra, por ejemplo, para una pareja: Los métodos artificiales de anticoncepción no son según el querer de Dios”, ¿cuáles son las posibilidades que tú tienes? Empezar a justificarte: “No, es que lo que pasa es que mi esposo..., “es que lo que pasa es que la televisión...”, “es que lo que pasa, lo que pasa y lo que pasa...”, y justifique y justifique.

Y de todas esas disculpas, tú tal vez no caes en la cuenta, y cada vez que estás utilizando un método artificial de planificación familiar, le estás haciendo la escuela de infidelidad a tu propio esposo.

Porque efectivamente, si hay garantía de sexo sin ningún riesgo, porque así lo llaman, “sexo seguro”, si el sexo es tan seguro con la esposa, es igual de seguro con la secretaria, para hablar claro.

Si el sexo es tan seguro, tan seguro, si llegan a vender, que ya lo deben vender en alguna parte, “el preservativo ciento por ciento seguro; jamás usted podrá quedar embarazada”, la mujer debería caer en cuenta de este sencillo razonamiento: “A ver, analicemos: Soy una mujer, como mujer no quedaré embarazada, ajá, siendo así que yo, siendo mujer, no quedaré embarazada, entonces la amante que se consiga mi marido tampoco quedará embarazada”.

Los métodos artificiales de anticoncepción son la escuela de infidelidad, y son la preparación remota para todo tipo de desorden sexual, ese es solamente un ejemplo que les estoy dando.

Entonces la gente dice: “No, padre, pero si usted apenas está predicado el amor de Cristo, usted concéntrese en que “Cristo los ama”, y no se meta en esos temas tan profundos y tan candentes”.

Pues puede ser muy profundo y muy candente, pero de ahí salen niños, así que usted me hace el favor, la predicación tiene que hacerse según la mente de la Iglesia, porque esa es la referencia que tenemos.

“Ah, no, eso es imposible, nadie le va a hacer caso en eso,” ¿y por qué dicen que es imposible? Vienen las justificaciones. Qué tal que en vez de buscar justificaciones, dejamos que el poder del Señor nos cambie, nos ajuste. Si en vez de estar buscando justificaciones, dejamos que el Señor nos ajuste, Él nos empieza a mostrar dónde está la verdad y la bondad de eso en lo que somos enseñados.

Y esto vale para no robar, -porque esa es otra, la gente se justifica: “-¿Usted por qué roba, por qué se roba el dinero de los impuestos de los pobres?” “-Porque aquí todo el mundo lo hace”, justificación. ¿Por qué no dejas de justificarte? ¿Por qué no te abres al poder del amor de Dios? Que Él renueve todo en tu vida.

Hoy te invito, hermano, hoy te invito a que tú le entregues al Señor todas las disculpas tontas que has dicho a lo largo de tu vida, y todo lo que te parece imposible,”¡no, yo soy un joven, yo soy hombre, yo no me voy a aguantar eso!” Esa es tu justificación, que eres joven y que eres hombre.

¿Por qué en lugar de buscar tu justificación no buscas que Dios te ajuste? Que sea Dios el que te justifique, que sea Dios el que transforme tu vida, que sea Dios el que te cambie.

Y el Señor lo hace, y uno ve cómo las parejas, por ejemplo en el caso que di de los métodos artificiales de anticoncepción, entran en una cultura de respeto a la vida, de respeto a la naturaleza del acto sexual humano, y empiezan a ocurrir maravillas.

Empiezan a descubrir, por ejemplo, que los métodos naturales les obligan a hablar, les obligan a comunicarse, les obligan a entenderse, les obligan a respetarse, y salen ganando todos.

De tus justificaciones sólo nace la esterilidad; de la justicia de Dios brota la vida.

Pónte en pie vamos a hacer una oración.

Señor Dios, en este momento queremos darte gracias, porque en tu Hijo Jesucristo nos has da dado todo lo necesario para la vida y la salud. Te damos gracias, Señor, porque hoy nos invitas a dejar de lado nuestras disculpas, hoy nos invitas a que no aplacemos más nuestra conversión, hoy nos invitas a que abracemos con corazón amplio, generoso y sincero, tu divina Ley y tus justos Mandamientos.

Hoy nos invitas, Señor, a dejar de justificarnos para que seas tú quien nos justifique. Renuévanos con el poder de tu Sangre, renuévanos con la gracia de tu Espíritu. Renuévanos , Señor. Haz descender sobre nosotros tu amor, tu misericordia y tu poder.

Haz, Señor, que nuestra vida transformada en ti ya no tenga obstáculos, que podamos estar en tu presencia, en amistad, en gozo, como lo que tú has querido que seamos: tus hijos amadísimos.

Bendito seas, Señor. Bendito y amado seas, Señor.

Amén.