Triduo Eucarístico, 3 de 3, La Sangre

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Se dice con frecuencia, y es verdad, que la sangre es escandalosa. Y nosotros estamos celebrando el misterio de la Sangre de Cristo.

El color rojo es escandaloso porque nuestro cerebro nace como condicionado para reconocer ese color, porque es el color de la herida, es el color del peligro, es el color de la vida que se escapa.

Llevamos, podemos decir, en los circuitos de nuestras neuronas, llevamos condicionado nuestro cerebro para responder a la sangre, y de la sangre nos habla esta gran solemnidad en que nos encontramos.

Por eso, la primera lectura, del capítulo veinticuatro del Éxodo, que nos habla de la sangre, el sacrificio de aquellas vacas que por orden de Moisés fueron degolladas, para hacer visible ante el pueblo lo que estaba implicado ahí, en esa alianza.

En aquellas naciones antiguas, los pactos se celebraban siempre con sangre, era su manera de decir: “En esto me comprometo hasta la muerte”, es decir, “con todo mi ser”. La sangre significa “con toda mi vida, con todo mi empeño, con toda mi energía, con todo mi ser”.

Hay un pasaje en el libro del Génesis, que de una manera dramática recuerda esto. Abraham es llamado por Dios en una noche, particularmente oscura, para que realice un sacrificio extraño.Tiene que partir tres animales, partirlos por la mitad, causando, por supuesto, un gran derramamiento de sangre en las arenas del desierto.

Y luego, en la densidad de esa noche, Dios, por figura de una especie de llamarada, pasa por en medio de esos animales. Leyendo solamente a Biblia, es muy difícil entender qué es lo que sucede ahí.

Pero la historia nos revela un poco ese misterio. En la antigüedad de esos pueblos, en el Medio Oriente, los jefes de las tribus sellaban los pactos por medio de ese extraño ritual. ¿Y cuál era el propósito de trozar esos animales y causar ese derramamiento? Pues es que se suponía que después de sacrificarlos, de poner las mitades así abiertas, el jefe de cada tribu pasaba invocando su propio dios; no se suponía que tuvieran un dios en común.

¿Pero sabes qué era lo que tenía que decir? Tenía que invocar la maldición de Dios sobre su cabeza, si llegaba a faltar al juramento que estaba haciendo, una cosa espantosa.

Pero claro, en una época en que no había ni jueces, ni guardia civil, ni notarías, ni Derecho, ni Convención de Ginebra, ni Naciones Unidas, ¿cómo se ponen de acuerdo los seres humanos para creer el uno en el otro, si tu tribu un día me puede atacar a mí o mi tribu te puede atacar a ti?”

Pues, la manera era atándose por la palabra de la religión. Entonces cada uno pasaba por mitad de esos animales, invocando la maldición de su Dios, como diciendo estas palabras: “Que me maldiga el Dios en el que yo creo, y que esto me suceda a mí, si incumplo mi palabra”. Si tú dices eso, mojando tus pies y sandalias sobre la sangre de animales frescamente sacrificados, el impacto en el corazón tiene que ser una cosa muy fuerte.

Así se sellaban los pactos, hasta la sangre: “Estoy dispuesto a cumplir lo que me pide este pacto; lo que hoy estoy afirmando lo voy a cumplir, hasta a sangre”.

Eso explica también otro aspecto del Antiguo Testamento. Sucede que leemos por allá en los libros de los Reyes que hubo uno muy famosos llamado Salomón, principalmente famosos por su sabiduría, famoso también por el fasto y lujo al que llevó la Corte de los hebreos, pero famoso también, y esto puede parecer un apunte menor pero no lo es, por la cantidad de esposas y concubinas que tuvo.

Pues eso de las esposas no era simple deleite carnal, tiene que ver con lo de hoy, tiene que ver con la sangre, ¿por qué? Porque resulta que en aquellos tiempos en que no hay guardia civil, ni pactos internacionales, ni Convención de Ginebra, ni Naciones Unidas, y en que no hay Cascos Azules ni verdes ni amarillos, en esa época, ¿cómo hago yo para saber que tu reino no se va a meter con mi reino?

Tiempos salvajes aquellos, en que cuando una nación invadía a otra, lo primero que hacía era, por su puesto, encarcelara o ajusticiar al rey de la nación enemiga, pero sobre todo, y esto es más importante, eliminar la descendencia de ese rey.

Es decir que los primeros que morían en cualquier invasión o en cualquier guerra eran los príncipes, los herederos del rey. Y si lo piensas bien la cosa tiene sentido, porque dejar con vida a ese niño, que hoy es niño pero que no se va a quedar niño sino que va acrecer, es criar al enemigo. Porque ese niño crece y ese niño sabe qué fue lo que le fue arrebatado, y ese niño busca venganza.

Por eso de manera rutinaria, cuando un reino invadía a otro reino, lo primero era matar a los niños, matar al príncipe, acabar con el heredero. Esta costumbre, tanto ha perseverado en la humanidad, que incluso en la revolución bolchevique, de la que todavía no se han celebrado cien años, de lo primero que se hizo, después de encarcelara la familia real, fue buscar pretexto para desaparecer a los niños, ajusticiarlos, el niño es un peligro.

Bueno, ¿y qué tiene que ver eso con Salomón? Pues tiene que ver porque Salomón empieza a celebrar matrimonios y matrimonios y matrimonios, pero esos matrimonios son alianzas políticas.

Lo que buscaba Salomón con sus centenares de esposas no era tanto ni principalmente deleite que no puede resistir cuerpo alguno, no, lo que él buscaba era: “Si tengo una esposa, que significa por consiguiente, princesa, hija de otro rey, ya ese rey lo piensa mucho para invadirnos, porque es como tener un rehén. Y si luego, la vida me da fuerzas y puedo engendrar un hijo en esa princesa, ¿ya ese hijo mezcla qué? La sangre, y si se mezcla la sangre, el rey que invada ya no va a matar sangre que es sangre suya".

Fíjate lo que es el poder de la sangre, según estamos aprendiendo por estos ejemplo, fíjate lo que es el poder de la sangre, es el poder para sellar un pacto y comprometerse hasta las últimas consecuencias; es el poder para frenar al enemigo más salvaje, más acérrimo, ese es el poder de la sangre.

Y por eso esta gente antigua no concebía alianza alguna, no concebía pacto alguno si no es con sangre; la alianza se da en la sangre, porque en el escándalo de la sangre está el único lenguaje que los cerebros humanos de todos los tiempos pueden reconocer.

El que es capaz de decir: “Estoy aquí, y estoy hasta la sangre”, el que es capaz de decir eso, es capaz de decir: “Mi compromiso es total, mi compromiso es hasta las últimas consecuencias”.

También en el pueblo cristiano la sangre ha cumplido un papel importantísimo. Consta, en efecto, que los períodos de mayor crecimiento de la naciente religión cristiana, que sabemos que creció com una especie de extraño tumor dentro de un imperio pagano, que era el Imperio Romano, en aquellos tiempos ¿qué fue lo que propició el crecimiento del Cristianismo?

Por supuesto que el testimonio de los cristianos, mucho más el testimonio que las muchas razones, porque aquellos paganos despreciaban las Escrituras, no entendían la tradición de los profetas y tenían como vendada su capacidad de razonar.

Un espejo de esa especie de venda, lo encontramos en aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles, donde San Pablo, de pie en la plaza principal del mundo filosófico antiguo, se pone a argumentar con algunos griegos, a esa plaza la llamaban el areópago.

Y en el areópago de Atenas encontramos a San Pablo que pronuncia un discurso inmaculado, una pieza oratoria simplemente magistral. Pero en esa pieza termina diciendo Pablo, o mejor dicho, hasta ahí le dejaron pronunciar su discurso, que Dios ha designado a un hombre para que sea Juez de las naciones, y que lo ha acreditado por la Resurrección de entre los muertos. Cuando Pablo dijo semejantes palabras, estos estallaron en carcajadas y burlas.

La razón humana puede ser un músculo suficiente para subir algunas escaleras de razonamiento; pero para dar el salto hasta la Resurrección, o para dar el salto hasta la Encarnación, para llegar a afirmar que un Dios ha muerto por nosotros y que vive resucitado, para eso la razón humana es clarísimamente impotente, como es impotente también para reconocer a Cristo en el Divino Sacramento del Altar.

Entonces no fueron las muchas razones las que sirvieron. El mismo Pablo enfrentó lo que puede llamarse el mayor fracaso de su labor apostólica en Atenas. El Evangelista Lucas comenta de manera sobria y sombría que Pablo apenas logró unas cuantas conversiones.

Y ahí sale un hombre llamado Dionisio y una mujer llamada Dámaris, y eso fue todo o poco más lo que logró Pablo en la gran ciudad razonable, en la gran ciudad sensata, en la ciudad filosófica por antonomasia, la gran Atenas, eso fue lo que logró.

O sea que el Cristianismo no se propagó tanto por la habilidad dialéctica de los apologetas, lo que sirvió de vehículo para el Cristianismo fue el extraño testimonio de vírgenes consagradas y el extrañísimo testimonio de los mártires. Esto era novedad absoluta en el mundo antiguo, más novedad incluso que los milagros.

Porque todos esos predicadores y encantadores y embaucadores que venían de Persia, que se llamaba en esa época, lo que hoy es Irán, todos esos de la religión de Zoroastro, todos esos predicadores de astrología, muy duchos en darle nombre a las constelaciones, todos esos hombres y algunas mujeres, no solamente tenían una gran retórica, sino que por algún medio parecían lograr también cosas prodigiosas.

Fíjate que en la Sagrada Escritura se menciona a un hombre llamado el mago Simón, y también en los Hechos de los Apóstoles se cuenta de una cierta esclava, poseída por un demonio, que parece que tenía una habilidad impresionante para servir de adivina.

O sea que no fueron los prodigios, no fueron los milagros, no fueron los argumentos o razonamientos loa que ganaron la pelea para que esa extraña y nueva religión, la religión de Cristo, pudiera extenderse en el Imperio Romano. Lo que ganó al corazón del Imperio Romano fueron dos cosas: el perfume de la vida santa de los eremitas y las vírgenes, y el testimonio elocuente de los mártires.

Tuvo enorme fuerza el testimonio de las vírgenes porque eso no se conocía en el mundo antiguo; alguno dirá: “Ah, pero en Roma existía la religión de Vesta, o el culto a la diosa Vesta, y las que daban culto a Vesta eran las vírgenes, las vestales”. Pero un poco de investigación rápidamente nos saca de la duda.

Resulta que las tales vírgenes vestales hacían votos por unos pocos meses o por unos pocos años a los sumo. Y claro que era gravísimo faltar a ese voto de castidad que hacían, pero era un voto por unos dos años, por unos tres años. Y terminado el voto, igual que las demás hermanas y primas, ellas también se casaban y tenían sus hijos.

Pero eso de que una mujer, en plena salud y sensatez, dijera: “Me dedico a Dios y entrego mi corazón a uno que nadie puede ver, pero que es el amor de mi alma”, eso causaba una extrañeza infinita y eso causaba una admiración enorme.

Por algo un predicador como San Jerónimo, allá por la altura del siglo IV, ganó un ascendiente enorme, y estamos hablando de tiempos del Imperio Romano, entre las clases sociales más altas, porque uno de los lemas de predicación de Jerónimo era precisamente la virginidad consagrada.

Y las jóvenes romanas, hastiadas de la degeneración de un Imperio ya corrupto, hastiadas del divorcio exprés, que no se lo inventó hace poco un Presidente de Gobierno, sino que ya existía en Roma, hastiadas de las degeneraciones de ese mundo pagano, estas mujeres veían en la santidad que propone el Cristianismo un camino nuevo.

Y llegó a tener tanto éxito San Jerónimo que incluso alguien le dijo: “Mira, si tú sigue propagando tu historia de la virginidad y la virginidad y la virginidad, nadie se va a reproducir”. Y San Jerónimo replicó inmediatamente: “Pues bendito Dios, sería el retorno de Cristo”.

O sea que ese testimonio de una vida entregada hasta sus últimas consecuencias con la santidad de aquellas vírgenes, conmovió de un manera inusitada los cimientos del Imperio.

Pero todavía más fuerte fue el terremoto que causaron los mártires, porque incluso los ojos de aquellos romanos, habituados a ver toda clase de barbaridades, porque esa era la manera cómo los emperadores distraían a la gente, por eso viene la expresión “pan y circo”, tener a la gente entretenida, tener al populacho tranquilo era una cosa sencilla para un emperador.

No era sino mandar traer un cargamento adicional de trigo del Norte de África, y decir que por cuenta de no sé quién o de sí sé qué más, se va a repartir trigo gratis. Y con que la gente tuviera trigo, y tuviera muchos días festivos, y fuera a ver barbaridades y crueldades en el Coliseo, con eso se aplacaba la turba.

Pero ni siquiera esos ojos, embriagados de tanta sangre, ni siquiera esos ojos pudieron resistir el extraño espectáculo de estos cristianos, por muchas razones. En primer lugar, porque lo usual en esos sacrificios, sacrificios estúpidos, por supuesto, era que altos y fornidos gladiadores enfrentaran a las fieras.

Pero en su locura, en su odio satánico a la religión cristiana, los enemigos de la fe mandaron a la arena del circo también a mujeres, a jovencitas, a niños, a niñas, y ver ese espectáculo no solamente resultaba vergonzoso sino que empezaba a enviar un mensaje distinto.

¡Qué cosa tan impresionante, por ejemplo, leer las actas de esos mártires; de las que más me haya impresionado a mí, una, que pueden buscar fácilmente en Internet, de nombre extraño para nuestros oídos, Blandina, se llamaba.

¡La manera como torturaron a esta mujer, el sadismo desbocado contra ella, una jovencita! Y ella, sin ofender a Dios, sin lastimar a nadie, únicamente cuidando de su pudor, hasta el momento en el que entregó su vida a Dios.

Esa manera de entregar la sangre es una cosa que llegó a penetrar el corazón enceguecido, el corazón amurallado de ese imperio. Y por eso dijo después San Cipriano, frase que muchos recordarán, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

Y cuanto más metían en el lagar a esos cristianos y cuanto más exprimían esa sangre, más parecían reproducirse.

Mire, los emperadores lo intentaron todo, a veces organizaban persecuciones sistemáticas contra catecúmenos, para que nadie más entrara a la Iglesia; a veces organizaron persecuciones contra sacerdotes y obispos, como queriendo decapitar al Cuerpo de Cristo en esta tierra, ¡qué no intentaron esos emperadores! La sangre es fecunda, la entrega es fecunda, el ofrecimiento de la vida es fecundo.

Pues mis hermanos, si esa es la fecundidad de la sangre, eso es lo que Cristo ha hecho por nosotros; no hay que hacer otra cosa para para renovar la vida cristiana, sino mirar a este Cristo y mirar el tamaño de su ofrenda; mirar que Él, cuando dice que nos ama, lo ha cumplido y lo ha escrito con su propia sangre.

Nosotros los dominicos hace poco estábamos recordando al primero de nuestros mártires de nombre Pedro, Pedro de Verona. Y sabido es que este Pedro, cuando fue sacrificado de un modo horrendo, porque su cabeza la golpearon con una especie de hachuela, pues ya en el suelo, y derramando su propia sangre, escribió con el dedo: “Creo”.

Los que le conocen saben que estaba iniciando la confesión de la fe. Era su propósito escribir el Credo, el mismo que ustedes y yo vamos a repetir en un minuto o dos. Ese Credo que tú y yo decimos como si fuera moneda fácil, al otro le costó su cabeza, al otro le costó sus sangre. Eso es amar y esa es la manera como Cristo nos ha amado, ese es el tamaño de su entrega.

Y por eso, la gran Doctora de la Iglesia, Catalina de Siena, que tenía esa luz, esa inspiración sublime que bien del cielo y que no se puede imitar ni suplantar, cuando vio que llegaba su hora, y apenas tenía treinta y tres años de edad, lo único que pidió en su lecho de muerte, lo único que invocaba con insistencia, lo único que hacía mover sus labios era esta palabra: “Sangre, sangre, sangre”.

Pedía la sangre de Cristo, porque esa es la sangre que el libro del Apocalipsis nos dice que tiene poder para blanquear las vestiduras. El vidente del Apocalipsis pudo contemplar una hermosísima multitud, a la cual nos una Dios por su misericordia.

Llevaban vestidos de luz, porque no eran blancos, eran de luz. Y entonces él preguntó que quién había blanqueados esa vestiduras y le fue respondido: “Las han lavado en la sangre del Cordero” Apocalipsis 7,14.

Esa es la sangre que puede renovar nuestra Iglesia, esa es la sangre que puede renovar nuestros sacerdotes, esa es la sangre que puede renovar el Monasterio, esa es la sangre que puede renovar nuestras vidas, esa es la sangre que suplicamos para que nosotros, convertidos por ese amor, también le demos a Cristo un sí definitivo.

A ver cuántos en esta hermosa población, a ver cuántos de esta fiesta van a sacar la única consecuencia posible, y la consecuencia es decirle a Cristo: “Cuenta conmigo hasta la sangre”.

¡Cuántos mártires de la Eucaristía hay! Tendríamos que empezar otro sermón para sólo hablar de los mártires de la Eucaristía, lo dejamos para otra ocasión.

Por ahora, que se sepa que el fruto propio de la Fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es decirle a Jesús: “Contigo hasta la sangre, hasta la muerte, hasta la eternidad.

Amén.