SANCTUS: Creyente significa peregrino

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Fecha: 20080816

Título: Creyente significa peregrino

Original en audio: 52 min. 43 seg.


El Señor nos ha inspirado vivir la espiritualidad de la Pasión de Cristo. Yo quiero en este momento, junto con ustedes, agradecer a Dios por ese regalo, es una invitación suya, es una invitación de su amor, y es una invitación que trae para nosotros grandes alegrías, pero también grandes dolores.

No nos llamemos a engaño, la vocación de Sanctus necesita una gran generosidad; tenemos gozo, hay cantos en nuestros labios, nuestras manos están prestas para aplaudir al Rey de reyes; nada de extraño que en una celebración dancemos incluso con alegría ante el Señor, nada de extraño.

Y sin embargo, aunque parece una paradoja, en el camino de la fidelidad a Jesucristo, y especialmente en el camino de la Pasión, tenemos que participar de lo que vivió Jesús; hay una expresión que dicen con alguna frecuencia en inglés, para decir que algo tiene dificultades, dicen: “No es simplemente un picnic", es decir, uno de estos días donde se sale al campo a pasear, a jugar y donde se comen cosas sabrosas.

Sanctus no es un paseo, es un camino; Sanctus no es un paseo, es una peregrinación; y esta peregrinación nuestra, comienza ya desde el libro del Génesis. Después de que Adán y Eva pecaron, Dios los expulsó del Paraíso, y mucha gente cree que eso lo hizo Dios como un acto de ira, en realidad fue un acto de misericordia.

Dios los puso en movimiento, Dios los sacó del paraíso y los puso en movimiento, ¿en movimiento hacia donde? Podemos preguntarnos. Saliendo del Paraíso, ¿Qué encuentra uno? Adán y Eva salen de esa tierra, que lo tenía todo, que era dulce, grata, hermosa, ¿A dónde pueden dirigirse? ¿Hacia dónde los está enviando Dios? El libro del Génesis no lo dice, no menciona un lugar sobre este planeta tierra.

No dice: "Fueron a tal o cual roca", no dice: "Fueron a tal o cual montaña"; lo que sí sabemos es que Dios los pone en movimiento, y los hijos de ellos, y los hijos de los hijos de ellos, y el pueblo que habrá de nacer un día de las entrañas de ellos, será también un pueblo en movimiento.

Abraham también tenia una especie de pequeño paraíso, porque en el fondo el ser humano siempre busca otra vez el Paraíso, ¿quién de nosotros no quiere tener una casa amplia, bella donde nadie se enferme, donde todos estén felices, donde todos sonrían, donde siempre se coman cosas sabrosas, donde haya una vista o un paisaje paradisíaco? Es decir, Paraíso; nosotros vivimos buscando hacer paraísos.

La familia de Abraham, el papá de Abraham se llamaba Teraj, la familia de Abraham tenía una especie de pequeño paraíso, no en el sentido que tuvieran muchas comodidades, pero sí tenían riquezas, tenían muchos rebaños, y estaban bien establecidos en la ciudad de Ur.

Y allá donde estaban ellos, en ese pequeño paraíso, ahí volvió a hablar Dios como antes había hablado a Adán y Eva, ahí en Ur, la ciudad de los caldeos, volvió a hablar Dios, ¿para qué? Para ponerlos en movimiento, porque no fue solo Abraham, sino poner en movimiento a Abraham y a Sara, y a toda la servidumbre y pastores que estaban con ellos, y a los rebaños.

Y Dios pone en movimiento a toda esta gente. En el capitulo doce del Génesis le dice a Abraham: ”Levántate y ve a la tierra que yo te mostrare” (véase Génesis 12,1).

Así como en el relato del Génesis nosotros no sabemos a qué lugar preciso fueron enviados Adán y Eva, para dónde pudieron ellos buscar camino habiendo salido del Paraíso, así también Abraham se encuentra con la incertidumbre; la Carta a los Hebreos nos dice: “Y Abrahán salió, y salió sin saber a dónde iba” (véase Carta a los Hebreos 11,8).

Adán y Eva no sabían a dónde tenían que ir, y Abrahán tampoco sabe a dónde tiene que ir, sólo sabe que tiene que seguir en camino, porque el nombre de un creyente es caminante. Si somos creyentes somos caminantes. Abrahán se pone en camino y después de muchas dificultades, logra establecerse, en la tierra que Dios le ha prometido allá en Canaán, ¿Y qué nos dice la Biblia sobre esta tierra prometida?.

Cuándo los israelitas recordaban a Canán, ¿qué decían? "Tierra que mana leche y miel" (véase ), ¿no se parece eso muchísimo a un paraíso? Por supuesto, un paraíso, un paraíso.

Al parecer Abraham ya se había establecido, y así como su papá había tenido la familia organizada en Ur, así Abraham había encontrado cómo organizarse, y tenia sus rebaños, –lo que no tenía era descendencia-, pero vemos que después aparece Isaac y ya aparece el heredero, ya aparece el hijo de la promesa, Abrahán puede sentirse satisfecho.

Y después de Isaac, otro hijo, Jacob y entonces Jacob, aunque hubo algunas dificultades y tensiones con su hermano llamado Esaú, Jacob queda bien establecido, su familia crece, ya Jacob no tiene un solo descendiente ni dos, sino que tiene doce hijos, su vida es cómoda, esta estableció en Canán, todo parece estar muy bien.

Pero ¿qué hace Dios? Lo pone en movimiento, pone en movimiento a la familia de Jacob, porque el que es creyente, tiene que ser peregrino, ¿y de qué se valió Dios para poner en movimiento a toda esta gente? Del hambre, empezó a escasear el alimento en esa tierra, aunque la Biblia diga que mana leche y miel, parece ser que esos ríos de leche y miel se cerraron, entonces Jacob, como hombre previsivo, dijo: "Aquí hay que hacer algo, aquí hay que tomar medidas".

Entonces envió a los hijos a que consiguieran provisiones y después de muchas peripecias, que incluyeron la caza y pérdida de José, el hijo de Jacob, se estableció en Egipto. Vamos a hacer esta comparación: el Paraíso del que salieron Adán y Eva, era mejor que la ciudad de Ur de los caldeos, de donde salió Abraha; y Canán, a donde llego Abraham, era mejor que Egipto, a donde llegaron los israelitas.

Y sin embargo los israelitas, después de cuatroscientos años en Egipto, ya estaban tan acostumbrados a Egipto, que Dios cuando los sacó de Egipto, sentían nostalgia de la tierra de esclavitud.

Y esto nos da una enseñanza muy profunda, mis hermanos, porque fíjense que Adán y Eva parecerían estar muy cómodos en el Paraísos terrenal, luego Teraj, el papá de Abraham, estaba muy cómodo en Ur; luego Abraham, Isaac y Jacob estaban muy cómodos en Canaán, es decir, la calidad cada vez iba disminuyendo, pero la gente siempre termina acomodándose, y por eso Dios termina sacándonos una y otra vez.

Ya estaban en Egipto, y en Egipto eran esclavos y esclavos de un tirano pero ya estaban tan acostumbrados a eso, que cuando Dios los sacó de allí sentían nostalgia de Egipto, porque así es el corazón humano, que termina aferrándose, así sea a unas cadenas, así sea a una prisión el ser humano termina aferrándose, porque quiere crear un paraíso, porque esa es la tentación que siempre tenemos en el alma: cómo hacernos de nuevo un paraíso.

El Faraón, ya no tomo medidas solamente drásticas sino sencillamente criminales, empezó a matar a los israelitas, ¡planificación familiar de la peor clase! "si es un niño, lo matan; si es una niña, la dejan con vida" (véase Éxodo 1,16), estas fueron las órdenes que el Faraón dio a las parteras que atendían los partos en Israel.

¿Y por qué él quería que se murieran los niños y solamente quedaran las niñas? Porque él sabia que más tarde o más temprano estas niñas tendrían que enrazarse con los egipcios y se acabaría la singularidad de los israelitas, y por consiguiente, se acabaría cualquier pretensión de tener un destino diferente.

Pero estas mujeres se compadecieron de un niñito llamado Moisés y lo pusieron en una cesta en el rió Nilo, y lo salvaron, porque resulta que la misma hija del Faraón encontró esta cesta con el bebé y se encariñó con el niño, sabiendo que era un niño de los hebreos.

Y lo vió como un muñequito, y Dios se valió de ese sentimiento entrañable de la hija del Faraón, y entonces la hija –que no tenia hijos propios, al parecer- quiso que este niño fuera educado, fuera criado, y así fue educado Moisés en la corte del Faraón.

Entonces Moisés ya estaba cómodo en la corte del Faraón, él pertenecía a la raza oprimida, él pertenecía a los hebreos, pero resulta que por esa circunstancia de haber sido salvado de las aguas y porque la que se encariñó con él fue la hija del Faraón, pues él creció no como un niño rico, sino literalmente como un príncipe.

Entonces Moisés recibe educación de príncipe y lleva una vida muy cómoda, ya Moisés tenia su propio paraíso, porque uno siempre busca su propio paraíso, entonces Moisés está cómodo en su propio paraíso; pero un día él que sabía que aunque hubiera recibido esa crianza, él sabia de que raza venía, vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, cómo lo oprimía, cómo lo torturaba, cómo se burlaba de él; y Moisés encolerizado salió ha hacer justicia por su mano, y de hecho mató al egipcio.

La circunstancia se supo, ¿cómo se supo? No lo sabemos, porque luego cuando vio una pelea entre hebreos, Moisés les dijo que no pelearan y ellos le contestaron: “¿Oye, es que nos vas a matar como mataste al egipcio?” (véase Éxodo 2,14), y Moisés se dio cuenta de que ya el asunto se sabía, y entonces sabia lo que le podía esperar a él.

No esperó a que las consecuencias salieran a luz, sino que salió de la corte del Faraón y terminó siendo un pobre pastor de ovejas; se fue lejos a la tierra de Madián.

¿Sí se dan cuenta del proceso que llevamos? Del paraíso terrenal, a Ur de los caldeos, a Canán, a Egipto, a la corte del Faraón, y hasta llegar allá a la montaña, a la soledad de la montaña, a Madián en el desierto. ¿Qué nos quiere decir Dios con esto? ¿Qué nos quiere decir con este hecho, ese hecho de estarnos siempre empujando, estarnos siempre sacando, poniendo en camino? Pues nos quiere decir que un creyente es un peregrino, y que solamente en el camino descubrimos quién es Dios.

Moisés en esa montaña en Madián, un día contempla algo extraño, una zarza que arde y no se consume, y Dios le habla desde la zarza y entonces llama a Moisés para que saque al pueblo de Egipto; que saque al pueblo de Egipto para llevarlo ¿a dónde? Para llevarlo al desierto.

Si nosotros leemos el Libro del Éxodo, del Levítico, sobre todo si leemos el Libro de los Números, lo que encontramos es una expresión muchas veces repetida: “El pueblo murmuró contra Moisés, el pueblo anhelaba las cebollas de Egipto, el pueblo quería volver a Egipto”, porqué ¿sabes qué pasa? Que todo paraíso termina atrapándolo a uno, agarrándolo a uno, atrapándolo a uno.

Cuando el demonio quiere encancelarlo a uno, ¿saben qué hace? Hace un nuevo paraíso, porque las cárceles verdaderas, las cárceles con barrotes, las cárceles apestosas que hay en nuestros países son tan desagradables, que uno quiere salir de ahí. Cuando el demonio quiere atraparlo a uno, no va a utilizar una cosa así, porque entonces uno querría escapar y se saldría de su poder; cuando el demonio quiere atraparlo a uno, lo que haces es crearle a uno un paraíso, a hacerlo sentir en uno.

Y cuando uno se siente en un paraíso, entonces uno detiene el camino, uno no camina más porque uno siente que está muy bien donde esta, ¿y qué le toca hacer a Dios entonces? Lo que le toca a Dios hacer es desarmárnos nuestros paraísos para que nosotros sigamos en camino.

A Abrahán le desarmó ese paraíso que se llamaba Ur, a Jacob le desarmó ese paraíso que se llamaba Canán, a Moisés le desarmó el paraíso que se llamaba la corte del Faraón, a los israelitas les desarmo ese terrible, que no merece llamarse paraíso, de Egipto.

¿Y saben por qué para llos era un paraíso? Porque por lo menos tenían asegurada la comida, y tenían asegurada la diversión, porque eran famosas las fiestas de los egipcios, los carnavales y fiestas de los egipcios, esas fiestas en las que se vale todo, esas fiestas donde se borran todas las fronteras y todas las barreras y se pueden cometer todos los excesos, ¿no dice el refrán antiguo pan y circo? ¿No es así como siempre han querido dominar los emperadores?

¿No es así como los comunistas quieren dominar? ¿No es eso precisamente lo que se quiere asegurarle a la gente, que va a tener un alimento así sea malo? ¿Y asegurarle una diversión barata para que tenga la mente ocupada, y con eso serán esclavos felices?

Eso fue exactamente lo que quiso hacer el Faraón, eso fue lo que hizo el Faraón y le estaba funcionando, porque aunque la gente tenia una existencia miserable, como tenían asegurado el pan, es decir, el alimento, y como tenían aseguradas las fiestas, ya con eso se bastaban. Egipto era en realidad una prisión, pero una prisión que el demonio había maquillado, de manera que la gente se sentía bien con lo que tenia, porque tenia asegurada la comida y la diversión.

¿Y saben una cosa, mis hermanos? Nosotros seguimos siendo lo mismo, nosotros los seres humanos, seguimos siendo iguales: que nos aseguren los bienes de esta tierra, y que nos aseguren entretenimiento, y ya se nos olvida que teníamos que estar ágiles en camino hacia el cielo, se nos olvida que tenemos que ser caminantes, se nos olvida que teníamos que avanzar.

Porque nos estacionamos, es decir, lo que tenia que ser un camino se nos vuelve demasiado permanente, “Egipto nos seduce”; y en vez de tener nosotros a las cosas, las cosas se adueñan de nosotros, las cosas nos agarran, las cosas nos tiene a nosotros.

Pero claro, Dios, que por amor saco a Adán y a Eva del Paraíso, no se va a quedar tranquilo y mudo cuando el demonio sigue creando paraísos. ¿Qué hace Dios? Nos vuelve a poner en movimiento. ¿Cómo lo hace? Pues leamos la Biblia, y es así.

A través del hambre, a través de la enfermedad, a través de la pobreza, nuestras crisis existenciales, los problemas de nuestras familias, las cosas que no podemos resolver, los ataques injustos que recibimos, los vicios de los que quisiéramos estar libres, todas esas cosas son como aguijones que nos recuerdan que no estamos en realidad en el plan de Dios en definitiva.

Es decir, que no hemos llegado del todo a ese plan de Dios, o por lo menos todo eso nos está recordando: “¡Oye, ponte en movimiento, avanza!”. Porque ser creyente significa ser peregrino. Eso es lo que significa creer: ponerse en movimiento.

Y la lectura complementaria para este tema son los capítulos diez y once de la Carta a los Hebreos, la fe como ponerse en movimiento, y nos dice precisamente la Carta a los Hebreos, que todas estas personas, Barac y Gedeón, Sansón, y es que podemos mencionar a todo el pueblo de Dios, todos ellos en realidad tuvieron que moverse, tuvieron que salir.

Y de muchos de ellos dice la Carta a los Hebreos, este elogio que me parece preciosísimo: “La tierra no era digna de ellos” (véase Carta a los Hebreos 11,38); eso es ser un creyente, la tierra no era digan de ellos, ese es un santo.

Un santo es quien vive sobre esta tierra, pero que no se sacia con esta tierra, y que por eso está en movimiento; un santo es alguien que camina sobre esta tierra, pero que sabe que su tierra no es ésta; un santo es alguien a quien no se le olvida que salió del Paraíso y que va para el Cielo.

¿Adónde envió Dios a Adán y Eva? Todavía no tenemos una respuesta, pero sí sabemos una cosa: que el pueblo de Dios siguió caminando, siguió avanzando, ese camino extenso del pueblo de Dios, es lo que encontramos en las páginas de la Escritura. Vemos recorrer este pueblo una serie de etapas: volvieron a Canán, cayeron en idolatría, entonces el tiempo de los Jueces; y luego quisieron un rey, y vino el tiempo de los Reyes; y los reyes se embriagaron de poder, entonces vino el destierro, y volvieron del destierro, pero no terminaban de aprender la lección.

Y así pasan y pasan los siglos, el éxodo sucedió hacia el año 1.250 a. de C., 1.250 años de peregrinación, después encontramos a otros caminantes: José, el esposos de María, él ya estaba tranquilo, tenía su trabajo, tenía su pequeño oficio allá en Nazaret.

Pero resulta que Dios lo pone en movimiento a través de aquel edicto del Emperador, que tienen que empadronarse y cada cual tiene que ir a su familia de origen, a su lugar de origen, y entonces José tiene que ponerse en movimiento con su esposa María, que llevaba en sus entrañas el Tesoro más grande de los siglos, al Hijo mismo de Dios.

Hijo de Dios, que Dios les había regalado a los dos, –eso jamás lo olvidemos-, Cristo es el regalo de Dios para José, Cristo es el regalo de Dios para María, Cristo es la Carne que compartieron José y María; el Génesis dice: “Los dos serán una sola carne” (véase Génesis 1,24), y eso se refiere a la unión íntima entre hombre y mujer.

Pero en el caso de José y María no fue la unión de intimidad; la unión corporal entre ellos, la sola carne en que fue perfecta la alianza entre ellos fue la carne del Hijo de Dios. María lleva ese Tesoro, que no es solamente el Tesoro de Ella, sino que es el tesoro de ambos, es el Tesoro de Israel, que es el Tesoro de la humanidad entera, eso es lo que lleva María en su vientre.

Y en ese estado avanzado de gravidez, tiene que avanzar, tiene que ponerse en camino, embarazada, con toda la precariedad, con todas las dificultades, con todos los peligros de ese viaje, ahí va Ella en camino como prolongando los siglos en los que ha peregrinado el pueblo de Dios, como continuando el caminar que empezó con Adán y Eva.

Aquí van José y María, caminando y tienen que llegar hasta Belén, y ya parece que llega el descanso, está muy cerca el tiempo de dar a luz, "¡bueno, ya será encontrar un lugar donde puedas encontrar descanso, donde puedas dar a luz!", piensa José-.

Pero resulta que no hay posada para ellos y otra vez tienen que ponerse en camino, otra vez, después de todos esos kilómetros eternos, desde Nazaret a Belén, otra vez se cierran las puertas y hay que ponerse en camino, y se ponen en camino.

Y llegan a un establo y es allí, acogidos por el calor de las bestias y por el abrigo de la noche, es allí donde nace el Hijo de Dios. ¿Y yo qué puedo decir, mis hermanos? ¿Qué puedo decir, sino que Jesús nació en camino? Y es un bebé precioso, pero Heródes quiere matarlo, otra vez en camino, huir, huida otra vez, de noche, en la presión de la noche en el terror de la noche.

José despierta a María, y María pregunta: "-¿Qué pasa?" José le contesta: "-Que ha recibido un mensaje del Señor: "¡van a buscar al niño, lo van a matar!" (véase San Mateo 2,13) ¿Se imaginan el sobresalto de esa mamá? No solo por ser mamá, sino porque ya era discípula de este Jesús Niño, y porque ya era adoradora de este Dios Niño, ¿se imaginan el sobresalto de Ella?

Pero hay que ponerse en camino, hay que caminar y en la premura de la noche, guiados solamente por el tenue resplandor de las estrellas, van saliendo huyendo como si fueran culpables, ¿y quiénes son ellos? El Hijo de Dios vivo, y no hay santidad más grande que se pueda imaginar, la Virgen María y entre todas las creaturas no la hay más pura, y José guardián de los tesoros de Dios.

Es que no hay gente más santa, es que nunca ha habido gente mas santa sobre esta tierra, y ellos, los santos, los inocentes, salen de noche como si fueran prófugos, como si fueran los culpables, como si ellos fueran los criminales, tienen que salir de noche, huyendo para salvar al Niño; y habian recorrido unos cuantos kilómetros, cuando se oyen los gritos desgarradores de las mamás en Belén, porque la cebicia, la crueldad infinita de Herodes, a llegado hasta el punto de asesinar bebés.

¿Ustedes se imaginan cuáles fueron las primeras palabras que escucho Jesús cuando estaba aprendiendo a hablar? Porque tuvo que aprenderlo como todo niño, San Lucas nos dice que Él tuvo que crecer en edad en sabiduría y en gracia; cuando José y María enseñaban al Niño a hablar, de las primeras historias que escucha Jesús Niño, es la muerte de aquellos bebés.

¿Ustedes se imaginan a José y a María contándole esto a Jesús? Jesús preguntaría en algún momento: ”¿Y cuándo volvemos a Nazaret, tú me hablas de Nazaret, papá, ¿cuándo volvemos a Nazaret?” Y José no le podía decir más: "Solo espera, que ya volveremos, ya volveremos a Belén, ya volveremos a Judea", en principio parecía que José quería volver a Judea, donde tenia sus parientes allá en Belén que queda en Judea.

Pero resulta que un día José tiene que explicarle a Jesús lo que había sucedido. ¿En dónde estuvieron ellos, cuando estuvieron en Egipto? ¿Dónde se hospedaron? Se hospedaron en una pequeña comunidad de judíos, había judíos en Alejandría, había judíos en otros puertos del Mediterráneo, comunidades, luego con el tiempo se volvieron por, ejemplo, ghettos, o en otras partes se volvieron juderías; ellos estuvieron viviendo allá un tiempo, vivieron entre judíos, indudablemente.

Cuando José se entera que muere Herodes, quiere volver donde sus parientes, quiere volver a Belén, de allá es su familia, cree que allá estarán las cosas más seguras para María y para Jesús; pero ni esa pequeña comodidad le permitió Dios, ni siquiera esa.

Otra vez en sueños le dice a José: ”No te vayas para Judea, ahí gobierna el hermano de Herodes, vete para Galilea” (véase San Mateo 2,21), –Galilea de los gentiles, la llamaban aquellas gentes, aquellos hebreos de esa época, Galilea de los gentiles, es decir, la Galilea pagana, la Galilea sin fe-.

Allá va Jesús, allá transcurre la mayor parte de la vida de Jesús; un día, que no sabemos cuándo, muere José, y otro día llegan noticias: “Juan ha empezado a predicar en el Jordán, Juan ha empezado a predicar en el desierto, Jesús en ese momento debía tener unos treinta años de edad, vivía en Nazaret.

También Él, podemos decir, que tenía organizada su vida, estaba con la mamá, ¿puede haber compañía más deleitable que esa, estar con una madre tan amorosa? ¿Te imaginas los coloquios entre ellos? ¿Te imaginas las oraciones? ¿Cómo serian esas noches de oración? ¿Cómo serían las preguntas de María? ¿Cómo serían las respuestas de Jesús? ¿Te imaginas cómo seria la convivencia entre estos dos Santos, los Santos más santos entre todos los santos?.

Parece que Nazaret, se les iba volviendo paraíso, y Papá Dios le aplicó a su Hijo Jesucristo lo mismo que había aplicado desde Adán. Llegan a Nazaret noticias; hay gente que esta saliendo, se sale de Nazaret, y van al desierto a escuchar a un profeta, hacia tantos años que no aparecía un profeta, leemos en el libro de Daniel ese cántico lastimero, es un himno de Laudes, de uno de los sábados, dice: “Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta, y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo”.

No había profetas, pero de pronto la gente comienza a oír que sí que hay un profeta, un profeta que está predicando allá en el desierto y a Nazaret llegan esas noticias, la noticia de un profeta que predica, de nombre Juan; Jesús, por supuesto, conocía ese nombre, sabia de quién se trataba, era el hijo de Isabel, y la gente iba en peregrinación allá donde Juan, iban allá y confesaban sus pecados y se bañaban, se lavaban, se bautizaban en aguas del Jordán.

Juan estaba predicando en el Jordán porque a orillas del Jordán, el pueblo prometió serle fiel a Dios, y no lo fue, por eso a orillas del Jordán, este profeta nuevo, este Juan Bautista predicaba el arrepentimiento, y Jesús siguió oyendo noticias de Juan, noticias de que la gente está abriendo el corazón al arrepentimiento, y lo que alguien le había dicho alguna vez, luego se lo repitió uno y otro; y de pronto alguien dijo: “¡Oye. yo voy a ir allá, yo quiero oír a ese profeta¡”, y Jesús oyó.

Jesús no tenia hermanos o hermanas en el sentido propio de la palabra, o sea hijos de José y María, –nuestra fe católica es muy clara en ése sentido-, esos no los tenía; pero en Nazaret sí que tenia ese espíritu de familia, hasta cierto punto. En un lugar tan pequeño todo el mundo se conocía, y según la usanza de los hebreos, como muchos eran parientes, se llamaban así: hermanos y hermanas.

Y organizaban peregrinaciones, porque en el mundo antiguo nadie viajaba solo, entonces salían grupos a oír al profeta y el Corazón de Jesús, tan atento a la voluntad del Padre, algo comienza a razonar algo muy profundo, Jesús se da cuenta que en ese arrepentimiento está la preparación para el beso del perdón de Dios, y de pronto también un día lo invitan a Él: "¡Vamos, vamos donde Juan!

Y ya Jesús seguramente quería ir, y entonces Jesús tiene que decirle eso a María, tenía que decirle que se iba en peregrinación, María en ese momento tendría unos cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco años de edad, no parece demasiada edad para nosotros, pero si se toma en cuenta que la expectativa de vida en aquella época estaba cercana a los cuarenta años de edad, o sea, el promedio de edad que alcanzaba la gente era cuarenta años, pues María era una anciana en ese momento.

Uno a veces no piensa en eso, pero era una mujer muy mayor en esa época, además, con las deficiencias de ese tiempo en alimentación, en salud, en todo, lo más probable es que María no haya ido, estaba demasiado mayor para unirse a un viaje tan pesado, a un viaje por el desierto, seguramente tocaba dormir a la intemperie, yo me imagino que Jesús no le dijo a María en ese momento: “Me voy, y aquí nos despedimos”. Pero ustedes saben cómo son las cosas entre los santos, ustedes saben cómo hablan los ojos.

María entiende que su paraíso se le va a ir, María entiende que no puede retenerlo, María entiende que tiene que despedirlo, María entiende que su Niño, que es su cielo, que es su paraíso, que es su compañía, que es su alegría, que es su gozo, que es su maestro, que ese Niño tiene que salir, porque ya tiene que ser de todos y no solo de María.

Y Jesús tiene que dejar a María, que es dejar a la única persona que podía entenderlo, la única persona que realmente era digna de escucharlo, la única persona que podía leer en el corazón de Él incluso antes de que Él hablara; también Jesús tenia que dejar su paraíso, también Jesús tenia que despedirse con un beso y salir al desierto.

Jesús se va a donde Juan, por supuesto no hay pecado en Él, pero pertenece a una raza pecadora, que es la raza de todos nosotros, y al hombre de todos nosotros, como embajador de todos nosotros se hunde en las aguas del Jordán, pidiendo perdón por el pecado del mundo y cuando sale del agua, en ese lugar inhóspito, una paloma que vuela y una voz desde el cielo: ”Este es mi Hijo, el amado en quién tengo mi complacencia” (véase San Lucas 3,22).

Y ese Espíritu de Dios cae sobre Jesús, ese Espíritu de Dios se adueña de Jesús, no porque no estuviera antes, ¡claro que estaba! Pero ese Espíritu, nos dice San Lucas, va a empujar a Jesús, lo va a poner en movimiento, para la misión única que tiene que realizar.

Ya no volvió a Nazaret, ya no volvió al regazo de María, ya no volvió a la comida de casa, ¿Qué podía tener él allá? ¿Un lecho? Estoy diciendo demasiado tal vez lo único que tenia era una estera tal vez lo único que tenia era un rincón, pero ese era su rincón, esa era su estera, ahora no tiene eso. Lo único que podía decir y lo único que dijo es: “El hijo del hombre no tiene ya donde reclinar la cabeza”.

No solo no tiene paraíso, es que ni siquiera tiene un pedazo de tierra y su vida pública será un constante movimiento, recorrer Galilea, tuvo una especie de centro de operaciones en Cafarnaún, pero poco debía demorarse ahí porque siempre estaba en una vereda, en un campo en otro pueblo, yendo a sinagogas, atendiendo a los enfermos, no había obstáculos para este mensajero celestial, no los había, ni siquiera las aguas, capaz era de caminar sobre las aguas con tal de ir a sanar enfermos, con tal de seguir adoctrinando al mundo, con su preciosa y dulce y saludable doctrina.

Jesús en movimiento, pero su movimiento también tenia que llegar a una meta, esa era la meta que Dios había preparado desde que Adán y Eva salieron del Paraíso, ¡esa era la meta! ¿Cuál meta? Jesuralén, y en Jerusalén, el Calvario, y en Calvario, la Cruz. Ahí termina la peregrinación de Cristo.

Cuando iba llegando esa hora, podemos leer lo que dice el evangelista San Juan en el capítulo 13: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo” (véase San Juan 13,1). Jesús hubiera podido seguir caminado, recorriendo pueblos, lugares, tocando a los enfermos, bendiciendo a todos, pero era tan grande su amor que Él no quería sólo sanar a esos enfermos, sino sanara todos los enfermos, y no quería perdonar a esa pecadora que lloró a sus pies, sino a todas las pecadoras y a todos los pecadores, a todos nosotros.

Jesús quería llegar a todos, Jesús nos quería tocar a todos, Jesús quería abrazar a todos, Jesús quería darle la absolución a todos. ¿Por qué puerta, por cuál puerta se puede entrar a todos los corazones de una sola vez? ¿Cuál es ése lugar? Ese es el lugar que Dios había pensado desde que sacó a Adán y a Eva del Paraíso.

¿Cuál es ese lugar, cuál es ese lugar precioso? Ese lugar precioso se llama la Cruz, ¿y sabes por qué? Porque todo ser humano tiene que pasar por la experiencia del abandono, aunque sea solamente a la hora de la muerte, tiene que pasar por la experiencia del despojo total.

Por eso Jesús dice en el capitulo diez de San Juan: ”Yo soy la puerta” (véase San Juan 10,7), Porque Él mismo supo situarse en esa encrucijada existencial por la que tenemos que pasar todos, y Él se situó en esa encrucijada precisamente cuando acepto la Cruz, cuando abrazó la Cruz, fue ahí especialmente, fue ahí donde llegó Jesús, ahí termino la peregrinación, pero por esa puerta, la puerta de la Cruz.

Volvió a abrir el Paraíso. ¿Sí escuchas lo que le dijo Jesús al ladrón arrepentido?, le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (véase San lucas 23,43), es la única vez en que Jesús dice “Estarás conmigo en el Paraíso” (véase San Lucas 23,43), solo ahí utiliza la palabra “paraíso”.

¡Y es tan hermoso pensar que precisamente a través de esa puerta, precisamente a través de la puerta de la Cruz, Jesús nos devolvió el paraíso! pero ¿sabes qué? Nos devolvió algo mejor que el Paraíso, que se llama el Cielo, nos volvió al Cielo, allá, ¿y es mejor el Cielo que el Paraíso? Por supuesto, por supuesto que es mejor, porque en el Cielo la comunión con Dios, ya nadie nos la puede quitar.

En el Paraíso había serpiente, en el paraíso todavía podía acechar el demonio, en el Cielo ya no hay espacio para la serpiente, allá quería llevarnos Jesús y allá nos llevó; por eso nosotros, mis hermanos, somos invitados a seguir ese mismo camino: a estar en movimiento, a vivir como creyentes, y por eso tenemos que participar de la Cruz.

Jesús lo dijo:” Bienaventurados los que lloran, bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, bienaventurados los que son perseguidos”(véase San Mateo 5,5-10), ¿saben qué estaba diciendo Jesús con esas frases? Bienaventurados los que abrazan su Cruz.

“El que quiera ser discípulo mío, que abrace su cruz, y me siga” (véase San Lucas 9,23), bienaventurados los que abracen su Cruz; bienaventurados los que caminen detrás de mí, dice el Nazareno, bienaventurados los que acepten el amor que no muere, para entrar a la Patria donde se vive.

Bendito sea Jesucristo, bendito sea este camino maravilloso que recorremos en las páginas de la Escritura.

Que Él, por su compasión, nos lleve a la gloria del Cielo.

Amén.