Retorno del Destierro, 4 de 8
Tema 4. La Denuncia de Jeremías- Primera Parte
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Mis hermanos. con los Profetas Jeremías y Ezequiel entramos de lleno en el tema del destierro. Lo que hemos visto el día de ayer, hasta cierto punto, es una introducción. Hemos comentado un poco del significado, podría decirse, teológico pero también emocional, cultural, de la tierra. Y después hemos mencionado el templo.
Porque, en el recorrido de esa palabra, “templo”, se pueden visitar todas las etapas de la historia de Israel, desde los primeros sacrificios que ofrece Abraham por mano de Melquisedec, pasando por Moisés, luego el arca, el tema del arca, la Montaña Santa, la tienda del encuentro, hasta esa figura tan ambigua, tan compleja del templo.
Por una parte, el templo sirve para resguardar a los judíos de caer en idolatría. Porque, la tendencia pagana era la multiplicación de pequeños santuarios y de lugares santos al estilo de los tótem que tienen muchas culturas. Entonces, el templo preserva de la idolatría hasta cierto punto; pero, el templo viene a crear como otra idolatría en el sentido de que el culto formalista o el uso del templo mismo como un fetiche, viene a robarle el sentido más precioso a la fe de Israel.
El templo es un tema, una asignatura que queda pendiente y que de alguna forma viene a tener su solución en Jesucristo. Sin Cristo, el tema del templo queda roto, queda incompleto. En Cristo, en el poder de su Espíritu, evidentemente hay una respuesta diferente; sin embargo, la razón por la que planteamos toda esa historia del templo, es porque queríamos ver lo que significaba verse arrancados de él: más o menos como un niño que es arrancado del regazo de la madre, o como un hijo que tiene que ver con espanto, con ira, con impotencia, cómo la propia madre es saqueada, robada, violada, profanada.
El libro de la Biblia que mejor describe estos sentimientos, es el Libro de las Lamentaciones. Yo suelo invitar en ciertos contextos a mi gente a que lea el Libro de las Lamentaciones, porque es el libro que tiene el sabor de la muerte. Dice Jesús a los Apóstoles Santiago y Juan: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” (véase San Mateo 20,22). Y resulta que el cáliz que bebe Jesucristo es el cáliz de la Pasión y de la muerte. ¿A qué sabe ese cáliz? La Biblia lo cuenta, y lo cuenta en el Libro de las Lamentaciones.
Entonces, por eso creo que, no de una manera enfermiza ni obsesiva, pero sí alguna vez en la vida hay que visitar el Libro de las Lamentaciones y hay que conocer el sabor de la muerte. Porque, existe gente que conoce ese sabor. Y si nosotros como pastores y predicadores no tenemos una manera de iluminar esa realidad, quizás nuestro discurso queda desconectado de la vida de mucha gente.
La persona que ha abortado conoce ese sabor, le queda ese sabor en la boca. La persona a la que se le ha muerto un pariente, quizás por un cáncer doloroso, la persona que tiene un hijo secuestrado, la persona que vive en un ambiente de violencia, en una especie de terror permanente, la persona que es perseguida por sus ideas políticas o religiosas, los famosos desplazados que en mi país, por poner el caso, son millones de personas, todos éstos son ejemplos de seres humanos que conocen el sabor de la muerte.
Por eso creo que es importante que el predicador, el sacerdote, sepa de qué se trata esa muerte, especialmente para no dar soluciones triviales que a veces son casi insultantes. Voy a decir un ejemplo brutal: imagínate una persona que tiene un dolor espantoso porque se le ha muerto la madre, y te dice: “-Todo me duele”. Y tú le respondes: “-Sí, yo tengo por aquí un par de aspirinas”. La persona se va a sentir insultada; no has comprendido la dimensión de su dolor.
Lo mismo puede suceder con el dolor que tienen muchas personas. Yo le tengo mucho miedo a que uno de sacerdote esté ofreciendo soluciones que son tan superficiales, tan irresponsables, que muchas veces son más un insulto al dolor de la gente, un agravante al dolor de la gente, que una verdadera respuesta. He aquí otra razón por la cual el sacerdote es llamado a llevar una vida de mucha sobriedad y de penitencia, como lo recomendaba el Cura de Ars, como lo recomendaba Luis Beltrán: “ Para poder ser pastor de una porción del pueblo de Dios, hay que llevar una vida de sobriedad y de penitencia, porque en esa porción hay dolor”.
Y si tú no conoces de dolor, si tú no conoces de renuncia, si tú no conoces cuánto talla la cruz, tus palabras van a ser escandalosamente superficiales. Entonces, la gente se va a sentir desconectada de tu discurso, o todavía más grave, casi se van a sentir afrentados por tus palabras; por lo tanto, es importante que si el sacerdote quiere ser sacerdote de todos y no únicamente de los simpáticos, los agradables, los inteligentes, los saludables y los felices, tiene que llevar necesariamente una vida de recogimiento, de cierta renuncia, no como una cosa impuesta por una disciplina externa, sino como una convicción profunda de cuál es el Cristo al que está anunciando y a quiénes se lo está anunciando.
Mis hermanos, jamás nos olvidemos que cada vez que nos paramos en un púlpito, en esa iglesia hay gente que está crucificada. Y nosotros tenemos que saber que les estamos hablando a los que están en la cruz. ¿Qué le dices tú a una persona que está en la cruz? Éso es importante para que nuestra palabra se renueve desde una profunda caridad y desde una profunda identificación con Cristo. De ahí que yo le vea un valor tan grande a visitar a estos Profetas como Jeremías o Ezequiel, porque fueron personas que llegaron hasta el extremo mismo del dolor humano.
Jeremías se queja varias veces y dice: “¡Me duele! Me duelen las entrañas, me duelen las paredes del corazón, me retumban las entrañas.” ( véase Jeremías 4,19). Son personas que experimentaron ese santo dolor, el dolor santo de un amor que se solidariza con el pecador, pero sin soltar al Dios Santo.
Y precisamente porque la santidad es lo más opuesto al pecado, el sacerdote, que por una parte agarra la mano santa de Dios y por otra parte quiere agarrar la mano del pecador, tiene que desgarrarse como Cristo mismo que finalmente queda desgarrado; pero así, desgarrado, sirve de puente.
Un Cristo entero no nos servía. Cristo tiene que ser molido, tiene que ser macerado en la Cruz, tiene que ser desgarrado en la Cruz, distendido hasta el máximo, para servir de verdadero puente entre Dios y el hombre. Nosotros no reemplazamos a Cristo, pero en Cristo somos llamados a hacer la misma operación, empezando por nuestra propia vida. El sacerdote no puede renunciar al ideal de santidad que le cautivó y le enamoró el corazón un día; pero, tampoco puede abandonar la realidad de que es un pecador. O sea que esa operación, esa tracción salvaje ya la llevamos dentro por nuestra propia condición, mucho más cuando vamos a servir a nuestros hermanos.
Entremos con Jeremías, que es de familia sacerdotal. Ésa es otra razón por la que he escogido a estos dos personajes para hoy: tanto Jeremías como Ezequiel son de familia sacerdotal. Jeremías vive en una ciudad, Anatot, o es de una ciudad, Anatot, -Anatat también se dice-, que es perteneciente a la tribu de Benjamín. Pero, el mismo Jeremías es de familia sacerdotal; Ezequiel también lo es.
Recordemos la ubicación temporal. El destierro sucede hacia el año 587, es decir, principios del siglo sexto antes de Cristo. Pero, Jeremías está predicando en Jerusalén desde más allá del año 620 antes de Cristo, quizás desde el 630. Eso significa que Jeremías cubre un ministerio de cerca de cuarenta años. ¡Son cuarenta años predicando! Son cuarenta años poniéndose de parte de los intereses de Dios, y esto nos recuerda un detalle muy importante: Jeremías no hizo más en la vida. Su vida fue entregada completamente desde la juventud.
Acuérdate que éste es el Profeta a quien Dios llama, y él se disculpa diciendo: “No soy sino un muchacho” (véase Jeremías 1,6). Ahora, la palabra “joven”, la palabra “muchacho”, tiene una serie de variaciones y puede significar desde un muchacho, como diríamos en español, de catorce años, hasta una persona de algo así como veinte. Mas, si a eso le sumas cuarenta años, es toda la vida de Jeremías. Es decir, realmente Dios tomó la vida de Jeremías y la ocupó de principio a fin.
Jeremías predica básicamente en Jerusalén. Su ministerio profético está cargado de dramatismo. Inmediatamente entendemos por qué: porque la tragedia de Jeremías es anunciar que va a suceder algo, que todavía hay tiempo, pero ya viene; pero, todavía se puede hacer algo. Es la palabra que se lanza y no se recibe. Es la angustia de ver que el peligro es cada vez más cercano hasta que el mismo Profeta tiene que decir: “Esto sí va a suceder” (véase Jeremías 29,23).
Ése es uno de los dramas de Jeremías: ver cómo se viene encima esa amenaza, amenaza que tiene nombre propio: es el pueblo de los caldeos, un pueblo supersticioso, inculto, cruel, arrogante; como suelen ser los imperios. Otro drama de Jeremías: la falta de apoyos humanos. Varias veces reflexiona el Profeta sobre su propia condición, y varias veces Jeremías se da cuenta de que está solo. Yo creo que es un mensaje interesante; no para que uno tome posición de víctima, sino para que uno entienda que la fidelidad a Dios muchas veces requiere esa soledad.
El tono del corazón de Jeremías lo encontramos en aquel salmo que dice: “Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme” (véase Salmo 41,9 ). ¡Ésa es la experiencia de Jeremías!
Otro aspecto del drama de Jeremías: él es llevado hasta el borde del amor, muerte, incluso de una muerte espantosa. Lo meten en un pozo, un pozo sin agua a que se muera de hambre y de sed. A última hora lo sacan de ese pozo, pero la persecución llega a lastimar, llega a fracturar la mente de Jeremías, que queda al borde de la locura. Uno de los dichos que repite varias veces es: “Terror en torno” (véase Jeremías 20,10 ); todo se le vuelve amenaza.
Para que la situación sea aún más difícil, ustedes recuerdan que Dios le dice a Jeremías: “No te cases, no tomes esposa” (véase Jeremías 16,2). La vida célibe de Jeremías será un recordatorio de cómo el amor de Dios, que es amor esponsal por la doncella de Israel, es un amor que ha caído en el vacío; es decir, la vida de Jeremías se vuelve profecía. Y me parece éso tan bello cuando pensamos que también nuestra vida está llamada a ser profecía. ¡Qué hermoso ver a un hombre, completamente hombre, verdaderamente varón, y sin embargo solo! Porque está fascinado por el Reino, porque no tiene otro ideal, porque no le cabe otro amor, porque todas sus horas están ocupadas por Cristo.
Reconozcámozlo: es difícil; seguramente hemos tenido de una o de otra forma incoherencias y pecados, pero la solución nunca será justificar nuestros pecados. Más bien, el ejemplo de Jeremías como el ejemplo de todos los grandes santos de todos los tiempos, ese ejemplo o esos ejemplos nos invitan a retomar el camino donde lo abandonamos, y decirle al Señor: “Conviértenos a ti y nos convertiremos. ¡Haz que volvamos a ti, Señor!”
Entonces, Jeremías, célibe, sin hijos, sin herencia, sin otra vida, traicionado, amenazado, viendo un peligro que se acerca y que finalmente sucede, diríamos que son demasiadas cosas para un sólo ser humano. En ese sentido me atrevo a sugerir esta idea: Jeremías es algo así como una anticipación de la Pasión de Cristo, y muchas veces en la vida de Jeremías se pueden percibir rasgos muy parecidos a los del Mesías.
¿Qué es lo que ve Jeremías? ¿Qué es lo que le hace sufrir? Lo que él detecta es que el pueblo ha abandonado a Dios. Ya éso es triste; pero, hay una serie de agravantes. El pueblo ha abandonado a Dios, pero el culto sigue como si nada pasara. Es decir, que por encima de la realidad repugnante del pecado, se ha puesto un manto bonito pero mentiroso: es el engaño encima del pecado. Se sigue usando un lenguaje religioso.
De hecho, en la época de Jeremías hay una cantidad de profetas. Se ha puesto de moda ser profeta en la época de Jeremías. Y vamos a ver más adelante la confrontación entre Jeremías y Jananías. Jananías es el ejemplo prototípico del falso profeta.
O sea que Jeremías no solamente tiene que luchar con su soledad, con sus miedos, con las traiciones, con el dolor de ver el peligro que se acerca, sino que tiene que luchar también contra los falsos profetas. Peor todavía, esos falsos profetas han aprendido teología.
Son buenos teólogos; son teólogos que utilizan más o menos este lenguaje: “Dios nos va a perdonar, Dios es poderoso, Dios no retira su alianza, las promesas de Dios son eternas”. Luego, Jeremías tiene que enfrentarse con una falsa teología, una teología que pone a Dios en contra de Dios, que pone al Dios de la misericordia a pelear contra el Dios de la justicia; y son el mismo Dios.
Hagamos una lista de ese abandono de Dios. Sobre todo, son siete las cosas que denuncia Jeremías. Y esta vez me parece que tenemos que leer los textos bíblicos como tales, porque nada reemplaza la fuerza de esos oráculos.
El abandono de Dios consiste por lo menos en siete cosas. Primera: Desconocimiento de la Ley de Dios. Aparece en muchas partes de la Biblia, pero yo cito siempre algún pasaje; en este caso, capítulo dos, versículo seis y versículo ocho. Miremos: “No dijeron dónde está Yahveh que nos subió desde Egipto, nos llevó por el desierto, la estepa y la paramera, por tierra seca y sombría, una tierra intransitada en donde nadie se asienta” ( véase Jeremías 2,6-8).
Es mejor leer desde el cinco: “Así dice Yahveh: ¿Qué encontraron vuestros padres en mí de torcido, que se alejaron de mi vera y yendo en pos de la vanidad se hicieron vanos? En cambio no dijeron, ¿dónde está Yahveh?” ( véase Jeremías 2,5-6). ¡No se pregunta por Dios! Se usa el lenguaje religioso, pero no se pregunta por Dios.
“No dijeron, ¿dónde está Yahveh?” (véase Jeremías 2,6). Luego el versículo ocho: “Los sacerdotes no se decían, ¿dónde está Yahveh?, ni los peritos de la Ley me conocían. Los pastores se rebelaron contra mí y los profetas profetizaban por Baal y en pos de los inútiles andaban” (véase Jeremías 2,8). Los inútiles son los ídolos, los que, “tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen” (véase Jeremías 5,21), y todo aquello que también nos va a decir Isaías en su cántico.
Entonces, el primer problema es ése. El primer problema es el olímpico desconocimiento de Dios, el no preguntarse dónde está Dios, el no preguntarse qué quiere Dios, el no preguntarse qué piensa Dios, qué desea, cuál es su plan, el ignorar a Dios. ¡Ése es el primer problema! Obsérvese la advertencia que se hace: “Esto vale para los sacerdotes, para los escribas, para los pastores” (véase Jeremías 2,8). Porque, lo anterior toca irlo relacionando con nuestro tiempo.
Fíjate que los primeros que no se preguntan dónde está Dios, son los que tienen la Ley de Dios ante sus ojos. Y a veces yo me pregunto si no sucederá frecuentemente éso en la Iglesia: que muchas veces, con tantos estudios, hay teólogos que terminan negando a Dios; por ejemplo, negando la Resurrección, o por ejemplo, negando la presencia real, o negando los misterios ya definidos por la Iglesia sobre la Santísima Virgen.
¡Y los primeros en esas negaciones son estudiosos de la Ley! O sea que hay que tener mucho cuidado, porque nadie debe pensar que una posición de altura, o de poder, o de influencia, o de academia, es garantía de estar cerca de Dios.
Estamos en el capítulo segundo de un libro que tiene su extensión. Y los primeros a los que denuncia Jeremías son a los estudiosos, a los pastores, a los sacerdotes: los que debían estar más cerca. Pero, fíjate que éso pasa. Todavía dentro de este primer problema, esa expresión tan dramática del capítulo cuatro, versículo veintidós: “Son sabios sólo para el mal y para el bien son tontos” (véase Jeremías 4,22); así dice, tal cual.
¡Sabios para el mal! El mismo tema lo toma Jesucristo en la famosa parábola del mayordomo infiel, ése que va a ser despedido, ¿te acuerdas?, y que empieza a falsificar los recibos: “-¿Tú cuánto le debes a mi amo?” ( véase San Lucas 16,5) “-Tanto. –Ah, bueno, apunta aquí tanto” (véase San Lucas 16,6). Y dice Jesús: “Los hijos de las tinieblas son más astutos en sus asuntos que los hijos de la Luz” (véase San Lucas 16,8). Es la misma denuncia que hace Jeremías: “¡Sabios, pero para el mal!” ( véase Jeremías 4,22) ¡Inteligentes, pero para sus negocios!
Yo les cuento una conversación que tuvimos una vez en mi convento en Dublín. Resulta que el convento de los dominicos en Dublín queda en el centro de la ciudad. Y uno de los fenómenos, por supuesto, muy triste, es que la gente cada vez asiste menos a la Eucaristía, cada vez se confiesa menos. La sensación que yo tuve en cinco o seis años de vivir allá, fue que en la iglesia la gente siempre llegaba a sentarse en el mismo sitio. Pero, una vez que se moría el viejito que se sentaba ahí, quedaba el puesto vacío. Se moría luego la viejita de por allá, quedaba el puesto vacío.
Bueno, una vez comentamos sobre ese declive tan sensible de la participación en los sacramentos, y entonces alguno decía lo que siempre se dice: las causas culturales, la secularización acelerada. En fin, ese tipo de argumentos: el agnosticismo, el cientificismo y toda esa clase de cosas.Pero, resulta que a dos cuadras de nuestra iglesia católica hay una iglesia presbiteriana, que la han tomado para sus reuniones unos evangélicos africanos. Porque, los presbiterianos también están en declive. Las Iglesias históricas, en general, andan mal en Irlanda.
Entonces, unos evangélicos o pentecostales africanos hicieron un contrato con los de la iglesia presbiteriana con el objetivo de que, por decirlo así, les arrendaran ese templo para sus reuniones: cada semana, más y más gente de los africanos en el templo evangélico o pentecostal, y cada semana, menos gente en el templo de los católicos.
Ahora yo pregunto: ¿Es que la secularización sólo nos afecta a nosotros? Es que muchas veces decimos explicaciones sociológicas que en el fondo están mostrando qué límite tan corto tiene nuestro celo y qué límite tan corto tiene nuestra creatividad. Me parece que muchos de nosotros nos hemos formado en una cultura del funcionario eclesiástico. Y eso era lo que se denunciaba allá en Irlanda en esa reunión. Me gustó una intervención que decía: “Imagínate que nos sacaran a nosotros, los Dominicos, de esta parroquia, y se la dieran a uno de esos grupos que andan buscando dónde reunirse”.
¿Qué no harían esas personas en tres meses? ¿Qué no harían? ¿Qué misiones no organizarían? ¿Si en cualquier garaje, si en cualquier solar, si en cualquier hueco que les den, ahí se meten? ¿Qué no harían ellos si tuvieran lo que nosotros tenemos? . Y nosotros lo tenemos y estamos explicando que no se puede, que la secularización, que hoy nadie cree, que la juventud está en sus vicios, en sus pecados, que la electrónica, que Internet. Bueno, y los que están llenando los garajes de los evangélicos y los que están llenando los salones de los pentecostales, ¿por qué a ellos no les llega esa secularización?
Entonces, fíjate que es muy fácil decirse mentiras. Es muy fácil dar explicaciones así generales: “No hay vocaciones, porque las familias no tienen hijos”. Pero, resulta que yo veo mormones llegando en grandes cantidades a Colombia. Son muchachos que proceden del primer mundo, normalmente de Estados Unidos, y esos muchachos vienen de familias que tienen uno o dos hijos; pero, el uno o dos hijos son mormones.
Por tanto, yo honradamente les pido, mis queridos hermanos, -y perdón si a veces soy un poco vehemente-, que no nos digamos explicaciones sociológicas tan cómodas. Todo sacerdote tiene que preguntarse si además de la grande y erudita explicación sociológica, ¿no habrá otra explicación más corta, más sencilla y más casera? . Que nuestro modo de vida es cómodo y es el de un burócrata; que nuestro modo de vida es el del funcionario que está acostumbrado a firmar sus papeles, firmar las partidas, firmar los recibos, pararse un momentico a decir una Misa de veinticinco minutos y devolverse para no perderse el programa de televisión.
Tenemos que preguntarnos si nuestro corazón está en llamas. Tenemos que preguntarnos si nos duele y si nos duele lo suficiente lo que está sucediendo con los corazones, para luego preguntarnos si de veras estamos aplicando lo mejor de nuestro entendimiento, de nuestra creatividad, de nuestra inteligencia. Porque, la denuncia de Jeremías sigue viva; Jeremías, cuatro, veintidós: “Se han vuelto sabios para el mal, pero para el bien son unos tontos” (véase Jeremías 4,22).
Segundo problema: Desobediencia a los mandamientos. Ejemplo típico: ¿Sabe qué se inventaron estos israelitas para realizar sacrificios humanos? Acusaban calumniosamente al que querían sacrificar. Como en la Ley de Moisés había tantas oportunidades de ajusticiar al criminal, -acuérdate que se puede apedrear y se puede no sé cuántas cosas-, entonces mira, por ejemplo, Jeremías dos, treinta y cuatro a treinta y cinco: “En tus mismas haldas se notaban manchas de sangre de pobres inocentes muertos, a los que no sorprendiste en escalo.” ( véase Jeremías 2,34 ); -“escalo” es subirse para robar-; “Y con todo eso dices: ‘Soy inocente; basta ya de ira contra mí ’. Pues, bien, aquí me tienes para discutir contigo eso que has dicho: no he pecado” (véase Jeremías 2,35).
¡La culpabilización del inocente para justificar su muerte! ¿No será que eso sucede también en nuestro tiempo? Para vergüenza mía, porque soy de Colombia, tenemos en estos últimos años una plaga que se llaman “los falsos positivos”. ¿Qué quiere decir “falsos positivos”? Que para producir resultados o para mostrar resultados, -es decir, que se está venciendo en la lucha contra la guerrilla-, han matado a una cantidad de inocentes y han presentado sus cadáveres después de vestirlos de guerrilleros, como resultado de la lucha contra la guerrilla.
¡Campesinos inocentes! Cuando ustedes oigan el término “falso positivo”, sepan que ahí están sucediendo dos horrendos crímenes: la muerte de un inocente y el engaño a la opinión pública. Tenemos ya varios comandantes de las Fuerzas Armadas que han sido condenados a treinta, treinta y cinco y cuarenta años de cárcel por “falsos positivos”. O sea que esto sigue vivo.
Un ejemplo que lamentablemente no sucede sólo en Colombia, es el caso del aborto. Se presenta al bebé como culpable, para mí, el caso más escandaloso es el de la violación, y es el que siempre se presenta de primero para abrir la puerta de la legislación abortista: “Que en caso de violación se permita el aborto”. Y pregunto yo: ¿Fue que ese bebé violó a la mamá? “¡Que en caso de violación!” Se trata al bebé como a un culpable, se trata al embrión como a un culpable. ¡Lo que dice Jeremías! Y una vez que se le declara culpable de haber violado a la mamá por el sólo hecho de existir en el vientre de ella, entonces ahora sí se le puede ajusticiar y el estado tiene que pagar por eso. En la muy querida Barcelona, una marcha, con grandes carteles: “¡Aborto, libre y gratis, ya!”. Dime si eso no clama al Cielo.
Tercer síntoma de abandono de Dios: El avance de la idolatría. Los textos son muchísimos; de hecho es la principal acusación que hace Jeremías. Cito aquí, por ejemplo, capítulo dos, del diez al trece: “En efecto, pasad a las islas de los queteos y ved. Enviad a Quedar, quien investigue a fondo. Pensadlo bien y ved si aconteció cosa tal, si las gentes cambiaron de dioses. ¡Aunque aquellos no son dioses! Pues, mi pueblo ha trocado su gloria por el inútil. Pasmaos Cielos de ello, erizaos y cobrad gran espanto, oráculo de Yahveh. Doble mal ha hecho mi pueblo; a mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retiene” ( véase Jeremías 2,10-13).
¡Idolatría! Otro problema grave que tenemos. Éstas son realidades que se dan en nuestro mundo; son realidades que acompañan el caminar del pueblo de Dios, por lo visto en todas las épocas. ¡Las distintas formas de idolatría, con el grave problema de que la gente cree que se puede combinar una cosa con la otra! Eso era lo que más enfermaba a Jeremías, lo mismo que en el caso de Elías.
La gente cree que todo se puede combinar con todo. Probablemente en tu querida parroquia, mi buen amigo sacerdote, hay gente que cree que se puede creer en la Resurrección y creer en la reencarnación, y no pasa nada. ¡Hay una cantidad de gente que cree en la reencarnación sin ningún problema! . Se encuentran una cantidad de niños y niñas, que creen que se puede invocar espíritus con la tabla ésa, la Ouija, y no pasa nada; hay una cantidad de personas que cree que puede hacerse leer la suerte y no pasa nada.; por no mencionar los revueltos sincréticos con cultos africanos, que en algunos lugares del Caribe, -desconozco las realidades aquí inmediatas-, son supremamente complejos.
Le consultaban a este exorcista famoso, Gabriel Amorth, exorcista autorizado en la Diócesis de Roma, y él decía que los niveles de brujería que se veían especialmente en Haití y en Brasil, eran descomunales. Es decir, ésto está vivo, ésto es una realidad.
Cuarto signo del abandono de Dios: Recurso a las potencias paganas; básicamente a las dos grandes que tenían ahí: Egipto, que quedaba al suroeste, y Asiria que quedaba al norte. Acuérdate que a estas alturas, ya ha desaparecido el Reino de Israel. El Reino de Israel desaparece en el siglo octavo, y estamos en el siglo sexto. O sea que queda únicamente Judá; no queda nada más.
Entonces, ¿quiénes eran sus vecinos? Dos gigantones: Egipto, milenario, y Asiria, repleta de crueldad. Ellos creían que a través de soluciones políticas iban a salir bien librados: “Si me ataca Asiria, hago alianza con Egipto. Si me ataca Egipto, hago alianza con Asiria. Si vienen los caldeos, pues, en ese caso miro a ver con cuál me conviene, si Asiria o Egipto”. Y ponían su esperanza ahí.
Jeremías duramente critica esa actitud, como aparece también en algunos salmos. Ese buscar alianzas mundanas, alianzas humanas, y creer que a base de palabras y pactos todo se puede organizar, pienso que es una tentación que quizás muchos hemos tenido: creer que todo se puede justificar, creer que todo se puede solucionar. A veces me da la impresión de que le damos demasiada importancia a las amistades con los políticos, por supuesto, mi conocimiento de la realidad panameña es muy limitado. Estoy hablando de mi país. Pero, a veces me da esa impresión: que se le da demasiada importancia a ser muy amigo del alcalde, del gobernador, del ministro, del presidente.
Y la experiencia que uno puede deducir de la historia de la Iglesia, es que cada vez que la Iglesia ha hecho una alianza demasiado estrecha con el poder civil, la que termina perdiendo es la Iglesia. La razón es muy sencilla y es bueno que la tengamos clara todos. Cada vez que tú haces alianza con un político, haces enemistad con todos los demás políticos, porque así funciona ese negocio.
Parece que los obispos de mi país ya están despertando. ¡Parece que están despertando! Porque, hubo un tiempo en el que con la mejor de las intenciones, les ofrecían en bandeja de plata la creación de un partido político que tomara las banderas de la Iglesia Católica. Por ejemplo, hubo un movimiento bien intencionado, -yo no digo que fuera gente perversa-, un movimiento que se llamaba “Laicos por Colombia”. Pero, hay que tener mucho cuidado con esos partidos confesionales, y hay que tener mucho cuidado con los políticos que se presentan demasiado abiertamente como: “Yo soy católico, yo soy de la Iglesia”. Porque, normalmente el político que se presenta como alegando su catolicismo, lo que quiere es el voto católico.
Y en cambio, si tú le aceptas la propuesta, lo abrazas y: “Aquí está mi político católico”, tú le estás diciendo a todos los demás políticos que son tus enemigos. En mi querido país, -ustedes entienden que la mayor parte de mis ejemplos tienen que venir de la realidad que conozco mejor-, fue absolutamente desastrosa la alianza entre la Iglesia Católica y el Partido, llamado, Conservador.
Porque, a medida que se abrazaban y se abrazaban y se apretaban más, que ya parecía que se iban a besar la Iglesia y el Partido Conservador, el mensaje que se le enviaba al Partido Liberal era: “Usted es nuestro enemigo”. Y resulta que el Partido Liberal descubrió que podía utilizar otras fuentes de poder, básicamente los medios de comunicación.
Entonces, a medida que la Iglesia Católica se abrazaba al Partido Conservador, los liberales ganaban terreno en los principales diarios del país, que son El Espectador y El Tiempo. Ahora El Espectador está muy disminuido. Pero, el periódico El Tiempo, que es el de mayor circulación todavía hoy, siendo por mucho el de mayor circulación en Colombia, es un partido del cual tú no puedes esperar nada favorable ni positivo para la Iglesia.
La venganza del periódico El Tiempo ha sido sagaz, ha sido punzante, ha sido cruel. Y te voy a contar tres cosas para que, por favor, desconfiemos de las alianzas con los poderes de este mundo.
Primer punto: ¿A quién abre sus páginas el periódico El Tiempo? A cuanto sacerdote hereje quiera hablar. Nosotros tenemos en Colombia un sacerdote que ha hecho muchísimo más mal que bien con su ministerio. Lo puedo decir abiertamente, porque yo hablé con él y le dije: “Padre, usted ya está muy mayor; escriba una retractación”; así se lo dije. ¡Hombre! Yo no soy un profeta, no soy un santo, pero tengo el deber de hacerle ver también a otra persona el daño que está haciendo.
Este es el famoso Padre Alfonso Llano. Es un jesuita que ha hecho un daño salvaje en la Iglesia Católica. ¡Salvaje! De éstos que niegan la virginidad de María, la presencia en la Eucaristía, la Resurrección de Cristo. Pero, él no dice que lo niega; él dice que lo reinterpreta. Y el periódico El Tiempo siempre tiene todo el espacio que quiera al Padre Llano.
Segundo: El periódico El Tiempo tiene una clarísima agenda de avance de los derechos gay. Todo lo que sea pro-gay encontrará todas las páginas que tú quieras, toda la propaganda que quieras. Y me decía una amiga mía, comunicadora social que trabajaba en ese periódico: “Esa lucha está perdida. Mucho más de la mitad de las grandes directivas del periódico, son ellos mismos de ésos”. Entonces, la agenda del periódico El Tiempo es la que ya conocemos: divorcio express, derechos reproductivos de la mujer, aborto libre, promoción de la homosexualidad, promiscuidad y pornografía. Ésa es la felicidad de ese periódico, hecho de una manera culta, no de una manera, digamos, vulgar. No se trata de la exhibición de pornografía en las páginas, pero sí de la promoción de un estilo de vida irresponsable y promiscuo.
Y tercero: Cuanta noticia mala haya sobre la Iglesia, ahí la tienes; cuanto escándalo aparezca, ahí lo tienes. Cualquier sospecha sobre un sacerdote se presenta como un hecho comprobado, y luego, cuando se ve que no lo hizo, en la penúltima página de…, por allá metido debajo de un aviso clasificado: “Parece que se probó la inocencia del sacerdote”. Por lo tanto, fíjate en qué terminan las alianzas con los poderes. Por eso, yo le pido a Dios que a todos nos dé sabiduría. ¿Cómo manejar ese tema? Mi sugerencia en general es: no se dejen tomar muchas fotos con gente de mucho poder. Porque, acuérdate: por un amigo político que tú logres, hiciste nueve enemigos.
En ese sentido yo creo que mi país va aprendiendo las lecciones, y poco a poco veo en las declaraciones de los obispos y en la manera de tratar los asuntos, muchísima mayor prudencia. Ése es el equivalente a lo que denuncia Jeremías aquí, las alianzas con Egipto y con Asiria. No se daban cuenta esos judíos que si Asiria iba a proteger a Israel, no iba a ser gratis: “O tú te integras a nosotros, o te entregamos, te tiramos en manos de los caldeos”.
Quinto signo de abandono de Dios: Obstinación y contumacia; sordera voluntaria a la Palabra de Dios que reclama conversión. Un ejemplo típico, capítulo dos, versículo treinta: “En vano castigué a vuestros hijos; no aprendieron” ( véase Jeremías 2,30). ¡Obstinación y contumacia!
Sexto punto, que es uno muy delicado: Uso burlesco de la Misericordia Divina. Por favor, mucho cuidado con éso, porque acuérdese que estamos en un tiempo en que se propaga mucho la Divina Misericordia. Ya Jeremías advierte sobre el peligro de un uso burlesco de la Misericordia Divina, como si Dios estuviera obligado a perdonar.
En cuanto a este uso burlesco, me parece que la persona que en tiempos recientes lo ha realizado más abiertamente, es la mujer obispa, -¡sí, eso existe!-, que es cabeza de los episcopaleanos en Estados Unidos. Ustedes saben que los episcopaleanos son la rama anglicana en ese país. Bueno, la que sirve de cabeza de los episcopaleanos decía la siguiente frase, y fíjate el peligro de una frase como ésta: “Yo no creo que Jesús rechazara a nadie”: ahí empezó bien.
“Yo no creo que Jesús rechazara a nadie. ¿Quién soy yo para rechazar a alguien de la mesa de su Banquete?” ¡Imagínate éso! Como conclusión, todo el mundo puede comulgar y todo el mundo debe comulgar. Entonces, casado, re-casado: “-Que yo soy un hombre que me divorcié de mi primer hombre y ahora me quiero casar con un matrimonio”. ”-Venga a comulgar, mijito. Jesús no lo puede rechazar a usted”.
Y la gente se pone brava con uno si uno va a poner unos límites en ciertas cosas. Yo me gané una insultada soberana de una señora que se había separado de su primer esposo, con el cual se había casado por la Iglesia. Se había ido a vivir con otro hombre, y después de dieciocho años de idilio, unión perfecta, respeto y cuidado de los derechos humanos y familiares, resulta que esta mujer pasa por el drama de la muerte de su papá; entonces, se acerca donde este servidor de ustedes y le dice: “Padre, yo quiero que usted me confiese”. Yo, por supuesto, al oírle eso, como no la conocía, no sabía qué pasaba. Me explica ella que está viviendo en esa unión libre desde hace dieciocho años y tal, y básicamente lo que quería era que yo le firmara una boletica, -hablo metafóricamente-, que le diera permiso de comulgar ese día porque era el funeral de su papá.
¡Imagínate ese problema! Como quien dice: “Dado que es el funeral de mi papá y dado que con el hombre con el que vivo ahora llevo una relación de respeto y de amor, usted haga su parte como funcionario, y autoríceme para comulgar”. Eso era traducido lo que ella estaba pidiendo de mí. Yo invoqué a todos los santos, pedí la ayuda del Espíritu Santo, le pedí al Señor, traté de ser lo más caritativo posible, le hablé sobre lo que estaba sucediendo, sobre el proceso que eso tenía: no valió. ¡No valió! “¡Pedazo de cura! Por eso se va la gente de la Iglesia”: fue lo más bajito que me dijo.
Luego, fíjate cómo se va creando la idea de que la misericordia de Dios es un deber de Dios, que por consiguiente la misericordia de Dios es un derecho mío, y por consiguiente el derecho mío es el derecho de pecar. Porque, si Dios tiene la obligación de perdonar, entonces yo tengo el derecho de pecar. Ya lo decía alguno de esos protestantes de la Reforma: “Peca más y confías más”. Entonces, observa el problema tan serio. Esto está en Jeremías tres, versículos del dos al cinco, refiriéndose a Israel como a una mujer que se ha prostituido en todas partes y de todas las maneras posibles. Porque, el lenguaje de Jeremías es violento como el de Ezequiel.
Utilizando ese tipo de comparación, leemos lo siguiente: “Alza los ojos a los calveros” (véase Jeremías 3,2), -es decir, las montañas sin vegetación-: “Alza los ojos a los calveros y mira en dónde no fuiste gozada. A la vera de los caminos te sentabas para ellos como el árabe en el desierto; y manchaste la tierra con tus fornicaciones y malicia. No hubo lloviznas de otoño y faltó lluvia tardía. ¿Y qué? Tu rostro era el de una descarada. No quisiste avergonzarte, y aún entonces me llamabas con estas palabras: ‘Padre mío, el amigo de mi juventud, ¿tendrá rencor para siempre? ¿Lo guardará hasta el fin?’ ” ( véase Jeremías 3,2-5).
¿Qué quiere decir esto? ¿Que vamos a negar la misericordia de Dios? Por supuesto que no. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué nos vamos a obsesionar con una predicación sobre el pecado y con mandar la gente al infierno? Por supuesto que no, el gran problema, el único problema es la desconexión entre la misericordia y la conversión. Por supuesto que Dios es misericordioso, infinitamente misericordioso. Por supuesto que su misericordia no tiene fin. Pero, que esa misericordia acontezca fuera del ámbito de la conversión, ésa es la gran mentira.
Más bien, hay que decir que la conversión es el gran acto de la Misericordia Divina. ¿Y quién lo negará viendo, por ejemplo, a un San Pablo? ¿Quién lo negará viendo a un San Agustín? ¿Quién lo negará viendo a un San Francisco de Asís? ¿Quién lo negará viendo a un Charles de Foucault? . La misericordia existe y es infinita, pero el primer acto de la misericordia con el pecador, no es llenarlo de bienes sino llenarlo de arrepentimiento. ¡Por favor! Los que son amigos de la misericordia, que espero sean todos ustedes, los predicadores de la misericordia, no olviden ese detalle: el primer acto de la misericordia divina no es llenar de bienes al pecador, sino llenarlo de arrepentimiento.
El primer regalo de la Misericordia Divina con el hijo pródigo, ¿cuál fue? Llenarlo de arrepentimiento. Después de que lo llenó de arrepentimiento, lo llenó de perdón. Y después de que lo llenó de arrepentimiento y lo llenó de perdón, ahí sí lo llenó de todos los demás bienes:”Reciba su anillo, póngase el vestido de fiesta, alégrese, mijo, vamos a matar el cordero o el ternero cebado, gran fiesta”.
Pero, primero hay que llenarse de arrepentimiento. Y ésta es otra de las mentiras que la Nueva Era está propagando: está propagando una mentalidad según la cual lo que importa es la paz, la paz del cerebro, lograr las ondas alfa. Ustedes saben que el cerebro tiene distintos tipos de ondas. Las ondas más profundas y pausadas y las que recorren más completamente la corteza cerebral, son las ondas alfa:las ondas beta son las que acompañan el proceso del discurso, del razonamiento, cuando uno está alerta y tiene que atender a muchas cosas. Por ejemplo, yo espero que ninguno de ustedes esté en ondas alfa en este momento: sería gravísimo para mí.
Entonces, las ondas alfa son las ondas de un cerebro que está como en paz consigo mismo. Y resulta que mucha gente cree que el problema es llegar a las ondas alfa. Así que: “Yo golpeo a mis hijos, insulto a mi esposa, pero luego hago una meditación profunda y quedo en ondas alfa”. “Me robo el sueldo de los obreros, robo al estado o robo el dinero del estado, y luego me siento y estoy en ondas alfa”. “Veo toda la pornografía que se me antoje, contrato tres o cuatro prostitutas, hago barbaridades en mi casa, y luego cuando me siento mal, logro las ondas alfa”.
Por lo tanto, hay la idea de que la religión es un tranquilizante y de que la meditación es para tranquilizarse. Uno de los beneficios de estudiar a Jeremías y a Ezequiel, es darse cuenta de que el contacto con Dios es el contacto con un Dios vivo, un Dios que sacude, que interpela, que quema.
Acuérdate que Jeremías es el Profeta que dice: “Yo trataba de silenciar esa voz y dije: ‘No voy a profetizar más’. Pero, había un fuego dentro de mí, un fuego incontenible, y tuve que volver a hablar” (véase Jeremías 20,9). O sea que si yo miro la vida de Jeremías, yo no veo muchas ondas alfa. En Jeremías no había muchas ondas alfa, las ondas alfa serán del budismo, con el problema de que el budismo es el método más sistemático de suicidio mental. Es la adoración de la nada. Ése es el budismo; no es otra cosa.
Entonces, mis hermanos, terminemos esta parte. ¿Qué es el abandono de Dios? Séptimo punto: El arrepentimiento a medias, un arrepentimiento que no es de todo corazón. Jeremías 3,10: “A pesar de todo, su hermana Judá”, -está hablando de Israel y de Judá como dos hermanas; una imagen que también utilizará Ezequiel-: “A pesar de todo, su hermana Judá, la pérfida, no se volvió a mí de todo corazón sino engañosamente” (véase Jeremías 3,10). ¡Conversión a medias!
¿Qué es lo que va a salir de toda esta denuncia de Jeremías? Lo que va a nacer es una nueva forma de entender la Alianza, entenderla desde adentro, entenderla desde el corazón. La religión deja de ser un asunto de exterioridades, y pasa a ser un asunto de fidelidad, de verdad, de autenticidad.
Con el favor de Dios continuaremos otro poco con Jeremías, porque yo no esperaba que nos extendiéramos tanto en esta parte. Pero, pienso que es necesario, porque sólo cuando descubrimos que esta Palabra está viva en nuestro tiempo, descubrimos también cuánto camino tenemos que recorrer.
Les invito a que se acerquen a sus Biblias para leer unas buenas porciones de Jeremías. Porque, es irreemplazable la fuerza que tiene un hombre como éste.