Retorno del Destierro, 1 de 8
Tema 1. Introducción.
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Les invito a que en un espíritu de fraternidad y de fe demos comienzo formalmente a este encuentro con el Señor a través de su palabra. Creo que, el corazón de todo retiro espiritual está en la palabra “encuentro”, porque el encuentro es transformante, el Papa Benedicto XVI, muchas veces se ha esforzado en presentar la fe precisamente como el fruto de un encuentro, no se trata de aprender cosas, ni siquiera se trata de estudiar o repasar cosas. Las predicación, el lugar donde nos encontramos, las oraciones que vamos hacer, todo tiene un solo propósito: favorecer un encuentro renovado con la persona adorable de nuestro Señor Jesucristo, que es el único que le da un sentido pleno a nuestra vida y es el único que le da verdadera eficacia al ministerio.
Si Jesús está en nuestro ministerio, ese ministerio es eficaz, si Jesús no está en el ministerio, pasara lo que dice el apóstol San Pablo refiriéndose a la caridad, cuando no está la caridad aunque haya mucho ruido y muchas trompetas, al final no queda nada. Y a veces nuestra vida puede caer en eso: muchas reuniones, muchos cuadros, mucha organización, mucho ruido, pero realmente el único que hace la obra se llama Jesucristo y por esos queremos renovar nuestro encuentro con Cristo en estos días que son un regalo que la Iglesia nos da y un regalo que nosotros le damos a la Iglesia.
Precisamente porque se trata de la palabra regalo, yo quiero invitarlos hermanos a que seamos muy generosos en el retiro, la generosidad en un retiro espiritual consiste, en que tu corazón entre completamente en el retiro. Si ya te resolviste, seguramente no fue fácil, pero si ya te resolviste hacer este retiro espiritual, si ya sacaste esos días para Jesús y para ti, no los pierdas, no permitas que ese tiempo, que con tanto trabajo sacaste se vaya a perder, no te quedes corto en el regalo de este tiempo para Jesús, no te quedes corto ni mezquino en el regalo de este tiempo para tu madre la Iglesia, que en muchos sentidos para el sacerdote, especialmente el sacerdote que tiene cura de almas, es también un regalo para tu esposa.
Con esos sentimientos, yo quiero comentarles en qué línea deseo con el favor de Dios que podamos avanzar. Desde que me invitó el señor Arzobispo para esta segunda tanda de ejercicios, encomendé al Señor que me mostrara cual pudiera ser esa línea, ese hilo conductor. No he querido tomar yo mismo la decisión, porque la vida tuya no me pertenece a mí, la vida tuya ya tiene un dueño, es Jesús y así entiendo yo, que yo tenía que ir a Jesús, para preguntarle a Él, Él que es el dueño de nuestras vidas, por dónde podíamos orientar estas palabras, estas reflexiones.
El mensaje, el sentido, la palabra que regresaba una y otra vez a mi mente y a mi corazón cuando oraba por este retiro, era la palabra “destierro” y la palabra “exilio”. Puede parecer un poco extraño; si a usted querido amigo le parece extraño un retiro sobre el destierro, pues déjeme decirle que a mí me parecía más extraño. Pero desde que el Señor sembró esa palabra en mi mente, cada día he ido entendiendo más cómo puede ser ese hilo conductor para estos días de gracia, porque son días que el Señor te está regalando. Por eso lo que vamos a hacer en esta charla introductoria, es comentar por qué es tan importante ese tiempo de la historia de Israel y cómo ese tiempo tiene mucho que ver con lo que estamos viviendo o con lo que hemos vivido y cómo también de ese tiempo salen unas claves muy especiales que nos ayudan a renovar nuestra vida y nuestro ministerio.
En primer lugar ubiquemos un poco en el tiempo, en la secuencia de los acontecimientos, de qué época estamos hablando: hacia el siglo XVIII a. de C. hay que ubicar a Abrahán, hacia 1300 a. de C. hay que ubicar el Éxodo, hacia el año 1000 a. de C. hay que ubicar al rey David, eso significa que en el siglo X a. de C. …ya tenemos que hablar de la división entre el reino del norte que se llama Israel y el reino del sur que es Judá.
Sabemos que estos dos reinos tienen distinto destino, mucho más accidentado, mucho más dramático el del norte, pero finalmente no menos trágico el del sur. En el siglo VIII a. de C. por la presión de los asirios, cae Samaría, cae el reino del norte y hay que esperar como unos dos siglos más, llegar al principio del siglo VI a. de C. para que llegue esa etapa que es la que nos va a interesar: el ¡destierro!
Ese siglo VI a. de C. al principio tiene el destierro, y unos 70 años después del retorno del destierro, ¿qué sigue después del retorno del destierro? Esa es la parte que más nos interesa porque cuando los judíos vuelven del destierro, en primer lugar se construye, se constituye lo que nosotros llamaríamos el judaísmo.
En segundo lugar, a partir del destierro de las 10 tribus en el siglo VIII a. de C. y del destierro de las dos tribus de Judá y Benjamín en el siglo VI a. de C., se constituye otra cosa importantísima que es la Diáspora y con la Diáspora surge la Sinagoga y con la Sinagoga, un pueblo que vive de la palabra, un pueblo que aprende a sustentarse en la palabra de Dios, un pueblo que aprende a congregarse a partir de la palabra y que aprende a tejer, aprende casi a la fuerza, a tejer esa palabra con los hilos de su propia historia, es decir, esto que ustedes y yo, queridos hermanos sacerdotes, esto que nosotros realizamos prácticamente todos los días y que se llama Homilía, nace de la Diáspora.
Porque ¿qué es la Homilía? Es algo así como la lectura de la palabra de Dios con su eco en la historia. Eso lo aprendieron los judíos en la Diáspora; entonces empezamos a ver esa serie de fenómenos: regresan los judíos a su tierra, pero no regresan a una tierra en la que ellos tengan independencia, están sometidos a los persas que son los que han quebrado el yugo de los caldeos, los que hicieron el destierro fueron los caldeos al mando de Nabucodonosor.
Los que devuelven del destierro a los judíos, son los persas, pero los judíos no recobran independencia que será cosa importante y no lavan a volver a tener durante prácticamente ¿ cuántos años? Pues imagínate, desde el siglo VI a. de C. hasta prácticamente 1948 cuando se crea el estado de Israel. Son 24, 25 siglos de un pueblo que existe pero que formalmente no tiene una tierra. Después de regresar del destierro, ellos quedan sometidos a los respectivos imperios; muy pronto va surgir el imperio macedonio con Alejandro Magno, siglo IV a. de C. Y ese imperio macedonio se va a imponer en toda la cuenca del Mediterráneo incluyendo por supuesto lo que es Palestina; ese imperio macedonio se va a imponer y eso es lo que se llama el imperio helenístico. Pero después del imperio helenístico, decae con bastante rapidez porque Alejandro no tiene un sucesor digno y entonces encontramos muy pronto al imperio romano.
El retorno del exilio nos pone entonces en la ruta hacia el tiempo de Jesús. Pero más que hablar de influencias políticas, étnicas o culturales, lo más interesante es que en la caldera del destierro se cocinó una cosa que se llama los “anawin”, en la caldera del destierro cambió el corazón, es decir, la primera vez que Dios encontró un corazón, un corazón que pudiera entenderle su lenguaje fue después del destierro. Antes del destierro, Israel vive en la superstición del templo, ¿te acuerdas Jeremías? Tenemos el templo del Señor, el templo del Señor! Utilizaban el templo como un fetiche.
Antes del destierro los israelitas viven en la inmadurez, todos los demás son malos y nosotros somos los buenos. Antes del destierro, los israelitas viven en la idolatría aunque utilizan el nombre de Yavhé. ¿Qué queremos decir con esto? Queremos decir que la lógica con la que ellos funcionan es: cada pueblo tiene su Dios, pero en el destierro aprenden algo impresionante que se los va a enseñar la ciudad de Babilonia.
¿Por qué Nabucodonosor se llevó todos esos judíos para Babilonia? Porque Nabucodonosor estaba interesado en engrandecer y embellecer a Babilonia más allá de toda medida. Lo que él buscaba con esos judíos en Babilonia, era lo mismo que había buscado trayendo otros pequeños pueblos, otros grupos humanos a esa ciudad, mano de obra gratuita, mano de obra para embellecer a Babilonia. Los judíos que llegan a Babilonia, se encuentran con dos realidades pasmosas: la primera, un interrogante descomunal ¿cómo es que Dios permite que su pueblo vaya como esclavo? Y segundo: ¿Cómo es que hay otros pueblos con otros dioses? Esos dos interrogantes van a triturar el alma de los judíos durante años, pero de ahí va a surgir una teología. La teología de la creación.
En el exilio, los judíos aprendieron qué significa la creación, el verbo crear, la capacidad creadora de Dios. Dios como creador de todo el ser, lo que en teología llamamos “la creación es líquido”? eso surge del destierro, es decir, en el destierro, los israelitas descubren; los judíos, digo con más precisión, en el destierro los judíos descubren por primera vez, qué significa que Dios es señor de todos y de todo.
Y de aquí surge entonces una teología universalista que anticipa las palabras de Jesús cuando dice: “vayan a todas las naciones” es decir, que el Evangelio, la lógica del Evangelio, el lenguaje del Evangelio se fraguó en el destierro y ahora yo me pregunto, queridos hermanos, si se puede entender el lenguaje de las bienaventuranzas sin haber leído el destierro! Y a mí me da la impresión de que la mayor parte del escepticismo y de la distancia emocional que en tal vez nosotros y junto con nosotros muchos fieles tienen con las bienaventuranzas de Jesús, es porque desconocemos el destierro.
Ustedes y yo con la ayuda que nos dé el Espíritu Santo, porque sin él nada se puede hacer en un retiro, nada! Pero con la ayuda que nos dé el Espíritu Santo, ustedes y yo vamos a ver cómo en el destierro se prepara todo el discurso de Jesús! Ustedes y yo vamos a experimentar cómo se renuevan y brillan con un esplendor totalmente nuevo, las palabras del Señor, una vez que comprendemos con qué oídos recibían esas palabras los judíos de aquel tiempo.
En efecto, cuál es el lenguaje de las bienaventuranzas? ¡Es el lenguaje del destierro! Exactamente el mismo: “bienaventurados los pobres, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los mansos…” Esas son las características, esos son los rasgos del pueblo que volvió del destierro, que volvió maltratado del destierro, pero que aprendió una cosa: no vale la pena fiarse de nadie sino solo de Dios.
Y ahora les voy a contar mis hermanos, la otra perla, de las más bellas que trae el destierro. En el destierro se hace comprensible el corazón de la Santísima Virgen María. El corazón de María, podemos decir que es el oro puro desviado de la experiencia del destierro. Si tomamos, y lo vamos a hacer en una de las predicaciones de estos días, si tomamos en particular el cántico de la Santísima Virgen, ahí tenemos la espiritualidad de los pobres de Yavhé. Es exactamente eso. Entonces estudiar, mirar con algún detenimiento el destierro, el tiempo del exilio, es asomarnos al corazón inmaculado de María y asomarnos al corazón inmaculado de María es asomarnos a la caja de resonancia más perfecta que conocemos cuando se trata del Evangelio de Jesús, porque para eso, sobre todo para eso, nos acercamos al corazón de María.
Yo creo mis amigos que empezamos a estar de acuerdo en que es una etapa sencillamente fascinante, importantísima e irremplazable de la Biblia, y sin embargo, creo que ustedes y yo estaremos de acuerdo también en que es una etapa de la que sabemos muy poco, de la que se predica demasiado poco. Los nombres de Esdras, Nehemías, Aqueo, Zacarías, el segundo Isaías, los capítulos finales de Ezequiel son comprensibles, ese tipo de textos son comprensibles únicamente ubicados dentro del conjunto de lo que es el retorno del exilio, el retorno del destierro. Lamentablemente esos textos, son muy poco conocidos, de hecho la liturgia de este año, estamos en año impar, la liturgia de este año lo trajo no hace mucho y es posible que ustedes y yo, mis amados hermanos, hayamos hecho con comodidad, simplemente un salto sobre el texto.
Lectura de Aqueo, bueno ya se leyó Aqueo, ahora yo predico otra cosa. Lectura de Zacarías, bueno ya se leyó Zacarías, ahora yo voy con lo mío. El pueblo cristiano desconoce soberanamente la espiritualidad de los pobres de Yavhé porque el pueblo cristiano desconoce lastimosamente la espiritualidad del exilio, la espiritualidad del destierro. Eso hay que solucionarlo y una de las maneras de solucionarlo es acercarnos en este ambiente de oración como el que, bendito sea Dios! tenemos por estos días.
Acercarnos al texto sagrado, pedir la luz de Dios y además conectarlo con nuestra propia vida, porque aquí viene otra faceta, aquí viene otro punto que yo que creo es muy importante: cómo pudiera yo describir esto? En toda vida humana hay experiencias, creo yo que en toda vida humana, hay experiencias de frustración, experiencias de incoherencia, experiencias de fracaso, experiencias de pecado, en toda vida, en la vida mía, si Dios me permite, el próximo año, estaré celebrando 20 años de sacerdocio, algunos de ustedes tienen un poco más, un poco menos.
En 20 años de sacerdocio, si yo pongo mi mirada en la mirada de Jesucristo, tengo que reconocer con verdad, que ha habido fracturas, errores, incoherencias, pecados. Presumo que ustedes hermanos, si hacen el mismo ejercicio, encuentran el mismo resultado, presumo que si la vida tiene cierta extensión, tanto ustedes como yo tenemos que reconocer humildemente que hemos fallado en muchas cosas. Eso yo lo doy por descontado, creo que eso es una constante.
Entonces, ¿qué determina la diferencia entre un ministerio sacerdotal que cumple y alegre, como algunos, seguramente lo conocen y un ministerio sacerdotal en conflicto, conflicto interno, en frustración, en mediocridad, en estancamiento, o sea, la pregunta es esta: ¿ si todos pasamos por experiencias de frustración, todos; si todos pasamos por experiencias de incoherencias, todos; y si todos lamentablemente también pasamos por experiencias de pecado, por qué hay sin embargo unas historias sacerdotales que a pesar de todas esas caídas, como que pronuncian la palabra esperanza.
Mientras que hay otras experiencias sacerdotales que parece que quedan atrapadas, incluso, por años, incluso por toda una vida, atrapadas en la maraña de autoacusaciones, resentimientos, decepciones, mediocridad, estancamiento; ustedes y yo sabemos que eso es real, ustedes y yo hemos conocido sacerdotes o tal vez hemos sido así o tal vez somos así, personas que en un cierto momento nos hemos estancado, personas que en un cierto momento nos hemos decepcionado tan profundamente de nosotros mismos o de la Iglesia o del mundo o de la eficacia pastoral o de la evangelización, ponle el nombre que quieras y después de decepcionarnos, la vida llegó prácticamente como a detenerse.
Y aquí es donde me parece que viene el contenido existencial de esta reflexión sobre el destierro y creo que puede ser muy importante. El destierro significa sacar a un pueblo y llevarlo a un lugar que no es el suyo. Y dime una cosa, ¿qué es el pecado? El pecado es sacarte de tu lugar propio y llevarte a un lugar que no es el tuyo. Ese es el pecado, el pecado es un destierro, un destierro al cual te ha llevado un tirano, el pecado te ha llevado adonde tú no eres tú.
Cuando uno tiene la experiencia por ejemplo, de ver a un sacerdote confundido y avergonzado des pués de haberse emborracharse brutalmente, ese sacerdote en su actitud ya sea cínica o ya sea arrepentida, su cara debe estar diciendo: ese no debería ser yo, yo no debería estar ahí. El sacerdote enamorado, el sacerdote de doble vida, el sacerdote obsesionado por el dinero, el sacerdote preocupado por un puesto dentro del aparato eclesiástico, el sacerdote apegado a su familia de una manera enfermiza, el sacerdote encerrado en su internet distante de todo lo que tenga que ver con un celo pastoral, el sacerdote metido en su egoísmo y muchos otros ejemplos de sacerdotes, son seres humanos que no están en su lugar, están en destierro.
Cuando tu saliste de tu casa, cuando enrumbaste tus pasos hacia el seminario, cuando cruzaste esa puerta, tu anhelo era otro. Yo no conozco un solo sacerdote que haya cruzado la puerta del seminario con el pensamiento: ¡yo creo que aquí es donde me puedo emborrachar mejor! Yo no creo que ningún sacerdote haya cruzado la puerta del seminario con el propósito: ¡yo creo que aquí es donde puedo vivir una doble vida! Eso significa que cuando iniciamos nuestro camino sacerdotal, nuestras aspiraciones no eran esas; eso significa que estamos en destierro, cuando los vicios se apoderan de nuestros corazones, que cuando el egoísmo congela las iniciativas pastorales, que cuando la mediocridad nos amarra y nos vuelve impotentes para movernos y para dar un paso en serio en el Evangelio, estamos en destierro.
Pero aquí hay una realidad de pastoral sacerdotal que es muy delicada; nosotros mal que bien hemos aprendido cómo formar seminaristas. Seguramente hay deficiencias, creo que nadie tiene la receta perfecta. Pero digamos que en general, en la Iglesia, hay toda una pastoral, hay una cantidad de instrucciones; si uno va por ejemplo a las oficinas del CELAM, uno encuentra toda una Biblioteca sobre formación de seminaristas, toda una biblioteca; cómo tiene que ser la filosofía, cómo tiene que ser la teología, hay toda una pastoral del comienzo; podríamos decir que hay toda una pastoral para enseñar a caminar.
Pero ¿cuándo vamos a escribir la pastoral para enseñar a levantarse? Porque resulta que cuando un papá le enseña a su hijo a caminar…sabe que en si se va a caer, no hay niño que aprenda a caminar sin resbalarse y caer, no hay niño que aprenda a caminar sin rasparse un día la rodilla, llorar y tener que levantarse y por eso el papá de una manera inconsciente pero muy eficaz, le enseña al niño no solamente cómo caminar sino cómo levantarse, es decir, no solamente cómo hacer las cosas bien sino cómo repararlas cuando las ha hecho mal.
El problema es que nosotros no hemos recibido esa segunda parte. En la biblioteca del CELAM, en pastoral sacerdotal, lo poco que se encuentra sobre esos momentos en que la persona ha caído es cuando se trata de grandes delitos. Entonces, si la persona está metida en el terrible delito de la pederastia, ¿cómo hay que manejar eso?
No hace mucho, hace unos meses, la Conferencia Episcopal Chilena por ejemplo, sacó todo un documento muy bien hecho, -lo recomiendo- cómo tratar el problema del abuso y las acusaciones de abuso en el caso, obviamente, de sacerdotes. Es decir, estamos tomando conciencia, un poco a fuerza del garrote que nos dan los medios de comunicación, estamos tomando conciencia de que sí hay que hacer algo cuando la gente se ha equivocado.
¿Saben lo que yo pienso? Que así como tenemos toda esa biblioteca para los seminaristas, alguien tiene que empezar a escribir la biblioteca…¿cómo hacemos cuando hemos caído?. Qué hermoso por ejemplo que algunos de ustedes, en papel empiezo a conocerlos por supuesto, pero veo que por supuesto también hay grandes talentos; qué bueno que uno de alguno de ustedes escribiera por ejemplo un libro sobre cómo volver a encender el amor en un corazón sacerdotal que está apagado, distraído. Qué hermoso eso! Mire que eso ya está sucediendo en la vida familiar! Si usted mira libros de pastoral familiar o libros de psicología de pareja, hay ya muchos libros en el ámbito católico, en el ámbito protestante, en el ámbito, digamos indiferente frente a la religión; donde se habla de eso: cómo volver a encender el amor en la pareja.
Ellos utilizan, los que escriben esos libros, utilizan todo tipo de recursos. Algunos creen que lo principal para encender el amor en la pareja es una segunda luna de miel, otros le dan una gran importancia a la parte sexual o de intimidad, otros dicen que todo está en los detalles, otros dicen que todo está en el diálogo; lo que yo quiero destacar es que ya ese tema se está tratando en las parejas.
Pero dónde está la literatura para decirle a un sacerdote que está cansado, un sacerdote que tiene la autoestima en el piso, porque ha cometido los pecados que más criticaba cuando era seminarista?. Es que no hay nada que le destruya a uno tanto la autoestima como verse uno contradiciendo lo mismo que uno criticaba! Y yo creo que muchos de los que estamos aquí, conocemos esa experiencia. Este que le habla cuantas veces fue duro! Esos juicios duros! Implacable! Eso no se debe hacer! Sigue la película, pasan los años…ahí está Nelson repitiendo lo mismo o haciéndolo peor; y eso destruye la autoestima del sacerdote.
Es verdad, tenemos dirección espiritual seguramente; es verdad tenemos el sacramento de la confesión pero no nos digamos mentiras mis hermanos sacerdotes, necesitamos una pastoral sacerdotal mucho más integral, mucho más completa. No es un asunto únicamente de confesión. Si un hombre casado se acerca donde usted y le dice: he ofendido a mi esposa con una gravísima infidelidad…estoy arrepentido, absuélvame padre! Usted ve si está arrepentido y usted le da la absolución? Pero usted seguramente por la experiencia de vida que tiene usted le dice: pero además…a ver qué va a hacer para reparar ese daño?
Pues lo mismo sucede con nosotros. Cuando nosotros lastimamos el sacramento de la Eucaristía, cuando nosotros lastimamos el corazón de Cristo, cuando nosotros contradecimos nuestros ideales más queridos; los que nos llevaron a la puerta del seminario… el corazón se despedaza y uno queda con complejo, y uno queda arrinconado y uno queda disminuido y uno queda encogido y la autoestima se va al piso y vamos a suponer que la persona se confiesa; que ese no es el caso eso es otra de las crisis que tenemos los sacerdotes, pero vamos a suponer que la persona se confiesa, hace una buena confesión. Este padrecito hizo una buena confesión pero quién le reconstruye la alegría? Quién le reconstruye la ilusión? Quién le reconstruye las ganas de hacerse matar por Cristo? Y es que si tu no sientes deseos de hacerte matar por Cristo, tu ministerio sacerdotal nace casi muerto, casi muerto.
Si tus palabras no tienen el fuego del Espíritu Santo, qué de extraño tiene que la asamblea que se reúne en tu Iglesia esté fría! Me parece que el santo cura de Ars, es el que decía que el pueblo siempre da un paso detrás del sacerdote. De modo que si el sacerdote es un santo, el pueblo puede que sea muy bueno; si el sacerdote es bueno, el pueblo será regular y si el sacerdote es regular el pueblo será malo. El pueblo de alguna manera va siempre un pasito atrás del sacerdote. Entonces por eso, por eso he visto, a raíz de estas oraciones que les cuento que he venido haciendo y que he pedido que se hagan por este retiro, porque hay gente que está orando por nosotros, nosotros no estamos solos hermanos. Yo les aseguro que hay personas en sus comunidades que están orando por ustedes.
Y hay una cosa que a mí me pone muy sensible y me perdonarán si alguna vez se me quiebra la voz en una de estas charlas, yo les puedo asegurar que hay gente que sabe más de nuestros pecados que lo que nosotros creemos. Hay gente que se ha dado cuenta de muchas cosas y hay gente que sabe porque nos vio salir para retiro, hay gente que sabe en dónde estamos y que le está pidiendo a Dios que nosotros veamos, que nos demos cuenta, que por fin cambiemos.
Yo le puedo asegurar querido hermano sacerdote que hay personas que están orando por usted lo mismo que hay quien está orando por mí para que yo por fin me dé cuenta de lo que estoy haciendo. Por eso nosotros no debemos defraudar la esperanza de nuestro pueblo, nosotros en estos días de retiro, sin necesidad de un espíritu rígido, ¿cierto? Porque no somos de ese estilo, no se necesita un espíritu rígido, no se necesita una disciplina de capataz. Lo que se necesita es un encuentro de hermanos que se quieren, hermanos que nos amamos en Jesucristo, sobre todo hermanos que amamos a Cristo.
Yo les puedo asegurar que en ese encuentro de hermanos, ustedes y yo vamos a descubrir que hay gente que está orando por la conversión del cura porque el más difícil de convertir en la parroquia es el cura. Entonces yo le quiero pedir a usted, con todo respeto, con toda humildad, yo le quiero pedir, señor sacerdote: dele un chance a Cristo de que le cambie la vida; dele una oportunidad a Jesús de que renueve el sacerdocio suyo, dele una oportunidad a Jesucristo de que tome esas cenizas; recuerdan lo que dice el profeta: “Que no apagará el pabilo, el mechón humeante, no lo apagará y que la caña cascada no la quebrará”
Tal vez ya no tienes fuego, lo que te queda es un mechón humeante. Pero Cristo viene no para darle un zapatazo a ese mechón humeante. Cristo viene para tomar eso que ya solamente es humo y volver a encender el fuego de su espíritu ahí.
Tal vez tu vida es como una caña cascada, ¿qué es una caña cascada? La que ya está vencida, la que ya parece que se va a caer. Y hay días que pueden estar en esa circunstancia, hay momentos en que uno siente que no da más, que no puedo más, que no tiene sentido, que yo qué hago aquí perdiendo el tiempo, que yo soy aquí como que el único tonto que se dedica a esto. Si tu vida es como una caña cascada, si tu vida es así como una caña ya vencida, Jesús viene en este retiro, no para decir ya este caso se perdió. Jesús viene en este retiro para decir: esa caña cascada se puede recuperar.
En el mismo sentido nos habla la Carta a los Hebreos, cuando nos invita a que nos unamos y dice: “de modo que el que esté lisiado se pueda sanar” ¡qué cosa tan bella! La hermosura de la Iglesia, mis hermanos, la hermosura de la Iglesia no está simplemente en que se haga justicia y esto es otro dolor que yo creo que tenemos que presentar ante el Señor desde nuestro corazón. Hay una cantidad de gente que cree que el problema está es que se haga justicia. Ustedes y yo conocemos portales católicos en Internet donde cada vez que se registra un abuso de doctrina en un sacerdote o un abuso litúrgico en un sacerdote, o un abuso canónico en un sacerdote, de una vez los comentarios de la gente es: y dónde está el obispo para que le caiga con el Derecho Canónico”.
Mis hermanos, la Iglesia ciertamente necesita un Derecho Canónico y ciertamente nuestros superiores en algún momento tendrán que intervenir. Pero la alegría de la Iglesia no es tanto que se haga justicia y se aplique hasta las últimas consecuencias caiga quien caiga, la alegría de la Iglesia es que el que estaba perdido, ha vuelto! Esa es la alegría de la Iglesia! La alegría de la Iglesia no es a ver cuál es el que más castiga a Judas. La alegría de la Iglesia es: ¿quién le sabe tender mejor la mano al que está decepcionado? ¿Quién le sabe hablar de mejor manera al que está extraviado? ¿Quién puede atraer de nuevo al camino al que se ha enfriado en su oración y en su relación con Cristo?
Y ahí es donde entra la carga existencial que tiene este tema, este tema tan bello, el tema del destierro. A mí me gusta pensar hermanos, que yo conozco el destierro, me gusta pensar que Dios me ha vuelto a llamar del destierro y me gusta pensar que Dios cuando lo llama a uno después del destierro, crea en uno un corazón puro como le pedimos en el salmo 51, es decir, ese salmo no puede caer en el vacío, ese salmo tiene que cumplirse. ¿Cuándo crea Dios un corazón nuevo un corazón puro?
Lo crea después del destierro y termino con un ejemplo: ¿Te acuerdas del apóstol San Pedro?, ¿ te acuerdas de la traición? La traición de Pedro fue su destierro. Al ir iban llorando, las lágrimas de Pedro cuando Jesús lo voltea a mirar, cuando se cruzan esos ojos de Cristo y de Pedro, y Pedro entiende hasta el fondo, hasta el fondo, hasta el último fondo de su alma: la hice, la hice mal, y la hice completa, y no tengo justificación alguna y no le voy a echar la culpa a nadie y no tengo nada que decir a mi favor, ese es el destierro de Pedro.
¿Cómo vuelve Pedro después de su destierro? Pedro, ¿me amas? Señor tú sabes que te quiero; ¿me amas? Tú sabes que te quiero Señor, tú lo sabes todo, tú lo sabes todo, el Pedro que vuelve del destierro es el sacerdote renovado, ese es el sacerdote renovado, es el sacerdote que ya no pone su esperanza, que ya no pode su fuerza en que: ¿Se han dado cuenta todo lo que yo he estudiado?, es el sacerdote que ya no pone su fuerza en que: acuérdese que yo he tenido esta parroquia, esta parroquia, este oficio y este, ese es el sacerdote que ya no pone su confianza en que: mire si aquí están las cuentas de los millones que yo dejé; porque así somos los seres humanos, y hay gente que pone su orgullo en eso, en que mire… y allí esta, allí esta, mire, revisen esos libros que ahí están los millones que yo dejé, aquí nadie bautiza tanto como yo en mi parroquia.
El Pedro que vuelve después del destierro, es el Pedro que ya no se apoya en el número de bautismos, que ya no se apoya en el número de títulos, que ya no se apoya en los millones, el Pedro que vuelve del destierro es un Pedro que solamente se apoya en Jesucristo, ese es todo su apoyo; ¡tú lo sabes todo!
Pedro ya no se apoya en sí mismo, por eso yo tengo una gran esperanza, en que el Señor, porque él es mi misericordioso, y porque hay gente que está orando por nosotros, el Señor nos va ayudar mucho en este retiro, nos va ayudar mucho, no para que nosotros nos sintamos regañados, yo soy consciente de una cosa, lo que menos necesita un sacerdote es que lo regañen porque ya uno a estas alturas y como esta edad, cuando peca, peca a sabiendas, es muy difícil que a uno un pecado lo coja así fuera de base, como se dice, uno peca a sabiendas, por debilidad, por cinismo, por descuido por lo que sea, pero que uno venga a decir a estas alturas de la vida: ay es que yo no sabía! es muy difícil.
Así que lo que menos necesita un sacerdote en retiro espiritual, es regaño, más bien lo que todos necesitamos es despertarnos a esa historia tan maravillosa, porque ¿sabe usted qué es el destierro en el Antiguo Testamento? ¿Sabe usted qué es? Es en el fondo, el espejo de la Pascua, tú has visto como si se pone un espejo lo que estaba arriba se ve abajo, lo que estaba abajo se ve arriba, pues lo mismo pasa aquí, lo que fue el Éxodo, lo que fue la Pascua del Éxodo en reverso, en negativo, es el destierro, es el contraste total, lo mismo que en una foto cuando se saca el negativo, y por eso el destierro será de alguna manera, la nueva Pascua.
Nueva Pascua, pero ¿Cómo se va a llamar Pascua a eso?, sí señor, lea Isaías como describe el retorno del destierro y dice: “la gloria de este templo será mayor que la del templo anterior”; es una Pascua, entonces mi hermano sacerdote, y para ti, el día de tu ordenación, fue un día alegre, que seguramente lo fue, un día de mucho fervor que seguramente lo fue, un día en el que tu sentías que eras totalmente de Jesucristo y seguramente lo sentías de corazón. Déjame decirte, el retorno del destierro toma todos esos sentimientos y les da una nueva profundidad, porque resulta que en la alegría del recién ordenado, eso lo sabemos todos los que estamos aquí, la alegría del recién ordenado es bella, pero es ingenua; es ingenua totalmente, este no sabe, no sabe.
En cambio, cuando un sacerdote que se ha estrellado, que se ha dado duro contra el mundo, que ha pasado muchas cosas, cuando ese sacerdote recupera la alegría, cuando ese sacerdote vuelve a encontrarse con Jesucristo, cuando ese sacerdote vuelve del destierro, ahí si se cumple lo que dijo Jesús, “yo les voy a dar una alegría que nadie se las va a poder quitar”, la alegría de la ingenuidad es bonita, no nos digamos mentiras, la alegría del recién casado, la alegría del recién ordenado, la alegría del que recién se ha ganado un campo, es una cosa muy bella, pero luego descubre que ese campo, tenía una hipoteca, está lleno de culebras, está invadido por colonos, toca resolverle un problema jurídico, ya no le alegra tanto el campo . Después descubre que esa mujer con la que se casó no sigue igual de bonita, no sigue igual de detallista, no solo es que se envejece y se engorda, sino que se le daña el genio y luego le dio Parkinson; entonces los segundo vinos, la segunda alegría, acuérdate de las bodas de canal, ¿el vino mejor cuál es? El segundo, el segundo vino. Porque el segundo vino es el que viene de Jesús directamente.
Entonces yo quiero terminar esta primera reflexión, invitándote a que te prepares para el segundo vino, prepárate para ese segundo vino, prepárate para alegrarte con Jesús de un modo que no te lo va a entender el recién ordenado tal vez, porque el recién ordenado tendrá que vivir su propio proceso, bendito sea Dios, bendita sea esa alegría, eso es necesario, eso es muy bueno, pero como el segundo vino, no hay.
Recuperar esa alegría, poder volver a sonreír y poder decir lo mejor que me ha sucedido en la vida se llama Jesucristo, y ahora lo sé porque Jesús me acompaño hasta el fondo de mi destierro y de allá Él y solamente ÉL me sacó.