La fe del sacerdote, 7 de 7, Comunidad

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Conviene hacer un resumen o sumario de nuestra anterior meditación, porque la que viene es continuación de lo dicho.

Básicamente, se trata de introducir el tema de la nueva evangelización, de eso es de lo que se trata. Y darnos cuenta que uno de los grandes desafíos de la nueva evangelización está en la cultura laicista radical que no ve un espacio para la fe en la vida pública y que, por tanto, no considera a la Iglesia como protagonista en la construcción del futuro de la sociedad.

La Iglesia, según ese enfoque, debe quedar por fuera, y el bien humano se busca, se legisla y se construye desde argumentos ajenos a la fe. Ese es un gran desafío, todavía quedan algunos sacerdotes que no son conscientes de ese desafío.

Y presentábamos también el caso de Irlanda, que tuve ocasión de verlo bastante de cerca durante algunos años, en el cual, prácticamente en dos generaciones, se barrió mucho más de la mitad de la presencia católica, incluso en los mismos templos, eso nos puede suceder a nosotros.

Y por supuesto, que corresponde, ante todo, a los obispos, a los sacerdotes, a los diáconos, corresponde, sobre todo a nosotros, tomar en serio este desafío y buscar caminos de respuesta. Ese era el planteamiento del problema.

Se pueden dar argumentaciones, que son válidas y que son interesantes, sobre cómo responder a ese desafío, pero el enfoque que hemos tomado aquí es mucho más existencial: la mejor manera de demostrar que la fe sí tiene un lugar en la vida pública, es cuando encontramos el lugar que la fe tiene en la construcción misma de la vida humana.

Y ese lugar, guiados por el Evangelio, es el que encontramos sobre todo cuando el ser humano pasa por momentos de gran necesidad, pero aprende a no apoyarse solo en sus propias fuerzas sino que se pone en camino, se pone en búsqueda.

Como decía mi madre, ver a una persona en esas circunstancias debe hacernos exclamar: “Está madurito, está listo”, es lo que Jesús dice en el capítulo cuarto de San Juan: “El campo está listo para la siega” San Juan 4,35.

La mirada pastoral, la mirada del buen pastor, la mirada sacerdotal, es aquella que está atenta a esos momentos, a esas oportunidades benditas, en las cuales es posible anunciar el Evangelio con mayor provecho.

Esas personas no son un invento o una categoría que nosotros inventamos ahora, esas personas son las personas de las Bienaventuranzas, son ellos: los pobres, los que sufren, los que buscan justicia, los que quieren la paz, esos son la gran oportunidad.

La mirada sacerdotal no es otra sino la mirada del Jesús de las Bienaventuranzas. Es la mirada de aquel que se da cuenta en dónde está una oportunidad para la gracia.

Eso básicamente es lo que hemos planteado en nuestra reunión anterior. No dimos ningún texto, soy consciente de eso, estamos en general en el contexto de la Carta a los Romanos, pero no dimos ningún pasaje específico, tal vez, el capítulo cuarto de Romanos acerca bastante.

En esta última predicación de nuestro retiro sí vamos a dar un texto específico, lo encontramos en la Carta a los Efesios, ¿qué aparece en la Carta a los Efesios?

Si nos vamos, por ejemplo, al capítulo primero de Efesios, un poco después de ese cántico que tenemos todos los días lunes por la tarde, están las siguientes palabras: “En Cristo, también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria” Carta a los Efesios 1,13-14.

Hay elementos, en este breve pasaje, que ya nos tienen que resultar muy familiares. Por ejemplo, lo que dice el Apóstol: “Tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él” Carta a los Efesios 1,13.

Fíjate que hay una secuencia en esto. Hay una proclamación, por eso tuvimos una sesión especial que era sobre predicación, fue la charla número cinco, la de esta mañana fue la número seis y esta es la siete. La predicación número cinco fue sobre la predicación, la predicación número seis, nueva evangelización, y esta, la número siete, la vamos a llamar comunidad.

La secuencia que aparece es: predicación, que es lo que Pablo llama aquí “haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de salvación” Carta a los Efesios 1,13, luego viene creer en esa Palabra, ahí está el elemento de la fe, la fe que se abre, la fe que se convierte en puerta, nunca mejor dicho, puerta de la fe, que abre a una existencia nueva.

¿Y después de esa puerta de la fe qué viene? Pues según el texto: “Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión” Carta a los Efesios 1,14.

¿Cuáles son entonces los elementos nuevos que aparecen aquí? Que después de la fe está el sello del Espíritu Santo, está la esperanza, entendida fundamentalmente aquí como esperanza de la herencia, -esa palabra herencia es bien importante en la teología de Pablo-, y está el elemento comunitario: “Redención del pueblo de su posesión” Carta a los Efesios 1,14.

Es decir que lo que está apareciendo aquí es que la fe abre el camino a la vida en el Espíritu, a una vida en esperanza, o sea, a la esperanza cristiana, y sobre todo, a una vida en comunidad.

Así como hemos destacado con tanta fuerza que la nueva evangelización requiere una renovación en el testimonio y en la predicación, y así como en la charla anterior comentábamos que esa nueva evangelización requiere una mirada nueva, una mirada sacerdotal de Cristo Sacerdote, así también tenemos que decir que la nueva evangelización solo podrá tener éxito en clave comunitaria.

Eso que estoy diciendo, yo creo que no es ninguna novedad, en una arquidiócesis que desde hace buenos años tiene un compromiso efectivo, real, con un plan pastoral que precisamente funciona en torno a la comunidad.

Esto no es ningún golpe de genialidad, es simplemente el resultado de ver lo que nos presenta el Nuevo Testamento, y es el resultado de ver lo que nos plantean los planes pastorales, por lo menos los de mayor amplitud, los más difundidos en nuestro medio.

No cabe duda de que el PDR Y el SINE son los planes globales de evangelización que tienen mayor presencia en nuestro país. Y una de las cosas que tienen en común estos enfoques es el papel de la comunidad.

Más de uno después de la predicación pasada comentaba cómo en eso de estar ahí, del sacerdote estar ahí en el momento preciso, se pone una carga demasiado grande porque hay parroquias de veinte mil personas, de treinta mil personas, y entre treinta mil personas, pues pasan muchas situaciones, muchas necesidades, muchas emergencias, muchos imprevistos, ¿cómo podrá el sacerdote estar ahí en todos esos casos?

Es evidente que humanamente es imposible, pero si el sacerdote es el corazón palpitante y la cabeza visible, cabeza no de vanidad, sino cabeza en el sentido de que Cristo es Cabeza; si el sacerdote es el corazón palpitante de la obra de evangelización en esa parroquia, y si el sacerdote es cabeza visible, es Cristo Cabeza en esa comunidad, quiere decir que este sacerdote está vivamente unido en su ministerio a las comunidades dentro de esa parroquia, dentro de esa porción del pueblo de Dios.

Y si el sacerdote tiene esa unión viva con estas comunidades, entonces no está solo en la atención de esos momentos específicos; por supuesto que hay una gran parte de su ministerio que es completamente intransferible: él no puede transferir la celebración de la Eucaristía a la señora Pepita que está en la comunidad número cinco, no, él no puede transferir eso.

Pero es muy distinto el caso del sacerdote que se carga y recarga y sobre carga con todo lo que hay que hacer de evangelización, ese es un caso muy distinto al del sacerdote que es más bien animador, coordinador de un grupo amplio de comunidades.

Es muy interesante, en este pasaje de Efesios, cómo San Pablo deja ver que el verdadero fruto de la evangelización está en el pueblo de Dios: “Para redención del pueblo de su posesión” Carta a los Efesios 1,14.

O sea que finalmente de lo que se trata es de reunir a los elegidos, de lo que se trata es de hacer realidad la palabra Iglesia.

Como nos han explicado los exégetas, iglesia, ekklesía en griego, significa la asamblea convocada. El fruto de la evangelización es convocar, es reunir, es hacer comunidad.

El sacerdote no puede verse, por más eficiente que sea, no puede verse como el agente único, como el Superman del Evangelio, eso no puede ser. El sacerdote, que también tiene sus limitaciones de tiempo y de otros géneros, el sacerdote más bien se mira como el animador de todo un proceso, de toda una vitalidad interna, en la cual tienen que florecer los distintos dones y carismas de las personas.

Estos planes benditos de evangelización, y planes pastorales, lo que quieren finalmente es eso: que el sacerdote sea plenamente sacerdote, pero solo sacerdote.

Porque claro, todavía queda mucho de una imagen que quizás hubo en otro tiempo en que el sacerdote era todo, incluso acuérdese que había poblaciones donde, como dice el Padre Cardona en mi comunidad, el sacerdote era el único que leía de corrido.

Claro, en un ambiente así, donde el sacerdote es el único que sabe, el único que dispone, el único que lee, el único que evangeliza, eso tal vez podía servir en un cierto contexto, en el contexto actual, no. En el contexto actual, la recuperación de nuestra identidad sacerdotal requiere que nosotros nos integremos y nos veamos a nosotros mismos en el conjunto de una comunidad en donde el Espíritu está vivo.

Usted no puede, querido padre, usted no puede recargarse todo el ministerio de la caridad sobre sus hombros, no alcanza; tiene que haber otras personas que ayuden con la presencia, con la llamada, con la visita, incluso algunas veces, llevando el Santísimo Sacramento; tiene que haber otras personas que puedan realizar esto.

Fíjese que aquí nos resulta un rostro muy interesante para ese sacerdote de nueva evangelización: no es el que lo hace todo, no; más bien, es el que anima a todos, es el que ilumina, con su testimonio y con su palabra, ilumina a todos, eso sí lo tiene que hacer el sacerdote.

La palabra del sacerdote, una palabra ponderada, una palabra seria, fundada en la Biblia, fundada en la gran Tradición de la Iglesia, fundada en el Magisterio tan sapiente de nuestra Iglesia, esa palabra seria, bien dicha, profunda, penetrante, esa palabra que enamora y que viene a ser como el camino firme para todo el rebaño, esa la tiene que dar el sacerdote.

Con el ejemplo de su vida, con la alegría, con la pureza de su intención y de su obra, el sacerdote ilumina a los demás, eso lo tiene que hacer él, eso es ser cabeza.

Por supuesto, también tiene que tomar algunas decisiones proporcionadas a su condición, sin llegar a convertirse en un mini Vaticano. Tiene que tomar ciertas decisiones, porque es parte de su ministerio regir, eso no se nos puede olvidar, tiene que regir y tiene que tomar decisiones. Pero el sacerdote no se convierte en el todo, es el que anima a todos.

Y el sacerdote tiene una función muy importante, escuchémoslo todos, pero sobre todo mis hermanos más jóvenes, ¿por qué insisto en los más jóvenes? Porque son los que durante más tiempo van a tener que vivir esto, y los que deseablemente van a ver los frutos de esa nueva evangelización. Los van a ver más que nosotros los que vamos quedando sembrados en el surco.

Nuestros jóvenes, escuchen por favor esto: es parte esencialísima del sacerdote en la nueva evangelización el discernimiento de los carismas. Uno de os días más tristes en mi vida sacerdotal, se lo voy a compartir, el día en que oí la siguiente historia.

Resulta que una señora que vivía en Manizales se trasladó, por razones de trabajo, a Bogotá. Ella, en Manizales, era una persona que colaboraba como ministra extraordinaria de la Eucaristía, visitaba enfermos, daba catequesis, era muy activa en su parroquia, quizás demasiado activa.

Llegó a Bogotá y entonces fue a presentarse donde su párroco, pues un poco a ponerse a las órdenes. Primer problema: lograr hablar con el párroco, al fin lo logró. Cuando le explicó más o menos en tres minutos, porque yo también entiendo eso,- yo también vivo muy ocupado-.

Cuando en tres minutos le explicó cómo ella ayudaba, en qué estaba, qué preparación tenía, eso en tres minutos ahí, ¿qué había hecho esta señora? Un curso en el ESPAC, esas cosas que hace mucha gente, respuesta del sacerdote: “No, aquí ya tenemos suficientes ministros; vuelva el año entrante a ver qué se ofrece por ahí, ya aquí tenemos suficiente”.

Día triste para mí el día que me enteré de esto. Cuando sabemos, por Dios, cuánta necesidad de evangelización hay; cuando hay sectores enteros de las parroquias donde ni el párroco va, ni la gente llega a la Misa; cuando hay renglones, a veces étnicos, a veces de edad, a veces de clase social, que son completamente ausentes a los procesos pastorales, ¿cómo se va a dar un sacerdote el lujo de despachar a una persona así: “Vuelva el año entrante a ver qué hay”? ¿Cómo vamos a hacer eso? ¡Eso no puede ser!

En el espíritu de la nueva evangelización, una de las tareas más hermosas pero también más difíciles, a ver cómo se está haciendo en los seminarios para formar a la gente en esto, esa es una pregunta que yo me hago, en discernimiento de carismas laicales, ¿qué hace uno con la gente que quiere ayudar? ¿Cómo situar a esas personas? ¿Cómo ayudar para que sean promotores, para que sean columnas, para que sean avanzada en la evangelización? ¿Cómo así que nosotros nos vamos a dar el “lujo”, entre comillas, de despreciar recurso humano tan valioso? Y sin embargo sí hay quien lo desprecia.

Fíjese el rostro tan interesante que va apareciendo para el sacerdote de la nueva evangelización: es un hombre que vive con integridad y con alegría su ministerio, es maestro en la fe con palabra sencilla, penetrante, apropiada, es un hombre de discernimiento, que está continuamente con el radar puesto, a ver dónde está obrando el Espíritu Santo, a ver con quién se puede contar, a ver qué se puede hacer.

Pero ustedes ya sacan una conclusión, por supuesto. Ese modelo de sacerdote tiene que gastarle tiempo a esos laicos. Porque así como un laico formado, un laico que tenga su conciencia, y que tengas su fe, y que tenga su acción apostólica clara, es mano derecha y parte de la izquierda para un sacerdote, los laicos no formados, pues, o son estorbo, o son un problema, o por lo menos son fuerza perdida.

Tenemos que salir de nuestro retiro espiritual, hermanos, con consignas muy claras sobre el tiempo que esto requiere. La formación de nuestros laicos, el tiempo que usted le gaste a las comunidades, esas pequeñas comunidades que se van organizando, comunidades en su parroquia, comunidades del PDR, lo que usted está trabajando y lo que se está trabajando en la arquidiócesis, ese tiempo es bendito y es irreemplazable.

Hay que gastarle tiempo a la gente. Incluso nos dicen los Evangelios que en ciertas oportunidades Jesús iba con sus discípulos, y dice el Evangelista: “No quería que nadie se enterase porque los estaba formando”.

Entonces esto no tiene otro camino, la nueva evangelización ya empezó, esto no es que va a empezar, es que ya empezó. Y la nueva evangelización requiere, ya, ya, ya requiere de usted una claridad, un discernimiento, un amor en Cristo Buen Pastor para todas estas personas, y un preguntarse varias veces en la semana y a veces varias veces en el día: “Oiga, ¿en qué podemos ubicar a ese señor? ¿Y ese muchacho que anda por ahí rondando, que llega?”

La gente da señas de que quiere ayudar. Por ejemplo, a nosotros nos pasó en una parroquia allá en la que ahora es diócesis de Tibú, a nosotros nos pasó. Había un muchachito, un adolescente prácticamente. Llegaba tempranísimo a la iglesia antes de la Misa de seis y media de la tarde, llegaba tempranísimo y era: “¿En qué ayudo, a ver? Yo saco este micrófono, yo enchufo aquí”, se le veía la gana de hacer algo, es que toda su actitud era: “¡Pónganme a hacer algo!”

Qué hermoso que una persona de esas se encuentre con un párroco que tiene visión y dice: “Este es el hombre que necesito para esto”.

Y hay una cosa que es cierta: cuando las personas se empiezan a sentir valoradas y útiles en la iglesia, esas son las personas que son mucho más difíciles de arrancar de nuestra Iglesia para las filas del ateísmo, del laicismo, de las sectas.

Si usted quiere tener católicos que estén firmes y gozosos en su pertenencia a la Iglesia, el camino real, el camino principal, a mí no me cabe duda, es que la gente sienta: “Aquí me alimento espiritualmente muy bien, aquí soy apreciado, y aquí tengo harto que hacer”.

Características del laico firme, mire: el laico que siente: -“Aquí me estoy alimentando”, tiene que sentir que esa predicación, que cada homilía suya, que cada consejo suyo es una palabra que alimenta, “aquí me alimento bien”. Sacramentos bien celebrados, predicación sustanciosa, “aquí me alimento bien”.

-“Aquí se me valora”. Acuérdese que la pastoral anónima no crea sino ateos, y la pastoral anónima no sirve sino de kínder para los evangélicos, o para los pentecostales, o los que sean.

-Y la tercera: “Aquí soy útil, aquí hay mucho que hacer.

Cuando una persona siente esas tres cosas, mire, no la arranca nadie, a esa persona no se la lleva nadie.

Esa es la manera de ganar terreno en la sociedad, me refiero al aspecto público de la fe. Cuantas más personas logremos que tengan ese sentido de pertenencia, porque eso es de lo que estamos hablando en este momento, cuantas más personas logren tener ese sentido de pertenencia, pues más personas tenemos que serán claras en su opción cristiana, personas a las que será muy difícil que el lobo arrebate del rebaño.

Por última vez les repito las tres características: gente que siente que se está alimentando bien, gente que se siente valorada, y gente que se siente útil.

Y esto también sirve para un poquito de examen de conciencia. A mí me parece que a veces, como sacerdotes, se nos va la mano únicamente hablando de las cosas malas, las cosas por corregir, los defectos, en lo que falló, en lo que no llegó. Y nosotros, lo mismo que los demás seres humanos, ¿no es verdad que también necesitamos palabras de ánimo, palabras de elogio? Uno necesita eso.

Hágase, por favor, ese examen de conciencia, querido padre, en el trato con sus laicos, en el trato con su gente, ¿a usted le salen palabras de ánimo, palabras de apoyo, palabras de estímulo?

Y, el delegar responsabilidades. Ustedes dirán que nos copiamos muchas cosas de los protestantes, porque esos son expertos, son expertos en ponerle tarea a todo el mundo, eso sí se lo saben.

Yo me acuerdo de un vecino nuestro del convento de Santo Domingo, allá en Bogotá: se entró a un grupo que es parecido a "Pare de Sufrir", de ese estilo pentecostal, pero no es pare de sufrir sino otro. Se entró a un grupo de esos, y como a las tres semanas, nos encontramos, le pregunto en qué estaba y por qué estaba.

Yo no soy párroco allá, yo soy simplemente uno de los formadores de la casa que tenemos, del convento de Santo Domingo. Pero bueno, me encuentro con este hombre y le pregunto, y él ya muy contento, ya le habían puesto un brazalete y el brazalete decía esa palabra que les gusta tanto y que la importan del inglés: “Ujier”, ujier es el encargado de la acogida.

Oiga, este tipo no había completado un mes, y ya le habían puesto un oficio, y ya él iba con su brazalete: “Soy ujier, encargado de acogida allá, para que la gente allá reciba la palabra del pastor”, ya él tenía claro, pues, su ministerio.

¿Cuántas personas tenemos en nuestras parroquias que llevan treinta y cinco años asistiendo a Misa y todavía no son nadie? Treinta y cinco años, y el párroco lo único que sabe es que la viejita, la pelimorada esa, esa nunca falla, y el día que falló, llega la familia a pedir el entierro. Mire que eso es grave. Estos tipos ya saben.

Y aún hay otros movimientos, como por ejemplo la Cruzada Estudiantil y Profesional de Colombia, y otros parecidos, que descaradamente organizan su evangelización con esquema de multinivel. ¿Usted conoce el marketing de multinivel, como Amway, como Herbalife? Esos son multiniveles. Personalmente, le tengo una gran desconfianza a ese sistema de marketing porque para mí eso es una pirámide.

Pero bueno, no me contrataron para hablar mal de Herbalife, sino que le estoy contando es que hay mucho protestante o movimiento que está organizando sus cosas así, ¿y sabe qué es lo interesante de ese esquema? Que entonces, como se forman pequeñas comunidades, comunidades de unas diez personas, doce personas, uno de los primeros encargos que recibe cada una de esas personas es: “Usted tiene que reunir a otros diez o doce”.

Entonces cualquiera, que no tienen más de dos o tres meses de entrenamiento, porque no tiene más, y que apenas se han aprendido algunos versículos, cualquiera que tiene unos cuantos versículos indigestos en la cabeza, ya está dirigiendo ciento veinte, ciento cuarenta, ciento cincuenta personas. Esos son sus medios de penetración.

Por supuesto, yo no le estoy recomendando que usted aplique multinivel en su parroquia, pero sí le estoy diciendo que esta gente, de una vez le da un puesto, porque ya la persona entiende su responsabilidad, ya la persona entiende que tiene que asimilar ciertas cosas, y que tiene que entenderlas, y tiene que tener su Biblia.

“-Abre tu Biblia, hermano, en tu Biblia…”, esa predicación es típicamente protestante. “La persona más importante de esta asamblea es la que está sentada a sobre tu silla”, entonces la gente hace cuentas: “-¿Quién será el que está sentado sobre mi silla?” “-Abre tu Biblia, y de una vez, a estudiar Biblia.

Uno se encuentra seminaristas de tercer y cuarto año a los que uno les pregunta: “-¿Usted qué entiende por justificación?” “-Pues espere me acuerdo, nosotros tuvimos un examen de eso, tuvimos un examen, era un padre muy malgeniado, me acuerdo, sí”.

La formación es una de las grandes preocupaciones. Yo sé que aquí se está haciendo un esfuerzo muy grande, pero de veras tenemos que encontrar caminos para que nuestra gente, en la transmisión del mensaje y en la creación de responsabilidades comunitarias, nuestra gente pueda ser más ágil.

Porque duele mucho que haya una señora que se murió y el día que se murió fue que usted le supo el apellido a la pelimorada: “¡Ah, esa era una señora de los Martínez Rueda, se llamaba Petronila! ¡Ah, bueno, por lo menos el día que le estoy echando el agua bendita aprendí que esa era la que no faltaba a la Misa!” No, hay que cambiar esa pastoral.

Evidentemente, necesitamos un contacto mucho más cercano, pero cercano en términos del Evangelio de Jesús, cercano en términos de compartir la experiencia, cercano en términos de ir encontrando cuál es el servicio que la persona puede dar.

Bueno, para terminar, vamos a decir algunas palabras sobre el tema de la esperanza y sobre el tema del Espíritu.

Dice San Pablo: “Tras haber oído la Palabra de la verdad, y creído también en Cristo, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, prenda de nuestra herencia” Carta a los Efesios 1,13. Uno de los nombres o títulos que tiene el Espíritu Santo en los escritos de Pablo es precisamente el de Sello, es el Sello de Dios. El Espíritu Santo que nos da el pensamiento de Cristo, el Espíritu Santo que hace que nuestro corazón pueda concordar, con el palpitar, con los deseos de Dios.

Fíjese la oración que tenemos en Pentecostés, en el Misal Romano, como se habla de ese Espíritu Santo, y le pedimos que nos haga “gustar siempre el bien y gozar de su consuelo”, esa frase está muy bien dicha, eso es lo que hace el Espíritu: nos permite gusta el bien y gozar de su consuelo.

¿Por qué quiero terminar con esta alusión al Espíritu? Porque cuando se piensa en lo que es la nueva evangelización, hermanos, cuando se piensa en todo lo que hay que hacer, el que no esté enamorado de la evangelización, lo único que ve es: “¡Más trabajo, más trabajo pusieron!” Lo único que ve es: “¡Ahora me toca trabajar más!”

Solo el don del amor, el amor divino, eso es lo que hace el Espíritu: hace que uno “guste el bien y que goce de su consuelo”, según la oración de Pentecostés, que ese Espíritu esté en nosotros es prerrequisito para que haya evangelización.

Solamente con esa acción, solamente con esa unción del Espíritu, nosotros descubrimos y gozamos el bien. ¿Cuál será el bien que tiene que gozar el sacerdote? Pues el bien de ganarle gente a Jesús, el bien de quitarle gente al pecado, arrancar gente de los vicios, arrancar gente del desastre y traerlos con gozo al rebaño del Señor, y ver cómo, bien alimentados, también ellos dan frutos que permanecen, frutos de vida. Esa es la alegría del pastor: el bien del rebaño.

La transformación que tenemos que pedir es que nuestro corazón, de tal manera se goce en esas alegrías, que entonces toda nuestra vida se oriente hacia eso.

Imagínese un sacerdote que siente gozo en cada conversión, ese sacerdote, lo mismo que los demás, necesita pensar en su futuro: “De qué voy a vivir cuando viejo, cuál es mi plan de salud, a ver cómo resuelvo lo de las pensiones, a ver, una tierrita que hay allá en la familia, ¿qué vamos a hacer con eso? A ver, mi descanso, mis vacaciones…”

Lo mismo que todo ser humano tendrá que pensar en esas cosas, pero esas cosas ya no van a ser los protagonistas de su vida. Claro que usted tiene que pensar en sus ingresos, tiene que pensar en su salud, tiene que pensar en su vejez, tiene que pensar en sus vacaciones, tiene que pensar en sus amistades, tiene que pensar en su familia.

Por supuesto, es natural, hermano, tiene que pensar en eso, pero esos pensamientos ya no van a ser los protagonistas de su sacerdocio. Es muy triste organizar el sacerdocio en torno a la familia. Yo oí una conferencia interesantísima, este es un programa de radio que tiene la BBC, para los que tengan gusto por esa clase de programas, se llama “En Nuestro Tiempo”, “In Our Time”, un programa buenísimo.

Y estos, que son en su mayoría protestantes, anglicanos, hicieron un programa muy bueno sobre los Borgia, y sobre la historia y la corrupción de toda esta gente, incluyendo el tristemente célebre Alejandro Sexto, del cual ya hablamos en otro momento.

Estos son historiadores muy serios, y es muy interesante cómo ellos mostraban, que de una manera consistente y repetida, el único amor que tuvo Alejandro Sexto fue su familia y su familia y su familia, incluyendo a sus hijos, que lamentablemente los tuvo, porque eso también se sabe.

Es decir, Alejandro Sexto, que Dios lo haya perdonado, organizó el ministerio petrino, organizó la Sede de Roma en torno a las pretensiones de una familia, eso era lo que estaba primero en él. Más incluso que una vida de placer, o licenciosa, o adicta, “la familia, y mi familia, y que mi familia surja”.

Y buena parte de sus peleas políticas y de sus intrigas eran cómo organizar terrenos para la familia, y cómo lograr cargos para la familia.

Por supuesto que todos tenemos que preocuparnos por la familia, yo también tengo familia, y también he tenido que rezar, llorar, sufrir y alegrarme con las cosas de mi familia, todos la tenemos.

Nos se trata de decir que entonces ahora, -esto se parece a la lectura que tuvimos en el Oficio de San Francisco de Sales-, no se trata de que todos tenemos que volvernos ermitaños, o monjes, o frailes, no; obviamente todas esa preocupaciones usted las tiene que tener, no solo las puede tener sino que las tiene que tener.

Pero yo lo que le quiero pedir, querido hermano sacerdote, es que el protagonista de su sacerdocio sea Jesucristo, que el protagonista de su sacerdocio sea el Evangelio, y que eso se note en las decisiones que usted toma.

¿Cómo se logra eso? Ahí es donde entra la oración de Pentecostés: “Que el Espíritu Santo nos haga gustar el bien y gozar de su consuelo”, que nosotros podamos sentir gozo, un eco de la fiesta que hay en el cielo cada vez que un pecador se arrepiente, ¿no dijo Jesús eso: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte”? San Lucas 15,7.

Pues hay fiesta en el cielo cuando un pecador se convierte, el sacerdote que es instrumento privilegiado de Dios para que esa fiesta se monte allá en el cielo, que ese sacerdote pueda sentir gozo.

Hermano, que usted pueda sentir en la confesión no simplemente: “Esta ya sí que talla; toca cambiarla”; que usted pueda sentir en la confesión no únicamente: “¡Otra vez las mismas cosas!”; que usted pueda sentir en la confesión no solamente: “¡qué pesado, qué largo, qué aburrido esto!”

Imagínese cómo se renueva su sacerdocio si usted puede sentir, en una celebración penitencial o simplemente sentado en su confesionario, si usted puede sentir: “¡Hay fiesta en el cielo!” Y que usted le pueda hacer sentir un eco de esa alegría al penitente recién perdonado. Que usted pueda sentir ese gozo.

Yo no le estoy diciendo solamente: “Procure predicar mejor, o con más ciencia, o con más unción”, yo lo que le deseo, padre, es que usted se sienta feliz, que cuando usted esté en ese púlpito compartiendo la Palabra de Dios, usted sea el primero que se saborea esa Palabra y usted dice: “¡Hermanos, miren esta hermosura!”, pero porque usted la ha saboreado primero, y que la gente sienta: “Uuuy, ¿a este qué le pasó? Ahora sí se nos volvió protestante el padre”.

Que usted pueda sentir gozo con la Palabra que comparte, que usted pueda sentir gozo cuando se responde, -siempre será insuficiente-, pero hasta donde podemos, se responde a las necesidades y a los requerimientos de la caridad, especialmente con los más pobres, los más excluidos, que usted pueda sentir alegría, para eso necesitamos el Espíritu Santo.

Si usted está enamorado de su ministerio, si usted siente alegría de ver cómo se puede servir a este pueblo de Dios, si usted va a celebrar la Eucaristía y va con gozo, no es simplemente: “¡Otra Misa más, otra Misa más!”, sino que usted puede ir con gozo a celebrar la Eucaristía, esa es acción del Espíritu Santo.

Nos falta la famosa palabra “herencia”, ese es uno de los temas bellos para estudiar en San Pablo, el tema de la herencia, pero así brevemente: herencia es lo que recibe el hijo y lo que no recibe el siervo. Herencia no es solamente la plata cuando se murió el papá. Herencia es el trato, es la autoridad, son los privilegios y son también los bienes que son propios de los hijos.

Cuando San Pablo dice que “nosotros somos coherederos con Cristo” Carta a los Romanos 8,17, lo que está diciendo es: Dios nos trata con el amor, Dios nos trata con la mirada, con la palabra, Dios nos trata como trata a su Hijo.

Y si a usted le parece que esas palabras son demasiado decir, tenga la gentileza de releer el capítulo diecisiete de San Juan que es la última lectura recomendada en este retiro.

Para mí, la frase que me produce más escalofrío, yo creo que en la Biblia entera, es esa petición que se atreve a hacer Jesucristo al Padre Celestial. Dice Jesús al Padre, claro, lo que más recuerda uno desea oración sacerdotal es: “que todos sean uno” San Juan 17,21; pero la parte que a mí más me impacta no es esa frase, que es bellísima, sino esta otra: “Te pido, Padre, que los ames con el mismo amor que me tenías antes que el mundo existiese” Juan 17, , eso es ser coherederos.

¿Dígame si no es para sentir uno vergüenza, gozo, escalofrío, emoción? Yo creo que si queda algo de cristiano en nuestro pecho, tenemos que sentir un viento delicioso, una caricia del cielo, mire eso, ¿ah? Mire lo que está pidiendo Jesús, póngalo así en personal: Jesús pidió que Papá Dios me amara a mí como lo ama a Él.

“Antes que el mundo existiese” San Juan 17,5, que el amor eterno, que el amor inconmensurable de Papá Dios se vierta sobre mí, porque eso fue lo que pidió Jesús, y eso es lo que va a ser posible luego la unidad, la unidad llega como fruto, fruto de ese amor.

Fíjese dónde empieza: viene es en el amor, ahí es en donde viene lo nuevo. Y por eso, cuando el sacerdote entra en esa oración de Jesús, y cuando el sacerdote se reconoce en esa oración de Jesús, entonces se siente lo que San Pablo nos dijo aquí en Efesios, capítulo primero, versículos trece y catorce: Se siente heredero, se siente coheredero.

Y ahora entendemos por qué Pablo dice que el Espíritu Santo, obrando en nosotros, “es prenda de nuestra herencia” Carta a los Efesios 1,14. Claro, ya esa Acción del Espíritu le da a uno como un anticipo de lo que significa ser amado al estilo del amor, a la manera del amor que Papá Dios le tiene a su Hijo, eterno como Él: su Bendito y Divino Hijo Jesucristo.

Mis hermanos, ese es el amor que nos va a renovar: un amor que sale de las entrañas infinitas e inagotables de Papá Dios, que nos hace sentir hermanos unidos a Cristo, que compartimos su misión.

Yo creo que sobre esta tierra nadie tiene, llamémoslo así, el derecho, la oportunidad, como la tenemos nosotros, sacerdotes, de saberse unido a Cristo, es que nosotros vamos compartiendo el destino de Cristo.

Fíjese que usted adquiere la mirada de Cristo, usted predica la Palabra de Cristo, usted bendice en el nombre de Cristo, usted consagra en persona de Cristo, y usted recibe la herencia de Cristo. Es decir, de lo que se trata es de una cristificación, de lo que se trata es de una unión con este Señor Jesús, y esa es la vida sacerdotal.

Claro, cuando uno dice: “¡Pero yo a qué horas voy a llegar a allá!”, no, usted no llega, ni yo tampoco; pero si usted clama el Espíritu y es dócil al Espíritu, el espíritu lo va transformando y lo va haciendo más y más semejante a ese Jesús.

Y entonces suceden cosas maravillosas, porque así dice el canto carismático: “Cuando el pueblo alaba a Dios suceden cosas maravillosa”; cuando nos llenamos de ese amor suceden cosas, cosas maravillosas; cuando nos llenamos de ese fuego suceden cosas; y cuando nos llenamos de ese Espíritu, el mismo Cristo que nos ha llamado, se hace presente en nuestro ministerio, para alabanza de su gloria, como dijo San Pablo.