La fe del sacerdote, 6 de 7, Nueva Evangelización

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Nuestro propósito en esta reflexión es poder conectar la fe con la esperanza, la fe con la victoria sobre el pecado y la fe con la vida en el Espíritu.

Es importante darse cuenta de que la fe no es un hecho mental. La fantasía es un hecho mental, es algo que está simplemente en nuestra cabeza, por así decirlo, pero la fe no es un hecho mental.

Se puede decir que la fe, en el tiempo en el que vivimos, está bajo ataque, especialmente porque se la mira así, como si fuera un hecho en la mente, es decir, es una idea que usted tiene, algo que pertenece al mundo de su subjetividad. Si usted quiere creer en dragones morados es problema suyo, si el otro quiere creer en la pacha mama, problema suyo, y si el otro quiere creeré en Jesucristo, problema suyo.

La reducción de la fe al ámbito de lo puramente privado es uno de los ataques más serios que experimenta la Iglesia en todo el mundo, y es una de las consignas básicas de la secularización a ultranza, y también de ese movimiento agresivo que se llama laicización.

La pregunta es si nosotros, como sacerdotes, estamos preparados teológica y pastoralmente para afrontar ese desafío, ¿cuál es el desafío? El desafío de que nos reduzcan la fe únicamente al ámbito de lo subjetivo, de lo mental, de lo privado. Fe es lo que cada uno tiene en su fuero interno, pero la vida de la sociedad se organiza desde otras bases.

Yo creo que ustedes y yo nos hemos dado cuenta que en un país de tradición larga y católica como es nuestra Colombia, progresivamente se quiere marginar a la fe y a la Iglesia, por consiguiente, de más y más espacios.

Por ejemplo, cuando se va a discutir sobre una ley, Dios, la Biblia, la religión, se entiende que están por fuera. La leyes se construyen independientemente de Dios, y de la fe, y de la religión, y de la Iglesia. La ciencia se construye independientemente de Dios, de la religión, de la fe y de la Iglesia. La literatura se hace independientemente de Dios, de la fe, de la religión y de la Iglesia.

Entonces lo que estamos encontrando nosotros los creyentes, lo que estamos viendo los creyentes es que progresivamente la fe se reduce a la insignificancia. El creer o no creer es algo que pertenece al rango de su fantasía, de su subjetividad.

Un escritor muy agradable de leer es Fernando Savater, es un filósofo español. Fernando Savater se confiesa ateo, y se me quedó grabada, y la repito con frecuencia esta comparación que él hace: él dice que la fe es como el gusto por las carreras de caballos.

Él, personalmente, no le ve mucha gracia a poner a unos animales ahí a que se esfuercen, y suden, y pujen, y resuellen, no le ve gracia a eso, pero él entiende que hay gente que sí le ve gracia a eso, y se emociona, y grita, y apuesta, mueve plata; pero, terminada la celebración en el hipódromo, entonces, todos esos fanáticos de las carreras de caballos, salen a la calle y son simplemente ciudadanos. Y las leyes por las que se rigen los fanáticos de carreras de caballos, los fanáticos de carreras de perros, o los fanáticos de Jesucristo, son las mismas.

“A usted le entusiasma su Misa, se encierra allá en su iglesia, y cree que Dios y que Dios y que Dios, bueno, esa es la idea que usted tiene allá en su cabeza, pero, cuando salga a la calle, usted es un ciudadano más, y usted cumple las leyes de todos y cumple las reglas de todos.

La verdad es que muchos sacerdotes se sienten perplejos frente una postura de esas: ¿Cómo se responde a eso? Cuando nos dicen: “Mire, usted, dedíquese a su gente, los que le creen su cuento. Otros creen en el olivo dorado, otros creen en el perfume celeste, otros en el indio amazónico, otros en la pacha mama; usted cree en su Papa y sus sacramentos, y se arrodilla y llora y se arrepiente. Haga toda la gimnasia que quiera, haga todo el ritual que quiera, pero eso es usted en su iglesia, la cual tiene que pagar impuestos, eso es usted reunido allá con su gente, para efectos prácticos, la sociedad prescinde de usted”.

Esto es lo que se llama secularización a ultranza, es lo que se llama laicización, es la exclusión de la religión de la vida pública. Y, por consiguiente, la calificación de intromisión cuando la Iglesia quiere hablar de cualquier cosa. Entonces, si la Iglesia quiere hablar sobre la distribución de la riqueza, “cállese, señora Iglesia, usted no haga política"; si la Iglesia va a hablar del aborto o va a hablar del matrimonio gay, “cállese, Iglesia, la legislación tiene que ser legislación inclusiva, tiene que ser legislación para todos los ciudadanos".

Y como es legislación para todos, resulta que hay un segmento de población, -el cual siempre se infla en las estadísticas-, hay gente que dice que el diez por ciento de la población es gay, es algo completamente demencial, aún en países de larga tradición liberal y de supuesta apertura mental, la población confesamente gay no llega al uno por ciento. Siempre nos inflan las cifras para tratar de buscar una mayor presión en la opinión pública.

Pero en todo caso, el argumento va de la siguiente forma: "Hay un diez por ciento de la población, -que ya dije que es mentira pero eso es lo que dicen-, hay un diez por ciento de la población que es gay, nosotros tenemos que legislar para todo el mundo, esa gente se quiere casar, por consiguiente, usted se calla, usted no tiene nada que decir, sus creencias son sus creencias”.

La mayor parte de los sacerdotes no están preparados para resistir ese tipo de argumento, la mayor parte de los sacerdotes, o se vuelven cómplices, tácitos cómplices inconscientes de esa argumentación, o si no, no saben cómo responder a ella.

Pero la cosa no para ahí. Después de que nos encierran en las iglesias, donde supuestamente suceden las carreras nuestras, -porque los otros caballos corren en el hipódromo-, después de que nos encierran en las iglesias, entonces meten espías en las iglesias, ese es el siguiente paso.

Entonces el siguiente paso es que en la iglesia, dijo por allá un pastor protestante, en algunos de estos países de Escandinavia, sería Noruega o Suecia, estaba leyendo el texto ese incómodo, porque bien incómoda es la Palabra de Dios, bien incómoda: “Os aseguro, hermanos, que ni los afeminados, ni los fornicarios, ni los homosexuales heredarán el Reino de Dios” 1 Corintios 6,10, y el hombre hizo su sermón sobre eso, “pues a la cárcel. Usted es un homófono intolerante”. “-Pero yo estaba en la iglesia. “-Si, señor, pero en este país no se puede decir eso”.

Lo primero que tenemos que darnos cuenta, hermanos, es, -y es lo que quiero subrayar en esta introducción al tema-, que si nosotros caemos en la trampa de admitir la fe como un hecho puramente subjetivo, tenemos la batalla perdida. Está perdida la batalla frente a la laicización, frente a la secularización, está perdida la batalla.

Porque la misma ley que obliga, por ejemplo, a reconocer el aborto, esa misma ley tiene que declarar ilegal el que no esté de acuerdo con lo que es legal, así de sencillo.

La tolerancia frente a una postura, -a ver si esta frase me sale bien-, la tolerancia frente a una postura se convierte en intolerancia frente a los que no apoyan esa postura.

La tolerancia frente a la realidad homosexual como práctica admitida en la sociedad, se convierte en intolerancia frente al que no esté de acuerdo con eso. Una de las trampas que nos están metiendo, -y mucho sacerdote no se ha enterado-, es esa, juegan con la palabra tolerancia y sus sinónimos: apertura mental, hay que ser abierto de mente, hay que ser inclusivo”.

Mire, las palabras inclusivo, apertura mental, tolerancia, son trampas. Y usted tiene que estar muy despierto, padre, para darse cuenta de la trampa que está ahí.

Vamos a describir la trampa para que se vea qué es los que sucede y qué relación tiene esto con lo que venimos tratando de la fe.

Por ejemplo, tomemos la apertura mental. Apertura mental es que yo tengo que admitir, por ejemplo, que la familia hoy es una realidad múltiple, que existen familias de papá y mamá, pero que existen familias de sólo papá, existen familias con dos mamás, más adelante vendrán familias con tres papás y una mamá, dos mamás, un papá, es decir, juegue todo lo que usted quiera, todas esas son realidades familiares. Y la tolerancia es que uno diga “amén”, y que uno reciba todos esos modelos como igualmente válidos, eso es tolerancia.

¿Qué pasa si yo no estoy de acuerdo con esa tolerancia, si mi mente no tiene esa, entre comillas, “amplitud”, ¿qué pasa conmigo? Que entonces yo soy calificado de intolerante, ¿y el que sea intolerante qué le va a pasar? Pues que como es intolerante es un peligro para la sociedad, ¿y al que sea un peligro para la sociedad qué le va a pasar? Que no se puede recibir en la sociedad, que toca callarlo, que toca ridiculizarlo, que toca amonestarlo, eso es lo que sucede. La persona no pude, entonce,s decir su palabra.

Es una cosa muy interesante que Dios, desde hace realmente décadas, nos ha regalado, nos ha concedido Papas de una altura doctrinal y de una solidez argumentativa impresionante, ¿y la respuesta cuál es? El caso más rampante, el caso más patético es lo que ha sucedido con Benedicto. Benedicto presenta argumentos sólidos, discursos sólidos, ¿y cuál es la respuesta? “Es nazi”, esa es la respuesta, “demasiado europeo”, esa es la respuesta. Es decir, frente a la solidez argumentativa del Magisterio, lo que se presenta como respuesta es la burla, la caricatura, el prejuicio, pero se supone que los que vivimos del prejuicio, y se supone que los oscurantistas somos nosotros

Bueno, ahí queda planteado el problema. ¿Qué es lo que hemos dicho hasta ahora en esta introducción? Lo que hemos dicho es que si la fe es un asunto puramente subjetivo, si uno admite esa premisa, ya lo perdió todo; si la fe es un asunto puramente subjetivo, creer en el dragón morado, o que le gusten a uno las carreras de caballos, o que uno sea fascinado por la pornografía travesti, o que uno adore a Cristo en la Eucaristía, es lo mismo, es su gusto.

“A usted le encanta postrarse ante esa cosa que se llama Eucaristía, es es usted; a mí me fascina la pornografía travesti, déjeme vivir mí mi pornografía, y váyase usted a adorar su hostia”, ese es el lenguaje.

Una vez que se toma la postura de que la fe es un hecho subjetivo, entonces la sociedad se construye de espaldas a la fe, por la sencilla razón de que la fe, si es subjetiva, no puede reclamar ninguna autoridad sobre la sociedad, porque en la sociedad no todos son creyentes.

Pregunta, querido sacerdote, especialmente para mis hermanos más jóvenes en el sacerdocio: ¿Usted está preparado para ese desafío? ¿Usted está preparado? Es decir, ¿usted conoce que esta batalla se está dando ahora mismo? Es una batalla en los medios de comunicación, es una batalla por la mente de la sociedad, es una batalla por la opinión pública. ¿Usted está enterado de que existe esta batalla, querido padre? ¿Usted se está preparando para afrontar lo que eso quiere decir dentro de la pastoral, dentro de la predicación, dentro de la celebración de los sacramentos?

Colombia está viviendo un proceso de transformación que podemos llamarlo acelerado, está sucediendo ante nuestros ojos, una de las manifestaciones principales, y es gravísima, sucedió hace treinta años en Irlanda, está sucediendo ahora en Colombia: es gravísimo que crezca, a la velocidad que está creciendo, el número de parejas que no se casan, eso es gravísimo, gravísimo.

Porque las parejas que no se casan no le ven sentido a bautizar sus hijos, no le ven sentido a la Misa del domingo donde nunca podrán comulgar, no le ven sentido a una preparación para sus hijos y, además, los hijos, aunque se bauticen y aunque reciban la Primera Comunión, ven los remanentes de la fe como se ve un fósil, es decir, algo que no tiene significado en la vida.

Eso es gravísimo, porque quiere decir que la siguiente generación, una generación que personas como yo la miraremos prácticamente al final de nuestros días, la siguiente generación ya no se tomará el trabajo de bautizar a los hijos. Y eso significa que esa siguiente generación sólo mirará a la Iglesia como una institución extraña, una institución alienígena, y una institución que es leída únicamente desde los privilegios que quiere tener, esa es exactamente la mirada que se produce en un país como Irlanda.

Yo llegué a Irlanda en el año dos mil tres, ya este proceso estaba caminando y caminando con fuerza allá. Los papás no se casan, todavía bautizan a los hijos, esos hijos bautizados no son evangelizados, no son catequizados. Esos hijos crecen, saben mucho de sexo, muy poco de amor; saben mucho de placer, muy poco de fidelidad; saben mucho de comprar, de vender, de disfrutar, saben muy poco de entregarse, saben nada de abnegación, saben nada de ceder y de ofrecer la vida. La tercera generación, después de eso, solamente sabe de drogas, de pandillas o, si superan esos vicios, pues son adictos a su propio prestigio, a su propia ganancia, es lo único que les interesa.

Lo que le quiero decir, querido padre, para que se alarme, o sea, yo estoy pidiéndole al Espíritu Santo que usted salga de esta reflexión alarmado, preocupado. Sobre todo, si usted es joven sacerdote, por una parte, preocúpese, y por otra parte, piense que sobre todo usted va a tener esa oportunidad de hacer algo. Dese cuenta de lo que va a suceder ahí.

Lo que estoy tratando de decir es que en dos generaciones, dos, se pierde la fe de un país. A mí me mostraron una foto, allá en el convento en donde yo vivía, en Dublín, me mostraron una foto, una de las avenidas principales es la avenida O´Connell, entonces me muestran en esa avenida O´Connell una procesión, claramente una procesión de la Iglesia.

Y yo vi que venía comenté un colegio, entonces yo le comenté al padre que me mostraba esas fotos de archivo histórico, le dije: “-¿Y este qué colegio era?” Y me dijo: “-No, este no era un colegio, ese grupo de niños que usted ve ahí eran los acólitos de esta parroquia”, parecía un salón de clase, ¡los acólitos de esa parroquia! Ocho y diez acólitos por Eucaristía, seis o siete Eucaristías el domingo, eso da cincuenta muchachos, esos eran los acólitos que había.

Y llegar yo a esa misma iglesia, y ver que en todas las Misas que yo estuve, nunca se llenó la mitad de la iglesia, nunca. Para ver la iglesia llena había que celebrar la Misa en polaco; los inmigrantes polacos, ellos sí llenaban la iglesia; los irlandeses, estando en su país, no la llenaban.

Había días en que la colonia hispana, -yo atendía a nuestros hermanos de lengua española allá-, había días en que la Misa en español, Misa de inmigrantes de lengua española, tenía tanta gente como la Misa mayor en inglés, lengua propia del país, por supuesto. ¿En cuánto tiempo pasó esa transformación? En dos generaciones.

¿Usted está preparado para detener eso? O sea, ¿usted, querido padre, usted siente una responsabilidad y al mismo tiempo una alegría? ¿Usted siente celo, padre, celo por la causa de Dios? ¿A usted le duele que una cosa así pase? ¿O usted es el funcionario semidistraído que dice: “Bueno, parece que toca cancelar otra Misa porque está viniendo muy poquita gente. Cancelemos por ahora una, y en tres meses cancelamos la otra, y en un año cancelamos la otra, y el último, por favor, apaga la luz”? Porque hay esa actitud también.

O hay la actitud de encerrarse en un pequeño núcleo, el núcleo de nuestros entusiastas, el núcleo de nuestros fanáticos. En mi comunidad no sé desde cuándo se acostumbra la expresión “filoteas”, las "filoteas" son las devotas, son las personas que están ahí. Casi todo sacerdote bueno, regular o malo, tiene su grupo de fans, tiene sus entusiastas.

Entonces uno tiene ahí su grupito, y esa es otra tentación, encerrase en el grupito de los fervorosos.

Mire, con todo el amor que yo le tengo al Camino Neocatecumenal, para mí ese es un peligro con el camino Neocatecumenal, -no sé si se ríen del amor que tengo o si se ríen de otra cosa-, pero yo les digo que para mí ese es un peligro, es decir, usted puede llegar a sentirse tan supremamente a gusto en su comunidad, que se le olvide que su comunidad es el cero, punto, cero, cero tres por ciento.

A usted se le puede olvidar que hay mucha gente que no oye jamás la noticia y a la que probablemente habrá que llegar de otra manera. Y lo que digo de neocatecúmenos, lo digo de los demás grupos. Usted tiene su grupo de consagradas, tiene su grupo de adoradores del Santísimo, tiene su grupo de carismáticos, tiene su grupo de cursillistas, y existe el peligro de que el sacerdote se acostumbre a estar a gusto con unos cuantos, a veces incluso ni por razones religiosas, sino por razones de parentesco, o por razones de clase social.

La gente a veces se queja de eso, de que el sacerdote sólo anda con la gente de cierta clase, que son los que tienen las mejores invitaciones, distinto que lo inviten a uno a cualquier comidita triste, a que lo lleven por allá uno de esos restaurantes, que también los hay.

Ahí está planteado el problema. ¿Y de dónde arranca todo? ¿Cuál fue la raíz? ¿Por dónde empezamos? La fe no es un hecho subjetivo. Como esa es la raíz, entonces ahí tiene que estar también la respuesta.

Recordemos una de las anteriores predicaciones donde hablábamos de los requisitos, los requisitos para descubrir la fe. Y decíamos que dentro de esos requisitos está el reconocimiento del pecado.

El sector de población para el cual la fe va a ser significativo corresponde exactamente con el sector de población que tiene conciencia de necesidad de redención, es decir, tiene que corresponder con el sector de población que conoce, que reconoce la verdad de pecado.

Sin la conciencia del pecado no se llega a la conciencia de la gracia, ya habíamos citado esa frase de Juan Pablo II. Sin la conciencia de la gracia no es posible el ámbito de la fe.

Esas tres expresiones o conceptos van juntos: conciencia del pecado, apertura de la fe, experiencia de la gracia, esas tres van juntas, lo cual quiere decir que nuestro ministerio tiene que moverse en ese triple ámbito. Para ser misioneros, -porque somos discípulos y misioneros-, necesitamos trabajar en ese triple ámbito: conciencia del pecado, apertura de la fe, experiencia de la gracia, esos tres los necesitamos.

¿Y cómo cambia el ministerio, por ejemplo de un sacerdote, cuando toma en serio esta identificación o esta realidad de la que venimos hablando? Pues el sacerdote necesita descubrir aquellas fracturas o fisuras en donde el pecado se hace patente, donde se hace evidente. Vamos a ver si logro explicarme, con la ayuda del Señor, porque esto es fundamental. Tiene que ver con la manera de evangelizar y tiene que ver con la manera de vivir la fe, no como hecho puramente subjetivo, sino como hecho que impacta la realidad social y cultural.

¿Cómo trabaja uno la conciencia de pecado? Pues el pecado arruina la vida, eso significa que el sacerdote, según el modelo del buen samaritano, es ante todo la mano extendida para las vidas rotas, para aquellas vidas que tienen la experiencia amarga de sus fracturas interiores.

Observemos el ministerio de Jesús: ¿Por qué Jesús no va a allá a la casa de Anás, y le dice: “Siéntese usted allá y yo acá, y vamos a aclarar este asunto”? ¿Por qué Jesús no pretende, o parece que no pretendiera, enfrentar con argumentos, o tratar de persuadir a esas personas, concretamente a los saduceos, a los herodianos? ¿Por qué la palabra de Cristo, aunque denuncia el mal, o la hipocresía, o la altanería de estas personas, por qué no sale como a buscarlos, como a perseguirlos? ¿Por qué no les ruega? ¿A quiénes se dirige finalmente Jesús? ¿Quiénes son los que lo rodean?

Lo que encontramos en el Evangelio es que el Señor está continuamente rodeado de aquellos que han sido heridos por el pecado, y desde esa experiencia, desde la experiencia de cómo el pecado ha arruinado sus vidas, estas personas tienen la capacidad de desconfiar de su propio plan, de su propia pretensión, de su propio proyecto.

Jesús está increíblemente atento a esa clase de personas, las personas a las que les está fracasando su proyecto, se llaman por ejemplo los publicanos y las prostitutas, se llaman por ejemplo los niños, se llaman las mujeres, se llaman los pobres, se llaman los leprosos y los enfermos. Esas son las personas que Él menciona en las Bienaventuranza, esas son las personas despreciadas por la sociedad, pero son también las personas, -y esto es lo más importante-, que en su fuero interno y en su convicción interna están rotos, pero por las fracturas de su alma entra una luz, y esa luz es: “Quizás Dios puede hacer algo conmigo”.

Como quien dice, mi querido padre, todo está en identificar cuál es la persona que está a punto de abrirse a la gracia, a punto de abrirse a una experiencia de amor que redime.

En el capítulo cuarto del evangelio según San Juan, Jesús dice una frase misteriosa: “Levanten sus ojos y vean que los campos ya están maduros para la cosecha, ¿no dicen ustedes que faltan tres meses para la cosecha? Nada, levanten sus ojos y ven que los campos ya están maduros parta la cosecha” San Juan 4,35. ¿A qué se refiere Jesús? Parece referirse a aquellas personas que están a punto de, y ese nicho poblacional, que ese es el término que utilizan en el marketing, ese nicho poblacional es la esperanza de la Iglesia.

Aquellas personas que están experimentando que su proyecto de vida se desarma, se desarticula, se rompe, aquellas personas que están experimentando necesidad, interrogantes, búsquedas, aquellas personas que han sido trituradas por una o más experiencias duras y que, por consiguiente, no están endurecidas en su orgullo, esas son las personas en las cuales la conciencia de pecado no es simplemente un dedo acusador, sino que la conciencia de pecado es una puerta que se abre para una conversión, para un cambio.

Ver, estar atentos. ¿Cuál es el momento para hablarle a una persona? Pues, ¿cuál es el momento para ofrecer un alimento? ¿Cuándo tiene sentido ofrecer un alimento? Cuando la gente tiene hambre.

Entonces el sacerdote, al que ya hemos comparado en otro momento con el mesero, no con el cocinero, el sacerdote tiene que tener una visión sapiencial para ver cuál es el segmento de la población que en ese momento tiene hambre y está lista para recibir la Palabra. Detectar el hambre, detectar la posibilidad.

A ver, demos ejemplos, quizás así se entiende mejor. Imagínese usted la persona que tiene éxito en muchos aspectos de su vida, ha ganado mucho dinero, tiene mucho prestigio, pero de repente su hogar parece destruirse, quizás por un adulterio o por alguna otra causa.

Esa persona siente que lo más valioso de su vida está a punto de desarmarse, esa persona siente que todo su talento, que toda su inteligencia, que toda su prepotencia es inútil; tiene una gran necesidad, no se apoya en sí misma y está buscando, listo, esas son las tres características, ese es el nicho poblacional: una gran necesidad, no se apoya en sí mismo, está buscando. Esa es la persona para contarle el kerigma, para hablarle del daño que causa el pecado y para contarle que el amor de Dios le quiere visitar.

La respuesta a la secularización rampante y a la laicización, en parte es un asunto de argumentos a muy alto nivel, en parte es un asunto de argumentos antropológicos, filosóficos, teológicos, pero bajando al campo de batalla, yendo a lo concreto, la respuesta al reto de la secularización es la nueva evangelización.

Y la característica principal de la nueva evangelización, como respuesta a esta laicización, a este secularismo descarado, la gran característica de la nueva evangelización es la capacidad de identificar los corazones que tienen tres notas, tres características, que son las que hemos dicho: una persona que está en una gran necesidad, una persona que no se apoya en sí misma, que siente que su solución no es, y una persona que está buscando.

Si la persona no tiene una gran necesidad, si la persona se siente perfectamente estable y segura en lo suyo, esa no se abre, esa siente que la Iglesia únicamente le va a quitar derechos y le va a quitar posibilidades.

Yo no sé si alguna vez, -seguro que sí-, usted ha hablado, por ejemplo, con uno de esos muchachos que están en la universidad. La vida le sonríe por los cuatro costados, tienen juventud, tiene salud, tienen plata, tiene novia, tiene amigos, tiene diversión, tienen apoyo en la familia, tiene una buena carrera, tienen vacaciones en Miami, uno de esos que se siente seguro en todo.

Esa persona, cuando ve aproximarse al hombre del cuellito, o sea usted, cuando ve aproximarse al sacerdote, ¿qué siente? “Este cura viene a robarse la alegría de mi vida; ahora, según este cura, no me puedo acostar con la novia; ahora, según este cura, es problema todo lo que yo hago”. Esa persona solo mira a la Iglesia como una amenaza de su libertinaje y de su autonomía mal entendida, a esa persona le falta la primera característica: la necesidad.

Y como no ha experimentado su propia necesidad, el tiempo que se invierte tratando de convencer a esa persona, casi me atrevo yo a decir que es tiempo perdido, porque esa persona está metida en su seguridad, a esa persona el sistema le funciona, y la característica que antes mencioné de Cristo en el Evangelio es: Cristo no se mete con la gente a la que el sistema le funciona.

¿Cómo se llama en los Evangelios la gente a la que el sistema le funciona? Cristo los llama los ricos. ¿Usted se acuerda de ese pasaje donde Jesús dice, en San Lucas: “Te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has rebelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido bien”? San Lucas 10,21.

¿Eso qué quiere decir? ¿Quiere decir que Cristo está declarando a la gente sencilla como la única que se salvan y entonces los otros, los estudiados, y los poderosos, y los ricos, todos se condenan? Pues en cuanto ricos no tienen esperanza de salvación, en cuanto ricos no la tienen; tienen esperanza de salvación, si llegan a encontrar una pobreza, si llegan a encontrar su pobreza.

Cuando esa persona que tiene cincuenta mil millones de pesos, tiene un hijo muriéndose de cáncer, y siente que ninguno de sus cincuenta mil millones le va a ayudar a ese hijo, en ese momento se descubre pobre. Cuando esa persona que tiene poder para gobernar industrias y multinacionales, como le pasó a este señor Aristóteles Onasis; cuando una persona tiene poder para manejar cincuenta empresas gigantes, pero sufre de miastenia grave, y no tiene poder para mantener abiertos los párpados porque se le caen, esa persona descubre su miseria.

Cuando una persona puede conquistar porque es supremamente apuesto, y puede conquistar cuanta mujer le pongan por delante, pero no puede conquistar sus horas de soledad, entonces descubre su propia miseria. Cuando una persona cree que tiene todos los amigos del mundo, pero de pronto se siente solo en medio de la multitud, descubre su pobreza.

Entonces el ingrediente de la necesidad es fundamental: solo aquel que se descubre necesitado, descubre para qué sirve el alimento. Tome usted a un niño, replételo, llénelo, cólmelo de dulces, golosinas y helados, y luego mire la cara que hace cuando usted le presenta, por ejemplo el almuerzo: no quiere, no quiere porque está saciado. “¡Ay, de vosotros los ricos porque ya recibisteis vuestra paga!” San Lucas 6,24.

El Evangelio solo funciona cuando el ser humano descubre su necesidad, y el sacerdote de la nueva evangelización tiene que tener un ojo pero clínico, clínico, para ver cuáles son las personas, cuáles son aquellos que están llegando a ese umbral de su necesidad.

La nueva evangelización se construye, como la primera evangelización a partir de la necesidad. Mientras el ser humano esté encasillado, mientras el ser humano esté encerrado en su certeza y su certeza puede ser la plata que tiene, todo lo que ha estudiado, los apellidos que maneja; mientras la persona esté encerrada en su certeza, esa persona es impermeable, esa persona no va a recibir, para esa persona la Iglesia es una institución que lo amenaza, porque le quita su posibilidad de deleite, su posibilidad de declararse emperador de su pequeño mundo.

Una persona que tenga una gran necesidad, una persona que reconoce su propia impotencia, y una persona que está buscando apoyo, que está buscando ayuda. Cuando se dan esos tres elementos, entonces se da "encuentro", la palabra que le fascina al Papa Benedicto.

Cuando una persona está percibiendo su necesidad es pobre, no importa cuántos millones tengas en el banco, es pobre. Entonces cuando Jesús dice que es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico se salve” San Mateo 19,24, lo que está diciendo es que los ricos no se salvan.

¿Cómo así? En cuanto rico no se salva, se salvará si encuentra su pobreza, se salvará si encuentra su necesidad, no es un problema de en cuánto esté la cuenta bancaria, es un problema de si la persona llega a descubrir su necesidad, pero la necesidad que lo renueve, la necesidad, la necesidad que lo sacude, la necesidad que lo confunde, la necesidad que lo humilla.

Un sacerdote de la nueva evangelización, escúchenme sobre todo los jóvenes, un sacerdote de la nueva evangelización es una persona que tiene un tremendo olfato para detectar esa necesidad del prójimo, y para saber estar ahí, en ese momento.

Suponga usted que el director de un diario muy prestigioso de Bucaramanga, una persona que tiene miles de millones en su cuenta, que se considera supremamente listo, inteligente, lo tiene todo, más bien arrogante, tendencia laicista, o de esos viejos liberales, en el sentido que tenía la palabra liberal antes y un poco ahora.

Imagínese que uno de esos, así, distantes con la Iglesia, burlón con la Iglesia, separado de la Iglesia, imagínese que uno de esos llega a pasar por una de estas necesidades, imagínese que uno de esos, por ejemplo, pasa por un secuestro, y la primera persona que está ahí, apoyando, ayudando, aconsejando, orando, es el sacerdote.

Imagínese que ese sacerdote acompaña todo ese proceso, imagínese que ese sacerdote está ahí cuando se le necesita, imagínese eso. Imagínese que se recupera esa persona que estaba secuestrada, y el sacerdote es el primero que está ahí para dar gracias a Dios. Yo le aseguro que ese hombre se da cuenta que la fe tiene sentido, ¿ve?

¿Cuál es el arte del sacerdote de la nueva evangelización? Saber estar ahí, en el momento exacto, con la persona exacta, ¿y cuál es el momento exacto? El momento en el que se da una necesidad, la persona se reconoce impotente y, además, está buscando.

Y le digo una cosa, padrecito, por ahí es por donde se nos está desangrando el rebaño hacia las sectas. Porque resulta que el sacerdote no aparece, porque esa era su noche de socialización, el sacerdote no apareció, nunca llegó el sacerdote, y en cambio una tía evangélica llevó al pastor.

Y el pastor llega allá y se postra, y durante media hora recita todos los salmos que se sabe de memoria, y está ahí, aconseja, y luego le deja unos pasajes bíblicos, y le habla entrañablemente y le da un abrazo de hermano, y él hace el proceso.

Y luego decimos: “¡Ay, por qué la gente se irá para las sectas! ¿Qué será lo que está pasando? Bueno, mientras tanto cancelar la otra Misa, cerremos la otra Misa, y el último que apague la luz. Ya esta gente ni se bautiza, ni se confiesa”.

Hermano, no podemos entregar las armas, no podemos rendirnos, lo que necesita la Iglesia son sacerdotes preparados para la nueva evangelización, ¿y cuál es la nueva evangelización? La nueva evangelización es ese saber estar ahí, es una evangelización que tiene un elemento persona, tiene un elemento comunitario, tiene un elemento multitudinario. Pastoral de casos concretos, pastoral de familias y comunidades, pastoral de multitudes, así es la nueva evangelización.

Usted, como sacerdote, ¿cómo maneja esa pastoral de personas? Hermanito, por favor, en esa oración personal, ruéguele al Espíritu Santo que le dé a usted el olfato, que le dé a usted la mirada despierta para saber llegar a esos casos, al que está sufriendo, en el momento en el que está sufriendo, y en el momento en el que se abre a la gracia, y en el momento en el que está buscando.

¿Por qué están floreciendo tantas escuelas de meditación trascendental, budismo zen, yoga, no sé cuántas cosas, reiki? Usted como sacerdote no me responda a mí, respóndale a Jesús, ¿usted no siente un interrogante cuando se multiplican ese tipo de cosas en el espacio de su parroquia?

Fíjate que hablamos de necesidades, conciencia de la propia impotencia, “yo esto no lo resuelvo solo”, y búsquedas. ¿Cuáles son las necesidades y cuáles son las búsquedas a las que no estamos respondiendo?

Muy bonito criticar que la gente está toda dedicada a su yoga, y a su reiki, y a su feng- shui, y a su ping-pong, pero dice uno: Y usted, querido padre, antes de que esas personas se fueran a buscar esos métodos de trascendencia, ommm, antes de que ellos se fueran allá a hacer su ommm, ¿usted qué? ¿Usted cuáles caminos de oración profunda, cristiana, centrada ofreció?

Lo que le quiero decir, padre, es que si usted no responde a una necesidad y a una búsqueda profunda de las personas, donde reconozcan su propia impotencia, usted está sirviendo en bandeja de plata a esas personas a todo tipo de secta, grupo, esoterismo, secularización y lo que sea.

Bueno, me parece que con la ayuda del Señor vamos llegando a unas respuestas. La gran respuesta a la secularización acelerada es sacerdotes atentos a las necesidades y las búsquedas existenciales de las personas.

El sacerdote atento a las necesidades y a las búsquedas existenciales profundas de los fieles, es el sacerdote que está listo ahí, en el momento en el que se va a abrir la puerta, en el momento en el que la persona está a punto de abrirse a la gracia, ahí está el sacerdote, esa es la pastoral de personas, hay pastoral de comunidades, hay pastoral de multitudes.

Luego comentaremos, si el tiempo lo permite, en otra enseñanza comentaremos un poco sobre esto de comunidades y multitudes.

Fíjate que la fe ya no es un asunto subjetivo. En el momento en el que yo le demuestro existencialmente a la otra persona que la fe enriquece, embellece, sana, construye, levanta, reconcilia, la fe ya no es subjetiva.

Es decir, la gran demostración hay que darla no tanto en términos de muchas palabras, de muchas teorías o de mucha academia, yo no desprecio lo académico, de hecho, la Comunidad en el encargo este de dar clases y todo eso, no, yo amo la academia, yo amo el mundo intelectual.

Pero en términos de ministerio, la respuesta a la secularización, ya que la secularización quiere encerrar la fe en el ámbito de lo puramente privado, ¿la respuesta a la secularización cuál es? “Mire, le voy a demostrar que la fe no es un asunto que esté solo dentro de mí, probémoslo en su vida y verá que sí sirve”.

Es decir, la respuesta tiene que ser existencial, se demuestra en la existencia, y la Iglesia lo demuestra en la existencia con la metodología del Buen Samaritano, la Iglesia lo demuestra en la existencia porque ése, que ha sido levantado, que ha recibido vino y bálsamo en sus heridas, que ha sido cuidado y abrazado, levantado y protegido, ése ya no podrá decir que la fe es un asunto puramente subjetivo, porque ya lo ha experimentado.

“En el nombre de Jesús, levántate y anda” Hechos de los Apóstoles 3,6, le dijo Pedro a aquel hombre de la puerta llamada Hermosa; ya yo no puedo decir que el nombre de Jesús es un invento en la cabeza de Pedro.

Después de que mis rodillas se sanaron, después de que mis tobillos se sanaron y pude dar un brinco y entré bailando en el templo, ya yo no voy a decir que la fe es un asunto subjetivo, ¿no ve que me funcionó a mí? ¿No ve que le ha funcionado a este, a este y a este?

La gran respuesta a la secularización rampante es la experiencia personalizada de la fe, a partir de las necesidades de la gente que usted tiene. ¿Qué se necesita para el sacerdote de la nueva evangelización? Se necesita que sea, por supuesto, un hombre de fe, que sea un hombre con celo por la causa y por la casa de Dios, y que sea un hombre de una mirada penetrante, para ver dónde están las necesidades.

Todas esas muchachitas exhibicionistas que usted tiene en su parroquia, una cantidad de muchachitas exhibicionistas, que uno dice: “¿De estas cuántas resultarán abortando en un año, dos años o tres años, porque no hacen sino mostrarse y ofrecerse?”

Usted puede quedarse simplemente mirándolas como personas procaces, como personas procaces, o como tentaciones, o usted también puede hacerse una pregunta: “¿Cuál es la necesidad desea persona a la que no estamos respondiendo?”

Resulta que esa muchachita, tan mal vestida, tan exhibicionista, o como dicen algunas señoras en Bogotá, tan buscona, esa muchachita tan buscona, tan exhibicionista, ¿qué necesidad tiene? Y entonces descubro que viene de un hogar en donde no hay amor, en donde no hay compañía, en donde no hay escucha.

Y me doy cuenta que ella, a través de ese lenguaje de su cuerpo, y a través de ese exhibicionismo, no está pidiendo tanto sexo, que será lo que el mundo le va a dar, ella está pidiendo atención, está pidiendo afecto, está pidiendo apoyo.

¿Y qué tal que entonces yo le dé un vuelco a ese grupo juvenil, que ya no servía para nada en la parroquia, ese grupo juvenil que era únicamente para tomar gaseosa y para hablar del prójimo y para no sé qué más.

¿Por qué no le doy un vuelco a ese grupo juvenil para que sea el momento en el que esas personas puedan abrir su corazón desde sus necesidades y puedan sobre todo encontrarse con Jesús?

¿Sí ve lo que es una mirada sacerdotal? La mirada sacerdotal es encontrar cuál es la necesidad que hay detrás de toda mala cara, detrás de todo pecado, detrás de todo exceso. Este hombre con toda su petulancia, esta mujer con su ceño fruncido, esta muchachita exhibicionista, este adolescente altanero, ¿qué me dicen a mí sobre sus necesidades profundas? ¿Estarán maduros, estarán listos, estarán a punto de abrirse para recibir el mensaje de salvación?

Esa es la mirada que necesitamos para el sacerdote joven. El sacerdote que simplemente a la mujer esta, la señora esa, la del ceño fruncido, que no anda sino haciendo mala cara, y dice: “¡Ay, vieja odiosa, pero así serán todas!”, ese sacerdote no está ejerciendo su sacerdocio.

Hermano, vaya más allá de ese ceño fruncido, vaya más allá de ese mal genio, vaya más allá de ese equipo de sonido de ciento veinte decibeles que pone el adolescente, vaya más allá del exhibicionismo de la otra, vaya más allá, descubra usted necesidades, y descubra a cuáles necesidades no se está respondiendo, y descubra cómo puede usted ofreceré Evangelio a esa persona.

Si esa persona llega a encontrarse con Jesús, esa persona se convierte en un apóstol en su parroquia.

Antes he mencionado el caso de la samaritana, fíjese ya cuántos maridos llevaba esta mujer, pero cuando se encuentra con Cristo, y cuando su vida se transforma por Cristo, se convierte en vocera del Evangelio y se convierte en la más entusiasta proclamadora, evangelizadora: “Encontré un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho, ¿no será el Mesías? Vayan a verlo” San Juan 4,29.

Lo mismo le va a pasar a usted, padre. Si usted llega al corazón de uno de esos adolescentes altaneros y ruidosos, si usted llega al corazón de uno de esos viejos malacarosos, desconfiados, viejo verde, que lleva también su propia necesidad, si usted lograra llegar a ese corazón, si usted llega a cautivar ese corazón para Jesús, ese que era un viejo verde, se convierte en su gran aliado, en su gran apóstol.

Y esa muchachita que usted estaba temiendo que un día iba a resultar llorando:” ¡Ay, padre, aborté, aborté!”, esa misma muchachita se va a convertir en la gran aliada, se va a convertir en su asociada número uno en la evangelización seguramente de otros jóvenes. Eso se llama mirada sacerdotal, esa es una mirada que descubre la necesidad.

Termino con la clave: necesidad, no se apoya en sí mismo, está en búsqueda.

Que la mirada que Cristo le regale a usted, sea una mirada que detecta ese esquema, para llegar a esas personas, para conquistarlas para el Señor. Le puedo asegurar que cada persona que hace ese descubrimiento se da cuenta que la fe no es un asunto subjetivo: la fe es una realidad que se cumple en las vidas.

Luego comentaremos la dimensión comunitaria que esto tiene, pero por ahora que nos quede clara esa base y, sobre todo, que busquemos esa mirada sacerdotal.

La lectura recomendada va a ser el capítulo cuarto de la Carta a los Romanos, donde se describe todo ese proceso del encuentro con la fe y con la gracia.