La fe del sacerdote, 5 de 7, Predicación

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Hermanos:

Yo creo que puede ser oportuno recordar un poco lo que tenemos en el Nuevo Testamento de los escritos de San Pablo, puesto que él está siendo nuestra guía en estas reflexiones sobre la fe en nosotros los sacerdotes.

¿Cómo agrupar los escritos de San Pablo? Seguramente quienes son docentes aquí en el seminario, y en especial, por supuesto, los profesores de Biblia, van a encontrar demasiado simples las consideraciones siguientes. Por favor, los profesores tengan un poco de paciencia, porque a todos nos sirve ubicarnos un poco más en el conjunto de los escritos de Pablo.

Lo que tenemos en primer lugar son los dos escritos a la comunidad de Tesalónica, muchos estudiosos creen que esos fueron los primeros que escribió el Apóstol. La Primera Carta a los Tesalonicenses tiene todo el entusiasmo de esa primera generación de cristianos que presentían muy próximo el retorno del Señor.

Pero luego la Segunda Carta viene a ser mucho más moderada, queriendo disipar algunas exageraciones y fanatismos que ya se daban en ese momento, porque ya había gente que decía: “Si todo se va a acabar, entonces ni siquiera vale la pena trabajar por un mañana”.

En la Segunda Carta a los Tesalonicenses es donde está esa famosa expresión. “El que no trabaja, entonces que tampoco coma” 2 Tesalonicenses 3,10.

Bueno, después podemos considerar, así, siguiendo un orden más o menos cronológico, podemos considerar las dos cartas a los corintios. Pero resulta que, según el parecer de muchos, esas, que nosotros llamamos Primera Corintios y Segunda Corintios, son partes de un conjunto de correspondencia que es mucho más amplio.

Por ejemplo, si ustedes miran el comentario de la Biblia de Jerusalén, se habla de probablemente un total de cuatro cartas que Pablo escribió a esta comunidad, de esas cuatro cartas quedaron suficientes fragmentos y textos coherentes para lo que nosotros llamamos la Primera y la Segunda Corintios.

Hay muchas cosas interesantes en esas dos cartas. Recordemos que Pablo llega a Corinto después de su fracaso apostólico, y no me da miedo utilizar esa palabra, de su fracaso en la ciudad de Atenas. Hechos de los Apóstoles, capítulo diecisiete cuenta el magnífico discurso que Pablo pronuncia en Atenas, ese discurso que ha sido considerado desde siempre un modelo de oratoria.

Es le discurso que comienza más o menos con estas palabras: “Atenienses, veo que sois casi nimios en lo que toca a religión, pues recorriendo vuestras calles he encontrado un monumento al dios desconocido. Pues bien, a ése que veneráis sin conocer, os lo vengo a anunciar” Hechos 17,22, así es como empieza el Apóstol Pablo su discurso en Atenas.

Pero esa pieza oratoria y literaria tan elegante parece que tuvo muy poca efectividad en términos de conversiones, en términos de evangelización no fue como tan eficaz.

Cuando ya Pablo vino a hablar que Jesús ha sido nombrado Juez de vivos y muertos y que Jesús ha resucitado entre los muertos, entonces ya a la gente le dio fue risa, entonces dijeron: “No, ya de eso te vamos a oír en otra oportunidad”, y muy pocos se convirtieron, apenas un hombre llamado Dionisio, una mujer llamada Dámaris y algunos otros.

Ese nombre de Dionisio es curioso, porque luego en la Edad Media aparecieron unos escritos, los escritos que hoy llamamos del “Pseudo Dionisio”, pero él, por supuesto, no firmaba “Pseudo”, sino firmaba “Dionisio”.

Entonces esos escritos, entre los cuales se encuentra sobre “La Jerarquía Celestial” y la muy famosa obra sobre “Los Nombres de Dios”, “De Divinis Nominibus”, esos dos escritos tuvieron un peso grandísimo en la Edad Media, especialmente en autores como Santo Tomás de Aquino. 

Y la razón es que Santo Tomás creía firmemente que este Dionisio, que nosotros hoy llamamos el falso Dionisio, el Pseudo Dionisio, era el mismo Dionisio de Hechos de los Apóstoles, capítulo diecisiete.

Entonces, hubo en la Edad Media la teoría de que ese Dionisio, ese discípulo escondido, ese discípulo, llamémoslo así, tan discreto de San Pablo, era una puerta al mundo místico, al mundo espiritual del Apóstol, y por eso esos escritos se valoraron muchísimo.

Obviamente, cuando ya se descubre que este Dionisio, aunque tuviera este nombre, era más bien un escritor de tendencia neoplatónica y que había vivido hacia el siglo IV probablemente, entonces ya la importancia de ese Pseudo Dionisio decreció muchísimo.

Bueno, Pablo pasó por ese fracaso en Atenas y, cuando llegó a Corinto, llegó con un anuncio nuevo del Evangelio; Pablo llegó a Corinto con una gran humildad, él mismo dice: “Mi aspecto era repugnante”.

Su aspecto físico era repugnante porque tenía alguna enfermedad que no sabemos qué era, probablemente una variedad de viruela o cosa parecida que implica ciertas erupciones en la piel. Y Pablo llega también con la humildad del que se ha decepcionado de toda esa retórica.

Ese elemento es importante porque el texto que nos va a iluminar en esta reflexión es Romanos diez, diecisiete, que es el que dice que la fe viene de la predicación, y la parte de la predicación nos interesa mucho.

Entonces Pablo en Corinto tiene que empezar una comunidad como desde cero. Yo digo que el ejemplo de Pablo es un ejemplo interesantísimo. Digamos, cuando a un sacerdote lo envían a una de estas comunidades, a una de estas misiones donde se va a abrir parroquia, y toca empezar como desde cero, eso es muy bonito pero es muy duro también y lleno de incertidumbres.

A mí me tocó un poquito de eso cuando mi Comunidad llegó a Villavicencio, porque yo pertenecí a la primera comunidad de dominicos que llegaba a esa diócesis, era diócesis en esa época, después la hicieron arquidiócesis. Pero lo nuestro es muy pequeño, lo nuestro no se compara con lo que le tocó a Pablo.

Pablo llega a Corinto y tiene que hacer prácticamente la comunidad como desde cero; y esa labor, ese parto tan doloroso tiene todo tipo de sufrimientos, porque es el caso típico de una comunidad hecha desde convertidos del paganismo.

Entonces las cartas a los corintios son doctrinalmente muy ricas y pastoralmente muy profundas, porque tienen que abordar un elenco de temas, que son los temas que se presentaban en ese momento cuando se quería hacer una comunidad a partir de paganos.

Por ejemplo, el libertinaje, la fascinación por los carismas y por los milagros, la preocupación, el miedo casi supersticioso a lo inmolado a los ídolos, el querer ser muy importantes y sobresalir pero sin amor de unos para con otros; luego las incertidumbres sobre la resurrección, que es un tema que al paganismo no le entra por ninguna parte.

Entonces, estas dos cartas a los corintios, -lo que he mencionado son temas de la Primera Corintios-, y lego la Segunda, que tiene toda esa importancia autobiográfica, porque es la que nos presenta lo que sufre un apóstol. Cuando usted esté en crisis, padre, le recomiendo Segunda Corintios.

Claro que hay muchos tipos de crisis, hay crisis que uno se las busca, como dicen, por bobo, se la buscó por bobo; pero hay crisis que son parte del sufrimiento, de tratar de hacer las cosas bien, y ver que no hay la respuesta que uno quisiera, y ver que uno como que se agota.

En ese caso sirve mucho Segunda Corintios, todo ese retrato que hace Pablo sobre lo que es un apóstol, porque él se ve obligado a defenderse ante los corintios, ¿por qué tiene que defenderse? Lo vamos a ver en un momento.

Segunda Corintios es muy útil para tener ese rostro del Apóstol, es muy útil también para ver la idea de solidaridad, lo que hoy llamamos “comunicación cristiana de bienes”, que es el término que se utiliza en nuestra Conferencia Episcopal hace mucho tiempo. La comunicación cristiana de bienes, toda las reflexiones que Pablo tiene sobre la colecta.

Bueno, esas dos cartas son claves.

Pero cuando Pablo empieza a hablar sobre lo que sufre un apóstol, ¿por qué dice eso? Él mismo dice: “Ustedes me obligan-, él se siente obligado a defender su ministerio-, ¿qué era lo que pasaba? Que así como él se movía de una a otra parte, y así como iba de una comunidad a otra, así también había otros predicadores. Y en Segunda Corintios Pablo hace sorna de esos a los que llama los súper apóstoles, ¿y quiénes eran los súper apóstoles? Eran convertidos al cristianismo, pero medio convertidos; eran principalmente judíos a los que se les había despertado un interés proselitista muy grande y que pertenecían a la iglesia de Jerusalén, donde quedó el Apóstol Santiago el Menor.

Recordar, por favor, que Santiago el Mayor fue decapitado prácticamente a los comienzos de la predicación, entonces el que quedó fue el otro Santiago, Santiago el Menor. Santiago el Menor es el que queda como cabeza de la Iglesia allá en Jerusalén; y ahí quedan también una serie de cristianos que, por supuesto, en su mayoría son de origen judío.

Usted recuerda que Jesús, en una disputa con los fariseos, les dice: “Ay de vosotros, fariseos, que recorréis mar y tierra por buscar un prosélito y después lo volvéis peor que vosotros”.

Es decir, los fariseos, eso consta ya por ese texto del Evangelio, tenían tendencia proselitista, incluso más allá de las fronteras visibles de Israel, eso es un dato muy interesante porque ni los zelotas, ni los esenios, ni los saduceos, ni los escribas mismos tenían esa tendencia, pero los fariseos sí tenían tendencia misionera.

Entonces, como los que quedaron en la iglesia de Jerusalén, ahí junto a Santiago el Menor, eran en su mayoría judíos, y varios de ellos de tendencia farisea, tenían también ese espíritu misionero. No olvidar tampoco que San Pablo venía de familia de fariseos, y él había sido fariseo toda la vida; o sea que la lógica misionera era algo que él ya tenía desde joven, porque eso estaba en los fariseos de toda la vida.

¿Qué pasa con los súper apóstoles? Que iba Pablo predicando la fe en Cristo, la realización de las promesas en Cristo, el Mesías no sé qué, y alcanzó a durar, dice Hechos de los Apóstoles, dos años alcanzó a durar en Corinto y en esa región de Grecia que se llama la región de Acaya, alcanzó a durar dos años ahí.

Y nada más salir Pablo, llegaban los otros, los otros son los que Pablo llama los súper apóstoles, y los súper apóstoles que no eran súper amigos sino súper enemigos, llegaban a allá, ¿y llegaban a qué? A decirle a la gente: “¡Qué bueno que ustedes ya han encontrado al Mesías judío, pero ustedes no están viviendo la Ley judía, espere, que es que ustedes se tiene que circuncidar”, eso es lo que Pablo llama los judaizantes.

Donde más hicieron daño los judaizantes, es decir, otros predicadores itinerantes, culturalmente fariseos, pero supuestamente convertidos al Cristianismo, donde más hicieron daño los judaizantes fue en la comunidad de Galacia. Galacia, una región al norte de la actual Turquía.

Estos súper apóstoles, allá en Galacia, mejor dicho, “volvieron cisco”, dicen por ahí, ¿no? Volvieron cisco esa comunidad, porque la gente de Galacia, que había recibido el evangelio de Pablo y que había recibido el Evangelio de Cristo finalmente, pues empezaron a considerar que lo que tenían que hacer era empezar a aprender la Ley de Moisés y a practicar la Ley de Moisés.

Cuando Pablo se entera de esa situación, realmente monta en cólera; y de todos los escritos de Pablo, el más iracundo es la Carta a los Gálatas. Usted mire todas las otras trece las cartas de Pablo y se da cuenta que él siempre por lo menos empieza con un tono cariñoso, con la comunidad con la que es más cariñosos es con los filipenses, definitivamente; pero tiene un tono muy cariñoso con la mayor parte de las comunidades.

A los gálatas, es un par de saludos que les da, y de ahí en adelante es vaciada, regaño, es una cosa muy seria. “¡Oh, insensatos gálatas!” Gálatas 3,1”, ahí es donde Pablo se explaya. Y es muy comprensible su disgusto porque él se da cuenta que su obra, la obra que Dios está haciendo a través de él, se está perdiendo, porque la gente está poniendo su confianza en la Ley, en la Ley de Moisés.

Están poniendo su confianza es en la Ley, “¿y qué pasó con toso lo que se les mostró, gálatas? ¿Qué pasó con ustedes?” Por eso en la Carta a los Gálatas Pablo insiste tan claramente en las palabras que hemos visto desde el principio, las palabras “ley” y “gracia”.

Luego Pablo, ya más sosegado, ya se le pasó un poco como esa ira, esa ira santa, entonces Pablo una vez más prepara viaje para ir a Roma. Ya en Roma había comunidad cristiana. Los especialistas discuten sobre quién dio origen a la comunidad cristiana en Roma.

Hay varias teorías: que si fue San Marcos, que es el mismo Evangelista, que si tuvo un origen más humilde, con algunos de esos viajeros judíos convertidos. El hecho es que ya había una comunidad relativamente estable en Roma. Entonces Pablo les escribe una carta, él se da cuenta que esa comunidad tiene una importancia muy grande, por su ubicación y por otros factores.

Y les escribe una carta muy larga, la más larga de todas, es la que nosotros llamamos, por supuesto, la Carta a los Romanos. Y en esa Carta a los Romanos lo que viene a decirles Pablo es: “Mire, este es el Evangelio que yo predico. Démonos cuenta, entendámonos; vea que estamos en la misma fe, vea que estamos en la misma página, estamos creyendo lo mismo”.

La Carta a los Romanos es un documento absolutamente único, porque es el lugar donde este Apóstol expone de un modo más extenso su pensamiento, podríamos decir, su teología, lo que él cree. Pero según los especialistas, -acuérdese que yo no soy especialista-, según los especialistas en estos temas bíblicos, la Carta a los Romanos se escribió inmediatamente después de la Carta a los Gálatas.

La Carta a los Romanos, aunque es una gran síntesis teológica de Pablo, no es todo San Pablo, y este es uno de los errores que comete Lutero: Lutero toma la Carta a los Romanos como si fuera el verdadero San Pablo, y luego quiere juzgar los demás escritos del Nuevo Testamento a partir de la Carta a los Romanos.

Por ejemplo, cuando Lutero hizo su traducción de la Biblia al alemán, dudó mucho si había que incluir el libro del Apocalipsis, él no le veía mucho sentido al Apocalipsis, y escribió unas palabras de mucho desprecio hacia el Apocalipsis y también hacia la Carta de Santiago.

Se me van a olvidar las palabras textuales, pero lo que dice Pablo sobre la Carta de Santiago, la que habla de que la fe sin obras está muerta, y esa frase le sonaba horrible a Lutero, porque Lutero sólo conocía era el estribillo de “Romanos y Romanos y Romanos”.

Entonces, en su breve y despectivo comentario sobre la Carta de Santiago, Lutero dice que ese es un documento que difícilmente puede clasificarse dentro del Nuevo Testamento, una cosa así. Como todos los herejes, Lutero ahí se da uno cuenta que está haciendo un canon dentro del canon, que eso fíjese que también lo hizo la Teología de la Liberación.

Cuando yo estaba estudiando mis primeros conocimientos de filosofía, de teología para recibir la ordenación, estaba muy en boga todo lo de la Teología de la Liberación, yo asistía a todos eso, claro, a uno en parte el tocaba y en parte uno quería. Yo asistía a todo eso de la Teología de la Liberación, eso era una cosa muy simpática porque ellos tenían sus autores favoritos.

Por ejemplo, si usted quiere hablar de justicia, ¿a quién escoge en el Antiguo Testamento? A Amós, eso sí, buscara Amós y dele duro a esos ricos que venden hasta el salvado del trigo, dice el otro, y dele duro a los ricos y que Dios es el Dios de los pobres.

Pero resulta que un día curioseando, yo era estudiante de filosofía, curioseando por la Biblia, mis ojos se posaron en la Primera Carta de Pedro, y la Primera Carta de Pedro dice: “Esclavos, sed dóciles a vuestros amos, no solamente a los que son de buen carácter, sino también a los que son de mal carácter ” 1 Pedro 2,18.

Y yo decía: ¿Y los de la Teología de la Liberación por qué nunca nos leen esto? ¿A? Esto es lo que se llama canon dentro del canon. Cuando uno tiene una idea y la quiere sacar adelante como sea, entonces uno busca los textos bíblicos que le convienen a uno. Ahí donde Jesús aparece así como medio altanero, esos textos nos sirven para decir que Jesús fue un revolucionario.

Bueno, ¿y qué hacemos con tantos otros textos donde Jesús aparece más bien como un místico, como un poeta, como un pastor, bondadoso pastor? Ese no le sirve a mi teología.

Lutero, para que no nos desviemos del tema, Lutero hizo su canon dentro del canon, y Lutero quiso leer toda la Biblia a partir de la Carta a los Romanos, error que han repetido muchos otros: tomar un texto y volverlo única norma. No, señor, así no es. Un buen teólogo toma los textos que le gustan, que entre comillas le “sirven”, y toma también los textos que no le gustan y que no le sirven.

Hay una cantidad de Textos que no van con el Jesús revolucionario, y uno tiene que aprender que el Jesús que salva es el Jesús completo, no el Jesús que le gusta a mis ideas revolucionarias, o que le gusta a mis ideas poéticas, o a mis ideas litúrgicas, místicas, contemplativas.

Yo tengo, como deber santísimo, buscar a Cristo, a todo Cristo, al Cristo entero; yo no puedo sacar el pedazo de Cristo que a mí me sirve, ni puedo sacar el pedazo de Biblia que a mí me sirve. Hay que entender que la Carta a los Romanos es la primera gran síntesis, pero no es la única.

Luego viene unas cartas que se llaman “de la cautividad”, entre las cuales hay que contar Efesios y Colosenses, por ejemplo, que representan otro estadio en el camino ministerial, apostólico y teológico de San Pablo, ese es otro momento.

Por ejemplo, ¿qué tiene Efesios o qué tiene Colosenses que no tenga Romano? La resonancia cósmica de la redención, eso no lo había meditado Pablo cuando escribió Romanos. En Romanos él todavía estaba obsesionado con dejar bien perfilado el corazón de lo que es la fe cristiana.

Romanos viene a ser como una extensión del mal genio, de la rabia que le dio a ese pobre hombre con lo de Gálatas. Romanos en buena parte es una prolongación de Gálatas. Efesios y Colosenses son otra cosa. Efesios y Colosenses son el misterio de Cristo en el misterio de la Iglesia.

La eclesiología de Pablo en Efesios es una hermosura: cómo se forma la Iglesia a partir del antiguo pueblo y de la gentilidad, ahí es en donde aparecen esas palabras tan hermosas del Apóstol: “Dios, en Cristo o por Cristo, ha derribado el muro de odio que separaba a judíos y gentiles” Efesios 2,14. Es un estadio superior en la reflexión de Pablo.

Pablo, en Efesios y en Colosenses, toma el misterio de Cristo, pero lo contempla en el conjunto de la vida de la Iglesia, e incluso en el conjunto del universo entero, eso es Efesios y Colosenses.

Luego vamos a encontrar la Carta a los Filipenses, que es entrañable para conocer el corazón de este Apóstol. Filipos, al norte de Macedonia, fue la primera comunidad que este hombre evangelizó, está allá en Hechos de los Apóstoles, capítulo dieciséis.

Y él llegó a allá por una revelación: “ Pablo, pasa a Macedonia y ayúdanos” Hechos 16,9, le suplicaba un hombre que se le apareció en un sueño, “pasa a Macedonia y ayúdanos” Hechos 16,9.

Y movido por esa inspiración, y sobre todo por la caridad de Cristo, Pablo dio el paso y esa fue la primera ciudad de Europa que él evangelizó, Filipos. Y en Filipos lo quisieron mucho, y Filipos fue la única comunidad que quiso asegurarle una cuenta, un dinerito, que tuviera unos fondos fijos. Los filipenses amaron mucho a Pablo y Pablo los amó mucho.

Ese documento es muy bueno como para conocer esa parte, llamémosla humana, de Pablo; y las palabras que él les dice a los filipenses no se las dice a otra comunidad.

Finalmente, tenemos las cartas pastorales que son muy importantes, tenemos las dos cartas a Timoteo y la carta a Tito.

Muchos de esos documentos son disputados: qué tanto escribió Pablo, que tanto dictó Pablo, qué tanto es interpretación sobre Pablo. En general, lo que yo he encontrado, que los especialistas sigan ahondando, pero lo que yo he encontrado es que, hoy por hoy, la sustancia de esas catorce cartas o de esos catorce documentos como venidos de Pablo, del corazón y de su predicación, parece muy cierta, parece muy fundada.

Bueno, hermanos, eso para ubicarnos en cuál es la propuesta de Pablo y cómo él va desarrollando su ministerio.

Con ese marco, miremos ahora un punto, ese punto es Romanos diez diecisiete, que es donde se encuentra la famosa frase que ya hemos mencionado, esa frase dice: “La fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo” Romanos 10,17.

El problema que tenemos con esta traducción, que es de la Biblia de Jerusalén, primera edición, es que, si no me falla la memoria, cuando dice: “la predicación por la palabra de Cristo” Romanos 10, 17, ese “por” es traducción de la preposición griega “diá”.

Y entonces ese diá se puede traducir como por, pero también puede significar en este contexto a qué se refiere la predicación. Por eso hay otras Biblias que traducen más o menos de esta manera: “La fe viene de la predicación, y la predicación consiste en hablar de Cristo”, parece que ese es como el mensaje que se quiere decir ahí.

“La predicación consiste en la palabra de Cristo”. Es decir, lo que hay en la predicación, lo que se saca a través de la predicación es la palabra de Cristo o el mensaje sobre Cristo.

Bueno, ahí hay dos partes que son las que vamos a comentar inmediatamente. Primera parte, la fe bien de la predicación. Alguno de ustedes, queridos hermanos, se acercaba después de una de esta reflexiones y preguntaba: “Todo está en la experiencia de fe, todo está en la experiencia de Dios, ¿pero eso cómo puede llegar?” La respuesta que nos da Pablo es: “A través de la predicación” Romanos 10,17.

Pero hay que entender que la predicación tiene múltiples vertientes y tiene una gran riqueza hoy en la Iglesia. Por ejemplo, cuando el Camino Neocatecumenal va a una parroquia y dice: “Vamos a ofrecer unas catequesis”, ¿esas catequesis qué son? Predicación, es presentar la sustancia del mensaje cristiano, que no es tan difícil de resumir, ya lo hemos hecho aquí.

Hay un Creador, un único Creador, y todo de sus manos salió bien y bueno. El pecado destruye la armonía de la creación y destruye y consume al ser humano por dentro. Hay esperanza para el pecador si se arrepiente y si se abre a la oferta de amor que Papá Dios le da en Cristo. Y cuarto: el que se abre a ese mensaje de Cristo, y recibe el don del Espíritu, se integra en la comunidad de creyentes.

Resumir el kerigma no es tan difícil. Y lo que hay hoy en la Iglesia son distintas maneras de presentar ese kerigma. Por eso cité los neocatecúmenos, ellos, a través de sus catequesis, van a decirle eso a la gente, con textos bíblicos, con testimonios, de una manera concreta, aplicada a la realidad de la gente a la que le hablan, ellos van a plantear eso.

Un buen seminario de vida en el espíritu, que es la terminología que utiliza la Renovación Carismática, es la misma idea, ¿cómo empieza el Seminario de Vida en el Espíritu? Usualmente empieza con las charlas sobre los falsos rostros de Dios: quizás usted tiene la idea de un Dios cómplice, o tiene la idea del Dios bombero, o tiene la idea del Dios castigador.

Y a lo largo de las distintas predicaciones del Seminario de Vida en el Espíritu, ¿qué es lo que le van a decir? Quién es Cristo, qué es convertirse, qué quiere decir el don del Espíritu Santo, qué significa ser parte de una comunidad, ábrase entonces usted a esa acción del Espíritu, abra su corazón, hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón” Samo 94,7-8; Hebreos 3,15, es predicación. ¿Entonces qué hace la Renovación Carismática? Eso mismo.

¿Qué hace, por ejemplo, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad? La misma operación, sólo que no lo ofrecen en catequesis semanales, como es el estilo frecuente en los neocatecúmenos, sino que se llevan a la gente para un lugar donde puedan desconectarse un poco, donde puedan dejar un poco el ruido a un lado y donde puedan disponerse mejor para recibir el impacto de la Palabra.

El fundador de los Cursillos de Cristiandad hablaba de los rollos, esa palabra que en principio es despectiva en España, ¿un rollo qué es? Pues es un discurso largo, entonces él decía: “Pues yo tengo unos rollos, a ustedes le pueden parecer aburridos, pero yo tengo unos rollos”.

¿Y los rollos qué son? Era un modo de quitarse esa burla de encima y de avisarle a la gente: “Aquí lo que va a haber es predicación”, y entonces hace una predicación, ¿cada rollo qué es? Una predicación, ¿predicación para decirle a la gente qué? Que Dios nos ama, que arrepentirnos del pecado tiene mucho sentido, que volver hacia Dios es encontrar otro modo de ver la vida.

Entonces los cursillistas hablan de la vida de colores, esa es la expresión que ellos utilizan, y tiene su canción que dice que “de colores”, y bueno, la vida se volvió de colores porque yo antes veía la vida en blanco negro, ahora ya veo la vida de colores, ya veo la vida de otra manera.

Los Retiros Ignacianos, cuando se dan bien, sobretodo, ¿los Retiros Ignacianos qué son? Una oportunidad de oír predicación, de oír la voz de Dios para que resuene.

Esto que estamos haciendo, los retiros espirituales, aunque no son exactamente kerigmáticos, son el mismo ejercicio, hay que oír, “la fe viene de la predicación” Romanos 10,17.

¿Con esto qué estoy subrayando? Estoy subrayando que la predicación tiene un lugar importantísimo en la Iglesia, y estoy subrayando que predicación no es únicamente la homilía; a veces creemos que el único espacio para predicar es la homilía.

Yo me atrevo a decir esto, que quizás alguno esté en desacuerdo, eso es lícito, yo me atrevo a decir esto: el sacerdote que tiene como única predicación la homilía, creo que le falta desarrollar una buena parte de su ministerio.

Porque fíjese usted que una catequesis, catequesis sacramental, ¿qué es? Predicación. Si usted mira en cuántas oportunidades la gente está atenta a lo que usted va a decir, padre, pues yo creo que este texto de San Pablo tiene que despertarnos.

Cuando invitan a un sacerdote a una actividad, siempre lo ponen a hablar, ¿verdadero o falso? Unos siempre tiene que hablar, porque tiene que celebrar la Santa Misa, o porque tiene, o porque tiene que hacer una bendición, o simplemente: “Padre, párese ahí, dele un saludo…”

Mire, si hay gente en esta tierra que tiene oportunidad de ser escuchada, somos nosotros. Mire, me hablan de mucho más de cien, yo creo que son ciento cincuenta, ciento sesenta, ¿cuántos sacerdotes en la arquidiócesis? Del orden de ciento ochenta, calcule usted ciento ochenta y multiplique por el número de personas a las que usted tiene oportunidad de hablarles cada semana, yo creo que es difícil encontrar un sacerdote que no tenga a lo largo de la semana mil o más personas, y hay unos que tiene mucha más gente.

Pues la multiplicación es muy sencilla: aquí por lo menos ciento ochenta por mil me da ciento ochenta mil, eso significa que si la arquidiócesis de Bucaramanga toma en serio aquello que nos dijeron los Obispos en Aparecida, es decir, si nos declaramos en estado de misión, -que eso se vuelve a veces sólo como un slogan-, pero si verdad vivimos en estad de misión, si verdad nos volvemos nosotros en primer lugar discípulos y misioneros, usted calcule lo que es impactar ciento ochenta mil personas cada semana, con la posibilidad de retorno, porque las mismas personas vuelven, y eso significa que usted puede insistir, perfilar, aclarar, profundizar.

Yo creo que cuando el Señor Jesús nos pregunte qué hicimos con nuestro ministerio, una parte importante de ese examen va a ser: “¿Aprovechaste todos esos micrófonos que te di? ¿Aprovechaste todas esas ocasiones donde la gente se calla, levanta su mirada y se pregunta: ¿Ahora éste qué va a decir?” Y ese “éste” eras tú?”

Ese es el momento en el que una palabra sabia, ungida, oportuna, una palabra que, como decía Pablo VI, sea palabra de testigo. Ese es el momento en el que la palabra de un testigo puede hacer maravillas.

Un sacerdote al que aprecié mucho, de la arquidiócesis de Bogotá, fue profesor mío de Doctrina Social, nos dejó muy buenas bases, lamentablemente falleció hace ya unos años, el Padre Jairo Nicolás Díaz, por si alguien lo conoció, nos hizo mucho bien en su momento.

A mí me gustaba mucho la manera como él nos explicaba lo que tenía que ser la misión de la Iglesia, el Padre Jairo Nicolás nos decía: “Mire, si usted les habla por la tarde, la gente tiene que sentir que usted pasó la mañana con Jesús. Que la palabra suya, hermano, tenga la frescura, la lozanía, la fascinación, el encanto”.

Entonces claro, lo primero que se necesita es que el sacerdote esté fascinado, que esté enamorado de la palabra de Cristo. Lo que se necesita para que su palabra sea contagiosa es que esa palabra sea la palabra que se ha masticado, que se ha rumiado, que se ha saboreado.

Por eso, de la calidad de nuestro encuentro con el Señor, viene proporcionalmente la calidad de nuestra predicación, eso no puede fallar. Y la gente no es tonta, y creo que cada vez es menos tonta, y la gente se da cuenta. Me gusta mucho una expresión que utiliza Monseñor Omar Alberto, compañero mío de estudios entre otras cosas en una parte de mi formación, el actual obispo de Tibú, dominico él.

Monseñor Omar Alberto tiene una expresión que a mí me gusta, él dice: “La gente se da cuenta cuando uno está recitando el papel”.

Entonces, lo primero que se necesita, esta es una ley básica de toda oratoria, pero especialmente de la oratoria sagrada, lo primero que se necesita para que usted impacte en los demás, es que usted haya sido impactado por la Palabra.

¿Qué palabra tiene ese poder en su corazón, querido hermano? ¿Qué palabra de Cristo lo deja a usted pensando? ¿Qué palabra de Cristo se le ocurre a usted cuando el semáforo tarda en cambiar? ¿Qué palabra de Cristo bien a su memoria cuando usted está sentado esperando allá en el consultorio del odontólogo? ¿Qué palabra de Cristo tiene poder en su memoria y en su imaginación cuando usted camina por un parque?

¿Qué palabra de Cristo viene a su recuerdo cuando usted está sentado con unos amigos, quizás tomando una cerveza, quizás compartiendo una hamburguesa? ¿Qué palabra de Cristo está tan adherida a su recuerdo que usted sienta que no puede desprenderse de ella?

¿No fue esa la experiencia que tuvo, por ejemplo, Jeremías? ¿Te acuerdas cuando dice: “Yo trataba de callarme, pero es que era un fuego dentro de mí” Jeremías 20,9 , él sentía que se quemaba por dentro. Miren, las oraciones que hagamos por la renovación de nuestro ministerio, padres queridos, pidamos al Señor ese fuego, pidamos al Señor que nuestra palabra salga incendiada, que nuestra palabra sea capaz de devolverle temperatura a un mundo que, como dice la canción de Adviento, “el mundo muere de frío”. Pues sí, señor, el mundo se muere de frío.

Que nosotros podamos tener una palabra convencida, una palabra enamorada, una palabra quemante, esa clase de palabras que la gente se lleva.

Y así, por darles un poco de celos, espero que les pueda producir un poco de celos a ustedes, le voy a contar una historia de un protestante, un protestante que no se llama Lutero, pero acuérdese que Lutero ya se mudó a su parroquia, eso no se le puede olvidar.

Este es un protestante gringo. Este protestante gringo no sabía ni una sola palabra de ruso, no sabía nada de ruso, y no sé por qué razón aterrizó en el aeropuerto internacional de Moscú.

Bueno, este gringo, misionero evangélico, toma un taxi para ir a su hotel. El taxista, como es natural en esas circunstancias, sabe algo de inglés, todos esos taxistas que están en aeropuertos internacionales siempre saben algo de inglés.

Entonces, se ponen a conversar y el taxista, medio hablando en inglés, le pregunta al gringo: “- ¿Usted para quién trabaja?” Y el gringo le dice: “-Yo trabajo para el mejor empleador del universo- “-¿Usted cómo sabe eso?” Le dice el taxista. “-No sólo lo sé, estoy absolutamente seguro: trabajo para Jesús, el Señor”. “-¡Ah! El taxista dice quién sabe qué tipo de loco será este. Trabaja para Jesús, el Señor, ah, bueno, está bien”.

Y entonces el evangélico empieza a preguntarle al taxista: “-¿Usted cómo dice Jesús en ruso? ¿Usted cómo dice señor en ruso? ¿Usted cómo diría Jesús es el Señor? A ver, repítamelo otra vez, pero dígalo con fuerza, pero dígalo convencido para yo aprender cómo se dice en ruso, ¿cómo se dice Jesús es el Señor?”

Mejor dicho, ya el taxista iba gritando en cada semáforo: “¡Jesús es el Señor!” Y el gringo aprendió a decir “Jesús es el Señor” en ruso, -yo no lo aprendí porque no soy gringo, porque no soy evangélico, porque no he ido a Moscú-.

Pero el gringo aprendió a decir “Jesús es el Señor”, y cuando se despiden, le aprieta la mano como a hermano y como a amigo, ¿y la despedida cuál fue? “¡Jesús es el Señor!” Y le dice el taxista: “¡Jesús es el Señor!”

Oiga, hay gente que no pierde tiempo. Yo digo, quizás uno puede burlarse de los métodos evangélicos, porque lo más fácil en esta tierra es burlarse. Entonces, si la gente es muy devota de la Virgen, “ah, esas son unas viejitas ahí, que tiene callo en las rodillas, viejitas amargadas, murmuronas, a esas viejitas no se les puede creer nada”.

Después aparecen los carismáticos: “¡Ehhh, puro aplauso, pura bulla, a esos tipos no se les puede creer nada!” Llegan los neocatecúmenos: ¡Ahh, llegó el flamenco, oh, oh, oh! Tampoco se les puede creer nada a los neocatecúmenos”. Somos expertos en burlarnos de las iniciativas pastorales de la gente, y yo creo que la pregunta que le tendrían que hacer a uno es: “-¿Y usted qué?” “-No, yo soy el encargado de burlas de la arquidiócesis”.

Búrlese de los cursillistas porque son de colores, búrlese de los carismáticos porque todo se les volvió lenguas, búrlese de los neocatecúmenos, búrlese y búrlese, ¿y usted cuándo evangeliza, hermano? ¿Usted cuándo va a empezar a evangelizar? ¿Dónde están sus convertidos? Mal que bien los tales evangélicos hacen lo que pueden, dejan más confundida y loca a la gente, pero bueno, allá hacen algo.

Y los carismáticos, pues también. Como un pueblito en Valledupar donde sólo había un grupo de oración y había dos viejitas carismáticas, y la una tenía lenguas y la otra interpretaba; y cuando estaban de pelea, entonces la que interpretaba le decía a la que tenía lenguas: “Ahora no le interpreto”. De esas historias hay muchas.

De verdad, nosotros como curas, como sacerdotes, tenemos una facilidad para despreciar y para burlarnos de todo, y no sólo de los grandes movimientos, sino también nos burlamos de lo que hace el otro en la otra parroquia: si el otro bendice agua, porque bendice agua; si no bendice agua, porque no la bendice.

Claro que yo pienso que en algún momento la Conferencia Episcopal de Colombia, o por lo menos el Arzobispo de Bucaramanga, tendrá que sacar un documento explicando qué es lo que se puede y no se puede bendecir, porque y ya a veces no sé, a veces no sabe uno porque le sacan agua, aceite, sal, no sé qué más cosas, y lo que no se bendice toca exorcizarlo, entonces yo digo: ¿y si exorcizo lo que había que bendecir, y si bendigo lo que había que exorcizar, luego quién me compone a mí?

Bueno, yo sé que hay malos entendidos, yo sé que hay burlas, y también nos burlamos de la religiosidad popular, porque expertos en burlas, nosotros. “¡No, eso de la religiosidad popular, ahí no hay nada, ahí no pasa nada, eso es puro fetichismo!”

Yo creo que una conversión interesante en un presbiterio tan grande y de tanta influencia como este, una conversión interesante es que hagamos el ejercicio de menos burla y más construir. El otro está haciendo algo, quizás no lo hace perfecto.

A través de todas estas misiones y predicaciones donde el Señor yo pienso que me pone y la comunidad me envía, yo me he dado cuenta que hay muchas cosas por corregir en la Iglesia, ni más faltaba. Pero yo he aprendido a admirar, yo admiro la tenacidad de los neocatecúmenos y su sinceridad, su honestidad.

Y yo admiro el amor a Dios que tienen los carismáticos, además de que yo mismo debo mucho de mi experiencia vocacional a los carismáticos, eso de que hay gente que se pasa una noche bendiciendo a Dios, alabándolo, diciéndole que es precioso, que lo aman.

¿Y no se supone que el experto en amor debiera ser el sacerdote? ¿Por qué el sacerdote es siempre el que primero se acuesta en las vigilias? ¿Ah? Todos los laicos que tiene que trabajar al otro día, pasan la noche de claro en claro, y salen así, con los ojos trasnochados y enrojecidos, pero con una sonrisa porque el Señor se glorificó.

Y mientras tanto, el padre por allá tratando de levantarse: “Estos tipos bullosos no dejan dormir”.

Fíjense que nosotros tenemos que convertirnos, nosotros tenemos que pedirle a Diosa que nos dé amor en serio, que nuestro amor sea serio. Porque luego llegan los otros que no se quitan el clergyman para nada, porque también la gente tiene su gente, los llaman de derecha, ¿no? Entonces aparecen los de tal o cual comunidad de derecha y a esos los señalamos y no sé qué, porque para eso, para señalar y para burlarnos, ahí estamos.

Pero Romanos diez diecisiete cae sobre nosotros llamándonos a conversión: “¿Y su predicación? ¿Y sus convertidos?”

Quiero anotar, un poco llegando al final de esta reflexión, hermanos, quiero anotar que también pertenece al la predicación la consejería, o sea, la predicación personal, y muchas veces esa es la predicación más eficaz.

Un consejo oportuno, una palabra oportuna que salga de su boca, padrecito, que salga de su boca pero como saliendo de la boca de Jesús, una palabra bendita, luminosa que usted le regale a una persona puede salvar una vida, puede rescatar gente.

Y lo que decimos de la consejería vale mucho más para la confesión. Está clarísimo que la confesión no es la dirección espiritual, eso ya lo sabemos, y el modelo principal de la confesión no es la confesión laaarga, ese no es el primer analogado cuando se habla de confesión. Pero también es verdad que en la confesión uno puede aclararle muchas dudas a una persona, puede darle un consejo preciso.

Fíjese que si nosotros practicamos la confesión no simplemente como un oficio, sino verdaderamente como una celebración, como una liturgia, en eso, no sé, yo pienso que estamos muy, muy cortos en muchas partes, todavía vivimos la confesión, la vivimos mucho como un trabajo, como un oficio, como un oficio pesado.

¡Qué hermoso que nosotros pudiéramos recuperar la verdadera espiritualidad del sacramento de la reconciliación, para vivir ese sacramento como una liturgia, una liturgia del amor redentor de Dios! Pero es una liturgia muy especial que se celebra entre dos personas, propiamente se celebra entre Cristo y el penitente, y nosotros casi que somos más espectadores de la misericordia que otra cosa.

Ahí tenemos que renovarnos y ahí hay una ocasión muy grande de predicación.

En los medios de comunicación, mis hermanos, ¿cuánta predicación se puede hacer?

Estas charlas las estamos grabando en audio y en video precisamente por eso. Yo era el más escéptico con este tema del video y yo decía: “¡Pero quién va a ver eso! ¡A quién le interesa ver! ¡La gente mira otras cosas!”

No, señor, aquí donde usted ve, estamos hablando de centenares de suscripciones al canal que yo tengo en Internet, centenares; y según los datos que me da Google, son más de dos mil reproducciones todos los días. Cada día más de dos mil personas ven videos de uno y de otros de los que yo he puesto ahí en ese canal, dos mil personas.

Claro, si usted compara con los videos de Gun Up Styile, o si usted compara con videos de cantantes o de actores, la Iglesia Católica está pero en cero, estamos pero tan pobres, hola. Porque así como yo les hablo de dos mil reproducciones, yo veo unos canales católicos mucho más elaborados y, a veces los videos, cincuenta, sesenta, setenta reproducciones.

Es decir, la Iglesia tiene que recorrer mucho camino en esto de los medios. Pero aunque dos mil sigue siendo un número tan pequeño, a mí me llena de alegría porque yo digo: Uno de sacerdote no tiene la oportunidad de predicarle a dos mil personas todos los días”, y eso es en sólo video.

Luego, cuando empezamos hace como doce años, una lista de correos yo dije: “¿Pero a quién le puede interesar eso?” Esta semana, mientras estábamos aquí en retiros, hemos superado veintiún mil quinientas suscripciones diarias. Por supuesto que no todo el mundo va a leer eso, llegará a muchos buzones y nadie lo lee, pero veintiún mil quinientos algo significa, algo se está haciendo.

Fíjese que esos son canales también de predicación.

En una arquidiócesis distinta de esta,-cuando toca decir cosas, así poco amables, uno saca ejemplos de otra parte-, en otra arquidiócesis que no fue esta, una periodista católica me decía los siguiente: “Padre, me están dando cinco minutos para la Iglesia en el canal regional, cinco minutos, de lunes a viernes, cinco minutos en el canal regional. Y le he dicho,- esto no es mentira y yo podría dar los nombres-, y le he dicho ya a siete padres y ninguno puede, ninguno tiene tiempo”.

Oiga, los canales diciendo: “Interesante tener alguna cosa de Iglesia”, y abren el espacio y los cinco minutos, y ya le habían dicho a siete sacerdotes, y no encontraban a un sacerdote que hiciera cinco minutos de video todos los días, ¿será que estamos tan terriblemente ocupados que nadie puede hacer eso?

Bueno, al fin se pudo colaborar un poco con ese canal durante meses y meses, gracias a Dios. Pero es para contarles cómo puertas de predicación hay muchas, y cuando el amor es grande, la creatividad florece.

¿Usted sabe quién es el patrono de los periodistas? Es San Francisco de Sales, ¿y sabe por qué es Patrono delos periodistas? Porque él estaba en una ciudad protestante, en una época en la que no había Facebook, ni había Twitter, ni había ninguna de esas redes sociales, ¿entonces sabe lo que se le ocurrió a él? Los folleticos, los volantes.

San Francisco de Sales, en la ciudad de Ginebra, empezó a deshacer los prejuicios contra la Iglesia Católica repartiendo volantes. Donde el amor es grande, la creatividad florece.

Hermano, usted fue ungido, usted es sacerdote, usted tiene de dónde; el Espíritu Santo no hace clones, hace maravillas; el Espíritu Santo está en usted, querido padre, usted no tiene que repetirme ni a mí ni a nadie, usted no tiene que fotocopiar a nadie ni repetir a nadie; pero usted, desde la gracia y la unción del Espíritu Santo, usted puede dar testimonio del amor de Cristo.

Usted tendrá su propio estilo, a mí el Señor me ha llevado mucho por el asunto de Internet, bueno, ese ese soy yo, usted tendrá el suyo, usted hará lo suyo; pero de por Dios, no se guarde ese tesoro.

Alimenta, como le decía Pablo a Timoteo, reaviva el don que recibiste por la imposición de las manos, ese es un retiro espiritual. ¿Y qué es lo que nos está diciendo el Espíritu Santo en este retiro? Que reavivemos el don, que usted recibió ese don no para enterrarlo, lo sacó para ponerlo a trabajar, como en la parábola de los talentos.

Vamos, en el Nombre de Cristo, a poner a trabajar esos dones, vamos a dejar que ese Espíritu sea fecundo en nosotros, porque” la fe viene de la predicación” Romanos 10,17