La fe del sacerdote, 3 de 7, Kerigma

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Gálatas 2,20 fue el primer texto que meditamos, aquello de que vivo de la fe en el Hijo de Dios. Efesios, capítulo segundo, versículo octavo, fue nuestro segundo texto. Cada uno de estos textos va a ser tomado de los escritos de San Pablo.

En Efesios 2,8 encontramos cómo el Apóstol relaciona la gracia y la fe: “Somos salvos por gracia y mediante la fe” Carta a los Efesios 2,8. Y veíamos un poco que esa oferta maravillosa del amor de Dios espera nuestra respuesta, y la respuesta es por la fe, pero ¿qué obstaculiza la fe? De modo externo, la fe se obstaculiza cuando se cuestiona la realidad, la verdad de lo sucedido.

Ese obstáculo externo, o ese obstáculo objetivo puede vencerse en la medida en que una juiciosa investigación muestra que no hay razón para negar el hecho histórico. Pero luego está la dificultad subjetiva, y la dificultad subjetiva está en que, como indica el mismo Apóstol, en el mismo capítulo segundo de Efesios, únicamente aquel que se reconoce necesitado, es capaz luego de reconocer la hermosura, la bondad, la oportunidad del regalo que Dios le da.

Y no reconocemos el pecado cuando creemos que Dios nos debe mucho, es el caso del fariseo; o cuando creemos que nosotros no le debemos nada, es el caso del cínico. Eso fue lo que comentamos en nuestra segunda charla.

Vamos a dar un paso más, nos vamos para otro texto del Apóstol San Pablo, y vamos a referirnos al tema de la justicia, la justificación y todo aquello que va en esa misma línea. Concretamente, tomamos el capítulo tercero de la Carta a los Romanos: Romanos, capítulo tres, y tomamos dos versículos que son absolutamente claves, como ustedes notarán por los términos que aparecen.

Dice el Apóstol, Romanos tres veintiuno y veintidós: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna” Carta a los Romanos 3,21-22.

¿Qué novedad tiene este texto con respecto a lo que hemos mencionado antes? Pues aparecen aquí dos palabras nuevas dentro de este desarrollo que llevamos: Aparece la palabra “ley”, en griego “nomos”; y aparece la palabra “justicia”, dycaiopsine, palabra que puede resultar bastante confusa, un poco borrosa.

Quizás, usted, querido hermano sacerdote, ha encontrado dificultad cuando aparecen esos pasajes donde se habla de la justificación, “somos justificados por la fe”. El uso de la palabra justicia y del verbo justificar es un poco extraño para nuestra costumbre.

Conviene recordar aquí que San Pablo, es decir, Pablo de Tarso o Saulo de Tarso, es judío culturalmente, pero se mueve en un mundo que habla la lengua griega. La lingua franca en el Imperio Romano, en el siglo primero es el griego.

Una versión aparentemente más simple del griego clásico, ese griego común de la época se llamaba la koiné glota, la lengua común; y se suele llamar al griego bíblico koiné, koiné quiere decir común, común dicho en femenino porque es abreviatura de koiné glota, la lengua común.

El Imperio Romano utiliza el latín para ciertos documentos y en ciertos ambientes, pero el Imperio Romano funciona en lengua griega. Y el Apóstol Pablo es bilingüe no sólo en el sentido de hablar hebreo y de hablar griego, sino que diríamos es también culturalmente bilingüe. Sabe moverse en la red de las sinagogas del Imperio, y sabe moverse también, en los caminos, en las rutas del Imperio Romano.

Esa doble pertenencia de Pablo, ese pertenecer al mundo cultural hebreo, pero también conocer muy bien el funcionamiento del Imperio Romano, esa doble pertenencia será un dato fundamental, un dato de la Providencia para la extensión del Evangelio.

Cuando uno mira cómo obraba Pablo en la evangelización, uno ve que él ponía a funcionar su doble conocimiento. Él tenía contactos, obviamente, con la gente de su raza, y se movía muy bien en el entramado de las sinagogas, en el entramado de las juderías y del mundo judío. Pero, por otra parte, conocía bien los transportes terrestres y marítimos provistos por el Imperio Romano. Y él pone a funcionar ese doble conocimiento en la extensión del Reino.

Bueno, Pablo es bilingüe, Pablo tiene esa doble pertenencia y eso, como acabamos de decir, es una ventaja pero también tiene una pequeña desventaja, y la pequeña desventaja es que él a veces piensa en hebreo y se expresa en griego; y uno de los casos más importantes es el que nos ocupa en este momento.

La palabra justicia y el verbo justificar son en realidad traducciones directas de verbos hebreos y, sobre todo, de conceptos hebreos que no existían como tales en la lengua griega. Lo cual quiere decir que para entender qué queremos decir con justicia en griego, y a sí ha pasado a nuestras traducciones, tenemos que ir al concepto de lo justo y de quién es el justo, en el Antiguo Testamento quién es justo ante el Señor.

Observemos que, en el Antiguo Testamento, el primer concepto de justicia que aparece no es el concepto que luego es clásico para nosotros. El concepto clásico de justicia que uno utiliza en la civilización occidental es el que fue dado por un escritor, un tratadista latino llamado Ulpiano.

Ulpiano da como definición de justicia “darle a cada quien lo suyo”, ”unicuique suum”, darle a cada uno lo suyo, esa es la definición de Ulpiano, y esa es la definición que para nosotros sirve de base. Cuando a uno le hablan de justicia lo primero que viene a la mente es lo que enseñó Ulpiano: "A cada quien lo suyo", esa es la idea básica de justicia para nosotros.

En el mundo hebreo la situación es distinta, cuando se habla de justicia en el mundo hebreo se piensa básicamente en que hay uno que es justo, y ese que es justo y ese que hace justicia, es únicamente el Dios de la Alianza.

Es decir, mientras que para nosotros la justicia tiene como primer analogado, tiene como fundamento de definición la acción de repartir equitativamente, para el mundo hebreo lo primero que se piensa cuando se habla de justicia y del justo es en Dios, la manera como Dios obra.

Es decir, el plan de Dios es el plan justo, es justamente lo que se necesitaba, justamente lo propio y mejor. Yo creo que hay varias palabras en castellano que nos acercan al sentido hebreo, y a lo largo de meses y años he tratado de recopilar esas palabras, que son las que voy a compartir con ustedes en este tema, una de esas palabras es el adverbio “justamente”.

Cuando usted dice: “Justamente lo que se necesitaba”, ahí usted se acerca a la noción de justo y de justicia que hay en el hebreo. Dios es aquel que hace justamente lo que se necesita, ese es un modo de verlo. Y ahora mire este otro verbo que tenemos en español, que también nos ayuda mucho, el verbo “ajustar. Cuando una cosa está dañada, cuando una cosa no funciona bien, se ha estropeado un poco, decimos que está “desajustada”, y lo que hace un buen mecánico o lo que hace un buen taller es ajustar.

Fíjese que ajustar está relacionado con justicia; pero cuando usted dice, por ejemplo: “Este motor o este carro está desajustado”, usted en realidad lo que está diciendo no es que ese motor o que ese carro no sirve, usted no está diciendo eso, ni está diciendo que el carro es malo, usted está diciendo: “Necesita ciertos ajustes”. Y lo que hacen en el taller es ajustarlo.

Fíjese que es una noción diferente de lo que aparece cuando uno piensa en un juzgado, o cuando uno piensa en la justicia a la manera de Ulpiano.

En el mundo hebreo Dios es justo, Dios es el que hace justamente lo que hay que hacer, justamente lo que era necesario, Dios es el que ajusta y el que reajusta las cosas. Según eso, ¿qué podemos decir de un ser humano cuando decimos que esa persona es justa? ¿Qué significa ser justo dentro de ese esquema? Pues ser justo es obrar a la manera de Dios, al estilo de Dios, como con la mano de Dios, eso es ser justo.

“¿Quién puede entrar en tu santuario?” Salmo 24,3, hay un salmo que habla de esa manera, “¿quién puede entrar en tu santuario?” Salmo 24,3. Y entonces dice: “El de manos limpias, el de corazón puro, el que no acepta soborno contra el inocente” Salmo 24,4.

Es decir, el justo es aquel que en su comportamiento traduce, expresa el plan de Dios. El plan de Dios es el plan justo, ese es el propio, ese es el que sí funciona, ese es el que tendría que darse. Haga de cuenta un grupo de arrieros, o un grupo de caminantes, y hay uno que sí sabe qué es lo que hay que hacer, y que sí conoce el camino y que sí sabe en dónde hay que hacer las paradas, y dónde se come, y dónde se duerme.

Ser justo es dejarse llevar por el que sí sabe cómo son las cosas, a veces en colombiano decimos, “el propio”, el que sí sabe, el baquiano, el que conoce cómo son las cosas.

El plan de Dios corresponde a eso, el plan de Dios es lo que es realmente bueno, lo que es mejor, lo que sirve, lo que si funciona, lo que se necesita. Todas esas ideas gravitan entorno a lo que se quiere decir con lo justo.

Y una persona justa es la persona que sigue el plan de Dios. Se puede hacer esta equivalencia: Lo que dice el Antiguo Testamento sobre la persona justa es más o menos lo que nosotros, en lenguaje coloquial, decimos con que “tal persona es un santo”.

Es decir, lo que nosotros decimos con el lenguaje “santo”, el Antiguo Testamento lo dice con la palabra “justo”. En el Antiguo Testamento la palabra Santo se reserva únicamente para Dios. Fue solo en el Nuevo Testamento donde se empezó a hablar de los santos, así en plural, refiriéndose a aquellos que se han unido por la fe a la propuesta del Evangelio, a la propuesta del Reino de Dios.

Entonces, justo es Dios, justo es el plan de Dios y justo es aquel que vive ese plan, aquel que se ajusta al plan de Dios, esa definición está buena. En el Antiguo Testamento, y en la Biblia en general, justo es el que se ajusta al plan de Dios, el que se apega al querer de Dios, el que hace suya la voluntad de Dios, el que cumple la Ley de Dios.

El verbo “ajustar” es tan útil en castellano para explicar estas cosas, porque uno “ajusta” lo que está desajustado, pero uno también dice que hay que “ajustarse” a una norma, quiere decir apegarse a ella, seguirla puntualmente.

Repetimos: justo es Dios, justo es el plan de Dios y justo es el que se ajusta al plan de Dios, hasta ahí vamos.

La justicia, entonces, es aquella cualidad que tiene Dios, es la cualidad que tiene el plan de Dios y es la cualidad que tiene aquel que se ajusta al plan de Dios, eso es la justicia.

Toda esta información nos sirve para entender qué es el pecado, el pecado es desajustarse, en los dos sentidos que tiene la palabra. Desajustarse en el sentido en el que un carro desajustado ya no funciona bien, se estropea, y cuanto más lo ande así, más se le daña. El pecado es desajustarse, el pecado es desajustar la vida.

Durante un tiempo usted puede andar con un carro desajustado, por ejemplo, lo que llaman balanceo, ¿no? “El carro está desbalanceado”, dicen. Usted puede andar con el carro desbalanceado, con el carro desajustado, pero está dañando su carro, hermano.

Durante un tiempo usted puede andar en el pecado, y usted cree que no le pasa nada, pero usted está lastimando su carro, usted está arruinando su vida. Usted puede permitir cierta entrada del pecado en su ministerio sacerdotal, y usted puede pensar: “Nada me ha pasado”, pero no se da cuenta que está arruinando su vida. No ande con el carro desajustado, no ande en el pecado.

Como ajustar tiene esos dos sentidos, el sentido de corregir y el sentido de apegarse, ¿entonces el pecado qué es? El pecado es desajustarse, el pecado es no ajustarse, ¿y eso qué quiere decir? Por un lado, que usted está dañando su carro, y por otro lado que usted se desprendió del plan de Dios, usted se despegó del plan de Dios. Y usted, apartado del plan de Dios, entonces pierde su camino.

Por eso, el salmo primero es buenísimo para entender esto. ¿Usted recuerda cómo acaba el salmo primero? Dice: “El Señor protege el camino de los justos, el camino del impío acaba mal” Salmo 1,6, esa es la idea.

El que se ajusta a Dios tiene la protección de Dios, tiene la amistad de Dios, en él se cumple el querer de Dios; el que se separa de ese plan no tiene quién lo proteja, va por su cuenta y riesgo.

Sigamos con la metáfora de los caminantes o de los arrieros. Hay uno que sabe bien el camino, y sabe dónde son las paradas, y sabe dónde no hay robo, y sabe dónde se duerme, y sabe dónde se come; pero usted es terco y usted dice: “No, señor, yo voy por libre”. Usted se desprende, usted se despega del plan de Dios, ¿y qué le pasa al que se despega? Se mete al camino donde lo roban, o no encuentra dónde dormir, o no encuentra dónde comer, es decir, el camino del impío, el camino del desajustado acaba mal.

¿Qué hemos aprendido hasta ahora? La justicia, lo justo, ajustarse y desajustarse, eso es lo que llevamos hasta ahora. Con toda esta explicación, ahora podemos ver qué es la justificación. La justificación es un verbo que prácticamente se inventó San Pablo, porque lo que es la justificación es la traducción en lengua griega del concepto semita.

El concepto semita de justo es el que hemos explicado hasta ahora, ¿y entonces la justificación qué es? La justificación es la respuesta a esta pregunta: ¿Cómo se reajusta la vida? Esa es la justificación, ¿cómo se reajusta la vida? Justificar es volver justo, entonces la justificación consiste en reajustar la vida al plan de Dios. O sea, la palabra justificación alude a esta realidad.

Una vez, que lamentablemente, uno se ha separado del plan de Dios, una vez que uno empezó a dañar su carro porque empezó a caminarlo desbalanceado, una vez que eso ha sucedido, ¿cómo se puede reajustar, cómo se puede volver a la justicia, cómo se puede volver a una vida ajustada, una vida que se ajuste a Dios? ¿Cómo se llega allá? Esa es la pregunta.

Bueno, entonces ya ahí nos queda más o menos claro qué es la justificación. Y uno entiende por qué la justificación es la gran pregunta. Desde el punto de vista judío, la justificación no es una pregunta más: la justificación es la pregunta, la pregunta fundamental es esa.

Una vez que se ha roto la amistad con Dios, que como pueblo, porque no es sólo la persona, una vez que como pueblo nos hemos separado de Dios, y qué fácil que es romper un cristal y qué difícil repararlo, dice uno, imposible; una vez que nos hemos apartado de Dios, ¿de qué manera puede uno ajustarse de nuevo? ¿Cómo se puede hacer las paces con Dios?

Hay un leccionario que publicó la Conferencia Episcopal de Colombia, un leccionario especial para nuestro país, y los reverendos padres, ellos sí conocedores a fondo de estos términos, entre otros el jesuita Pedro Ortíz y un hermano mío de Comunidad, Germán Correa, le dieron y le dieron vueltas a estos textos tratando de que quedaran comprensibles.

Entonces encontraron esta expresión: ¿Qué es justificar? ¿Qué es la justificación? Estar a paz y salvo con Dios, esa es la traducción que utiliza el leccionario colombiano. Es decir, se dañó la relación con Dios, se dañó, se echó a perder, ¿qué la echó a perder? ¡El pecado! Somos unos pecadores. El pecado es desajustarse.

Y entonces la pregunta es: ¿Y ahora cómo podemos volver a ajustarnos? ¿Cómo se pudiera hacer para volver a la justicia? ¿Justicia qué es? Estar a paz y salvo con el Señor.

¿Cómo se puede llegar a una situación de serena comunión, de verdadera amistad? Utilizan en algunas partes, que yo haya visto, sobre todo, jovencitas, cuando se refieren a ciertas amistades que han tenido tropiezos, utilizan esta expresión: “No, algo se rompió”, aludiendo, por ejemplo, a cuando se rompe un cristal o cuando se rompe una porcelana, por más que eso se pegue ya no queda igual. “-Bueno, ¿y qué hubo de tu amistad con Angelita?” “-No, Padre, algo se rompió, ya no es lo mismo”.

Entonces, esa preocupación, así medio sentimental que pueda tener esa muchacha, eso es lo que expresa la Biblia, esa es la pregunta de Pablo, pero ya no en términos de puro sentimiento, sino en términos de existencia, ¿cómo se repara una vida rota? ¿Cómo se repara una vocación rota? ¿Cómo se repara un sacerdote roto en su fidelidad, roto en su esperanza? ¿Cómo se repara la inocencia? ¿Cómo se vuelve a eso que el Apocalipsis llama “el amor primero”?

Si se ha perdido la alegría, si se ha perdido la unción, si se ha perdido la esperanza, si se ha perdido la inocencia, ¿cómo se repara eso? Esa es la pregunta. Claro que cuando ya uno plantea la pregunta de esta manera, ya uno entiende por qué este tema era tan importante para ellos. Ellos se daban cuenta, como pueblo, como nación, se dan cuenta que la relación con Dios se dañó, hermano, se dañó la relación con Dios, estamos mal con Dios, no hemos sabido vivir nuestra relación con Dios”. Diría la muchachita: “Algo se rompió, ya no estamos en buenos términos”.

Haga de cuenta como cuando una persona a usted lo decepciona, pero de un modo salvaje, y usted siente que ya nunca más va a poder confiar en esa persona, y esa persona siente: “Ya no van a volver a tenerme la misma confianza, eso es lo que se llama ofeilémata en el Padrenuestro.

Dice el Padrenuestro, en su versión original, en la lengua griega: “Kai áfes jemín ofeilémata jemón”. Ofeilémata se traduce a veces por deudas, pero es una traducción mejor, asunto pendiente, ¿los ofeilémata qué son? Los ofeilémata son los obstáculos, son los que está pendiente.

Le doy una comparación sencilla: usted me prestó dos millones y medio de pesos hace tres meses, yo le dije que se los iba pagar, “mire, una semana, máximo quince días”. A los quince días yo no aparecí con la plata; a las tres semanas usted empezó a llamarme, y yo nunca le respondí; usted me mandó razón, me escribió a mi correo electrónico, me volvió a llamar, y por ningún medio le respondí.

A los dos meses y medio nos encontramos, yo no le he pagado un centavo, nos vemos por ahí en una calle, en Bucaramanga, y yo lo saludo a usted: “-Padre Rubén, mucho gusto, padre, ¿cómo está? ¿Qué más de cosas? Venga, siéntese, nos tomamos un café”.

“-Eso no es así, un momentico, espere, espere, espere. Usted me debe a mí dos millones y medio; eso no es venga y aquí no ha pasado nada, no, aquí sí ha pasado algo”, hay un pendiente, hay algo que no está resuelto, eso se llama en griego ofeilémata. Es decir, ahí tenemos unas deudas, ahí hay cosas que no se han aclarado.

Y resulta que los ofeilémata son muy importantes, porque desde el punto de vista humano los ofeilémata son los que dividen las comunidades humas, y ese es un peligro muy grande, por ejemplo en un grupo tan importante para la vida de la Iglesia como es un presbiterio, ese es un peligro muy grande.

Porque por ejemplo un Padre se entera que otros están hablando de él a sus espaldas, y luego el chismoso aparece: “-¿Qué más? ¿Qué ha hecho? Venga, hombre, nos tomamos aquí un café”. “-Un momentico que hay un pendiente”.

Y esto es muy grave porque los ofeilémata que no resolvemos son los que causan las divisiones en las comunidades, son los que causan las divisiones en los presbiterios, son los que rompen la unidad de la Iglesia. Por eso, en el Padrenuestro se dice: “Kai áfes jemín ta ofeilémata jemón, jos kai jeméis afékamen tóis ofeilétais jemón”. ¿Eso qué quiere decir? Quiere decir: “Quita de nosotros esos obstáculos, esos pendientes, quítalos, no los tomes en cuenta, así como nosotros no queremos que nuestros ofeilémata rompan nuestra comunión”.

Es hermoso en el Padrenuestro ver cómo se articula el amor a Dios y el amor al prójimo. En el Padrenuestro nos enseña a decir Jesús, que si yo estoy dispuesto a quitar todos esos ofeilémata, si yo estoy dispuesto a quitar todos esos obstáculos, si yo estoy dispuesto a tomar una actitud generosa, una actitud amplia para decir: “Todos fallamos, ¡qué caray! ¿Qué hago yo amarrado al pasado?” Y si uno deja todo eso, entonces uno puede también acudir al Señor para decirle exactamente lo mismo: “Quítame esos ofeilémata”.

Volvemos a San Pablo: justo, justicia, justificación. La justificación es quedar a paz y salvo con Dios, sin ofeilémata.

Mire, justificación es llegar a ese momento en el cual usted siente que puede mirar con gozo a Jesucristo, que no hay obstáculo, que no hay trampita, que no hay que esconderse, que no hay que, aquí vuelve y sirve el castellano, que usted no tiene que justificarse.

Bendito sea Dios que en lengua castellana se puede decir esta frase: La fe cristiana consiste en que usted no tiene que justificarse, porque usted recibe la justificación de Dios. Es un juego de palabras. Cuando en castellano decimos “justificarse” es presentar excusas, normalmente excusas que no son aceptables, ¿no? “Hermano, no se justifique, no se justifique, hermano”, ¿eso qué quiere decir? “No venga con excusas que nadie le va a creer”, eso es lo que quiere decir. Entonces usamos ese verbo.

La fe cristiana es: “Yo no me justifico, en el sentido popular, colombiano, castellano que tiene eso, yo no me justifico, o sea, yo no pongo excusas, porque hay Uno que me justifica,-esta segunda vez utilizamos el verbo justificar en sentido hebreo, hay Uno que me lleva a paz y salvo consigo”.

La fe cristiana es: “Yo no le saco excusas a mi vida, porque hay algo mejor que mis excusas: el perdón que Dios me regala”.

Y en realidad la conversión, especialmente la conversión de los bautizados, en realidad la conversión es tan sencilla como esto: deje de buscar excusas y empiece a buscar perdón, esa es la conversión. Deje de justificarse usted, de justificar la vida que lleva, de justificar lo que usted hace, de justificar la manera como habla, piensa, dice; ¡deje de justificarse usted, hombre! Le va mejor si, en vez de buscar usted sus justificaciones, acepta la justificación de Dios, es decir, acepta que Dios le regala alianza con Él y le regala paz y salvo con Él.

Una comparación sencilla, casi infantil. Imagínese una persona que nunca pagaba impuesto, en concreto, nunca pagaba el famoso impuesto predial, nunca pagó el impuesto predial. Tenía una deuda terrible, se supone que eso se iba a ir a cobro jurídico. Nunca pagó el impuesto predial, nada, nunca pagó el hombre.

Y resulta que se le ocurre al Gobierno una amnistía total de impuesto predial; lo único que hay que hacer es ir a registrarse en la oficina del Ministerio de Hacienda y decir: “Yo no pagué de tal año a tal año, aquí estoy, ¿dónde firmo para acogerme a la amnistía?”

Entonces ahora imagínese este cuadro: el Gobierno decretó amnistía de impuesto predial, lo único que hay que hacer es ir a registrarse. Y resulta que van a visitar a éste que no pagaba el impuesto predial, y el tipo empieza a decir: “No, eso para qué pagar impuesto, yo no tengo necesidad de pagar impuestos, además, yo tengo que invertir la plata en otras cosas”.

Y empieza él a justificarse de por qué no paga su impuesto, lo menos que le pueden decir los amigos es: “Deje de decir babosadas, hermano, aproveche más bien que hay una amnistía, deje de estar sacando excusas tontas que nadie le va a creer, vaya y firme y acójase a la amnistía”.

Esa es la fe cristiana: deje de estar justificando su vida, deje de estar sacando excusas para su pecado y, más bien, acuda al que perdona y sana; vaya y acuda al que transforma; vaya y acuda al que ya borró su deuda; vaya a Él.

Es decir, hemos llegado a una frase que es muy importante dentro de nuestro retiro, hermanos: no más excusas, sí más perdones. Lo que necesitamos no son excusas, lo que necesitamos es perdón. Y ese es el camino que nos plantea San pablo.

Con toda esa explicación, volvamos a leer los dos versículos aquellos.

"Independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas” Carta a los Romanos 3,21. Paréntesis: (ley y profetas es la manera como los judíos nombraban las Escrituras); “atestiguado por la ley y los profetas” Carta a los Romanos 3,21, quiere decir atestiguado por la Escritura; por supuesto, para ellos, Escritura, es lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento.

Vuelvo a empezar: “Independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna” Carta a los Romanos 3,21-22.

Ahora ya entendemos un poco más aquí qué es lo que está diciendo. “La justicia de Dios se ha manifestado” Carta a los Romanos 3,21, quiere decir: se abrió camino para que, nuestras vidas desajustadas, se ajusten, eso es.

Mire cómo San Pablo, con su mente semita y su lengua griega, nos está enseñando: “-Oiga, noticia, a ver, a ver, atención, noticia: ¿se acuerda que estábamos sufriendo porque estábamos desajustados y nos habíamos apartado del plan de Dios?” “-Sí, sí, sí, nos acordamos, hombre, claro que sí, todo el mundo sabe que ese es el problema”. “-Le tengo una noticia: Oiga, se abrió camino para volver a la amistad y a la comunión con Dios. Paz y salvo para todo el mundo”. Ese es el Evangelio de Jesús.

Y ahora entiende usted por qué San Pablo sufría tanto cuando llegaba a las sinagogas con este anuncio, y los otros, bravos; y en algunas partes lo sacaron a palo, en otras lo azotaron, en otras lo apedrearon. La explicación de por qué eso sucede está en semilla en el versículo veintiuno que hemos leído, por qué pasaba eso.

Mire: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado” Carta a los Romanos 3,21, esta es la traducción que trae la Biblia de Jerusalén, por lo menos en su primera edición. Pero si ustedes miran otras traducciones de Romanos tres veintiuno, me parece que son más directas.

Porque “se ha manifestado” Carta a los Romanos 3,21, le falta un poquito de esa bomba, esa explosión de alegría que tiene Pablo cuando dice esto; me gusta más otras traducciones que dicen: “Ahora ha aparecido” Carta a los Romanos 3,21, como quien dice, se abrió camino, y sí hay manera de ajustarse de nuevo a Dios. Eso es lo que está diciendo Pablo.

La frase: “La justicia de Dios se ha manifestado” Carta a los Romanos 3,21, eso suena tan lejano para nosotros, yo creo que eso suena muy lejano, yo creo que mucha gente no ha entendido nunca ese versículo.

Pero realmente lo que está diciendo Pablo es eso: “¿Usted se ha dado cuenta que su vida cruje? ¿Sí se ha dado cuenta que de tanto andar su carro desajustado, es decir, su vida empecatada, sí se ha dado cuenta que su vida cruje? ¿Sí se ha dado cuenta de eso? ¿Y no es verdad que usted quisiera que su vida pudiera ajustarse de nuevo, como carro nuevo bien ajustadito, bien en su punto?”

“-¿No es verdad que usted quisiera volver a Dios?” “- ¿Pues claro, hombre, si eso es lo que todo el mundo quiere, -por lo menos, si uno es judío del siglo primero, eso es lo que uno quiere-, claro que eso es lo que queremos”. “-Pues le tengo noticia: Dios abrió camino, hermano, sí hay manera de volver a la amistad con Él; se abrió camino, la justicia ha aparecido”.

Cuando a uno le dicen: “La justicia ha aparecido” en español, uno dice: “¿Eso qué será?” Pero ya aquí sí lo entendemos: “La justicia se ha manifestado” Carta a los Romanos 3,21, quiere decir: sí hay camino para volver a la plena comunión, a la amistad con Dios, declararon amnistía, hay paz y salvo para todo el que crea; ¡créalo, hermano, acérquese, vívalo!” Esa es la noticia del Evangelio, según el Apóstol San Pablo.

Pero nos falta un dato muy importante, el comienzo del versículo veintiuno: “Independientemente de la ley” Carta a los Romanos 3,21, ¿qué quiere decir eso? Si usted busca en el texto griego el tal independientemente, lo que quiere decir es: aparte de, sin tener en cuenta, eso es lo que quiere decir, aparte de, sin tener en cuenta.

¿Y qué quiere decir aparte de de la ley o sin tener en cuenta la ley? Pues esa es la conversión que tuvo Pablo, querido hermano, esa fue la conversión de Pablo. ¿Te acuerdas que él era fariseo? Y el mismo dice: “Fariseo y más estricto que los de mi edad, más estricto”, el tipo era un fariseo prácticamente fanático.

Ahora me parece que podemos entender un poquito mejor qué es el cuento del fariseísmo. ¿Sabe usted qué es el fariseísmo? Uno asocia fariseísmo únicamente con hipocresías, ¿no? ”Fariseo, hipócrita, lo mismo”. No, mire, el fariseísmo es ante todo una corriente teológica, corriente teológica del siglo primero, ese es el fariseísmo, corriente teológica del siglo primero que busca la justificación por el cumplimiento estricto de la ley.

Y fíjese que eso tenía cierto sentido: puesto que el pecado es transgresión de la ley, tiene algún sentido decir que la manera de volver a la amistad con Dios es cumpliendo estrictamente la ley.

¿Cuál es el problema del fariseísmo como corriente teológica? Por favor, por un momento sáquese la idea de fariseo igual hipócrita. El fariseísmo como corriente teológica falla en dos puntos. Primer punto, que ellos junto con la ley, que es Palabra de Dios, en la misma bolsa echaban una cantidad de tradiciones humanas y de interpretaciones que eran puramente rabínicas y escolásticas, o sea de escuela rabínica.

Por ese lado falla el fariseísmo porque ellos le juntaban, como decimos a veces, "mucha guadua", le revolvían una cantidad de tradiciones humanas, así no funciona, así no es. Esa es una falla que tiene el fariseísmo.

Y la otra falla mucho más profunda del fariseísmo es lo mismo que uno ve con esto de los vidrios y de los cristales: cualquiera de nosotros con un balón puede romper un cristal, pero creo que ninguno de nosotros puede reparar un cristal, que quede igual como estaba, creo que ninguno puede.

El ser humano es bueno para transgredir la ley, pero para reparar lo que hemos roto, no somos capaces. El fariseísmo comete el error de creer que, porque yo soy bueno para dañar algo, soy bueno para repararlo, y eso termina siendo arrogancia, termina siendo soberbia y termina llevando al fariseo a un callejón sin salida.

No, señor, yo soy bueno para romper, pero no soy bueno para reparar, y eso por lo menos se cumple literalmente en mí. Uno es bueno para romper, pero reparar es otra cosa.

El fariseísmo, al poner su esperanza en las fuerzas humanas y en la capacidad del esfuerzo humano, desenfoca completamente la cuestión y lleva a un callejón sin salida. Y es ese callejón sin salida el que hace que la persona se vuelva hipócrita.

Porque si yo no quiero renunciar a la idea de que el esfuerzo humano es suficiente, yo no quiero renunciar a esa idea; y por otro lado está visto que mi vida es incoherente y es sucia, ¿entonces qué empiezo a hacer? Tratar de esconder la parte oscura de mi vida y tratar de mostrarme como el santurrón, como el buenecito.

El creer que las solas fuerzas humanas dan para reparar lo que el pecado ha dañado conduce derechamente a la hipocresía. Por eso las palabras tan duras de Cristo: “Sepulcros blanqueados, sobre ustedes camina la gente sin darse cuenta lo que llevan por dentro, están repletos de carroña y de todo tipo de corrupción" San Mateo 23,27. Con esas palabras tan duras, Jesús está tratando de desarmar esa mentira en la que ha caído el fariseo.

Hermano, dese cuenta, las fuerzas humanas no alcanzan. ¿Y qué significa las fuerzas humanas no alcanzan? Significa: usted de ahí no sale: lo sacan. Y si usted no sale por sus propias fuerzas, pero sí puede salir porque Dios lo quiere sacar, ¿eso cómo se llama? Járis, gracia, regalo.

¿Sí ve cómo vamos poco a poco entrando en la mente de San Pablo? ¡Qué hombre tan grande, qué regalo de Dios para la humanidad entera este San Pablo! Ahí vemos lo que es la gracia. Por eso dice aquí: “Independientemente de la ley” Carta a los Romanos 3,21, ¿qué quiere decir esa frase? Quiere decir: no bastan las fuerzas humanas, no basta con que usted se lo proponga”.

Vamos terminando. Terminamos de la siguiente manera, mi querido hermano, vamos terminando. Hay dos cosas que nos pueden robar la experiencia del amor gratuito de Dios según el texto que estamos estudiando, una es: creer uno que con sus fuerzas, y con proponérselo, y con tratar de mantener una fachada muy elegante, impecable sacerdote, impecable...

Creer uno que a fuerza de fachada y creer uno que con las solas fuerzas humanas va a lograr esa plenitud, esa amistad, esa comunión con Dios, ese es el primer error. San Pablo advierte, no es así, es “independientemente de la ley” Carta a los Romanos 3,21.

¿Y cuál es el segundo error? El segundo error es justificarse uno, el segundo error es vivir uno diciéndose excusas, disculpas.

¿Qué es lo que le toca a un predicador en un retiro? Esta vez me tocó a mí, ¿qué es lo que le toca al predicador en el retiro? Hombre, pues ayudar a que todos recordemos esas dos cosas. Primero, que no es buena idea estarse uno justificando. Justificar uno sus pecados, sus porquerías, sus incoherencias, sus mediocridades, no es buena idea, hermano.

En vez de estar justificándose usted, permita que Dios lo justifique. Pero ya entendimos lo que era justificar del lado de Dios, es decir, permita que Dios lo ajuste, lo apegue, lo abrace a su amor transformante. Deje de justificarse, deje de decir excusas. Y verdad que cuando uno deja de decirse excusas, es cuando uno hace una buena confesión y seguramente avanza unos cuantos pasos bien dados. Primero, deje de decirse excusas.

Segundo, ahora que se dio cuenta que sí tiene problemas y que se dio cuenta que usted es como todos los demás porque todos somos hechos del mismo barro, hermano, no crea que usted solo sale de ahí. Dicen los de Alcohólicos Anónimos y toda la gente que trata con personas con adicciones y todas esas cosas, dicen: “Más de la mitad de la pelea es que la persona reconozca que necesita ayuda”.

El día que el ser humano deja su cinismo, deja su soberbia, deja su ceguera voluntaria y deja sus excusas, el día en que junta sus manos, seguramente las pone así sobre las piernas y dice: “¿Sabe qué? Necesito ayuda, ese día empieza la recuperación de la vida, ese día.

Pues es lo mismo que dice la Biblia: “Deje usted de justificarse y permita que sea Dios el que lo ajuste, que lo ajuste que significa que usted pueda apegarse a Él, que usted pueda sentir su abrazo, su amor, su transformación.

Ese es el mensaje que nos deja la Carta a los Romanos: que sí necesitamos del amor transformante de Dios y que de nada vale repetir excusas, eso es lo que nos ha dicho el Apóstol San Pablo.

Leámoslo por última vez: “Independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas” Carta a los Romanos 3,21. Traducción al lenguaje castellano y colombiano del siglo XXI, dice así: “Ahora, no por el solo esfuerzo humano, Dios ha abierto camino para que estemos a paz y salvo con Él, y era lo que venía prometiendo en el Antiguo Testamento”, esa es la traducción de ese versículo en castellano colombiano del siglo XXI.

No por el solo esfuerzo humano, no basta el solo esfuerzo humano, pero le cuento que Dios, por su cuenta, ha abierto camino para que entremos en verdadera amistad con Él, para que estemos a paz y salvo con Él. Y en realidad eso ya lo venía Él diciendo en el Antiguo Testamento.

“Y esa amistad, que vamos a tener con Él, empieza cuando uno cree en Jesucristo, mensaje que vale para todo el mundo, para los judíos y para los no judíos”, esa es la traducción en colombiano de Romanos 3,22.

“Justicia de Dios por la fe en Jesucristo” Carta a los Romanos 3,22, ¿qué quiere decir eso? Eso de que quedemos a paz y salvo con el Señor sucede para todos aquellos que se abren a la promesa de Dios, para todos aquellos que reciben a Jesús.

Apéndice. Nuestro apéndice breve es que esto lo viven predicando los protestantes, este es el mensaje de ellos. Ellos sacan unos folleticos, por ejemplo que dicen: “Las Cuatro Leyes Espirituales”, ese folletico yo lo conozco, y lo han editado de mil modos distintos, yo lo conozco desde que yo tenía doce años de edad, lo cual nos lanza treinta y cinco años atrás.

Mire, los protestantes sacan sus folleticos, “Las Cuatro Leyes Espirituales”, que son más o menos estas: “Dios todo lo hizo bueno, el pecado todo lo arruina, el hombre no puede salvarse él solo, si aceptas a Cristo serás salvo”. Y eso termina con una oracioncita muy sencilla que dice: “Tú puede aceptar a Jesús en tu corazón en este momento, a ver, repite después de mí, y lo ponen a uno a repetir: “Señor Jesús, yo te acepto como mi Señor y Salvador. Recibo tu amor, recibo tu gracia.

Oiga, yo le cuento una cosa, esa parte del protestantismo no solo es correcta sino que a nosotros nos hace mucha falta, eso es lo que llaman kerigma, o sea, lo que hemos hecho aquí es una exposición del kerigma a partir de Romanos tres veintiuno y veintidós. Y eso quiere decir que toda renovación de nuestra vida y de nuestro ministerio y toda renovación pastoral necesariamente pasa por la capacidad de anunciar el kerigma desde el fondo de una experiencia gozosa, experiencia de gozo de un Dios que ha amado hasta el extremo, de un Dios que abrió camino, esa es la gran noticia, “le tengo noticia: abrieron camino”.

Dicen por aquí, cuando el invierno se puso tan horrible en este Santander, ¿se acuerdan cuando se formaban esas filas horribles, y de pronto por allá grita uno: “¡Heyy, dieron vía! ¡Ya dieron vía, hermano!” Eso es San Pablo, San Pablo es el que grita por allá entusiasmado: “Oiga, que dieron vía, hermano, que sí se puede, pues, hágale”, ese es San Pablo, “¡dieron vía, se abrió camino”.

Y ahora ese camino está abierto para todo aquel que no se quede renegando en su carro diciendo: “-¡Este Gobierno no funciona para nada!” “-Ya dieron vía, hombre, que ya dieron vía!” “-No, yo estoy aquí resentido!”

Resumen del Evangelio: traducido para nuestro querido Santander del siglo XXI. ¿El Evangelio en qué se traduce? “¡Dieron vía, se abrió camino en el cuerpo torturado, inocente, bendito, sacrificado de Jesús!”