La fe del sacerdote, 1 de 7, introducción
Hermanos Queridos:
Recibo como un llamado del Señor y como un privilegio poder servir con el ministerio de la Palabra a cada uno de ustedes durante estos días de retiro. Es una oportunidad bendita que el Espíritu Santo nos da en un contexto muy preciso, que es el del Año de la Fe.
Desde el primer día hasta el final, el lenguaje que queremos aprender y que queremos renovar es el lenguaje de la fe. Hermosa comparación, la fe como un lenguaje. Dice el Apóstol San Pablo que “el hombre carnal, el hombre apegado a las cosas de este mundo no entiende el lenguaje de Dios, para él eso es absurdo” 1 Corintios 2,4.
Pero dice también: “El hombre lleno de Espíritu, el hombre espiritual todo lo juzga” 1 Corintios 2,15, es decir, adquiere una perspectiva nueva, una perspectiva que el mismo Pablo audazmente describe con estas palabras, que si no vinieran de semejante santo, las calificaríamos de pura arrogancia: “Nosotros, -dice él-, tenemos el pensamiento de Cristo” 1 Corintios 2,16. ¡Qué frase tan impresionante! “Tenemos el pensamiento de Cristo” 1 Corintios 2,16.
Es tan grande la configuración que este Apóstol siente con el misterio del Verbo encarnado, que también dice en otro lugar: “No vivo yo, es Él quien vive en mí. Y la vida, la vida que tengo en el presente, -esto es en el segundo capítulo de Gálatas-, la vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” Carta a los Gálatas 2,20. “La vida que vivo en el presente la vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” Carta a los Gálatas 2,20.
Por cierto, mis hermanos, ese versículo nos da el primer test, la primera prueba para saber qué sucede, o mejor, en qué estado se encuentra nuestra fe. Pablo dice: “La vida que tengo en el presente la vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” Carta a los Gálatas 2,20. “Vivo de la fe” Carta a los Gálatas 2,20.
Quien habla de esa manera, está indicando que, si se le quitase la fe, se le quitaría todo, se le quitaría la vida misma. Entonces un ejercicio, mentalmente un poco perverso pero muy real, es este: si se quita la fe, ¿qué pasa conmigo? ¿Qué se cae de mi vida si se quita el paral, si se quita la columna de la fe? ¿Qué se cae de mi vida?
Ese test no es un puro ejercicio hipotético y mental, es el hecho que hay personas, incluso clérigos, a los que parece que se les puede quitar el paral de la fe, y ellos siguen, prueba de que no viven de la fe, viven de otras cosas, viven de otras creencias, de otras esperanzas y de otros amores, pero no viven de la fe.
Está el caso del teólogo que se acostumbra a manipular textos, juega con cierto ingenio con algunos textos de la Biblia, con algunos textos del Magisterio y algunos textos patrísticos; sabe componer y recomponer textos, pero él realmente no cree lo que se dice ahí, para él es un andamio de ideas que se articulan la una con la otra.
Efectivamente, son tantos los conceptos, otros dirán los teologúmenos, son tantos los conceptos que ha cultivado el jardín de la Iglesia, que es posible pasarse uno la vida como un malabarista jugando con esos conceptos, y haciendo preguntas más o menos sofisticadas: “¿Y qué pasaría sí…?” “¿Y por qué no plantear que…?” “¿Y si yo dijera que…”?
Y en ese tipo de malabarismos, pues uno puede cobrar un sueldo, y uno puede tener un puesto prestigioso en una universidad, y uno puede publicar artículos de teología, pero el objeto propio de la fe realmente no es necesario para ese tipo de teólogo, no lo necesita; él sólo necesita que su juego, que su andamiaje de conceptos y de ideas siga adelante. Y en realidad escribe su teología no para nadie más, sino sólo para otros teólogos que probablemente hacen el mismo juego.
Y entonces se forma así una especie de sociedad, una especie de cierta élite dentro del mundo intelectual católico, y esa élite empieza a creerse muy importante, y esa élite empieza a sentir que tiene intereses de grupo, intereses de clase, y cuando uno de los del grupo es atacado, todos los demás, solidarios en una misma causa, se unen para defender al que ha sido atacado.
Lo que estoy describiendo, hermanos, no es ciencia ficción, son cosas que hemos visto que pasan más en universidades europeas que en nuestro contexto, pero que están sucediendo en el orbe católico. Ese es un ejemplo de una persona que no vive de la fe. Se puede quitar la fe y, pues, se sigue cobrando un sueldo, se siguen publicando libros, se siguen dando declaraciones, se sigue saliendo en diarios de cierta prestancia, se siguen celebrando congresos donde la gente arruga la frente cuando se va a tomar la foto de rigor, y todo sigue igual, ése no necesita realmente de la fe.
¿Cómo será un sacerdote que vive de fe? Yo pienso que el sacerdote que vive de fe, cuando levanta la Santísima Eucaristía, siente algo así como que se está colgando de Cristo; no es que yo esté levantando al Señor, es que me estoy colgando de Él, es que es Él quien me sostiene a mí; no soy yo quien lo levanta a Él, es Él, yo estoy aquí colgado de Él, eso tal vez es lo que siente el sacerdote que vive de la fe
Además del teólogo incrédulo que se ha acostumbrado a defender su gremio, pero se vuelve entonces un gremio, hay otros casos, lamentablemente tristes, que hay que mencionar también: hay algunos que han perdido el sabor de lo sagrado. Aquella palabra que nuestro muy querido Juan Pablo II apreció tanto y predicó con tanta elocuencia, la palabra misterio.
Hay sacerdotes que, por distintas razones, han perdido el sentido del misterio, y cuando se pierde el sentido del misterio, todavía hay que resolver el misterio de la vida, es decir, para qué es la vida. Entonces se intenta reconstruir la vocación sacerdotal, o si utilizo un verbo que está de moda, se intenta reinventar la vocación sacerdotal, ¿reinventarla desde dónde? Reinventarla desde, por ejemplo, un servicio social o una promoción humana.
Seamos claros en esta materia, mis hermanos, es parte integral, nos lo han dicho los obispos desde Puebla y desde Medellín y desde Santo Domingo, pero especialmente en Medellín y Puebla nos han dicho con mucha claridad, el anuncio de la justicia y el trabajo, la lucha por condiciones más humanas de vida es parte integral de la evangelización, en eso estamos de acuerdo todos.
¿Pero qué pasa? Que a veces se ha perdido el sentido del sacerdocio y entonces lo que debería ser una parte integral se convierte en la parte esencial. Y cuidado que son dos cosas distintas, la parte integral y la parte esencial. Lo esencial del ministerio es el misterio, esa frase le puede servir; la parte esencial del ministerio es el misterio, esa es la parte esencial.
Pero cuando se pierde esa esencia, cuando se pierde el sentido del misterio, entonces otros factores, otros elementos, que eran apenas parte integral, se convierten en la esencia, y entonces valoramos la acción de la Iglesia únicamente por su contribución a la edificación de la ciudad terrena, por seguir la expresión que utiliza Gaudium et Spes.
Entonces terminamos valorando la Iglesia por el número de personas a las que alimenta, por el número de cobijas que reparte, por el número de casas que levanta, por el número de desplazados a los que atiende, y esas estadísticas se convierten en el todo de la Iglesia.
Una vez más, repito, está clarísimo, que la promoción humana es parte integral de la evangelización, pero no es la parte esencial. De una manera muy clara lo dice, por ejemplo, el documento de Santo Domingo, de lo que se trata con la promoción humana es de abrir un camino para la evangelización. Y de hecho, en la carta que el Papa Benedicto nos ha dado con respecto a la misericordia en la Iglesia, se insiste en este hecho: de lo que se trata con el anuncio de la misericordia es de abrir una puerta a la evangelización.
O sea que el dar de comer al hambriento, el vestir al desnudo, el dar posada o el dar vivienda, diríamos nosotros, al que no la tiene, es valioso, pero tiene carácter de medio, porque lo realmente esencial acontece en el orden de la fe.
Fíjese que Jesús mismo hace la distinción, por ejemplo en el capítulo sexto del evangelio de Juan, hace la distinción entre lo que llamaríamos en el lenguaje nuestro pura promoción humana, y lo que es evangelización integral.
En el capítulo sexto de San Juan encontramos aquel pasaje de la multiplicación de los panes. Cuando la gente vuelve a buscar a Cristo, Él los recibe de una manera más bien dura, y les dice: “Ustedes me buscan no porque hayan entendido los signos, sino porque comieron hasta saciarse” San Juan 6,26.
El que se queda únicamente en el nivel de promoción humana corresponde al que se satisface con eso, se satisface con que se sacie su hambre o se satisface con saciar el hambre de otros; pero Jesús quiere llevarnos a algo más, ese algo más, en el vocabulario de San Juan, es entender los signos, leer los signos, ir más allá, ese es el orden del misterio.
Bueno, pero hay veces que el sacerdocio entra en crisis: no se le encuentra mucho sabor a la oración, no se le encuentra mucho sentido a la predicación; la confesión parece como un psicoanálisis de tercera categoría, que nunca termina de lograr su objetivo; los sacramentos parecen a duras penas mecanismos de financiación, o ritos más o menos acostumbrados de puro carácter social.
Y en esas circunstancias el sacerdote puede entrar en una crisis, y la crisis del sacerdote se traduce en que lo propiamente sagrado no tiene demasiado sentido, pero como tiene que definir su vida, o sea, tiene que decirse ante sí mismo para qué está en esta tierra, entonces al perder el sentido de lo sagrado y al perder el sentido del misterio, lo que le queda muchas veces es la promoción humana.
Entonces define su sacerdocio por la capacidad de tener un impacto en la ciudad terrena. Es decir, define su sacerdocio estrictamente por las estadísticas que cualquier sociólogo, independientemente de su credo, tendría que verificar.
Este es un segundo ejemplo de una persona que no vive de la fe. Esta persona ha entrado en una crisis, esta persona tiene una gran dificultad, pero para reconstruir, para reinventar su sacerdocio entonces dice: “Pues yo no entiendo mucho si hay perdón o no hay perdón; yo no entiendo mucho si hay virginidad o no de María, ni entiendo mucho si de verdad, de verdad, de verdad hay huesos o no hay huesos de Cristo, yo de eso no entiendo mucho. Pero no entendiendo mucho de eso, lo que sí sé es que en mi parroquia repartimos cuatro toneladas y media de alimentos el semestre pasado, eso es lo que sí sé”.
Porque desde luego eso es verificable, pero no nos damos cuenta que cuando reducimos el ministerio a las estadísticas sociológicas y a la pura promoción humana, oiga lo que voy a decir, estamos robando a la gente. El sacerdote que se limita a la promoción humana, y que trata de contentar su conciencia reinventando su vocación en términos de pura promoción humana, está robando a la gente.
¡Cómo me va a decir eso, Padre! ¿Cómo así que robando? Claro, claro, porque esas cuatro toneladas y media se las podía dar otro, que puede ser masón, o que puede ser ateo, o que puede ser protestante; pero la unión con Jesús y con la Iglesia, ¿de dónde la van a recibir? ¿De dónde, de dónde va a salir? Si tú, que has recibido el mandato, -de ahí viene la palabra cura-, se te ha dado cura de almas, es decir, tienes el mandato eclesiástico, por boca y corazón de tu obispo, tienes el mandato eclesiástico de alimentar con Pan del Cielo; y no importa que los rellenes de pan de la tierra, si no les diste Pan del Cielo, los robaste.
Entonces muchas veces somos ladrones. Si nosotros no damos el Pan del Cielo, estamos robando. Por favor, no caigamos aquí en el sofisma llamado del falso dilema. Alguien podría decir: “Pues en el caso del sacerdote que se limita a darles pura espiritualidad y la gente crujiéndole las tripas, y el otro que por lo menos sacia el hambre de la gente, yo me quedo con el que sacia el hambre de la gente”.
Eso se estudia en lógica y se llama un sofisma, se llama el sofisma del falso dilema. Que es lo que se está comparando ahí Se está comparando el sacerdote espiritualista con el sacerdote promotor de humanidad, o como lo llamaremos Sacerdote sociológico.
Pero es que hay una alternativa, y esa alternativa es la que realmente quiere nuestra Iglesia. Nuestra Iglesia no nos quiere indiferentes frente a las tripas que crujen, pero mucho menos nos quiere indiferentes frente al corazón que anhela la Palabra que dura.
Es que el hecho de que las personas tengan esas dos hambres no debe ponernos a escoger. La gente tiene hambre de pan de la tierra, es clarísimo la falta de justicia, los desplazados, los pobres, los sin techo, los desempleados; por supuesto que la gente tiene hambre del pan de la tierra, pero no creas que eso te autoriza a preferir el pan de la tierra sobre el Pan del Cielo.
Lo que se espera de nosotros es lo que hacía Jesús, que alimenta el cuerpo y sana, alimenta, levanta, educa, enamora el corazón.
Llevamos dos ejemplos de personas que no viven de la fe. Tenemos el caso del teólogo que escribe para otros teólogos, que defiende el gremio de los teólogos, “y ay de que alguien se meta con nosotros porque somos muchos, somos muchos y vendemos bastante; cuidado se van a meter con nosotros; y estamos en muchas facultades, y estamos en muchos seminarios, y publicamos muchos libros, y tenemos a los medios a nuestro favor”.
Uuy, yo les cuento, eso lo saben también ustedes, en países como España sobre todo, como Italia, como algunos lugares de Estados Unidos, en este momento se está viviendo una verdadera batalla en esos términos, con una arrogancia infinita: “Nosotros tenemos los medios de nuestra parte y tóqueme, señor obispo, métase conmigo, ¡ah, y le echo todos los medios de comunicación, le desacredito su arquidiócesis!” Y hay gente que ya ha hecho ese tipo de amenazas en ese país, en otra arquidiócesis que yo sepa, de aquí no he sabido.
Fíjese, esa es una posibilidad, nos llenamos de arrogancia, somos el gremio de los “dotores”, nosotros sí hemos estudiado mucho, pero ahí no interesa la fe, es simplemente protección de gremio, ¿no? Así como se juntan los camioneros y dicen: “Le bloqueamos las autopistas a ver qué hace”, así también hay algunos que quieren extorsionar, o tal vez esa no es la palabra, pero que quieren, a base de presión, meter sus ideas.
Entonces este es un tiempo muy complicado, yo pienso, aquí con mucho respeto y cariño para Monseñor, nuestro Arzobispo, pero este es un tiempo muy complicado para ser obispo, un tiempo muy difícil, porque esa clase de presiones existen.
Bueno, luego está la otra, la otra es la que hemos dicho, del que se siente descontrolado, se siente desorientado; a veces la desorientación proviene de estudios adicionales. A nosotros los dominicos nos ha pasado, porque yo debo hablara también de casa, y en mi casa hay mucho trabajo por hacer. La Orden de Predicadores tiene tantas cosas bellas, pero tiene tanto mugre que limpiar, y eso lo sabemos ustedes y yo, y no ahondemos en ese tema ahora, por favor.
La Orden de Predicadores tiene mucho mugre que limpiar, por supuesto, en casa. ¿Y entonces qué nos ha pasado a nosotros? Ha pasado que tenemos algunos frailes, algunos sacerdotes, que se ponen a hacer estudios, y eso en principio está bien. Estudian Comunicación Social, o estudian Psicología, o estudian Derecho, o estudian cosas así, materias y profesiones en principio seculares, y llega un momento, no es que se tenga que dar forzosamente, pero llega un momento en el que al sacerdote le resulta más fácil definirse por su profesión secular.
Entonces este es un sacerdote que estudió, -les digo porque me ha pasado en mi comunidad-, este es un sacerdote que estudió Periodismo, y luego se siente más periodista que sacerdote, porque ser periodista es algo que tiene entidad social, tiene un rostro social, tiene un lugar claro dentro de la sociedad, mientras los tiempos en que vivimos son tiempos en los que ser sacerdote es más difícil de lo que parece.
El rostro del verdadero sacerdote, y eso lo vamos a ver en nuestras próximas predicaciones, el rostro, la identidad sacerdotal está pasando por un momento muy complejo, quizás no lo llamemos un momento malo, digamos más bien que es un momento complejo, y en un momento complejo es como cuando el río está muy revuelto, y cuando uno se puede sentir así, medio naufrago, entonces uno se agarra de algo.
“Entonces yo no sé bien qué será ser sacerdote, pero yo abogado sí soy”; “yo no sé exactamente qué es ser sacerdote, pero mis estudios de Psicología”, esos casos los tenemos nosotros, los dominicos. Aquí yo no vengo a presentarme como nada de nada porque yo sé la cantidad de mugre que tenemos en casa, como también hay cosas muy bellas, nadie lo niega.
A mis hermanos de comunidad se les ocurrió nombrarme para el Consejo de Provincia, entonces yo tengo que ver con toda la provincia dominicana de Colombia, entonces yo con qué cara me voy a presentar aquí ¿de qué? Aquí estamos es entre hermanos, ustedes y yo, nosotros y ustedes, estamos entre hermanos, donde la tarea es la misma para ustedes y para nosotros: limpiar la casa, traer luz, traer gracia, implorar al Señor, renovarnos en la fe, esas son las tareas de ustedes y de nosotros.
Entonces dígame, uno bien complicado, con la cabeza bien revuelta, no se sabe bien qué es ser sacerdote, pues entonces me agarro de algo, me agarro de mi profesión civil, de mi profesión secular.
Hay otros casos que incluso dan un poquito más de pesar: hay gente a la que le cautivan los negocios, los negocios como tal, la platica: “Tengo por ahí una platica y voy organizando mi platica y…” Y eso finalmente ¿de dónde brota? ¿Cuál es el o rigen remoto de eso? La frase que estamos meditando, mis hermanos: Gálatas 2,20: “La vida que vivo, la vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” Carta a los Gálatas 2,20, esa es la vida que tengo.
Tercer ejemplo de personas que no viven de la fe, son cuatro ejemplos en total, vamos por el tercero. Tercer ejemplo. Pues uno tiene así como mucho estudio ni ganas de estudiar, pues de todas maneras ser sacerdote también significa, oiga la frase, hacer algunas cosas.
Entonces existe también el sacerdote funcionario, existe el sacerdote, que no lo vamos a llamar inerte, sino el sacerdote de la inercia. Es decir, es el sacerdote que obra según ciertos mínimos: “¿Qué hay que hacer en esta parroquia? Hay tales Misas, hay tales confesiones”, entonces ahí es en donde nos volvemos funcionarios semidistraídos.
Es decir, ¿qué es lo que se espera de mí? Que tengo que pararme delante de una mesa que llaman altar, agarrar una cosita que llaman hostia, decir estas palabras, repartirla a la gente”. Entonces el sacerdocio queda definido por una serie de actividades que hay que hacer, son cosas que hay que hacer: "Hay que celebrar la Misa, hay que sentarse a confesar”.
¿En dónde se reconoce que uno ha llegado a ese estado de funcionario? En que apenas le llega a uno una carta que dice: “Arquidiócesis de Bucaramanga”, -ahí en la esquina superior izquierda, el primer gesto es: “¡Ah! ¿Y ahora qué se les habrá ocurrido? ¿Ahora qué se les ocurrió?”
Entonces el Arzobispo y sus dilectos colaboradores tratan de buscar las palabras más amables. Yo no sé cómo serán las cartas del señor Arzobispo, pero yo me voy a tratar de inventar una carta de Arzobispo amable:
“-Muy estimado Señor Presbítero”, mientras tanto el otro está pensando: “-Ojalá me estimara”. “-Como usted sabe estamos en un plan de renovación, sigue diciendo la carta. Mientras tanto el sacerdote funcionario semidistraído piensa: -“Más trabajo”. “-Por consiguiente, hemos organizado unas reuniones”. “-Ah, yo sí sabía que esto iba para unas reuniones”. “-Nos vamos a encontrar por arciprestazgos”. “-Eso no va nadie”. “-Vamos a estudiar de una manera muy dinámica”. “-¿Dinámica dijo? Se ve que no asiste a las reuniones”.
Entonces el sacerdote funcionario semidistraído lo que no quiere es que le renueven su sacerdocio, porque eso lo pone a trabajar; el sacerdote funcionario semidistraído no quiere que haya plan pastoral, ¿porque todo plan pastoral va a implicar qué? Trabajo: tiene que salir de su casita, tiene que perderse la novela, tiene que llegar a allá a verle la cara a los otros que también llegaron a allá forzados.
Entonces es un estado muy grande de mediocridad en el que nos encontramos en buena parte de la Iglesia Católica, y se utiliza todo un lenguaje que viene desde las altas esferas vaticanas.
Eso es, más o menos, ¿cómo le describo yo la situación sin ofender la sensibilidad de los muy reverendos padres aquí presentes? Eso es como empujar una gorda, y usted como que, hummm, se alcanza a hundir en el tejido adiposo, se hunde, se hunde, pero la gorda permanece en sus quince, no avanza.
Ese sufrimiento que se vive en el Vaticano, ese sufrimiento que se tiene. Entonces el Papa dice: “Necesitamos un dicasterio de nueva evangelización”, el dicasterio de nueva evangelización saca unos materiales interesantísimos después de pagarle una millonada a unos expertos, porque esa es la otra en la Iglesia, todo se resuelve con expertos.
En una diócesis que tuve retiro hace poco se reían del tema de los expertos, ¿no? Por ejemplo, para conectar un micrófono se necesitaron cuatro expertos. Entonces el dicasterio de nueva evangelización paga no sé cuántos miles de euros para sacar un documento maestro sobre las líneas principales de la nueva evangelización, con una serie de videos Ph.D, para los que no sepan qué es Ph.D, Ph.D es alta definición.
Entonces en el Vaticano sacan los videos de alta definición, los materiales suplementarios, las preguntas, las encuestas, los cuadros, abren una página web, todo parece estar a punto, hasta que llega esa maravillosa corriente de vida y se estrella con la gorda. ¿Y la gorda qué es? La gorda es la gorda pereza, la gorda mediocridad, la gorda inercia del funcionario que precisamente lo que quiere, miren la herejía que voy a decir, me perdona de antemano, señor Arzobispo, mire la herejía que voy a decir: la gorda lo que quiere, -la gorda es la gorda pereza, la gorda mediocridad-, la gorda lo que quiere es que no haya nueva evangelización. O se lo digo al revés, que también es cierto: la gorda lo que no quiere es que haya nueva evangelización.
No tiene nada de raro que en muchas diócesis, arquidiócesis, vicariatos, arciprestazgos, entre nosotros los religiosos, conventos, provincias, regiones, -nosotros también tenemos vicariatos-, vicariatos generales, vicariatos provinciales, no tiene nada de raro, nada de raro tiene que las mejores iniciativas de evangelización mueren, ¿por qué mueren? Porque se estrellan con la gorda, con la gorda pereza, con la gorda mediocridad y con la gorda comodidad. O sea que son tres gordas.
Y entonces empuje y empuje y empuje, y apenas se logra hacerle un masajito en tejido adiposo a la gorda, pero la gorda no se mueve, porque la gorda es inerte. Entonces es muy tenaz, por eso es que tenemos que orar en el retiro espiritual, ¿qué es lo que digo que es muy tenaz? Mire, es mu tenaz tener que reconocer que en nuestros mismos conventos, hablo de dominico, en nuestras vicarías y arciprestazgos, en nuestras diócesis, hay gente que no quiere que haya nueva evangelización, no se quiere.
Porque el día en que se tomen en serio lo de la nueva evangelización, ¿ay, Dios mío! ¿Usted se imagina que mi parroquia despierte? ¿Usted se imagina ese poco de gente diciendo: “Queremos ser evangelizados”? ¡No! Hombre, tan cómodo que es salir uno, ya saber que están las mismas nueve viejas chismosas y dos viejos sordos”, dice uno, una Misa que ya está paga, ahí no hay nada que perder, termina uno la Misa, no se le ha enfriado todavía el chocolate, hombre, una vida cómoda, una vida tranquila.
Y uno pues tiene oportunidad de darse sus vacaciones, uno no tiene problema, la gente de todas maneras lo saluda a uno por la calle, le dicen a uno: “Padre, muy buena su charla, un poquito gritada, pero muy buena; pero no, padre, yo estoy muy bien así como estoy, y yo no llevo una vida escandalosa”.
No lleva una vida escandalosa, en el caso del sacerdote, dicho como disculpa, equivale a lo que dice mucho laico: “Yo no le hago mal a nadie”, y lo que yo le digo a los laicos que tiene esa frase, “yo no le hago mal a nadie”, mi respuesta es la siguiente: ¿Es que Dios lo llamó a usted y lo amó a usted no sólo para que no hiciera mal, sino para que hiciera bien.
Entonces tenemos que preguntarnos, esa unción, le ungieron las manos, ¿qué pasó con ella? ¿Está trabajando? ¿Qué pasó con la unción? Pero para poner a trabajar la unción, para poner a trabajar el crisma, que su merced recibió y yo también, ¿para poner a trabajar ese crisma qué se necesita? Se necesita encontrarle sentido a salir un día, en que estoy muy cómodo en mi casa, a reunirme con una comunidad que no me va a dar estipendio.
Se necesita encontrarle sentido a la alegría de aquel que un día me sonríe y me dice: “Ahora sí amo la Iglesia”, y para eso se necesita vivir de la fe.
El día que la sonrisa de un convertido a usted le signifique más que un estipendio, -sabiendo que todos necesitamos dinero para vivir y para todo lo demás-, el día que la sonrisa de un convertido, el día que las lágrimas de gozo de un pecador que halló el Evangelio signifiquen para usted la vida entera, ese día usted está bebiendo del misterio de Jesús.
Mientras eso no suceda, querido padre, usted está probablemente en grave peligro de volverse funcionario semidistraído: “Cumplo con mi horario”, al fin y al cabo todo el mundo tiene horario en esta sociedad, ¿sí o no? Todo el mundo tiene horario, entonces también el sacerdote tiene horario.
Como un sacerdote que describía su ministerio de la siguiente manera: “Yo atiendo vivos y difuntos hasta la calle segunda”, que era donde terminaba el límite de su parroquia. “Entonces yo atiendo vivos y difuntos de ocho a doce todos los días, menos los lunes y los jueves que agrego de dos a cinco, yo atuendo vivos y difuntos hasta la calle segunda; los que pasen de ahí, eso le toca al otro párroco, y eso sí, no es culpa mía que la gente quiera vivir allá y no acá”. Fíjese cómo se nos empobrece el ministerio.
Llevamos tres ejemplos de personas que no viven de la fe pero que están dentro de la Iglesia: el teólogo de tendencia exótica, más bien herética: “Pero métase conmigo, señor obispo, métase conmigo: le echo los medios encima, a ver, ¿cuál es el problema?”
Segundo, tenemos el caso del que en una desorientación existencial se agarra de algo: “Bueno, no sé qué soy, no sé qué soy, no sé qué soy, pero abogado sí soy, o soy periodista, o soy comerciante, o le digo una cosa: maíz, como el que yo saco en esa finca, nadie”.
“Entonces no sé si seré, no seré, qué será”. ¿Qué pasa cuando uno da una absolución? Dicen los ecuatorianos y lo he oído también en Perú: “A saber”, ¿qué pasa con una absolución? “A saber, pero lo que sé es que, maíz como el que sale en mi finca, eso sí no tiene cuestionamiento”. Ese es el segundo caso, el que se agarra de algo.
Tercer caso: el funcionario semidistraído que ya está aplastado por la gorda, ya lo aplastó la gorda, la gorda pereza, la gorda mediocridad, ya lo aplastó.
El cuarto ejemplo tiene que ver con el mundo de la afectividad, que es el mundo que uno siente más de uno, porque cuando se habla de afectividad, dicen las Constituciones de los frailes dominicos, “se está hablando de las tendencias más profundas del corazón humano”.
Y es ahí, sobre todo ahí donde se nota cuánta fe nos hace falta, porque una soledad, sin sentido, nadie la aguanta. Eso de renunciar a la paternidad y renunciar a muchas de las dimensiones de compañía, uno no renuncia a todas las formas de compañía, pero renuncia a muchas, sobre todo a la compañía íntima. Eso de esas renuncias, realmente es imposible sin fe.
Nadie calificará de conservador al Padre Karl Rahner, el famoso jesuita teólogo, nadie lo va a calificar de conservador, más bien hay ciertas dudad de que se le iba la mano por el lado progresista, especialmente con su teoría de los cristianos anónimos; nadie va a decir que Karl Rahner era un conservador, nadie.
Pero le preguntaron a Karl Rahner sobre el celibato y él dijo: “Me opongo radicalmente a que cambie la disciplina de la Iglesia en materia de celibato”, curioso que este jesuita, que nadie calificaría de conservador, tomara una posición tan profundamente diáfana en esa materia. Entonces le preguntaba el periodista: “¿Por qué usted está en ese desacuerdo tan grande?” Y la razón que él dio fue una razón práctica, él decía: “Si nosotros en la Iglesia Católica cambiáramos la disciplina sobre el celibato, se multiplicaría la idea del sacerdote como pequeño burgués, como funcionario, que trabaja únicamente para su familia y para sus cosas”.
Y sigue diciendo Rahner: “Buena parte de la dimensión profética del sacerdote está en saberse incompleto en razón de Cristo”, eso es interesante, “saberse incompleto en razón de Cristo”.
El celibato bien vivido adquiere su significado en dos vertientes. Primera, como proximidad de amistad, que podríamos llamar proximidad en la batalla, proximidad en la lucha con Jesús, lo que Él sufre yo lo sufro.
Miren, el pasaje ese del Segundo libro de Samuel, donde David manda a matar a Urías, porque la esposa ya estaba embarazada por cuenta del rey David, ¿no? Cuando David manada a matar a Urías, hay un detalle que es lateral dentro del relato pero que quizás vale la pena subrayarlo aquí un momento.
Cuando David, que ha tratado de emborrachar a Urías, y ha tratado por todos los medios que vaya a su casa y que disfrute con su mujer, obviamente para tapar el embarazo que ya estaba, cuando David le hace presión a Urías para que vaya a allá y goce con su mujer, Urías da esta respuesta que es una respuesta muy profunda, más de lo que hemos meditado usted y yo.
Urías dice: “¿Pero cómo voy a ir yo a pasar bien con mi esposa mientras mis compañeros están en la batalla peleando? Lo mínimo que yo puedo hacer, -así se traduce la actitud de Urías-, lo mínimo que yo puedo hacer es abstenerme de mujer mientras ellos estén peleando, y por eso se quedó en los cuarteles de palacio, y por eso David tuvo que llevar su estrategia finalmente a eliminarlo, como ya sabemos que lo hizo.
¿Qué quiero destacar de esa escena? Que Urías se siente tan unido a los otros compañeros en la batalla, que él siente que no pude, por solidaridad, por unión con la batalla, él no puede simplemente irse con su esposa, que era su legítima esposa, por supuesto, él no puede irse con su esposa.
Una parte del celibato nuestro, -del celibato vamos a hablar en otra ocasión-, una parte del celibato nuestro es eso, es sentir que Jesús está dando dura batalla, y sentir que Jesús está implicado en todas las fibras de su ser, en todos los centímetros de su piel, en todos los tejidos de su alma, Jesús está de lleno entregado en el anuncio del Reino, está de lleno entregado a la voluntad del Padre y a la salvación del mundo.
Jesús está de lleno en esa causa, entonces el sacerdote que tiene la fe viva, que ve a su Capitán, Jesucristo, en esa batalla, no se sentiría bien, aunque la Iglesia le permitiera tener esposa, no se sentiría bien, porque él siente que Jesús lo está entregando todo, como Urías veía que sus soldados lo estaban dando todo.
Entonces él decía: “Pero si mis soldados se están haciendo matar, y yo aquí pasándola bueno con mi esposa, ¡no puede ser! Por lo menos lo que voy a hacer es abstenerme de mujer”, y por eso no fue a quedarse con la esposa.
Esa es una parte del celibato, una parte del celibato es ver a Jesús entregándolo todo; Jesús no tiene día, no tiene noche, no tiene hora, no tiene sangre sino para darla por su pueblo. El que ve a Jesús en esa luz, siente: “No, realmente yo tengo que darlo todo” y, por supuesto, eso facilita mucho la vivencia del celibato, esa es una rama.
La otra rama, la otra vertiente, que es la vertiente mística, y que es la más difícil de entender para nosotros los varones, pero que es real y es la que predica, por ejemplo un San Juan de la Cruz, es la unión con Jesús, la unión misma con Él, unión que San Juan de la Cruz no duda en calificar de esponsal. Realmente, mi ser sacerdotal de tal modo es para Jesús, de tal modo yo soy para Él, que sólo tiene sentido entregarle todo lo que yo tengo y todo lo que yo soy.
Por supuesto, ¿esas dos vertientes del celibato de qué dependen? De que yo tenga a Jesús ante mis ojos, que yo tenga la lucha de Jesús ante mis ojos, y que yo tenga el valor inconmensurable de la Sangre de Jesús ante mis ojos.
¿Y quién me va a dar esa luz para que yo vea esa Sangre? ¿Quién me va a dar la luz para que yo aprecie sus dolores, y sus trabajos, y sus dolores, quién me va a dar esa luz? Solamente la fe. Cuando se pierde la fe o cuando la fe se debilita, entonces resurgen los otros argumentos: “Yo también soy hombre”, “yo también tengo sentimientos”, “yo también paso por trabajos”, “yo también tengo mis derechos”, y todo ese tipo de cosas.
Pero detrás de la crisis del celibato hay una crisis de fe, eso es así. Uno no encuentra un sacerdote que esté viviendo su sacerdocio con gozo y plenitud y con ese deseo que tienen los santos, ese deseo que se traduce en que: “Ojalá tuviera yo más vidas que entregar por Jesús”, un sacerdote que está en esas, por decir lo menos, le queda mucho más fácil vivir la disciplina del celibato o el voto de castidad, según sea el caso.
Mis hermanos, ahí tenemos cuatro ejemplos de personajes que no viven de la fe: el teólogo herético, el sacerdote que se ufana de su profesión civil y se defiende ante sí mismo y se define a sí mismo por su profesión civil, el sacerdote que está como funcionario semidistraído aplastado por la gorda, y el sacerdote que tal vez está aplastado por una delgadita, esos son los ejemplos que tenemos.
¿Qué es lo que queremos en estos días de retiro, queridos sacerdotes, qué es lo que queremos? Renovar nuestra fe, eso es lo que queremos. Nuestro principal maestro durante estos días, en la renovación de la fe, va a ser el Apóstol San Pablo. O sea que vamos a ir un poquito a los textos fundamentales, vamos a ir un poco a estas bases, que a veces uno las da por descontadas.
Y nos dice el Papa Benedicto: “Hoy ya la fe no puede darse por descontada, ni en las culturas, “ah, estamos viviendo en un país católico”, no te fíes; ni en las familias, lamentablemente no es así, cada vez es menos, quiero decir; ni a veces en nosotros mimos los sacerdotes. Entonces el Papa, que tiene por qué saberlo, dice: “No demos la fe por descontada”.
Por eso, con el favor de Dios, nos vamos a ciertos textos fundamentales, y queremos renovar en ellos nuestra fe, para poder decir un día: “Yo vivo de la fe, mi vida es inexplicable sin la fe, mi felicidad no existe sin la fe, mi esperanza, el amor que palpita en mi alma, no tiene de qué agarrarse si no es de la fe”.
[:Categoría:juan 006_026|San Juan 6,26]]