Gramática de Cristo, 4 de 4, Invocar el Nombre
Hemos comentado en esta pequeña serie de "La Gramática de Cristo" que la revelación de Dios en su Hijo es la revelación de Dios en Aquel que es su Palabra, y por eso nos hemos preguntado qué quiere decir acoger esta Palabra, acoger este nombre del Señor.
La Carta a los Filipenses dice que Cristo "recibió nombre sobre todo nombre" Carta a los Filipenses 2,9, eso está en el capítulo segundo de la Carta a los Filipenses. En el capítulo décimo de la Carta a los Romanos dice el Apóstol San Pablo: "Todo el que invoque el nombre del Señor se salvara" Carta a los Romanos 10,9, eso es capítulo décimo de Romanos.
Hoy nos vamos a preguntar por ese nombre del Señor. Evidentemente, no se trata de una fórmula mágica, no se trata del que diga unos determinados sonidos con su boca, no se trata simplemente de unas letras. ¿Qué es invocar el nombre del Señor? Tuvimos una de estas reuniones en la que comentamos sobre lo que significa "Yahvé", y vimos que hay una riqueza de sentido cuando se habla de "Yahvé".
Pero aquí no se trata de volver a ese nombre particular que está asociado con la revelación a Moisés, sino queremos preguntarnos más en general a dónde apuntan esas expresiones. Cuando, por ejemplo, Jesús dice: "Guárdalos en tu nombre" San Juan 17,11, en su oración sacerdotal, capítulo diecisiete de San Juan, Jesús le pide a Papá Dios, refiriéndose a los discípulo: "Guárdalos en tu nombre" San Juan 17,11.
Qué significan esas expresiones? ¿Qué quiere decir "todo el que invoque el nombre del Señor se salvara"? Carta a los Romanos 10,9. ¿Qué quiere decir que "Cristo ha recibido un nombre sobre todo nombre"? Carta a los Filipenses 2,9. ¿Qué quiere decir que seamos "guardados en el nombre del Señor"? Eso es lo que queremos preguntarnos.
Hay una anécdota o un dato interesante sobre loa espiritualidad musulmana que yo creo que puede servirnos de ejemplo. Los musulmanes tienen una espiritualidad muy profunda sobre el nombre de Dios, a quien ellos llaman fundamentalmente Alá. Alá es el nombre de Dios para ellos, pero ellos tiene una cantidad de nombres, por ejemplo, "Dios es el omnipotente", "Dios es el victorioso", "Dios es el sabio", "Dios es el generoso", "Dios es el compasivo". "Caminaré en presencia del Señor", como dice el canto que hemos recordado
En la espiritualidad musulmana o en la mística musulmana hay una serie de nombres que tradicionalmente se le asignan a Alá, y esos nombres forman una cadena de noventa y nueve, son noventa y nueve invocaciones o alabanzas del nombre de Dios. Y uno se pregunta por qué noventa y nueve, por qué no cien, que sería como un número más comprensivo. Pero ellos dicen que el centésimo nombre de Dios se lo revela Dios a cada uno en el corazón.
Es decir, es como de conocimiento público que Dios es poderoso, que es sabio, que es compasivo, que es generoso, pero hay un nombre de Dios que es susurrado por Dios mismo en el corazón de aquellos que verdaderamente le conocen.
Esa idea de una revelación íntima, esa idea de un nombre que es pronunciado en lo profundo del corazón, también existe, por supuesto, en el camino de nuestra espiritualidad cristiana. Nos lama la atención cómo en la Carta a los Gálatas el Apóstol San Pablo utiliza esta expresión: "Cuando Dios se dignó revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,15.
Es decir que conocer a Jesucristo no es tener unos datos sobre Jesucristo, es como darle entrada para que Él tome posesión de su trono en nosotros, como para que Él haga de nosotros su santuario, como para que Él susurre su misterio nos cuente lo que quiere compartir con sus amigos más íntimos. No olvidemos que en la Última Cena Jesús dijo a sus Apóstoles: "Yo tendría muchas más cosas que decirles, pero no pueden cargar con ellas ahora; cuando venga el Espíritu Santo, Él los conducirá a la verdad completa" San Juan 16,12.
Eso significa que todo discípulo está en una actitud de escucha profunda, en una actitud de apertura a la revelación suprema, para que Dios revele su misterio en mí, para que Dios me diga qué es lo que Él quiere. Y esa íntima revelación es la que le da verdadera lámpara al corazón humano, es la que le da verdadera luz al corazón humano y es la que libera al corazón humano de la triple oscuridad.
¿Cuál será la triple oscuridad? Pues la triple oscuridad es la oscuridad del pecado, es la oscuridad de la ignorancia y es la oscuridad a la que nos somete nuestra misma ceguera, nuestra misma sordera, según se hable.
Es decir que nosotros somos pecadores, ignorantes y ciegos, o si lo quieres ver de otra manera, pecadores, ignorantes y sordos. Y por eso nuestra condición es grave, y por eso necesitamos que venga Dios dentro de nosotros, porque los engaños son muchos, porque hay muchas, muchas posibilidades de engaño.
Una cosa que nosotros debemos tener muy clara es que el engaño viene del príncipe de las tinieblas, y el príncipe de las tinieblas es un ángel, y como tal, su intelecto es muchísimo más poderosos que el nuestro. Es decir, las capacidades de engaño del enemigo son supremamente grandes y por consiguiente, nosotros tenemos que pedir al Señor que nos libere de esos engaños. Tenemos pecado, tenemos ignorancia, tenemos sordera. Y por eso necesitamos que venga Dios a nosotros.
Es muy importante esta idea del maestro interior, y por eso entre otras cosas, la Iglesia, aunque valora la vida, por ejemplo, del ermitaño, no la recomienda como cumbre de perfección. Al que Dios lleve por ahí, está bien, pero con obediencia al obispo, con obediencia a lo que sea. Pero la condición natural de santificación es siempre en comunidad, ¿por qué? Porque la comunidad me obliga a oír una voz que no es la mía, porque el estar con otros me obliga a salir de mi pensamiento, me obliga a salir de mi preferencia, me obliga a salir de mi gusto.
Y ese ejercicio de salir de mi gusto, salir de mi preferencia, salir de mis conclusiones, ese ejercicio ya es un ejercicio de humildad y de escucha, que es un abrir la puerta para que venga el Señor a tomar posesión de lo que es suyo. Esta es la importancia tan grande que tiene.
Bueno, vamos a apoyarnos en una parte final, porque estas reflexiones se caracterizan también por su brevedad, vamos a fijarnos en el Salmo ciento dieciséis, en la numeración de la Biblia, que corresponde en la Liturgia de las Horas a los Salmos ciento catorce y ciento quince. Nosotros este salmo lo conocemos yo creo que desde niños porque tiene esa melodía: "Caminaré en presencia del Señor".
Bueno, vamos a leer el texto como aparece en la traducción de la Biblia de Jerusalén, cambiando únicamente Yahvé por Señor, que es lo que usualmente se hace en la liturgia. Escuchemos lo que aquí apare con nuestra pregunta: "Qué es invocar el nombre del Señor? Porque eso es lo que lo puede salvar a uno, Romanos 10: "El que invoque el nombre del Señor" Carta a los Romanos 10,13. Pero ese "invocar" es un clamor muy profundo, es desde el fondo del alma: "Señor, libérame porque me pueden engañar mis prejuicios, libérame porque me pueden engañar mis enemigos, libérame, Señor"
En este salmo vamos a aprender qué quiere decir invocar el nombre del Señor. "Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo llamo. Me aferraban los lazos de la muerte, me sorprendieron las redes del abismo, me encontraba triste y angustiado. E invoqué el nombre del Señor: "Socorro, Señor, sálvame. Tierno y justo es el Señor, nuestro Dios es compasivo. El Señor guarda a los pequeños; estaba yo postrado y me salvó.
Vuelve a tu calma, alama mí, que el Señor te ha favorecido. Ha guardado mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor en el mundo de los vivos" Salmo 116,1-9.
Palabra de Dios.
De este texto que corresponde al Salmo 114 en la Liturgia de las Horas, observemos qué es invocar al Señor y vamos a hablar de o que está alrededor y de lo que está adentro de este orante, para pedirle también nosotros al Señor que nosotros podamos invocar así su nombre, porque una vez más lo digo y ya pienso no repetirlo más, los engaños son muchos.
Y hay una cosa que a mí me llama la atención y que me lo hizo ver uno de mis profesores de Historia de la Iglesia: ninguno de los herejes era un tonto y muchos de los herejes, o la inmensa mayoría de ellos, no eran hombres dados al vicio, y muchísimos, muchísimos, eran gente de oración. Esa es una realidad que uno tiene que entender para darse cuenta por qué hay que invocar al Señor desde más adentro, de adentro, de adentro. Es con una humildad infinita como uno puede realmente hacer su oración.
Entonces miremos lo que hay afuera y lo que hay adentro. Mira lo que nos dice sobre lo que hay afuera: "Me aferraban los lazo de la muerte, me sorprendieron las redes del abismo" Salmo 116,3. Más adelante dice: "El Señor ha guardado mi vida de la muerte, mis pies de la caída" Salmo 116,8.
Lo que siente este hombre es que ¿qué es lo que tiene cerca? La muerte, la trampa, la red, el abismo, la caída. La situación solo puede ser calificada de peligro evidente e inminente. Pero si leemos, aún con más detalle, descubrimos varias cosas: no solamente es un peligro muy grande, sino que es un peligro que cae por sorpresa y es un peligro del cual él, humanamente, no podría salvarse.
Lazos que lo aferran, y que por consiguiente, no le permiten defenderse; red que cae sobre él, y que por consiguiente, lo deja en manos de sus enemigos; una trampa que se abre, un abismo que se abre, y que por consiguiente, abre sus fauces para devorarlo, ahí, ahí no más. Se trata de un peligro cercano, se trata de un peligro inminente y se trata de un peligro invencible, de un peligro, humanamente, invencible.
¿Esto qué nos indica? Que si él reconoce que el peligro es imprevisto, que el peligro es poderoso, que el peligro está escondido y que ese peligro es cercano, a ver qué conclusión podemos sacar de eso, ¿cuál es entonces la actitud de él si se da cuenta de eso? Si el peligro es inminente, si el peligro es cercano, si el peligro es astuto, si el peligro es invencible, entonces lo único que queda es retirar por completo su confianza de sí mismo y poner por completo su confianza en el Señor.
Quitar por completo su confianza de sí mismo, ¿y qué es quitar la confianza de uno mismo? Es darse cuenta que los ojos de uno no siempre ve lo que es, que los oídos de uno no siempre oyen lo que es, que el corazón de uno no siempre siente lo que es, que las decisiones de uno no siempre son las más acertadas.
Realmente lo que vive este orante es un éxodo, es un éxodo que lo saca de la confianza en sí mismo, es como un poner en duda todo lo que podía ser su certeza o fortaleza interior; él pone en duda, él cuestiona, él retira su confianza de todo lo que podría ser su certeza o su fortaleza interior, y ese éxodo lo lleva a poner toda esa confianza en el Señor. Ahí tenemos una descripción de lo que es invocar el nombre de Dios: es una santa y bendita duda de todo lo mío y una santa y bendita certeza de todo lo suyo. Esa es la invocación del nombre de Dios.
Esa invocación supone un éxodo, supone una peregrinación, supone un salir de mí mismo. Miremos un poco el mundo interior de este hombre. Dice él: "Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo llamo, el día que lo invoco"Salmo 116,1-2. ¿Qué aparece aquí? Es evidente, su dulce confianza en Dios, certeza de Dios: Él es el que es, Él es el que permanece, Él es el que no engaña, Él es el verdadero, Él es el Santo.
Y en la afirmación gozosa de que Él es, la confianza hace su éxodo, sale de mis antiguas certezas y se deposita en el único que es, en el único que permanece.
Entonce fíjate cómo se van dando las dos cosas al tiempo: como tengo conciencia de la situación que estoy viviendo, como tengo conciencia de los peligros que me asechan, como tengo conciencia de los lazos que me aferran, como tengo conciencia de la cercanía del abismo, retiro mi confianza de mí mismo. ¿Yo podría vencer ese abismo? No. ¿Yo podría romper esos lazos? No. ¿Yo podría salirme de esta red? No. ¿Yo soy respuesta para mí? No. Entonces yo retiro mi confianza de mí, deposito mi confianza en Él. Lo primero que brilla en el mundo interior de este orante es la absoluta confianza.
Vamos a ver qué más aparece aquí. "Invoqué el nombre del Señor: ¿Socorro, Señor, sálvame!" Salmo 116,4. Fíjate que esta súplica, en un primer momento, parece que es: "Sälvame de los peligros exteriores", pero si uno lee con más profundidad este "sálvame" es "sálvame de mí mismo", ¿por qué? Porque si yo estoy envuelto en esos lazos que me aferran y yo creo tontamente que yo me puedo soltar, esa falsa certeza va a ser mi condenación. Si cae sobre mí una red y yo pienso tontamente: "Ah, yo de esta me salgo", esa falsa certeza va ser mi perdición.
Si el abismo está tan cerca de mí, la noche es oscura, no sé ni dónde estoy poniendo el pie, y yo presumo que yo voy a poder encontrar el camino yo solo, esa presunción me va a llevar a desastre.
En la invocación del nombre de Dios, el "sálvame", no es únicamente "quítame los problemas de fuera", porque uno siempre mira afuera: "Quítame los envidiosos, quítame los ladrones, quítame los violentos, quítame los orgullosos", y uno mira hacia afuera; Pero si uno lee este salmo con cierta profundidad, como estamos intentando, uno dice: "Dios santo, este señor lo que está pidiendo es ser liberado de sí mismo: "Sálvame de esa prisión en la que yo me puedo encerrar en mí mismo, sálvame, Señor, sálvame".
Necesitamos dos cosas: una gran confianza en Dios, y una súplica: "Sálvame de lo de afuera, pero sálvame también de lo de adentro".
"Tierno y justo en Jahvé, nuestro Dios es compasivo" Salmo 116,5. ¿Qué hay aquí? No es solo el tener un conocimiento de que Dios está cerca, como cuando uno dice: "Sí, Dios está en todas partes", no, hay una experiencia de amor y hay un recuerdo de una historia de amor. "El Señor guarda a los pequeños; estaba yo postrado y me salvó" Salmo 116,6.
En términos de conocimiento, él sabe que Dios está cerca; en términos de amor, él sabe que Dios ama a sus pequeños; y en términos de memoria, -acuérdate que son las tres potencias del alama según Santa Catalina: memoria, entendimiento y voluntad-, y en términos de memoria tiene viva una historia de amor.
¿Cómo aplicamos esto a nosotros? Pues mira, por favor, haz la cuenta de sus bendiciones de Dios, haz la cuenta de sus ternuras, haz la cuenta de su paciencia contigo, con tu familia, con tu comunidad, haz la cuenta de las veces que te ha perdonado y lo que te ha perdonado, esa es tu fortaleza; reaviva el amor a Dios.
Este hombre entra en alabanza: "Tierno, justo es el Señor" Salmo 116,5; reaviva el amor a Dios, reaviva lo que sanes del Señor: ¿Cómo se reaviva¿ Proclamando la fe, recordando la fe, recitando la fe; reaviva o que sabes de Dios, recuerda sus misericordias para contigo; reaviva tu amor y tu alabanza hacia Él.
Y cuando tú reavivas tu memoria, tu inteligencia, tu voluntad, en esa confesión maravillosa de fe, entonces pasan cosas bellas, entonces la confianza se despierta, entonces la confianza se activa y entonces yo digo: "Mi salvación no está en mí".
¿Cuál es el fruto de este éxodo? La paz. "Vuelve a tu calma, alma mía" Salmo 116,7. La traducción de la Liturgia de las Horas, "alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo". "Ha guardado, -y entonces hace la alabanza-, mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída" Salmo 116,8.
Son tres liberaciones: libró mi vida de la muerte, libró mis ojos de las lágrimas, libró mis pies de la caída. "Caminaré en presencia del Señor", Salmo 116,9, es decir, reconfirmado en la fe, reconfirmado en la gracia, reconfirmado en la certeza de su amor, entonces ahora hago un propósito:" Para mí lo bueno es estar junto al Señor, hacer del Señor mi refugio; para mí lo bueno es estar junto a Él, eso es lo bueno para mí"
¿Qué hemos aprendido hoy? Pues hemos aprendido un poco qué es invocar el nombre del Señor, y vemos que es un movimiento del espíritu, que guiado por la certeza de su presencia, por el amor a su santo nombre y por el recuerdo de sus maravillas, produce un desbordamiento de confianza hacia Él; al mismo tiempo, de una manera paralela, produce que yo le retiro mi confianza a mis propias certezas: "No, mis ojos no siempre ven lo que es, mis oídos no siempre oyen lo que es, mi corazón se puede inclinar por lo que no es".
Entonces hay una santa duda, una santa desconfianza de sí mismo, que no es angustia, sino es un depositar más y más la certeza en el Señor. Viene una confirmación, viene ese momento bendito de su acción compasiva y poderosa, ¿y entonces esa confirmación qué produce? Paz, y luego de la paz, la humildad y la obediencia. "Caminaré en presencia del Señor" Salmo 116,9, como dice el canto que hemos recordado.
Una última anotación. Esta invocación del nombre del Señor como aparece aquí, es una invocación que aparece como de una sola persona, pero como nos han hecho ver los Padres de la Iglesia, esta tiene que ser también la oración de la Iglesia; es decir, también nosotros como comunidad tenemos que aprender a orar así, también nosotros tenemos que aprender a orar, cuando oremos juntos, tenemos que aprender a orar como en ese abajamiento, como en esa humildad infinita, como en ese pedirle a Dios: "Muestra tu gloria entre nosotros, Señor".
Es decir, si queremos experimentar la gloria de Dios, si queremos que brille la gloria de Dios entre nosotros, el camino lo maraca esta invocación: "Invocaré el nombre del Señor" Salmo 116,4. También nosotros como comunidad, o por ejemplo en un matrimonio, también ellos como pareja, nosotros, o las familias, o la Iglesia entera tiene que aprender a orar así, a pedir a sí al Señor. Y esto implica también un éxodo permanente en la Iglesia, un continuo decir "sí".
"Aunque tengamos gente que tenga estudios, aunque tengamos que tenga virtud, aunque tengamos gente que tiene oración, no nos apoyamos en mérito nuestro, no nos apoyamos en virtudes nuestras, nos apoyamos en tu grandeza, Señor, nos apoyamos en que tú eres compasivo. En ti está puesta nuestra esperanza".
Amén.