Gramática de Cristo, 2 de 4, Nombres de Dios
Bueno, cuando hablamos de la gramática de Cristo es porque la Biblia dice que Él es la Palabra, la Palabra del Padre. Entonces, cuando a uno le hablan de palabra y le hablan de lenguaje, uno piensa en que se necesita una gramática. "La gramática de Cristo" es una expresión que hace referencia a cómo Dios fue construyendo un lenguaje con su pueblo y cómo también va construyendo un lenguaje con nosotros.
Es decir, parte de la pedagogía de Dios es construir ese lenguaje. ¿Y ese lenguaje qué significa? Una manera muy hermosa de verlo es la que vamos a seguir en esta y las siguientes charlas, y es ver cómo Dios va llenando de significado ciertas palabras. Piensa en la palabra "padre", todo o que puede significar la palabra "padre".
Dios llena de contenido ese vocablo, y ese vocablo "padre" llega a significar tanto, que un alma contemplativa como Santa Teresa del Niño Jesús, con esa sola palabra podía pasar horas de contemplación y de oración. O pensemos en la palabra "esposo", una palabra tan importante en la espiritualidad de ustedes. ¿Qué significa un esposo? ¿Qué significa que Cristo es Esposo?
Entonces, el llenar de significado las palabras es algo que Dios hace a través de un largo camino, y ese largo camino es el que vemos especialmente en le Antiguo Testamento, pero es el camino que también Dios recorre con nosotros. Fíjate lo hermoso: uno no cambia de palabras, sino cambia la profundidad de las palabras. Crecer en la fe no es cambiar el discurso, crecer en la fe es cambiar la profundidad en el discurso.
En la Biblia tenemos tres documentos que se llaman las Cartas Pastorales, que son dirigidas por San Pablo a algunos de sus discípulos más queridos y que fueron hasta cierto punto continuadores de su obra, estamos hablando de las cartas a Timoteo y a Tito, dos cartas a Timoteo y una a Tito.
Y en esas cartas pastorales, una de las cosas que San Pablo advierte mucho es: "No nos dejemos cambiar el lenguaje. No permitamos que el lenguaje cambie. No permitamos que nos cambien el Evangelio". También en su Carta a los Gálatas, este mismo Apóstol hace ver que no podemos permitir que nos cambien el lenguaje.
Entonces, ¿qué es crecer en la fe, y qué es crecer en la vocación? No es cambiar el lenguaje, es cambiar la profundidad en el lenguaje. Eso significa, que las mismas palabras que sabe un niño de Primera comunión, son las mismas que sabe el más alto de los contemplativos. Pero el alto contemplativo, ese hombre de oración, diciendo esas mismas palabras, ve muchísimo más, descubre muchísimo más.
Y ese es nuestro ideal, nuestro ideal no es llenarnos de palabras, nuestro ideal es llenarnos de santidad. Fíjate lo que dice Nuestro Señor Jesús en el evangelio según San Mateo, capítulo seis: "No penséis que, multiplicando las palabras, os váis a hacer escuchar en los cielos", no es la multiplicación de palabras. Y nos enseña una oración que es tan pequeñita, que incluso niños muy pequeños la aprenden, esa oración nos está recordando que Dios no quiere de nosotros demasiadas palabra, sino quiere sobre todo demasiada profundidad en las palabras que Él nos da.
Lo otro que hay que recordar aquí es que, así como existe una historia para el pueblo, existe la historia tuya; o sea, tú tienes tus palabras, y es muy importante que de una manera muy consciente tú establezcas el diálogo con Dios con tus palabras. El gran predicador y Doctor de la Iglesia, San Bernardo de Claraval, decía, reflexionando sobre aquel texto del libro de los Proverbios que "hay que beber del propio pozo", decía: "Cada uno de nosotros tiene que aprender a profundizar en su experiencia espiritual".
Y en ese sentido, cada uno tiene que aprender cuáles son esas palabras. Acuérdate que el Espíritu Santo no se repite; acuérdate que el Espíritu Santo está haciendo morada para Jesús en ti; acuérdate que el Espíritu Santo está construyendo una historia única en tu corazón. Entonces, si es verdad que el Espíritu de Dios está haciendo esa morada única en ti, tú tienes que revisar esa construcción que está haciendo el Espíritu, y tienes que ver cuáles son las palabras, cuál es el lenguaje de Dios.
Por eso no debe extrañarnos que algunas personas, por ejemplo, miran a Jesús como el Maestro, o lo miran como el Divino Salvador, o lo miran como el Buen Pastor, o lo miran como el Esposo, como el Amigo. Es decir, cada uno de nosotros está haciendo su historia, y tú tienes que ser responsable de esa historia, no puedes perder los regalos que el Espíritu Santo te va dando para que tú conozcas a ese Dios que se te revela.
Recordemos lo que dice el Apóstol San Pablo en el capítulo primer de su Carta a los Gálatas. Él dice: "Cuando Dios se dignó revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,15-16. Mira lo que está diciendo San Pablo: Dios reveló a su Hijo en Pablo, quiere decir que eso es ser cristiano, ser cristiano es tener la revelación de Dios dentro de nosotros. Y por eso tenemos que cultivar esa escucha profunda de la Palabra y esa atención porque es ahí donde se va a revelar Jesús.
Quiere decir que Jesús tiene que vivir su Pasión dolorosa en tu vida; quiere decir que Jesús tiene que desplegar el poder, la majestad y la hermosura de su Pascua dentro de ti; tú eres el templo en donde tienen que celebrarse estas liturgias; tú eres el templo donde tienen que escucharse esos cánticos, donde tiene que verse esa presencia única e irrepetible del Espíritu.
Bueno, cerramos ahí la primera parte de la meditación de hoy que es cómo en nosotros Dios va haciendo lo mismo que hizo con el pueblo de Dios: llenando de sentido unas palabras.
¿Qué es lo que vamos a hacer en el resto de nuestra meditación? Vamos a empezar a revisar algunas de estas palabra. Ya sabemos que el proceso de cada uno es distinto, pero también sabemos que hay como una especie de norma o de proceso normativo, que es el que aparece en la Escritura, y ese nos sirve de modelo y de referencia a todos nosotros.
Empecemos refiriéndonos a cuáles son esos términos. ¿Cómo se dejó invocar Dios? ¿Cómo hizo Dios para que se le llamara? Hasta cierto punto, este ejercicio se podría llamar "el ejercicio de los nombres divinos". Hay un autor cristiano de formación neoplatónica que adoptó el nombre de Dionisio, no sabremos nunca cuál era su verdadero nombre, él tomó el nombre de Dionisio.
A él se le llama el falso Dionisio, o el pseudo Dionisio, pseudo en griego quiere decir falso. Pero no es falso Dionisio en el sentido de que sea un mentiroso, sino falso en el sentido de que él no se llamaba Dionisio pero adoptó ese nombre.
No estamos seguros de por qué él adoptó el nombre de Dionisio, pero quizás la explicación está en que, si ustedes van al libro de los Hechos de los Apóstoles, se encuentran que Pablo predicó en la ciudad de Atenas; le fue muy mal, se burlaron de él, especialmente cuando él habló de la resurrección de los muertos, eso fue burla, eso fue ridículo.
Y Pablo estaba hablando de la resurrección de los muertos porque quería decir que solamente en Cristo ha depositado Dios el cargo, el oficio de juzgar a todas las naciones. Eso le pareció ridículo a aquel pueblo. Nadie respondió favorablemente a aquella predicación, pero tal vez sí hubo quién. Y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que dos personas se convirtieron: una se llamaba Dionisio y la otra se llamaba Dámaris, un hombre y una mujer, y algunos pocos más. O sea que en la gran ciudad de Atenas a Pablo le fue mal, pero se convirtieron algunos: Dionisio y Dámaris.
Entonces, cuando aparece este autor varios siglos después, que adopta el nombre de Dionisio, mucha gente pensó que ese Dionisio era el Dionisio que había sido convertido por San Pablo, según se cuenta en los Hechos de los Apóstoles. Esto hizo que esa obra de Dionisio se volviera muy importante. Él escribió varias obras, una obra de él se llamaba "De la Jerarquía Celeste", que es como toda una teoría, una teología especialmente sobre los Ángeles, la jerarquía del cielo; y escribió otra obra que se llama "Los Nombres de Dios", "De Divinis Nomínibus", se dice eso en latín.
Estas dos obras, "La Jerarquía Celeste" y "Los Nombres de Dios", fueron dos obras muy importantes en la teología medieval, pero sobre todo porque la gente de la Edad Media no sabía que este Dionisio no era lo que parecía ser. Repito, no es mala intención, no es afán de engañar, sino que en la antigüedad eso era frecuente, que una persona tomara el nombre de un gran autor y presentara sus obras como expresiones de ese autor, no para engañar a otros, sino sobre todo como para prolongar la herencia de ese autor.
En la Edad Media la gente se tomó las cosas muy en serio y creyeron que este Dionisio era discípulo directo de San Pablo. Por ejemplo, nuestro muy querido Santo Tomás de Aquino creía eso.
Santo Tomás le da una gran importancia a la obra de "La Jerarquía Celeste" y a la obra de "Los Nombres de Dios" porque Santo Tomás creía: "Esta obra viene de un discípulo directo de San Pablo, o sea, esta obra tiene que contarnos muchos secretos de cómo era Pablo", y muchos secretos, especialmente la vida mística de San Pablo. En la Edad Media se creía que Dionisio era algo así como una puerta a la espiritualidad o a la vida mística de San Pablo.
Bueno, esa es una pequeña anécdota que muestra la importancia que tiene el tema de los nombres de Dios. Yo sé que esas dos obras se consiguen en Internet, si ustedes son curiosos, se consiguen en Internet tanto en latín como en inglés, puede ser interesante verlas. El nombre en latín es: "De Divinis Nomínibus, para el caso de "Los Nombres de Dios", la otra se llama "De Hyerarchia Coelesti".
Bueno, lo que nosotros vamos a hacer aquí es algo como lo de "Los Nombres de Dios": vamos a tomar cómo aceptó Dios ser llamado, este es un tema que les fascina a los testigos de Jehová. Los Testigos de Jehová son fascinados por este tema porque ellos consideran que cuando Dios habló con Moisés, y cuando Dios le dijo a Moisés su nombre, que ellos traducen como Jehová, era como contándole un secreto a su amigo. Es decir: "El nombre que nadie conoce, ese es el nombre que yo te voy a contar, -como que le dice en secreto-, mi nombre es Jehová".
Ya que estamos hablando de nombres de Dios aclaremos de una vez el error que cometen los Testigos de Jehová en la manera de pronunciar ese nombre. Resulta que la lengua hebrea, hasta prácticamente el año mil de nuestra era, no utilizaba vocales, únicamente se escribían las consonantes. Se supone que las consonantes eran suficientes como para ayudar a la memoria.
Estas son culturas que utilizaban muchísimo la memoria y que no escribían ni hablaban tanto, o sea que los textos escritos no eran demasiados, y se supone que, lo que estaba escrito en los textos, no era sino una ayuda para la memoria.
Por ejemplo, si tú te sabes, que se supone que te sabes el Padre nuestro, y entonces eso aparece escrito, imagínate que alguien escribiera pero no escribiera las palabras completas, sino entonces escribiera: "P", "D", "R", "N", "S", "T", "R", ¿sí? Si uno tiene más o menos una memoria frágil o hace mucho tiempo que no ha visto eso, y uno ve esas letras, rápidamente eso sirve para despertar la memoria.
El hebreo antiguo se escribía así, no era un recuento, no era el texto completo, sino únicamente era una ayuda para la memoria, entonces ellos sólo escribían las consonantes.
En el caso de las consonantes, las consonantes para el nombre de Dios, como fue revelado en el capítulo tercero del libro del Éxodo, son las siguientes, pasándolo al español: la letra "Y", la letra "H", la letra "W", y otra vez la letra "H": "YHWH". Esas cuatro letras son cuatro consonantes, por supuesto que son cuatro consonantes en castellano, basadas de cuatro consonantes del hebreo, no me pidan porque no sé escribir las cuatro consonantes en hebreo.
Esas cuatro consonantes tienen un nombre: tetragrámaton, el tetragrámaton quiere decir "las cuatro letras". Los judíos no pronunciaban el nombre de Dios, y a demás la manera como se escribía era esto: YHWH. Entonces ahora viene un problema, ¿cómo se pronuncia eso? Resulta que muchos siglos, ya en nuestra era, decidieron ponerle vocales, porque era muy difícil eso de poner solamente la consonantes.
Pero entonces, como había la costumbre de no pronunciar el nombre de Dios, por excesivo respeto, porque si uno pronuncia el nombre de Dios muy fácilmente puede suceder que lo pronuncie en vano, y eso es desobedecer el mandato de Dios. Entonces, como los judíos tenían una tradición de muchos siglos de no pronunciar el nombre de Dios, al ponerle las vocales a tetragrámaton, no le pusieron las vocales que eran, sino le pusieron las vocales propias de otro de los nombres de Dios que es Adonaí, que es algo así como decir "el Señor".
Entonces, la palabra Jehová que utilizan los Testigos de Jehová, y la palabra Jehová que aparece en las traducciones de Reina Valera y estas traducciones que utilizan los protestantes, la palabra Jehová son las consonantes de una palabra con las vocales de otra palabra, ese es el error que hay ahí.
De nuevo, estos son datos, si se quiere un poco como de cultura, pero qué bueno saberlo, porque es que resulta que uno no sabe a veces qué responder cuando le dicen que el verdadero nombre de Dios es Jehová, o cosas así parecidas.
Jehová es un error, ustedes pueden encontrar más datos sobre esto en la siguiente página web: escriban apologéticacatólica, -así, como si fuera una sola palabra, .org, apologéticacatólica.org. Apologéticatólica.org es una de las mejores páginas para formarse en la fe. Esa página tiene muchos artículos, entre otros sobre los Testigos de Jehová, y aclaran este tema de un modo mucho más amplio.
Pero el resumen es ese: la palabra "Jehová" proviene de las consonantes del tetragrámaton pero con las vocales de "Adonaí", y así resulta "Jehová"; ya puesto, pues, en castellano resulta "Jehová".
Si se ponen las vocales propias, o esa, las vocales correctas, ¿qué nombre sale? "Yahvé". Entonces, el nombre que Dios revela a Moisés es el nombre "Yahvé", no utilizar la palabra "Jehová" porque ya sabemos que es fruto de un error gramatical, es el nombre "Yahvé.
Pero la pregunta que uno se hace es esta: Bueno, pero ese nombre "Yahvé", ¿qué dice, qué quiere decir? ¿Es simplemente un nombre extraño, como lo que decíamos del secreto que se le da al oído de una persona? Como quien dice: "Como nadie sabe invocarme, yo no atiendo a nadie", eso es lo que propagan los Testigos de Jehová, que si uno no llama a Dios por su nombre Dios no viene; o sea, no está llamando al Dios verdadero, sino que uno está llamando a un ídolo, o a un demonio, o a quién sabea quien, por eso para ellos es tan importante esto del nombre verdadero de Dios.
Bueno, ¿qué podemos decir de esa manera de pensar de esta gente? Para ellos, el nombre verdadero de Dios fue el que le fue revelado a Moisés, pero luego por una ironía de la vida ellos cambiaron ese nombre porque le ponen las vocales que no son a las consonantes que sí son. Pero bueno, esa manera de pensar ¿qué nos dice? ¿El Dios verdadero, ese Dios verdadero es como quien juega a las escondidas?
Un gran escritor llamado San Agustín, San Agustín de Hipona, Obispo y Doctor de la Iglesia, que vivió entre los siglos cuarto y quinto de nuestra era, para que nos ubiquemos, habla de este tema. Tiene un análisis tan profundo, como es todo lo de San Agustín, sobre eso: él, hablando con Dios, le dice: "¿Qué es primero: conocerte o invocarte?" Es refiriéndose a esto, "¿qué es primero: conocerte o invocarte?"
Yo no recuerdo de memoria el texto de él, si ustedes ponen eso en Internet, van a encontrar el texto de San Agustín; no dejen de leerlo, esas son las cosas que le alimentan a uno el corazón. "¿Qué es primero: conocerte o invocarte? Usted pone eso en su buscador preferido de Internet, no le hacemos propaganda a nadie, y usted encuentra el texto de San Agustín.
San Agustín dice: "El que no te conoce, ¿cómo puede invocarte? Pero el que no te invoca, ¿cómo puede conocerte?" O sea, "el que no te llama, ¿cómo puede llegar a ti? Pero el que no te conoce, ¿cómo puede saber que te está llamando a ti y no a otro?" Fíjate que hay como una circularidad ahí, y por eso se pregunta: "Qué es primero: conocerte o invocarte?"
Y ese es el tipo de pregunta que nosotros nos hacemos: ¿Cómo se las arregló Dios, -finalmente el tema es ese-, cóo se las arregló Dios para darse a conocer? No es un asunto de un secreto que le dijera, por ejemplo, a Moisés o a alguien así. Porque ese Dios en el que nosotros creemos es un Dios compasivo, y sería un Dios terriblemente cruel el que hiciera depender todo simplemente de que tú supieras el password, porque entonces eso sería como: "El que tenga la contraseña sí puede llegar a conocer a Dios; mientras el que no tenga la contraseña se condena a las tinieblas exteriores".
¿Cómo se reveló Dios? Lo que nosotros encontramos en el Antiguo Testamento es que es un proceso que podemos llamar espiral y esa es la idea con la que yo desearía que termináramos hoy, una espiral pero no espiral hacia abajo, una espiral hacia arriba. Pensemos esto: ¿Cómo conozco yo a las personas? Dios se ha dado a conocer de un modo personal, Dios ha salido a nuestro encuentro, esta es una verdad fundamental, la iniciativa es de Dios.
Dios, el Dios verdadero, ha salido a nuestro encuentro. Entonces, ¿cómo funciona esto? Funciona de la misma manera que nosotros conocemos las personas, nosotros conocemos una persona y conocemos un nombre que al principio no significa nada, sobre todo porque el elenco de nombres nos es infinito. Si un conoce a una persona, por ejemplo, que se llame "Roberto", ¿cuántos "Robertos" no conoce uno? Por ahora "Roberto" no significa nada, la palabra "Roberto" no significa mayor cosa.
Conozco una persona que se llama "Sandra", la palabra "Sandra" no significa nada, ¿cuántas "Sandras" conoce uno? Eso no significa nada, o no significa mayor cosa. Pero el nombre y la realidad, a medida que yo voy tratando a la persona, y a medida que la persona va entrando en mi universo de decisiones, ahí, el nombre se llena de significado y la persona se convierte en una referencia o en un elemento vivo de mi historia.
Si a uno le dicen, por ejemplo, el nombre de un hermano, yo tengo mi hermano que se llama "Bruno", para muchas personas ese nombre es nombre de perro, entonces tiene una historia muy corta con ese nombre. Yo tengo una historia de muchos años con ese nombre, muchísimos años. Para mí la palabra "Bruno" es la palabra que despierta la memoria de todas esas realidades de mucho más de cuarenta años de conocernos y distintos momentos, distintas circunstancias.
Y esa historia compartida hace que uno vuelve al mismo nombre, pero cada vez vuelve con un mayor significado. Es decir, a medida que pasa el tiempo y a medida que compartimos un camino, el nombre se va llenando de sentido.
¿Cómo empieza Dios a revelarse? Dios empieza a revelarse de un modo que podríamos llamar de un modo brumoso, y Dios se empieza a conectar con nosotros de ese modo brumoso respondiendo a aquellas búsquedas que tiene el corazón humano. Entonces los primeros nombres que tiene Dios son, por ejemplo, "El Altísimo", ese sentido tan elemental, tan elemental de buscar ayuda arriba.
¿Por que en todas las culturas la divinidad se pone arriba? Porque cuando uno es niño, ¿de dónde le llega la ayuda? No le llega de abajo sino le llega de arriba, eso queda grabado, eso queda incorporado dentro de nosotros.
Si nosotros viviéramos en un mundo sin gravedad o en un mundo donde toso estuviéramos flotando, entonces, en primer lugar, la gente, creo, que sufriría menos de la articulaciones; pero en segundo lugar, en ese mundo donde uno flota todo el tiempo, uno tendría una concepción muy distinta de lo que significan las direcciones.
Como uno es niño, uno aprende a encontrar la ayuda de arriba. Tengo un problema, levanta las manos, a veces no solo levanta las manos sino que se empina, ¿sí han visto cómo se empinan los niños para pedir ayuda?
Dios se muestra como "El Altísimo": Dios es el que es alto por encima de toda altura, esa es una primera aproximación, y esa primera aproximación, que más o menos se traduce en la expresión "El Shaddai", El Altísmo, El Shaddai", esa primera aproximación se va fortaleciendo a medida que el pueblo llama a ese Dios y descubre que ese Dios, como un verdadero Padre, le responde.
Ahí viene la espiral de la que estamos hablando. El pueblo de Dios siente: "Ese es el Altísimo, ese es el Dios que nos responde desde las alturas". Fíjate que esto sucede en muchas culturas.Tuve ocasión de leer una deliciosa biografía de un hombre llamado Gengis Kan, el famoso creador del Imperio Mongol, que cubrió miles y miles de kilómetros de las estepas de Asia, en una época prácticamente desde China Central hasta llegar a Persia y los Montes Urales, una cosa gigantesca.
Bueno, este hombre es del siglo doce. Gengis Kan tenía una religión que era la religión del dios perpetuamente azul, y el dios siempre azul era el dios que él invocaba en las montañas, especialmente en una montaña que queda en lo correspondiente a Mongolia. Él se subía a su montaña y contemplaba esa inmensidad y él sentía que así era Dios.
Este hombre conoció del Cristianismo, obviamente, siglo doce, pues ya conoció cristianos, conoció mahometanos, pero su religión de tribu nunca la dejó, y su religión de tribu era la invocación al Dios de las alturas, al Dios Altísimo.
Fíjate, Dios toma esa experiencia como tan elemental, esa experiencia tan sencilla, y a partir de ahí se revela, a partir de ahí dice algo de sí mismo, a partir de ahí cuenta algo de sí.
Pero luego vendrá una revelación mucho más importante que es la revelación a Moisés. Todavía la gente sigue discutiendo, y creo que mientras el mundo sea mundo, seguirán discutiendo qué es lo que quiere decir la palabra Yahvé, eso se va a seguir discutiendo. Básicamente significa "Yo Soy el que Soy", o "Yo Soy el que Es", o también, "Yo Soy el que Seré", o también, "lo que Yo Soy se verá en lo que haré".
Muy difícil saber qué es lo que contiene ese título, pero de ese título y de cómo Dios siguió construyendo su historia, vamos a seguir conversando en próximas reuniones.
Les invito por ahora a que se acerquen a la constitución dogmática "Dei Verbum", del Concilio Vaticano II. Vayan a la constitución "Dei Verbum" y busquen la revelación de Dios, cómo Dios se va revelando y cómo los nombres de Dios ¿finalmente qué son? Los nombres de Dios son expresiones de las experiencias que va viviendo el pueblo al sentirse sostenido, rescatado, salvado y después amado por ese Dios.