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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19961126

Título: “El que cree en Cristo y en la misericordia de Dios, tiene la clave para salvarse”

Original en audio: 17 min. 47 seg.


Marción, el conocido predicador de principios del Cristianismo, afirmaba que uno era el Dios del Antiguo Testamento y que otro era el Dios del Nuevo Testamento. Eran, según él, dos dioses distintos.

Enseñaba este señor que el Dios del Antiguo Testamento era un Dios de cólera, al que había que temer; mientras que el Dios del Nuevo Testamento es un Dios de misericordia, que solamente pide ser amado.

Decía que el Dios del Antiguo Testamento era el de los judíos, y nosotros no creíamos en Él; mientras que el Dios del Nuevo Testamento era el de los cristianos, y en Él estaba y debía estar nuestra fe.

Por consiguiente, tampoco había que considerar como sagrada toda escritura; sino, solamente, aquello que pertenece al Nuevo Testamento. Es una versión muy simplificada, muy sencilla, y no deja de tener su atractivo.

En efecto, si uno recorre muchas páginas del Antiguo Testamento se encuentra con que Dios está mandando a los israelitas que consagren al anatema ciudades enteras y pueblos. Reyes, como David, no llegaron al reinado con las manos limpias de sangre, sino cuajadas de crímenes, o por lo menos de degollar a mucha gente.

Entonces, se decía entre los marcionistas que ese no podía ser Dios; en cambio, cuando miramos las enseñanzas sabias y el corazón manso y tierno de Cristo, entonces sí decimos: “Este sí es nuestro Dios”. Es un poco atrayente la postura de Marción, pero no le hace justicia ni a la Sagrada Escritura, ni al proceso mismo de la revelación.

Y ni siquiera a la vida nuestra, a la vida humana. Porque resulta que no todo en el Antiguo Testamento es guerras y anatemas; hay revelaciones profundas de la ternura de Dios, especialmente en boca de los profetas que se esfuerzan en declarar el amor divino como el de un novio por su novia, como el de un padre por sus hijos.

“¿No es Él tu padre y tu Creador?” Deuteronomio 32,5, dice ya el Deuteronomio; más aún, como el de una madre, y más que el de una madre: “Aunque una madre se olvidara de su creatura, yo jamás te olvidaría. Te llevo tatuado en la palma de mi mano” Isaías 49,15-16.

Además, el gran elogio que el Antiguo Testamento hace de Dios, dice: “Es lento a la ira, es rico en clemencia” Exodo34,6; Números 14,18;Deuteronomio 4,31; Nehemías 9,17;Joel 2,13.

Y también elogia a Dios diciendo: “Es eterna su misericordia” Salmo 103,17. Esto llegó a ser, incluso, un estribillo dentro del pueblo de Israel; "porque es eterna su misericordia" Salmo 100,5.

Y algún salmo está construido como una especie de letanía, el Salmo 136, en la que se responde: “Es eterno su amor, es eterna su misericordia” Salmo 136. Así que tampoco es tan cierto que todo sean guerras y sangre.

Además, esa cantidad de guerras y esa cantidad de sangre pertenece a un momento de la Revelación; hay que tener en cuenta, no sólo lo que aparece como mandado por Dios en la Sagrada Escritura, sino a quiénes y en qué momento histórico era mandado. Hay que ver qué clase de pueblo y qué clase de tierra rodeaba a Israel.

Pero estas consideraciones nos llevarían demasiado lejos, si podemos decir que lo que Marción enseñaba del Dios del Antiguo Testamento, es demasiado simplificado para considerarlo cierto; pero bueno, alguien podría decir aunque Marción se equivocó con el Antiguo Testamento, por lo menos sí dio con el chiste con el Nuevo Testamento.

Porque el Dios del Nuevo Testamento es ese Dios misericordioso, ese Dios clemente y sensato que más convence que vence; uno podría decir eso: “Pero, ¿y qué hacemos con textos como el que nos trajo el Apocalipsis hoy?” Textos que nos hablan de la acumulación de males, que lleva finalmente como una especie de cosecha.

Es demasiado claro el pasaje que hemos escuchado hoy como para pretender cambiarlo. “Fue vendimiada la tierra, y las uvas arrojadas en el lagar de la `´cólera divina" Apocalipsis 14,19; que "fue pisoteado el lagar, pisoteado hasta que salió la sangre de la uva, y cubrió hectáreas y hectáreas de sangre" Apocalipsis 14,20.

Bueno, pero imaginémonos que hubiera un marcionita o una marcionita que intentara decir: “No, pero es que ese es un pasaje aislado”. Resulta que ese no nos sirve, porque si uno mira los textos del Apóstol San Pablo, pues por todas partes está como telón de fondo, que se va a desatar la cólera divina.

“Nosotros somos salvos por la Sangre de Cristo de la ira Divina” Carta a los Romanos 5,9, dice allá en la Carta a los Romanos, capítulo quinto; y San Pedro también dice: “Bueno, hay que escapar de esta generación adúltera” [[:Categoría: ]], y Pablo dice: “Porque ya se ha decretado el juicio de Dios contra todos los que cometen impiedad” Carta a los Romanos 1,18.

Y cuando Pablo habla del retorno de Cristo en esos términos grandiosos, sonoros, terribles: “Todo lo terrible está para los que no crean en Él” [[:Categoría: ].]

Hay que leer la Primera Carta a los Tesalonicenses para sentir cómo Pablo afirma, por una parte, lo espectacular y grandioso y poderoso de la intervención divina; y por otra parte, que nosotros los creyentes no tendremos nada que temer en esos días. O sea que por lo menos en la predicación de Pablo, es terrible.

Por otra parte, si uno mira los Evangelios, Jesús aparece manso, pero también aparece muy firme: expulsa con fuerza a los vendedores del Templo, y las palabras que traen la fórmula de condenación, allá en el capítulo veinticinco de Mateo, son de una dureza casi increíble: “Id, malditos, al fuego eterno, preparado para Satán y sus seguidores” San Mateo 25,41.

¡Fuego! ¡Satán! ¡Una eternidad lejos de Dios! De modo que tampoco podemos decir que el Nuevo Testamento esté escrito en páginas rosaditas, donde todo sea clemencia y ternura, porque también la mucha ternura echa a perder.

Decía Catalina de Siena: “Hay heridas a las que hay que cauterizar, y que seguirles echando ungüentos y pomadas, es crueldad, porque es echar a perder la llaga y es dañar al enfermo". La pregunta que se sigue es: Bueno, ¿y qué lugar tiene entonces esa ira dentro del plan de Dios?

¿No es contrario a Dios ese desfogue de cólera? ¿No se opone a lo que nos ha mostrado, cuando, por ejemplo, perdona a la adúltera? ¿Cuando aquella pecadora le baña los pies con lágrimas, y Jesús con tanto perdón como pudor la despide en paz?

¿No hay ahí una especie de revelación de la bondad, de la ternura de Dios? ¿En dónde queda esa ternura cuando vemos aquí sangre, y sangre hasta el freno de los caballos?

Se cuenta que Marción recortaba, por lo menos metafóricamente, el Nuevo Testamento, y no admitía como propio del Nuevo Testamento todo. O sea, él seguía con su idea de que sólo la misericordia, sólo la ternura de Dios podían ser revelación. No importa lo que diga Marción, la pregunta es válida para nosotros: ¿qué lugar tiene esa ira divina?

Ese fondo terrible, nos lo ayuda a entender Santo Tomás de Aquino cuando dice: “La ira no es en Dios una pasión; no es que Dios cambie, -explica Santo Tomás-. Y a veces, esté más o menos tranquilo, y otras veces empieza: "Bueno, ya me hizo una; bueno, ya va una…, van dos, van tres… ¡no me aguanto más! Y, entonces, ahora sí me hicieron dar rabia, ¡aténganse! Voy a salir y a repartir látigo al que primero se me cruce".

Santo Tomás dice: “La ira de Dios es una manera que tiene la Sagrada Escritura para hablar, diríamos, antropomórficamente. Comparando, pues, con las acciones, las actitudes y los sentimientos humanos, es una manera de hablar antropomórficamente de las consecuencias que la justicia de Dios, eterna como Él, saca de nuestras acciones perversas.

Teniendo en cuenta que esta justicia de Dios no es externa, ni extrínseca a esos mismos actos. Es decir, Dios no juzga los actos humanos como por un decreto exterior, sino en primer lugar, los juzga por su propio desenvolvimiento.

Se ve, entonces, que la ira divina alude a las consecuencias internas del pecado. Todo aquello que suceda al final de los tiempos no es, entonces, que Dios empiece a encender los fogones: "Bueno, vamos a ir calentando por aquí, un rayo por acá, un poco de tinieblas por aquí", como si el planeta fuera una mesa de experimentos, y Dios fuera encendiendo poco a poco los interruptores.

"Ahora, dos, tres terremotos, unos cuantos maremotos; ahora, encendamos esta guerra, pongámosle otros cuantos truenos para que sepan que les viene pierna arriba".

Dios no obra en la historia como una especie de espectador que estuviera oprimiéndole botoncitos a los efectos especiales, como estas películas de cine que presentan acontecimientos inexplicables, naves voladoras, terremotos, aguas que se parten por medio; eso lo llaman “efectos especiales”.

Entonces, Dios no es el director de efectos especiales del Universo, viendo a ver cómo logra que nosotros, a ver si ya empiezan a gritar, o todavía se aguantan. La acción de Dios en la historia no es la de un espectador que pudiera oprimir uno u otro botón, sino que Dios obra, por así decirlo, desde dentro de la historia.

Y son, repito, las consecuencias de nuestros males las que se van como acumulando hasta disparar, hasta precipitar acontecimientos que a nosotros mismos nos espantan. Y lo que se nos quiere decir en el Apocalipsis es que cuando tales cosas sucedan, ahí también está presente Dios salvando a su pueblo.

Esta justicia de Dios y esta acumulación de males, ya han aparecido en la Cruz de Cristo; y por eso, el que cree en Cristo, el que se acoge a la misericordia que salvó a Cristo de las garras de la muerte y que le rescató de sus llagas, ése también tiene la clave, el camino y la puerta para salvarse de las llagas que se dispararán sobre la humanidad, como consecuencia del pecado de todos nosotros.

Unámonos en fe y amor a Jesús y a sus llagas sin temor alguno, y más bien, con la sensatez y la luz de comprender, que si bien nuestros males han echado tantas cosas a perder en la Creación, la historia sigue estando en las manos de Dios que es justo y piadoso al tiempo; sabio y poderoso a la vez.