Cinco charlas de Mariologia (1 de 5)
Bueno, vamos a compartir algo de lo vivido en el Segundo Congreso Internacional de Teología Mariana que fue celebrado en la ciudad de Chiquinquirá, que es también sede del Santuario Mariano Nacional, allá en Colombia.
La razón por la que se iniciaron estos congresos de Teología está en aquello tan dominicano, aquello tan nuestro, de que la espiritualidad y la intelectualidad, o la oración y el estudio, si lo queremos decir más fácilmente, no pueden estar en conflicto. Es propio de nuestra espiritualidad, es propio de nuestra vocación que la vida de oración y la vida de investigación no riñen sino que más bien se complementan.
Hay varias frases que intentan sintetizar esta relación positiva, complementaria, entre lo espiritual y lo intelectual, una de las más hermosas, me parece a mí, es la que dice que en nuestra vocación lo intelectual protege a lo espiritual, y lo espiritual le da vida a lo intelectual.
Y yo creo que esa es una manera muy hermosa de describir nuestra vocación dominicana, por lo menos en lo que tiene que ver con la oración y el estudio. Lo intelectual protege a lo espiritual porque lo guarda de la improvisación, lo guarda del error, lo guarda del fanatismo, lo guarda de la credulidad. Y a la vez, lo espiritual le da vida a lo intelectual, porque es evidente que sin la Buena Noticia, sin la experiencia, sin el toque del amor divino, sin una historia de gracia que contar, nuestra vocación se reseca, y esa resequedad termina finalmente en incredulidad.
Una vocación dominicana sana siempre tiene esos dos puntos de referencia, sin quitar los otros que también son importantes: ese deseo de servir la Palabra de Dios a nuestros hermanos y el deseo también de vivirla en comunidad. De ese modo, comunidad, evangelización, oración y estudio son los clásicos cuatro pilares en los que se describe nuestro carisma.
De acuerdo con todo esto, el Prior que estuvo antes de mí en el Santuario Mariano Nacional, él se llama Omar Alberto Sánchez Cubillos, tuvo la iniciativa, desde muy pronto de asumir su priorato, tuvo la iniciativa de hacer este congreso. Y quería que fuera, y así se hizo, un congreso realmente de Teología, es decir, con todas las características propias de la investigación, la crítica, la bibliografía, lo que es característico del ejercicio intelectual.
Al principio la idea pareció irrealizable, por motivos económicos y organizativos, pero el hombre realmente supo vender, como se dice, supo vender su idea, y se celebró en el año dos mil ocho el Primer Congreso de Teología Mariana, y a ese le ha seguido este segundo, que creo que hace justicia a la motivación original.
La sede del congreso, en esta ocasión, fue un recinto muy amplio, una especie de aula máxima que está completamente adyacente a la Basílica. La experiencia es muy hermosa porque en muchas de las conferencias se podía percibir, se alcanzaba a escuchar, así como en el fondo, los cantos, o la música, o el rosario que se estaba llevando a cabo en la Basílica misma de la Virgen.
Y creo que esto se asemeja un poco a lo que vivieron los obispos latinoamericanos en la Conferencia General del Episcopado que tuvo lugar en el Santuario de Aparecida.
También en esa ocasión, los obispos se reunían en un recinto cercano a la enorme Basílica de Aparecida, allá en el Brasil, y tenían esa experiencia: “Estamos reflexionando, estamos pensando, estamos criticando tal vez una idea o buscando la sustancia de un argumento, pero lo hacemos no como un grupo simplemente de pensadores o de hablantes, sino lo hacemos como parte de una comunidad mucho más amplia, que finalmente es la Iglesia misma”.
Bueno, ese es el contexto de estos congresos de teología.
En esta ocasión, nuestro congreso tenía un lema, que es el que obviamente tiene que servir también de columna vertebral para nosotros en este compartir. Ese lema era: “Gracia y Libertad”; “María Gracia y Libertad”.
Ese es el título que también tenemos que darle a esta pequeña serie de conferencias, que indudablemente pertenecen a lo que se llama la Mariología, aunque el término todavía no gusta a algunos teólogos, porque dicen que debería ser la Marialogía.
Pero bueno, resulta que la lengua griega cuando une varias raíces prefiere la letra “o”; por eso no vamos a discutir, pero se trata en todo caso de Teología Mariana, como dice el título general de estos congresos: “María, Gracia y Libertad”.
Tuvimos ocasión de escuchar especialistas desde el punto de vita de la historia, de la Biblia, de la patrística, de la pastoral y de la teología sistemática. Fue una ocasión riquísima, yo diría un banquete espiritual, que ha dejado una impresión muy saludable y un nuevo vigor en la tarea ya intensa del Santuario.
Hablemos un poco de por qué este título, sobre todo la parte de la libertad. Resulta que mil ochocientos diez es un año que tiene una gran importancia en lo que fueron colonias de la Corona española en Latinoamérica. Y en varios lugares, en México, en Argentina, en Bolivia, en Colombia, se recuerda este año como el año en el que se iniciaron procesos de liberación precisamente. En Colombia, por lo menos, se celebra el veinte de julio de mil ochocientos diez con lo que nosotros llamamos “el grito de la independencia”.
Claro que eso, desde el punto de vista histórico, tiene bastante que cuestionarle, porque muchos de los que se reunieron en aquella ocasión en Santafé de Bogotá, que así se llamaba la ciudad, no estaban pidiendo independencia, sino estaban pidiendo que el rey conociera la realidad de las colonias, por lo menos las visitara.
Que se dejaran de virreyes y de tantas burocracias y que el rey mismo viniera a conocer, o fuera a conocer, debo decir desde aquí, desde España, fuera a conocer lo que estaba sucediendo en las colonias. Así que es bastante discutible que fuera realmente un grito de independencia.
Pero el hecho es que se desencadenó una serie de acontecimientos que finalmente condujo a la separación de soberanía y la separación política de todos esos territorios, que ahora llamamos Latinoamérica o Hispanoamérica.
Una pregunta que surge es: ¿qué papel cumple la religión dentro de ese proceso? Si la religión fue una aliada o una enemiga dentro de esa gesta de independencia. Y por eso una de las ponencias de este congreso fue ofrecida por un historiador de mi provincia de Colombia, él se llama Carlos Mario Alzate. Y de lo que nos habló fue precisamente de eso, del papel que tuvo la Virgen, y concretamente la Virgen de Chiquinquirá, dentro de todo esto de la independencia.
Pues el tema es fascinante como toda historia bien contada, porque irse a esos tiempos, preguntarnos qué significaba ser Iglesia en esa época, por decir algo, pues había algunas diócesis o arquidiócesis de la época que cobijaban tanto territorio, como decir la mitad de la Península Ibérica, y eso era una sola diócesis. Por supuesto, los obispos no tenían ninguna posibilidad de cercanía real con sus comunidades.
Luego están las influencias tan complejas de la burguesía, de los masones, de los criollos, y las devociones populares, entonces, por decirlo de un modo gráfico, ¿de qué lado estaba la Virgen en aquella época? Y lo que se encuentra es que la religión tiene un papel supremamente ambiguo pero muy vigoroso.
Cuando España envía en aquella época al que se llamó “el Pacificador”, Pablo Morillo, a las colonias, para que recupere el control, Pablo Morillo llega a Santafé de Bogotá hacia mil ochocientos dieciséis o algo así, y una de quienes recibe a Pablo Morillo es la Virgen de Chiquinquirá.
Porque, por supuesto, pues la imagen esta se renovó en mil quinientos ochenta y seis, y estamos hablando de mil ochocientos dieciséis, entonces esta imagen, ya entonces venerada y venerable, recibe a Pablo Morillo, y según las crónicas de la época, Morillo estuvo por lo menos en unos cuanto homenajes que le hicieron a la Virgen de Chiquinquirá.
Pero al mismo tiempo, después de que Morillo se dedica más a sus asuntos, y sus asuntos eran eso, recuperar el control de las colonias, la imagen de la Virgen vuelve a su sede, vuelve a Chiquinquirá, y el tesoro que tenía el Santuario viene a financiar a los ejércitos libertadores. Por eso digo que el papel de la religión es bien complejo.
Muchos de esos detalles, sin embargo, los voy a dejar simplemente así, no volveré sobre esta parte, pero sí que les dejaré el texto completo de la ponencia del Padre Carlos Mario, por si alguna está interesada en asomarse a la vida de fe en aquella época.
Solo una última anécdota: ver cómo los obispos que habían sido, por virtud del Patronato, habían sido elegidos por la Corona, los obispos hasta último momento tratan de mantener el régimen antiguo, mientras que la mayor parte del clero, llamémoslo bajo, los párrocos, y la mayor parte de los religiosos, pues van más por la tendencia de independencia. También dentro de la Iglesia se produce una gran fricción.
Sin embargo, una vez consumada la independencia, relativamente pronto el Vaticano reconoce los nuevos territorios como naciones diferentes y se reestablece y se normaliza la jerarquía. Pero sí hubo unos cuantos años en que en la Iglesia se presentaba esa tendencia: a ver cómo podría ser la mejor opción política.
Las que estén interesadas, quizás en estos detalles, que no dejan de tener su sabor y su color, pues tendrán el texto. Nosotros nos dedicaremos aquí más a la parte bíblica y teológica y todo aquello que fue ciertamente lo que ocupó más el tiempo del congreso.
Entonces María, gracia y libertad. Y sobre eso lo primero que hay que comentar es sobre el estado mismo de la Mariología o de la Teología Mariana, qué tan viva está la Mariología. La pregunta yo creo que cabe porque en algunas facultades de Teología se considera que el estudio teológico o del tratado de la Virgen ya no es necesario que forme parte del currículum obligatorio de los nuevos sacerdotes.
Esto, personalmente, creo que es una terrible pérdida, pero así está sucediendo. Por ejemplo, en la Universidad Javeriana, sin duda la más prestigiosa, la más conocida, la más fuerte y la que tiene la Facultad de Teología más grande en Colombia, pues mira a la Mariología de ese modo.
Y aquí entramos de lleno en nuestro tema. ¿Qué es la Mariología como tratado teológico? ¿Qué tan necesaria es? Detrás de estas primeras preguntas, que pueden sonar un poco inocentes, ya uno ve la cantidad de cosas que van asomando.
En primer lugar, démonos cuenta de lo extraño que resulta eso de hacer un tratado sobre una persona, una persona en particular. Es decir, que si eso se fuera a hacer sobre mí, entonces sería: bueno, estudiemos la Nelsonología. Vamos a mirar aquí con lupa la vida de una persona, ¿qué es exactamente? ¿Estamos estudiando una persona? ¿Qué es lo que estamos buscando?
Y la primera conclusión es que la Mariología nos interesa porque nos interesa la fe. La Mariología nos interesa como lugar de revelación de las obras de Dios. Es decir, hay un algo de la vida de cada persona que no puede ser transferido, hay un algo de la subjetividad que permanece más allá de lo que cualquier otra mirada pueda alcanzar.
Y en ese sentido, cuando hablamos de Mariología no estamos diciendo que estamos agotando la riqueza única de una persona, la Madre de Jesús, sino más bien, el propósito es más modesto: de lo que se trata es de buscar la obra de Dios y el significado de esa obra en la historia de una persona con una vocación completamente singular. Ese es el propósito de la Mariología.
Es decir, en Mariología, lo mismo que en cualquier otro tratado teológico, nos interesa Dios, nos interesa su plan, nos interesa su gracia, nos interesa la salvación que nos ha ofrecido, y eso lo queremos mirar a través de un cristal peculiar y único que es la historia de esta persona humana, la Madre de Jesús. Eso entendemos por Mariología.
Y ahora hagamos una pequeña lista de las dificultades con las que se enfrenta ese tratado mariológico o ese tratado teológico en nuestros días.
Sucede que la Mariología es como un cruce de caminos, en ella se encuentra, por ejemplo, la parte afectiva, y por eso se habla de una Mariología que se ha hecho con el corazón, hay una parte del afecto, pero también hay una parte evidentemente de la razón. Entonces vemos que en Mariología encontramos esa especie de tensión entre razón y corazón.
Luego, resulta que la Virgen, a lo largo y ancho del orbe católico, pero especialmente allí donde España hizo su labor evangelizadora, la Virgen tiene un lugar muy central en la devoción popular.
Entonces, por un lado tenemos la devoción, y por otro lado tenemos la Teología misma. Es decir, si la devoción es popular y es de todos, y muchas veces es como un bastión en el que permanece una presencia cultural fuerte, por otro lado está la Teología.
Y esto se puede ver en los detalles pequeños. En muchos lugares, en Hispanoamérica, la gente tiene la idea de tocar, no sé qué tanto exista aquí en España, pero allá es muy importante. Entonces en muchas procesiones la gente quiere tocar, tocar.
Supongo que no somos solo los latinoamericanos o los hispanoamericanos los que tenemos esa característica, porque seguramente ustedes saben que la estatua de San Pedro, allá en la Basílica del Vaticano, pues tiene el pie desgastado, y ya le han rehecho el pie muchas veces. Y la razón es que llegan los peregrinos, y supongo que no somos solamente nosotros, a tocar.
Hay una parte devocional, y en las devociones hay de todo, desde lo que podríamos llamar más serio y consecuente, hasta otra cantidad de cosas, que uno empieza a decir: “Esto ya colinda con la magia, con la superstición”.
En el Santuario nuestro en Chiquinquirá te puedes encontrar un congreso de Mariología como el que tuvimos, puedes encontrar el rezo del Santo Rosario, que nadie va a decir que es plenamente ortodoxo, pero también hay una cantidad de gente que lleva unos muñequitos de cera, y su propósito con esos muñequitos es pedir por algo específico.
¿Por qué tienen que ser de cera? Pues no lo sé, quizás en otro tiempo se pensaba como en ponerlos a arder o algo así.Y uno dice: Bueno, el muñequito, qué te digo, entre el muñequito de cera y el muñequito del vudú, ya parece que no hay tanta distancia.
Fíjate, la devoción, por un lado es una gran fortaleza de la Iglesia. Si tú miras el documento de os obispos nuestros en la Conferencia de Aparecida, o si tú miras las conclusiones del Congreso de Santuarios, al que también acabo de asistir, pues ahí se habla muy claramente de la importancia de la devoción.
Uno de los ponentes en este Congreso de Santuarios en Santiago de Compostela nos decía: “Las fuerzas vivas de la evangelización no salen de las facultades de Teología: salen de los santuarios.
Fíjate, la devoción, por una parte tiene ese aspecto positivo, fuerte, porque es lo que hace una presencia cultural y social, y mucha gente jamás haría un recorrido para llegar a la biblioteca de una gran universidad a leer Mariología, en cambio, sí que hacen el camino de Santiago. Y muchos de los que empiezan haciéndolo por razones de astronomía, de ciencia, de turismo, terminan teniendo verdaderas experiencias de fe.
Es evidente que uno no puede cancelar la devoción, porque con el lenguaje que ustedes usan en España, si te cargas la devoción, pues te cargas con más de la mitad de la fe de la gente. La devoción es muy importante. Pero luego, ¿dónde termina la devoción y empieza la magia? Es decir, entre una devoción que es popular, y prácticas que rayan en lo supersticioso y no se sabe qué hacer.
Por eso, después del Vaticano II, cuando se insistió con tanta fuerza en la necesidad de la Palabra de Dios y la necesidad del poder del Espíritu, entonces no faltaron sacerdotes que dijeron: “Bueno, pues lo que hay que hacer es quitar tantas imágenes de los templos: necesitamos iglesias súper simplificadas para que la gente se centre únicamente en el misterio cristológico. Y en vez de tantas devociones y procesiones, lo que necesitamos es que la gente escuche la Palabra de Dios”.
Pero luego vino la presión popular, y entonces, pues vete a quitarle a la gente sus procesiones y todos los rituales y expresiones de religiosidad popular. Y entonces, después de unos años de tratar de desocupar los templos, pues poco a poco fueron volviendo a poner, una a una, muchas de las imágenes, a veces por motivos que tampoco eran tan santos, porque quizás el propósito era, junto a la imagen, poner algún lampadario o alguna alcancía, y eso algo ayuda.
Entonces el sacerdote que había sido convencido, a través de un fuerte movimiento teológico, había sido convencido de sacar las imágenes, luego por un fuerte movimiento del estómago las volvió a poner. Para que nos demos cuenta que esto de la devoción es complejo.
Diríamos que la Teología quiere hacerle un discernimiento, pero es difícil discernir cuando no queda nada. Y en muchos lugares no queda nada o queda casi nada.
Así que la Mariología está en este cruce de caminos entre lo racional y lo afectivo, entre lo devocional y lo propiamente teológico.
Y hay otro cruce que también es muy interesante y tiene que ver con la Virgen y es entre lo narrativo y lo sistemático. Digamos que esto es menos dramático que los otros que hemos mencionado pero también tiene su importancia.
La Teología de los manuales de Teología, la Teología de los artículos eruditos ha sido Teología de sistema. Y cuando hablamos de un sistema hablamos de un conjunto debidamente organizado, jerarquizado de ideas que se sostiene mutuamente. Definiciones, postulados, argumentos, recurso a las fuentes.
Lo más parecido que hay a un sistema de pensamiento es un edificio. Por ejemplo, la Suma Teológica de Santo Tomás ha sido comparada con una catedral, y cada pared, columna, arco tiene su lugar propio y sirve a su vez para sostener otra cosa, y así se hace una construcción que es admirable y que es muy alta.
Pero parece que esto sistemático no agota la posibilidad de pensar la fe. Entonces hay otros que toman una dirección diferente y dicen: “Bueno, pero la Teología también puede ser narración”, y en eso hay todo tipo de experimentos.
A principios del siglo XX se hablaba de una Teología narrativa, se hablaba de una Teología kerigmática, y los términos siguen un poco reapareciendo, yo creo que no tenemos una completa claridad sobre cuál ha de ser como el modo de hacer ese tipo de Teología, pero sí es algo que se echa de menos, sí es algo que hace falta.
Y la manera de argumentarlo es muy sencilla, mira: si nosotros tomamos el Nuevo Testamento, es evidente que en él hay verdaderos desarrollos teológicos, pero el género literario, la amanera de plantear esas avanzadas de Teología, que ya están en la Biblia misma, no es a través de sistemas.
Es decir, nosotros no vemos, por ejemplo al Evangelista Juan diciendo: “Vamos a partir de estos principios, y vamos a demostrar estos postulados, vamos a llegar a estas conclusiones”. De algún modo San Juan lo que hace es contar una historia, San Juan lo que hace es una narración.
Pero fíjate que de esa narración nosotros aprendemos un montón de cosas, y en esa narración nosotros encontramos una verdadera Teología, pero no es una Teología hecha sistema, es una Teología en forma de narración.
Algo parecido habría que decir de San Pablo. Cuando San Pablo en sus cartas, sobre todo el ejemplo sería el de las Cartas a los Corintios, cuando en sus cartas aborda una serie de problemas específicos, pues él está haciendo un recorrido que en buena parte tiene características de narración.
Él está narrando, él está siguiendo la secuencia, la historia, la vida de comunidades reales, pero en ese acompañamiento a la vida, que necesariamente tiene un sabor de narración, en ese acompañar la vida, San Pablo termina contándonos qué son los carismas, qué son los ministerios, qué es la gracia, qué es la caridad. No lo dice en forma de sistema, pero sí lo dice, lo dice de un modo narrativo, tendríamos que decir.
Y esto tiene una gran importancia porque resulta que la Teología sistemática cada vez más se está convirtiendo o se ha convertido ya en el coto de unos pocos especialistas, esto es un poco también un drama que yo lo veo, lo veo, digo, desde mi experiencia personal.
Durante años, una porción no despreciable de mi vida, dedicado a hacer el doctorado, ahora, pues, Dios mediante, viene la celebración y el diploma y todo lo demás. Pero aparte de diplomas y aplausos y fotos, lo que yo me encuentro después de todos esos años de estudio, es que tengo muy poca gente con la cual hablar del doctorado.
Es decir, aquí por lo menos, en España, no me he encontrado todavía la primera persona que esté familiarizada con el pensamiento de Bernardo Lonergan, que fue el autor que yo estudié, y tampoco he encontrado muchos que les interese, es decir, más allá de una segunda o tercera pregunta, la cosa no pasa.
Entonces uno se da cuenta que esta Teología sistemática, así sea tan venerable y tan importante, tiene un tremendo límite, y es que se convierte en el reducto, se convierte en el espacio reducidísimo de unos súper especialistas. Entonces los súper especialistas se envían entre ellos artículos que pasan por encima de gente, la gente común, que está necesitando y está esperando más algo que se pueda seguir, algo que sea narrativo.
Sucede que la mente humana y el corazón humano están mucho más hechos para la narración. Nosotros, hasta cierto punto, tenemos que forzarnos para entrar por los caminos del pensamiento sistemático, y ese forzarse empieza en la elección misma de los términos. En esto la culpa no es de la Teología sino la culpa es del hecho mismo de que un sistema no se puede hacer de otra manera.
Si yo voy a hacer un tratado teológico sobre la gracia, entonces una de las cosas que tengo que hacer es definir muy bien, como en un laboratorio se pura y se depura y se vuelve a depurar una sustancia hasta tenerla lo más perfecta posible, lo más destilada posible, así también en Teología se toma una palabra, y se la depura y se la depura una y otra vez hasta que quede significando una sola cosa, y eso supone un gran esfuerzo, usar el lenguaje así es un gran esfuerzo.
Mientras que en las narraciones el lenguaje simplemente fluye y canta y rebota y la gente parece que no tiene demasiada preocupación en contradecirse. Tú ves, en el mismo Evangelista Juan que mencioné antes, tú ves que él utiliza términos a veces de una manera y a veces de otra.
Tomemos un texto de San Juan: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo” 1 Juan 2,15, eso es de la Primera Carta de Juan. Tomemos otro texto de San Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único” Juan 3,16, ¿al fin con qué me quedo? La Primera Carta me dice a mí que yo no ame al mundo, y el evangelio me dice a mí que Dios amó muchísimo al mundo, ¿entonces cómo es?
Pues resulta que las palabras dentro de una teología o dentro de un planteamiento narrativo, no necesariamente tienen esa univocidad que sí se espera y se reclama en el pensamiento sistemático
Entonces la Mariología entra aquí, porque resulta que uno no puede hacer Mariología sin ir a los textos, y todos los textos que tenemos son pura narración: que María se puso aprisa en camino y fue a visitar a su pariente Isabel, esa es una narración.
Y ahora toca tomar esa narración y tratar de volverla hasta cierto punto sistema; pero luego el sistema tendrá que ver cómo se vuelve otra vez narración cuando se quiere ofrecer en forma de predicación o de otro modo también al pueblo de Dios.
Fíjate las complicaciones que tiene esto de la Mariología. Y de aquí surge que entonces hay algunos que han hecho estas elecciones, dicen: “Bueno, pues si la Mariología está en el cruce entre razón y corazón, yo me quedo con la razón; si está entre la devoción y la teología, yo me quedo con la teología; si está entre lo narrativo y lo sistemático, yo me quedo con lo sistemático”.
Y si yo me quedo con los sistemático, racional, teológico, entonces en realidad no necesito una Mariología.
Por eso, encontramos en la Iglesia, con respecto a la Virgen, encontramos como casi se podría hablar de dos bandos: por un lado, los que no quieren pensar en la Virgen: “A Esa no me la pienses, con Esa no te metas. La Virgen es únicamente para admirarla, para quererla, para confiar en Ella, para entregarse a Ella”, es decir, todos los actos propios de la devoción y de la narración, eso por un lado, ese es un grupo.
Pero luego tenemos otro grupo, mucho menor en número, pero mucho más visible, por lo menos en cuanto a sus declaraciones, que dicen: “No, pues, a ver, las devociones, las devociones, qué hacemos con las devociones, pues, sí”.
Como me han dicho a mí varios profesores que yo he tenido, empiezan a manejar una teoría como de las dos verdades, ¿no? Como diciendo: “Pues mira, en realidad eso no es así, pero yo no voy a pelear con mi madre, yo no voy a pelear con mi abuelita. Ya, mi abuelita, ella tiene su fe, fe, llamémosla de carbonero, -creo que aquí también se utiliza esa expresión-, ella tiene su fe de carbonero, pues que ella que siga con sus rosarios y sus novenas y sus cosas, y yo me quedo con mi teología y no peleamos”.
“Es decir, cuando yo voy donde mi abuelita, yo simplemente como los bocadillos que ella prepara, y las sopas, y las colaciones, y hablamos de cualquier otra cosa. Yo la dejo a ella con su Virgen y yo me quedo con mi Virgen”.
Por supuesto, ese no es un estado de cosas del cual uno pueda sentirse feliz. Sobre todo nosotros, nosotros, quiero decir, Orden de Predicadores, dominicos, no podemos estar contentos en medio de estas divisiones. De alguna manera el desafío es, bueno, ¿cómo se pueden juntar? ¿Cómo hacemos para que haya una verdadera devoción y una verdadera teología?
No es o una o la otra, sino que lo nuestro es buscar el “y”: devoción y teología, narración y sistema, razón y corazón. No es cancelar la una y quedarse solo con la otra. Y yo creo que en eso nosotros tenemos un servicio que prestar a la Iglesia, pero en eso también nosotros tenemos que aprender de la Iglesia misma, porque es que la Iglesia, ni ha escogido ni puede escoger entre estos.
Una Iglesia que pretendiera decir: “Vamos a quedarnos con las devociones pero que nadie estudie más”, pues estaría aislándose, y estaría perdiendo demasiado, y estaría dando espacio para todo tipo de desmanes, y así con las otras alternativas.
Esto es para que veamos el lugar complejo que tiene la Mariología, pero también para que veamos cuál es el bien inmenso que la Mariología puede traer. Porque esta es una pregunta que hay que hacerse. Bueno, una monja en su monasterio, así como ustedes: "¿Yo qué interés puedo tener en Mariología?”
Pues muchísimo, porque un sano estudio, una sana profundización en el tratado teológico de la Virgen te ayuda a juntar, te ayuda a mantener un equilibrio. Y esto sí que es necesario en una vocación de servicio, de amor, de entrega, de espiritualidad, como es la vocación de ustedes.
Es decir, creemos que a la gente de nuestro tiempo no basta simplemente con presentarle: “Nosotras somos buenas personas y rezamos mucho y tenemos muchas devociones”. De algún modo, la exigencia que nos da la Primera Carta de Pedro cuando dice que tenemos que aprender a” dar razón de nuestra esperanza” 1 Pedro 3,15.
Yo creo que esa exigencia se hace todavía más fuerte en nuestro tiempo, hoy sí que es más necesario eso, porque si no, pues simplemente estaríamos haciendo el papel o presentando el papel como de un grupo de gente que se reúne cobardemente, dando la espalda al mundo, para vivir únicamente de sus propias ideas y de sus propios sueños.
De la Mariología podemos esperar gran auxilio para unir la razón y el corazón, para unir la devoción y la teología, para unir la narración y el sistema o el pensamiento sistemático, eso es lo que nosotros queremos, que se pueda avanzar en esa unión.
Bueno, una palabra más sobre esta introducción. ¿Qué es lo que hemos dicho hasta ahora? Hemos presentado el contexto en el que se han hecho estos congresos de teología, por qué se hicieron, la parte histórica, y luego hemos comentado sobre el lugar polémico pero tan prometedor, es polémico pero tan prometedor de la Mariología en el hoy de la Iglesia, eso es lo que hemos planteado aquí.
Ahora vamos a referirnos a una idea central con la cual yo creo que terminaremos la introducción de hoy.
Vamos a referirnos a una idea fundamental que apareció varias veces en el curso de las deliberaciones de este congreso. Es algo que podemos describir también con una pareja de términos. Siempre esas parejas de términos sirven para ver como la tensión dialéctica que hay, y donde hay tensión puede haber un poco de incomodidad, pero también hay vida; uno necesita un poco de tensión para vivir.
Esto es entre paréntesis: (me acuerdo de un psicólogo que decía que demasiado estrés, o sea, demasiada tensión, destruye a la persona; pero, quitarle toda tensión a una vida, también destruye a la persona. Es decir, uno necesita también algo de estrés.
Y eso es curioso, ¿no? Que ninguno de los dos extremos sirve. Si una persona está demasiado tensionada, pues entonces se enferma y se le daña la tensión arterial, puede sufrir un ataque cardiaco, o que sea; pero, el carecer por completo de estrés, también es carecer por completo de motivación.
Porque estar motivado es tener siempre un problema que resolver, tener algo, una razón para avanzar. Cuando una persona no tiene nada que decir, ni que pensar, ni que reflexionar, ni que resolver, pues tampoco tiene nada por qué vivir.
No le tengamos miedo a la tensión. Uno de los que hablaba mucho de esto de las tensiones era el Padre Timothy Radcliffe, Maestro de la Orden que terminó hace nueve años, en el dos mil uno, ahora acaba de terminar el otro, Carlos.
El Padre Timothy Radcliffe hablaba mucho de eso, tanto en lo teológico, como en lo litúrgico, como en lo comunitario, no temamos demasiado a la tensión, la tensión es signo de vida también. Y la tensión, hasta cierto punto nos indica que nadie tiene la solución completa y que todos nos necesitamos.
Necesitamos la experiencia de los mayores y necesitamos la vitalidad de los jóvenes, pero los jóvenes pueden equivocarse, y los mayores pueden querer que nada cambie, y eso genera tensiones. Hay que saber mirar, hasta cierto punto con serenidad, esa tensión.
Los matrimonios cada rato tiene sus propias tensiones, que a veces pueden llegar incluso a ser grandes peleas, entre otras razones porque hombres y mujeres somos distintos. Como decía graciosamente un padre que predicaba a un grupo grande de parejas, decía: “En ese discutir se construye el hogar”, discutir se entiende amable y complementario, ¿no?
El ejemplo que él daba era: “el hombre siempre dice: “Mira, es que aquí se necesita una columna para que no se caiga esto”, y la mujer dice: “Pues si la columna va a ser gris, no la acepto; si va a ser columna tiene que ser de tal color”.
Bueno, es un ejemplo tonto pero muestra eso: cada uno está viendo algo de la realidad. Para tener el hogar se necesita evidentemente que no se caiga el techo, pero para tener el hogar también se necesita quesea un lugar amable, que sea un lugar acogedor, y las dos cosas son necesarias. Entonces cada uno está viendo una parte.
Por eso la tensión hay que saber canalizarla. Realmente, las comunidades que han florecido o que florecen no son las comunidades sin tensiones, sino las comunidades que aprovechan de manera creativa y de manera, llamémoslo así, complementaria, esas tensiones.
Bueno, una tensión que acompaña la historia de María, es la tensión entre lo único y lo universal. Hablamos de lo único en la medida en que se trata de una persona irrepetible, como somos todos, pero además con una misión que tampoco puede repetirse.
Porque de algún modo, si por ejemplo, el Señor me ha llamado a esta vida dominicana, pues, soy un fraile, pero uno entre muchos que participamos de un mismo carisma, y en el sacerdocio tengo que decir lo mismo.
Pero en el caso de María, pues no estamos esperando que el Hijo de Dios se encarne otra vez. Es decir, vamos a decirlo cacofónicamente, hay una unicidad única en el caso de María, pero a la vez hay una universalidad. Y la manera como se mire la unicidad y la manera como se mire la unicidad también es muy importante para hacer este tratado teológico.
Vamos a explicarlo un poco más. Por ejemplo esto: María, explicaba uno de los ponentes, María ha sido vista durante siglos como modelo de vida consagrada, y eso parece como evidente a miles y miles de religiosas en todo el mundo, pero si lo pensamos un poco más, es un poco extraño. Porque María no vivía con otras mujeres. María estuvo en la tarea de la crianza, que no van a tener las monjas. Es muy curioso eso.
Da la impresión que esta tensión a veces la hemos resuelto bien y a veces no del todo bien. Y varios de los ponentes hacían ver eso: cómo, hoy por hoy, hay una gran necesidad, en buena parte de la Iglesia, una gran necesidad de recuperar lo único de María como Ella fue.
Por eso se insiste en el aspecto judío de María: es una judía, se trata de una campesina, se trata de una persona sin instrucción, sin mayor instrucción, aunque debía de tener un conocimiento cercano de la Palabra, por la sinagoga, allá en Nazareth.
Esos aspectos, que son tan propios de Ella, hoy se valoran mucho. Lo que quiero decir es esto: no convirtamos a María en un modelo del eterno femenino. María no es una idea, una especie de idea de perfección que se encuentra allá en la cumbre de la montaña, y hacia allá toda mujer, o incluso todo cristiano, tiene que llegar.
Hay algo en Ella que no es generalizable, hay algo en Ella que fue lo que a Ella le tocaba hacer y no me toca a mí. Y esta consigna resulta liberadora, porque nos obliga también a descubrir nuestra propia unicidad, la unicidad de Ella nos obliga a descubrir nuestra unicidad.
Eso no significa que la religiosa no pueda ver en María un modelo: María es un modelo en muchas cosas, o hasta cierto punto, o desde ciertos ángulos, y no lo es en otros ángulos, y no hay que tener temor de decirlo, desde otros ángulos no es modelo, esa no va a ser una referencia para mí.
Entre otras cosas, esto es necesario para no creer que agotamos, sobre todo nosotros, clérigos, religiosos, religiosas, creer que tenemos como ya agotada la realidad de María acá; no, no necesariamente.
Por ejemplo, si pensamos, como disertaba una de las ponentes de este congreso, si nosotros pensamos en la alegría de María o en el cuerpo de María, ¿el cuerpo de María sentía o no sentía? ¿Cuáles eran las alegrías de Ella? Claro, inmediatamente se encienden las alarmas y: “Bueno, cuidado con lo que te vas a meter “. Sí, no estamos negando lo que enseña la Iglesia, pero el descubrir el tipo de vida que llevó, por ejemplo, su embarazo, ¿qué significado tiene el embarazo? ¿Es una experiencia puramente espiritual?
Para ninguna mujer un embarazo puede ser algo solo espiritual, es decir, no es simplemente como un corazón y una mente que flotan, y que al mismo tiempo van viendo como el cuerpo se agranda. ¿El embarazo qué significa? Esa clase de preguntas nos obligan a pensar lo único de Ella, pero también a descubrir lo único de cada uno de nosotros: “Bueno, ¿y en mi cuerpo cómo habla Dios?”
Quien destapó esta olla en el fondo fue Juan Pablo II. Juan Pablo II abrió todo un capítulo que está empezando, tímidamente, un capítulo que se llama “Teología del Cuerpo”: cómo habla Dios en tu cuerpo, o qué, ¿o tu cuerpo no importa? Tener el cuerpo enfermo o sano, tener el cuerpo cansado o saludable, ¿eso influye o no influye?
Desde una antropología que tome en serio la unidad del ser humano, y esa es la antropología semita, pues el cuerpo nos recuerda también la unicidad, fíjate: la unidad y la unicidad.
Y creo que son cosas en las que nosotros no hemos solido reflexionar. Creo que muchas veces miramos la espiritualidad más o menos desde este ángulo: se cancela el cuerpo y lo que importa es el espíritu o el alma.
Pero este modo de hablar, con un dualismo craso y de pobre factura, luego no funciona, porque entonces después sentimos que mucho de lo que nosotros mismos somos queda desconectado de nuestros propios anhelos, es como introducir una fractura profunda.
Muchos de nosotros no sabríamos que responder si nos preguntaran: “¿Qué alegrías tiene su cuerpo?” O si nos preguntaran: “¿Qué lugar tiene el cuerpo en la oración? Me llama la atención que de aquellas predicaciones que tuve en el Monasterio de Murcia, lo que más se quedó fue lo del cuerpo: ¿Cómo hace uno para meditar y/o dormirse sin que el asunto sea escandaloso? Y es esto.
Fíjate: cuando entramos en la teología mariana tenemos que hacernos esa clase de preguntas, que son preguntas audaces, hay que hacerlas con respeto, hay que hacerlas escuchando la voz del Magisterio, pero hay que hacerlas, porque somos cuerpo también.
Yo comentaba en algunas de las reuniones,-ahí los llamaban paneles-, que tuvimos en el congreso, comentaba mi propia experiencia leyendo la obra Sidharta de Hermann Hesse. Esta obra, no vamos aquí ni siquiera a resumir el argumento-, pero esta obra tiene un personaje, el cual viaja a Oriente buscando espiritualidad, y se encuentra con una cantidad de seguidores de Buda, y él quiere encontrarse con Buda.
Y después de una expectativa y una tensión que se crea ahí en la narración, hay un momento en el que ya va a aparecer el iluminado, el Buda, y el Buda aparece. Y lo que le impacta a los seguidores, en primer lugar ¿qué es? La manera como camina, la manera como se sienta, la manera como sonríe, la manera como mueve las manos, son todas cosas corporales.
¿Qué quiere decir eso? Pues quiere decir mucho. Nosotros, cuando se anuncia un personaje, ¿lo nuestro qué es? A ver qué va a decir, es decir, si cojea, si sonríe, si hace mala cara, si está muy gordo o muy flaco, no importa, lo que importa es las ideas, pero eso somos nosotros los que pensamos así.
En este tipo de espiritualidad oriental o en este tipo de espiritualidad semita hay una tremenda valorización de lo que es único, y dentro de esa valorización entra el elemento corporal.
Pero a la vez en María encontramos una referencia universal, ¿y cuál es la gran referencia? ¿En qué es irreemplazable María como referencia universal? Fundamentalmente en la gracia, es decir, la experiencia de gracia de Ella es lo que la hace realmente única. Podemos decir, el vivir y el beber el Evangelio en su misma Fuente.
Por eso, una de las definiciones más hermosas de María es: Evangelio Realizado, María es Evangelio Realizado, María es la expresión de lo que pude el Evangelio, eso es María.
Bueno, esta es la introducción. ¿Qué es lo que hemos hecho? Pues hemos planteado el contexto de los congresos, hemos hablado del lugar polémico pero tan fecundo que tiene la Mariología, y luego hemos destacado este punto, que se conversó varias veces en el congreso, y que nos obliga también a nosotros a pensar lo nuestro: en qué sentido yo me siento único, y en qué sentido me siento uno, qué unifica mi vida, ¿qué puedo decir yo que hace mi vida una?
En María la respuesta es clara: Jesús hace de María una y hace de María única; la hace una, le da unidad, y la hace única, hace única su vocación, su camino.
¿Qué hace única mi vida? Y también, planteémoslo al revés: ¿qué hago yo con todas mis unicidades? ¿Qué hago yo con todas aquellas cosas en las que me siento único? Y este es un tema complicadísimo hoy en la vida religiosa, y después de algo más de un año de prior sí que lo sé. Es complicadísimo porque cada uno se siente único, estamos en la época en la que nadie quiere que lo uniformen, nadie: “No, no, espérate, que yo soy completamente único”, “es que mi historia es única”, “es que mi vocación es única”, “es que mi modo de ser es único”.
Entonces, entre lo único y lo universal, entre lo individual y lo comunitario, entre lo irrepetible y lo normativo, ahí se desenvuelve nuestra vocación, y creo que ahí también, una reflexión atenta, amorosa, creyente, en torno a María, nos puede hacer mucho bien.