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Fecha: 20090410

Título: La Pasion de Cristo fue una batalla en la que El obtuvo todas las victorias

Original en audio: 44 min. 11 seg.


¿Qué clase de gente somos nosotros, hermanos, que escuchamos un relato tan lleno de sangre y lleno de crueldad? ¿No está el mundo ya suficientemente lleno de malas noticias, no hay ya bastante sangre en los periódicos, en los noticieros como para que vengamos a la iglesia a seguir escuchando más crueldad y más tortura?

Cuando hace unos años salió esta película que se volvió muy famosa: “La Pasión de Cristo”, según Mel Gibson, una de las críticas que se hizo y que se sigue haciendo es precisamente ese aspecto sangriento o ese énfasis en la crueldad del castigo que soportó Jesús.

Y yo creo que ahí hay una pregunta que es plenamente válida: ¿por qué nosotros recordamos con tanto detalle, por que nos detenemos con tanto detalle en todos los aspectos de la Pasión del Señor? ¿Qué es lo que pretendemos encontrar en todos esos actos de humillación, de traición, de sadismo? ¿Qué es lo que buscamos con tanto afán?

¿Por qué permanecemos de pies, oyendo cómo despedazan a un ser humano, cómo lo humillan hasta ese punto que dijo el Profeta Isaías: “Ni siquiera parecía humano”? Isaías 53,2, ¿por qué hacemos esto?

Esa es una pregunta que es plenamente válida y que no tiene una repuesta sencilla, o tal vez sí tiene la sencillez y la mansedumbre con que Cristo Nuestro Señor aceptó este camino de dolor, este camino de y humillación.

Y Como dice la Carta a los Filipenses: “La Muerte, y muerte de cruz” Carta a los Filipenses 2,8, hasta allá llegó su amor por nosotros.

Los detalles de La Pasión de Cristo son dolorosos al oído, lastiman el corazón, pero siguen siendo, como todo el Evangelio, revelación, son una revelación del amor de Dios, del poder de Dios y de la misericordia de Dios. Son revelación también de la sabiduría de Dios.

Santo Tomás de Aquino se pregunta si Dios hubiera podido salvar a la humanidad por otro camino, otro camino que no fuera tan cruel, que no tuviera tanta sangre, tanta humillación.

Y responde este Santo Doctor: “ciertamente, Dios Padre hubiera podido escoger un camino diferente, pero este camino, el camino largo de la Pasión; este camino, el camino de la crueldad y de aceptar el sufrimiento hasta la muerte, tiene muchas y muy profundas y muy duraderas enseñanzas”.

De modo que nosotros en la Pasión de Cristo no sólo recibimos el don apreciable de la salvación, sino que obtenemos la ruta, podríamos decir, los parámetros fundamentales, los criterios básicos, la guía esencial para nuestra propia vida cristiana.

De poco valdría recibir el don de la redención, si nosotros no tuviéramos cómo conservarlo, si no tuviéramos cómo apreciarlo, y si no tuviéramos, en cierta medida, la capacidad de imitarlo.

Y por eso, para que la redención llegue a ser en nosotros no solamente un dato y un punto en el camino, sino para que la redención se convierta en todo el camino nuestro, para eso la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo nos concede, nos regala abundantísimas enseñanzas.

No caben todas en una sola predicación, pero con la ayuda que me dé el Espíritu Santo, podemos ciertamente extraer unas cuantas perlas, joyas hermosas que nacieron en el Corazón de Jesús.

Ante todo, caigamos en cuenta, hermanos, que este texto que acabamos de oír, la Pasión de Cristo según el evangelio de Juan, se lee todos los años. La Pasión de Cristo se lee dos veces al año en realidad: el Domingo de Ramos y el Viernes Santo

Pero el Domingo de Ramos cambia la lectura cada año, según los distintos ciclos del domingo, de modo que un año se lee la Pasión según San Mateo, otro año la Pasión según San Marcos, otro año la Pasión según San Lucas. En cambio, para el viernes Santo el texto siempre es el mismo, y en ese detalle la Iglesia, que es nuestra Maestra, algo debe querernos decir.

Esa simple escogencia parece indicar que este texto tiene un valor supremo, siendo todo tan precioso cuando se trata de la muerte del Redentor del género humano, ¿y qué es eso tan particular que tiene el Evangelio de Juan? No es simplemente decir: “Atraparon a Cristo, lo torturaron muchísimo, lo humillaron y se dieron gusto en eso y al final lo mataron".

En los detalles, mis hermanos, de lo que le sucedió a Cristo, y sobre todo en la manera como Él respondió a eso que le sucedía, ahí es donde hay una revelación preciosa. Alguien dijo que el verdadero valor de la vida no es lo que le sucede a uno, sino cómo responde a eso que le sucede.

Y Efectivamente así es. Vemos personas que tienen una infancia en la pobreza, con muchas privaciones y precisamente por esas carencias se vuelven resentidos sociales, dispuestos a hacerle daño a cualquiera, o a abrirse paso a codazos.

Pero otras personas, que han vivido también una infancia con muchas carencias, descubren en ese hecho, la necesidad de luchar por una sociedad más justa.

Y cuando llegan a tener cargos de cierta autoridad, cuando llegan a tener cierto poder sobre sus conciudadanos, procuran, con máxima diligencia, que haya equidad, que se disminuya la injusticia, porque han vivido ellos mismos el peso y el dolor de esa injusticia.

En este sencillo ejemplo vemos cómo dos personas pueden haber recibido un mismo impacto, un mismo daño, en este caso, una infancia llena de privaciones, y sin embargo, los dos reaccionaron de modo distinto: uno se volvió un criminal, tal vez un psicópata, egoísta que terminará, qué sé yo, en la cárcel, o asesinado de cualquier manera.

El otro se convirtió en un paladín de la justicia, un hombre de bien dispuesto a remediar daños y enfermedades en la sociedad, de modo que otros niños no tengan que padecer lo que él padeció.

Así que lo importante en la Pasión de Cristo no es quedarnos únicamente mirando que cayeron sobre Él tantos y tantos azotes, tantas y tantas humillaciones. Lo más importante está en cómo reaccionó, qué hizo el Corazón de Cristo frente a esas humillaciones y frente a esos dolores.

En este sentido, si hacemos una lectura comparada entre el evangelio de San Juan y cualquiera de los otros evangelios, pronto descubrimos que ése, el que leemos el Viernes Santo, es particularmente elocuente.

De hecho, este evangelio de San Juan, tiene una cantidad de singularidades que lo hacen completamente único, y por eso suele distinguirse entre los llamados Evangelio Sinópticos, que son los tres primeros: Mateo, Marcos y Lucas, y, como una categoría aparte, el Evangelio de Juan.

Y la razón de llamar a los otros, “sinópticos”, es porque esa palabra, “sinopsis”, quiere decir lo que puede mirarse con un solo golpe de vista, lo que puede mirarse al mismo tiempo. Los otros tres: Mateo, Marcos y Lucas son bastante parecidos, y llevan un orden bastante semejante. Juan es como un caso aparte.

Y muy pronto, los antiguos venerables y santos predicadores, a los que llamamos “los Padres de la Iglesia”, destacaron que Juan, comparado con los otros Evangelistas, era como un águila.

Así como el águila se remonta más alto que todas las aves, así Juan fija su mirada en el Verbo Encarnado, y se levanta en alas del Espíritu para regalarnos tesoros preciosos, revelaciones singulares de cómo es Jesús, cuánto nos amó Jesús y qué significa creer en ese Jesús.

Una de las características del evangelio de San Juan es que, comparado con los otros, contiene pocos milagros, además, tampoco los llama milagros, los llama “signos”, lo llama “señales”. Y este evangelio contiene un número exacto de señales, un número que era muy importante para los judíos, y que sigue siendo importante para nosotros: el número siete.

El número siete es el número de la perfección. En siete días hizo Dios el hermoso universo en que vivimos; el Apocalipsis nos habla de una séptuple presencia de espíritus que adoran al Señor en ese círculo íntimo del cielo; nosotros tenemos siete sacramentos.

Juan nos ofrece siete signos, siete señales, porque él no los llama milagros. El primero de esos signos es el milagro de las bodas en Caná de Galilea, y así uno puede seguir buscando los milagros, por ejemplo, hay un milagro inmenso, descomunal, colosal, que es la resurrección de Lázaro.

Pero si uno cuenta las señales, si uno cuenta los signos, uno ve que sólo aparecen seis de esos llamados milagros, porque el séptimo signo, como dejando para el final lo más grande, lo más elocuente, lo más significativo, precisamente es la Cruz.

Es decir, en el evangelio de Juan la muerte misma de Cristo es el milagro, es el prodigio por excelencia.

Si cada milagro que nos sucede, por ejemplo, curarnos de una dolencia física, es una señal del amor de Dios, es como una caricia de Papá Dios, pues la Señal, con mayúscula, inmensa del Amor, la Señal de la presencia, de la cercanía de Dios, la Señal por excelencia, el signo por antonomasia, según San Juan, es la Pasión de Cristo.

Y esta es una enseñanza muy importante, porque, a veces esperamos que Dios intervenga en nuestras vidas de un modo puntual, particular, por ejemplo, ayudándonos a conseguir un trabajo, o curándonos de una enfermedad, y todo eso está bien, porque nuestro Dios es providente, nuestro Dios es cercano y amoroso.

Pero, hermanos, que esas necesidades particulares no nos quiten la mirada de la necesidad fundamental que tenemos, y esa necesidad radical, profunda, fundamental es ser liberados del pecado, liberados del dominio de Satanás y ser conducidos a la Patria de la Luz, porque cualquier milagro que recibamos en esta tierra tendrá un final.

Si una persona, por ejemplo, padece de un cáncer y se cura, eso es algo muy grande, eso es algo muy bello; pero un día esa persona va a morir de otro cáncer, o de otra enfermedad, o de un accidente, o de lo que sea.

De manera que curarse de un cáncer es algo muy grande, pero no es lo más grande, porque todos los milagros que recibimos en esta tierra se estrellan contra la barrera de la muerte, y sólo hay un Milagro, sólo hay una Señal, solo hay un Signo que traspasa la barrera de la muerte, y ese Signo y esa Señal, es esto que celebramos hoy, esta Bienaventurada Pasión de Cristo.

Esa es la primera clave que nos da el evangelio de Juan: la Cruz como la gran Señal, la gran expresión de la sabiduría divina, del poder divino y del amor que es capaz de levantarnos para que también nosotros crucemos el umbral de la muerte y vivamos y reinemos con Jesucristo.

Por otra parte, el evangelio de Juan también es peculiar, porque es el único Evangelista que une completamente la muerte de Cristo y la gloria de Cristo. En el evangelio de Juan, varias veces habla Cristo de su glorificación, y hay una frase que la hemos oído ya en esta Cuaresma: “cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí” San Juan 12,32, dice Cristo.

El momento de la victoria de Cristo según San Juan es cuando es levantado, ¿y cuándo fue levantado Cristo? En la Cruz.

De manera que la Cruz de Cristo, al mismo tiempo aparece como la peor ignominia y como la máxima gloria; y este carácter paradójico del sacrificio del Señor lo destaca más que nadie San Juan. En la Pasión de Cristo está al mismo tiempo la más completa y devastadora humillación, pero también la más excelsa, hermosa y esplendorosa glorificación.

Y así San Juan nos enseña a mirar el misterio de la Cruz de Cristo, reconociendo en esa Cruz la gloria de Dios. Por supuesto, esto parece reñir con lo que oímos en el texto de Isaías: “Le vimos sin hermosura ni belleza. Varón acostumbrado a sufrimientos” Isaías 53,2-3.

Y uno se pregunta, ¿cómo se puede mirar la gloria de Dios ahí, en una persona que está destrozada? Para llegar a una respuesta hay que mirar un poco más allá de las palabras.

Hay que entender que según San Juan, la Cruz de Cristo es el momento del gran exorcismo. La Cruz de Cristo es el momento en el que el antiguo enemigo, el príncipe de la mentira, el que es homicida desde el principio, el que fue llamado "serpiente" en el Génesis, ese, el diablo, es el perdedor y es arrojado fuera.

La Cruz es el gran exorcismo. Dice Jesús en el Evangelio según San Juan: “Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera” San Juan 12,31, pero el príncipe de este mundo,es decir, el diablo, tiene feliz posesión de los corazones pecadores; ha hundido en ellos sus garras y tiene mil estrategias para conservarlos encadenados.

Creo que todos los que estamos aquí conocemos la fuerza del pecado, creo que todos los que estamos aquí conocemos cuán difícil es dejar un vicio, creo que todos los que estamos aquí de alguna manera sabemos que es cierto que el antiguo enemigo, la serpiente homicida, tiene garras capaces de retenernos y encadenarnos.

Si Jesús entonces anuncia que su Pasión va a quitarle la presa preciosa al demonio, es evidente que aquí tiene que haber un conflicto. Es decir, San Juan nos invita a mirar la Cruz de Cristo como una autentica batalla, o si lo digo mejor, como la batalla.

La batalla de todos los siglos, la batalla decisiva, en la cual sólo puede haber un ganador y un perdedor, y en la cual, nosotros, mis hermanos, somos el tesoro adquirido a precio de Sangre por ese ganador que es Jesús.

¿Y qué era lo que quería el que resultó perdedor? ¿Qué era lo que quería el demonio? ¿Acababa la pretensión del demonio en causarle unas heridas a Jesús? ¿Acababa la pretensión del demonio en echarle unos salivazos?

¿Acababa la pretensión del demonio en que se le dijera unas cuantas blasfemias o insultos, o se le golpeara con un látigo? ¿Era esa toda la pretensión del demonio? ¿Llega únicamente hasta ahí? Ciertamente que no.

El empeño decisivo del demonio, el empeño decisivo de las tinieblas, sólo tiene una salida posible, y esa salida se llama la muerte, la muerte eterna, el destino. “La paga del pecado es la muerte” Carta a los Romanos 6,23, nos dice San Pablo.

La única salida, y nadie se engañe, hermanos, la única consecuencia, la única salida que tiene la calle del pecado, es el abismo de la muerte. Por consiguiente, la batalla de la Cruz, tenía un único objetivo, uno solo.

El demonio sólo quería una cosa con Cristo, una sola, y óyeme bien, lo más importante no era romperle la piel, lo más importante no era hacerlo chorrear sangre, lo más importante no era cargarlo de ignominia, o de salivazos.

La única cosa que quería el demonio, la única, lo único que pretendía era lograr que Cristo pecara, lo único que quería era lograr apartarlo de la voluntad de Dios.

Porque este Cristo, virgen, pobre, obediente, manso, generoso, amoroso, orante, este Cristo, este Jesús de Nazaret, mientras caminó sobre esta tierra era la ignominia, era la derrota, era el baldón de vergüenza del demonio, porque indicaba que su poder no era completo.

Nada podía detestar más el demonio que el Corazón de Jesucristo; nada podía darle más ira; nada podía despertar más su soberbia que ver a este Jesús lleno de pureza, lleno de humildad, lleno de oración, lleno de Santidad; y por eso, el demonio intenta lanzar su garra homicida sobre Jesús, y lo único que pretende es destruir esa unión que hay entre Cristo y el Padre Celestial.

Es decir, lo único que quiere el demonio es hacerlo pecar, como sea, al precio que sea, y literalmente intentó todo. Una de las estrategias más sutiles, aparece contada en otro de los Evangelios, cuando la gente le empieza a decir a Jesús: “Oye, bájate de la Cruz para que creamos” San Marcos 15,32.

Mira, si tienes oídos, mira con los ojos de tu corazón lo especiosa y sutil de esa tentación, verdadero dardo venenoso dirigido al Corazón de Jesús; porque, ¿qué era lo que podía anhelar más Jesús como Profeta que era? Que la gente pudiera creer.

¿Y qué es lo que le está diciendo el demonio por boca de esos que fustigan y humillan a Cristo en el Calvario? ¿Qué es lo que les está haciendo decir el demonio? Que ellos digan: “Lo que tú más anhelas, Jesús, a lo que le has dedicado la vida, Jesús, lo vas a tener ahora, si tan sólo rechazas la Cruz, si te bajas de ahí”.

Es una tentación increíblemente sutil, increíblemente poderosa, preludio de la lanzada que después tenía que penetrar el Corazón de Cristo, según nos contó el Evangelio que oímos hoy.

Hay gente tonta, trato de utilizar una palabra caritativa, gente tonta que cree que la última tentación de Cristo era la mujer, o las mujeres. ¡Qué poco conocen a Jesús!

El Profeta de Nazaret, el Mesías, el que tiene la conciencia de lo que es Israel, el que se desvive por la voluntad del Padre, ¿cual es una verdadera tentación para ese, ese Profeta? Esto que le propone el demonio y que se lo ofrece en bandeja de plata: “Bájate, para que creamos” San Marcos 15,32.

Eso sí que es tentación; pero ni siquiera ante esa tentación cede Jesucristo. Permanece unido a la Voluntad del Padre.

Y lo que es más impresionante, permanece orando, como lo vamos a meditar más extensamente en el Sermón de las Siete Palabras, en unas cuantas horas; notaremos que Jesús está orando en la Cruz, sigue orando, sigue unido a la voluntad de Dios, sigue entregándose completamente a la voluntad de Dios.

Y las últimas Palabras de Cristo, según las recoge el texto de San Juan, son un canto de victoria: “Tetélestai” San Juan 19,30, dice cristo, “misión cumplida”, y muere. Eso tuvo que saberle a derrota a Satanás, eso, porque no pudo.

Y lo grandioso de la Pasión de Cristo es que este Jesús desnudo, humillado, destrozado, aislado, solo, hundido, torturado, sigue siendo el Jesús del Padre, sigue siendo el Hijo del Dios vivo y ahí, en ese momento sigue proclamando que para Él sólo importa Dios. No importa lo demás, no importan las humillaciones, no importan los clavos, no importan las espinas.

Y cuando uno cae en la cuenta que la Pasión de Cristo es una batalla, y cuando uno ve que lo que quería uno de los bandos, o sea, el demonio, era lograr el pecado de Cristo, y no lo logró, sino que Cristo permaneció unido, unidísimo al al Padre Celestial, entonces uno empieza a leer la Pasión de Cristo como una sucesión de victorias.

Cada uno de los pasajes, cada uno de los versículos, cada una de las escenas de la Pasión es un canto de victoria, porque es una muestra más, una más, y otra más, y otra más de lo que significa estar unido, unido a Dios.

Y por supuesto esta es la clase de catequesis que también necesitamos nosotros, que tal vez sin llegar a los extremos que tuvo que sufrir Cristo, sin embargo también tenemos que pasar por unas cuantas humillaciones a veces, y unos cuantos dolores, y unas cuantas soledades.

Hay un último aspecto que quiero destacar del evangelio según San Juan; repito, lo que hay aquí, esto que hemos oído, esta Pasión, esto que hemos oído, tienes que llamarlo “la Biblioteca del Amor de Dios”, eso es La Pasión de Cristo.

La Biblioteca del Amor de Dios. Lo que hay descrito aquí, de la manera como nos ama Jesucristo; pero la manera como nos ama porque ama al Padre, lo que hay escrito aquí da para que meditemos el resto de nuestras vidas, y para que muramos con una sonrisa de gratitud en nuestros labios.

El último punto que quiero compartirles, hermanos, es Poncio Pilato. El evangelio de Juan nos muestra con cierto relieve la figura de Pilato. ¿Y por qué hay que hablar de Pilato? Porque Pilato es el que tiene que determinar si Cristo va a morir o no; Pilato es el que va a determinar qué le va a suceder a Cristo, y es tan interesante ver lo que sucede aquí, según el Evangelio de Juan.

Es evidente que Cristo está en manos de sus enemigos, al fin y al cabo, lo han apresado, lo someten a las humillaciones, lo azotan, le ponen las espinas; es evidente que Cristo está en manos de sus enemigos.

Pero, si uno tiene una mirada atenta, descubre que este Cristo, estando en manos del enemigo, es el Señor, es el Juez, y lo más hermoso para mí, y lo más impresionante del evangelio de San Juan, es que la manera como obra Cristo, es tal, que Cristo cambia los papeles.

Es decir, se supone que Pilato está juzgando a Cristo, pero a medida que transcurren los diálogos entre ellos, es Cristo quien acaba juzgando a Pilato. Es Cristo quien acaba haciéndole ver a Pilato qué terrible y apestoso manojo de mediocridad es como ser humano, como funcionario y como representante de un Imperio que llama "divino" a su emperador.

Es impresionante ver la manera como obra Cristo con Pilato. Es impresionante como le hace ver que este hombre, que supuestamente está cumpliendo un oficio para hacer justicia, desconoce hasta el rudimento más sencillo de lo que quiere decir esta palabra.

Miremos un par de versículos para que descubramos cómo el Jesús de la Pasión, en San Juan, es lo podríamos llamar un “Jesús majestuoso”; es un condenado a muerte, pero es el que condena a la muerte.

Es aislado de todos, pero es el único que puede decir: “Los voy a atraer a todos hacia mí” San Juan 12,32; es el traicionado de todos que permanece leal a sus amigos; es el que está siendo juzgado, y es Él mismo el que juzga al mundo.

Miremos lo que sucede. Le dice Pilato a Jesús; “¿Eres tú el rey de los judíos” San Juan 18,33, Jesús le contesta: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” San Juan 18,34, ahí empieza.

¿Dices eso por tu cuenta o estás resolviendo un expediente? ¿Estás aquí como funcionario o estás aquí como ser humano? ¿Eres una persona que puede mirar a otra persona o eres un funcionario resolviendo una diligencia?"

"¿El problema tuyo es, lo que te hayan dicho o el problema tuyo es lo que tú crees, lo que tú piensas? ¿Qué es lo que hay en ti?"

"Desde el principio Jesús establece los términos del diálogo con Pilatos, en una clave, la clave de: no juguemos al teatro, no juguemos a esta tramoya, a este montaje. Tú existes, yo existo; tú crees algo, ¿verdad? Entonces dime qué es lo que tú crees, y yo te digo lo que yo soy".

"Si tú no estás dispuesto a decir lo que tú crees, no tiene sentido que yo te hable, porque yo no voy a jugar a tu teatro". Esa es la razón del silencio de Cristo.

Pilato le responde: “Acaso soy yo judío?” San Juan 18,35, es decir, bien pronto empieza a lavarse las manos. Lo de lavarse las manos no fue al final, ya desde el principio él intenta tratar el caso “Jesús” como una diligencia más: "Qué problema, hombre, me toca resolver esta diligencia. Es un oficio que tengo que hacer".

Pilato está ciego, Pilato no ve al ser humano, y cuando lo ve, cuando se ve obligado a verlo, cuando se ve obligado a reconocer la inocencia que hay en Cristo, vuelve, y se tapa los ojos, de manera que Pilato padece dos ignorancias, dos cegueras, digo yo.

La primera,la ceguera de la ignorancia; y la segunda, la ceguera voluntaria del que prefiere las ventajas del pecado”. La primera puede llamarse “justicia-ignorancia”; la otra, en cambio, hay que llamarla “pertinacia”.

“Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?" San Juan 18,35, Jesús responde: “No es el mundo el que me ha hecho rey” San Juan 18,36.

Esa es una traducción más precisa, que la que aparece en este leccionario español. El leccionario español dice la expresión que hemos oído más veces: “Mi reino no es de este mundo” San Juan 18,36.

Pero resulta que “mi reino no es de...,ese "de", en griego es la partícula "ek" que significa origen. “Mi reino no proviene de este mundo, no es el mundo el que me ha hecho rey” San Juan 18,36, eso es lo que le dice Cristo. “Si mi reino viniera de este mundo, mi guardia hubiera luchado” San Juan 18,36.

Entonces Pilato le dice: “Entonces ¿tú eres rey?” San Juan 18,36, y Jesús contesta: “Soy rey. He nacido para ser testigo de la verdad” San Juan 18,37.

Y añade esta frase, porque Jesús está plenamente dueño de la situación. Yo me imagino a Jesús con sus ojos santos y luminosos, penetrando los ojos de Pilato y diciéndole: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz” San Juan 18,37.

"Aquí no vale que si tú eres judío, que si no eres judío; que si eres romano, que si eres un funcionario; que si tienes un oficio, que si eres amigo del César. El problema aquí es: ¿eres capaz de aceptar la verdad? Quien quiera que seas, cualquiera que sea tu nombre, ¿eres capaz de aceptar la verdad? ¿Te interesa la verdad o sólo las ventajas?"

"¿Te interesa lo que es cierto o sólo lo que es provechoso? ¿Te interesa lo que es verdadero o sólo lo que es lucrativo? ¿Dónde está tu corazón, Pilato? A ver, desnuda tu corazón aquí".

Y Pilato no soporta eso. Pilato dice la pregunta típica del cínico, la pregunta del pragmático, la pregunta del que sólo conoce las ventajas inmediatas: “¿Y qué es la verdad?" San Juan 18,38, dice él.

Como quien dice: "Ay, en eso de verdades, hay muchas verdades", y ahí empieza la ceguera voluntaria de Pilato: "Yo no quiero entrar en que si verdad, no verdad. Yo quiero salir de esta diligencia, soy un funcionario, recibo honores, recibo un sueldo, despachemos esto rápido", y por despachar rápido, no mira al ser humano que tiene ahí, no mira a Jesús.

Pero la escena no termina ahí. Pilato se da cuenta de que Jesús es inocente, dice: “Os lo saco fuera para que sepáis que no encuentro en Él ninguna culpa” San Juan 18,38, o sea que sí sabe la verdad, ¿no? O sea que sí sabe que Jesús es inocente. Lo que le hace falta no es verdad, lo que le hace falta es coherencia.

Y yo creo que esta es una gran enseñanza para todos nosotros, porque muchas veces lo que nos hace falta no es conciencia, lo que nos hace falta no es verdad, eso lo conocemos. Lo que nos hace falta es coherencia para vivir de acuerdo con lo que profesamos y creemos. Pilato declara la inocencia de Cristo, y entonces le dicen los judíos: “Según nuestra ley, este tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios” San Juan 19,7,- entre paréntesis-, oigan bien este versículo los que dicen que Jesús murió por los pobres, por un cambio social, por la promoción humana-.

Ciertamente el Evangelio tiene semillas maravillosas de promoción humana, pero la causa de la muerte está tiene demasiado clara aquí: “Este se ha declarado Hijo de Dios” San Juan 19,7.

Y esa palabra tiene una densidad muy grande, Pilato lo sabe, porque llamarse “Hijo de Dios”, en singular, era algo que no hacían los judíos. Ellos consideraban a todo el pueblo, hijo, y por eso consideraban que Yavhe, era su Padre.

pero que una persona en singular dijera: “Dios es mi Padre", y aún más: Dios mi “Abba”, eso sólo podía significar lo que ellos temían, y que aparece en otro lugar de San Juan: “No te condenamos por ninguna obra buena que hayas hecho,-le dicen-, sino porque, siendo un hombre, te haces Dios” San Juan 10,33.

Donde se ve que los judíos entendían bien que cuando Cristo se llamaba a sí mismo “Hijo de Dios”, no estaba haciendo otra cosa sino anunciando una naturaleza que va más allá de la naturaleza humana. Estaba proclamándose verdaderamente Dios.

Pilato se da cuenta de lo complejo de la situación; no es un hombre tonto, simplemente es un cobarde, es un cínico, y el cinismo y la cobardía han hecho demasiada presa en él. Se devuelve donde Jesús, y le pregunta: “¿De dónde eres tú?" San Juan 19,8, quiere aclararse, luego sí le interesa la verdad.

A todo hombre le interesa la verdad, a todo ser humano le interesa la verdad.Y Cuando uno dice que no le interesa, es porque no le conviene, que es muy distinto. Jesús no le da respuesta, y ya sabemos por qué Jesús calla. Porque Jesús no quiere ser parte de la obra de teatro en la que está Pilato.

Entonces Pilato se pone otro ropaje encima: "Un momentico, yo soy el que tengo poder, y entonces, le suelta a Cristo esta frase: “¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” San Juan 19,10.

Yo soy el funcionario, aquí nada entra, nada sale sin mi poder; yo soy el de las llaves. Y le dice Jesús: “Tú no tendrías ninguna autoridad si no te la hubieran dado” San Juan 19,10.

"Tu autoridad es prestada, y detrás de ti hubo otros, y después de ti vienen otros. Esa autoridad tuya te la dieron por un tiempo y luego te la quitan, y luego caes en desgracia frente al emperador y te condenan. ¡Quítate esa máscara, quítate ese ropaje que te pusiste!

No contento con eso, Jesús le añade esta frase a Pilato, que es la que más me gusta, y si ustedes estuvieron atentos a la lectura de la Pasión y la disfrutaron tanto como yo, le dice Cristo a Pilato: “Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado más grande que tú” San Juan 19,11.

Cómo me gusta esa frase! ahí lo declara pecador, y se supone que Pilato es el juez, y le dice: "Mire, el que me entregó a usted está en un pecado peor que el suyo, y usted está mal y está siguiendo a ese otro".

¿De quién es el juicio aquí? ¿Se está juzgando a Cristo o se está juzgando a Pilato? La respuesta es el juicio de Cristo, es el juicio de toda humana conciencia. El juicio de Cristo lleva a cada uno de nosotros a buscar su propia verdad.

Lo más hermoso es que entonces Pilato ya saca a Cristo después de castigarlo, y los judíos terminan diciendo, por lo menos estas autoridades judías, -nunca debemos meter en una sola bolsa a todo el judaísmo, ni debemos interpretar estos textos como razón para despreciar a los judíos-; aquí la Biblia es clara en decir que fueron las autoridades de ese tiempo.

Pero el hecho concreto es que las autoridades de ese tiempo dicen: “Nuestro único rey es el César. Nuestro único rey es el emperador” San Juan 19,15, y eso dicen los sumos sacerdotes.

No sólo queda juzgado Pilato, también quedan juzgados los sumos sacerdotes, ¿Sacerdotes de quién? ¿Del césar? ¿No se supone que ustedes como sacerdotes tienen que ser los primeros en velar por los intereses de Dios, velar por la gloria de Dios; y ahí está el grupito de sacerdotes en coro diciendo: “Nuestro único rey es el César” San Juan 19,15, ¡blasfemos inútiles!

Esto logra Cristo con su Pasión, y estos detalles de la Pasión de Cristo según San Juan, es lo que decimos, que en este texto el condenado manifiesta su gloria, y toda la majestad de Cristo aparece aquí.

Hermanos, muchas más cosas tiene el Espíritu Santo para decirnos. No olvidemos ir a la Biblia misma; no olvidemos ir al texto mismo; no olvidemos meditar, por ejemplo, en los misterios dolorosos del Santo Rosario, esta belleza. No olvidemos reconocer aquí a nuestro Cristo para poder también nosotros decir: “Ese es mi Rey, este es mi Señor”.

Desde hace muchos siglos, la Iglesia escogió el texto del evangelio de Juan para el Viernes Santo, ¿sabes por qué? Porque esta ceremonia de hoy, esta acción litúrgica del Viernes Santo, viene como prolongación de la Cena que tuvimos el día de ayer, y es ya preludio, es aperitivo, es comienzo de la Pascua que vamos a celebrar mañana en la gran Vigilia.

Este texto de Juan, a la vez que nos describe todo lo espantoso que tuvo que sufrir Cristo, nos muestra todo lo glorioso que es ese Cristo, para que ya desde hoy, aunque sea con lágrimas de ver sufrir tanto a Nuestro Salvador, ya desde hoy podamos saber que esas lágrimas de tristeza, serán un día lágrimas de gozo.

Y Nosotros que hoy estamos aquí acongojados de ver morir a nuestro Salvador, pronto cantaremos la gloria del que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.