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Fecha: 20010413

Titulo: El amor de Jesus

Original en audio: 22 min. 45 seg.


Hermanos:

Este día la Iglesia nos invita a contemplar el horror de la muerte de Cristo. Sin duda, a todos nos impresiona la cita que se dieron la prioridad y el odio, para acabar con la vida de Nuestro Señor.

Casi no faltó ningún dolor a Cristo, porque fue traicionado por sus amigos, porque fue abrumado por sus enemigos y porque, en una soledad espantosa, tuvo que probar como dice la Carta a los Hebreos, el sufrimiento y la obediencia.

Ese dolor de Cristo nos impresiona, nos perfora, nos atraviesa. Yo creo que todos nosotros podemos decir, como dijo uno de los que estaban crucificados con Él: “Nuestro dolor es justo porque somos pecadores, pero Él no ha hecho nada” San Lucas 23,41.

Lo que más duele de la muerte de Cristo es eso: que se trata de la muerte de un inocente; y esa inocencia blanca del alma de Cristo hace resaltar más el rojo escarlata de su sangre. Todo crimen es horrendo, pero ninguno tanto como el que atenta contra un inocente, y Cristo es inocente.

Todo crimen es horrendo, pero especialmente aquel que hiere al que sólo supo dar amor. Amor fue lo que dio Cristo con sus palabras; de sus manos sólo recibimos bendiciones y milagros; de sus ojos sólo recibimos paz, misericordia y compasión.

Sus pies se apresuraron buscando su oveja perdida, -esa oveja que es cada uno de nosotros-; Él nos defendió con sus oraciones, veló por nosotros, derramó lágrimas de dolor por nuestras culpas y quiso, con todas sus fuerzas, rodearnos de amor.

Por eso precisamente duele tanto la muerte de Cristo, porque Él nos rodeó de amor y nosotros hoy lo hemos rodeado de dolor; duele mucho ver esas manos que bendijeron a tantos enfermos, atravesadas por los clavos; duele mucho ver ese Cuerpo, verdadero templo de pureza, despedazado por los azotes.

Y esa cabeza llena de dignidad, atravesada por las espinas; su boca que nos dio tantas palabras de consuelo, hoy ni siquiera pudo recibir un vaso de agua fresca, porque cuando pidió algo para calmar su sed, vinagre fue lo que recibió.

Todo esto ha rodeado de dolor a Cristo, todo esto nos rodea de confusión a nosotros, porque ya nosotros sabemos bien, que sí Cristo padeció todas estas cosas, fue por el pecado del mundo.

Él sabía lo que le iba a suceder cuando estaba en el Huerto haciendo su oración; llorando de dolor y de miedo y sudando sangre, le dice a su papá Dios: ”Si quieres aparta de mi éste cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” San Lucas 22,42.

Haber llegado hasta este extremo por redimirnos de los pecados, eso es lo que a nosotros más nos conmueve, y por eso podemos decir: “Que si Él, el Cuerpo de Cristo, está roto por las espinas, por los azotes y por los clavos, también nuestro corazón ha sido roto por esas espinas, por esos azotes y por esos clavos.

Cada uno de nosotros quiere mirar con su mente, con su corazón, con su amor a Jesucristo; cada uno puede y debe mirar hacia Jesucristo con los ojos del corazón, antes que con los ojos del cuerpo; y tiene que decirle a Cristo:-“¡Gracias, gracias, Jesús!”, porque eso sí es amor.

El Apóstol San Pablo, en su Carta a los Romanos, tiene unas palabras impresionantes: ”Todavía habrá quién esté dispuesto a morir por un hombre de bien, pero la prueba de que Dios nos ama, es que siendo nosotros pecadores, murió por nosotros” Carta a los Romanos 5,8.

Ése es el motivo por el cual nosotros hoy como Iglesia, volvemos los ojos hacia los ojos apagados de Cristo muerto en la cruz, y decimos con el alma: "Gracias, porque en el tiempo de mi pecado, tú no te apartaste de mí, Señor; yo me aleje de ti, yo me he alejado de ti muchas veces".

"Nosotros nos hemos alejado de ti, nosotros nos hemos apartado de ti, hemos hecho lo que a ti no te agrada; tú nos dijiste que amaramos a Dios sobre todas las cosas, y nosotros no hemos hecho caso."

"Y nos dijiste que respetáramos su Santo Nombre, y no te hemos hecho caso; que reserváramos ese tiempo, el tiempo de las fiestas sagradas para descansar de nuestros trabajos, en cuanto ello es posible, y santificar la fiesta para meditación de tus maravillas, y nosotros no hemos hecho eso; tú, Señor, nos pediste que hiciéramos de la familia un santuario de amor y de respeto, y no hemos hecho eso."

"Nos pediste que respetáramos la vida, nos ordenaste no matar y hemos llenado de muerte y de sangre nuestra tierra, la tierra negra se ha tenido que doler la sangre de muchos que han caído".

"Hemos matado al inocente, hemos acabado con la vida de inocentes, incluso de niños que no han nacido, y son muchos los millones de abortos que se han cometido en nuestras tierras; tú nos mandaste, Señor, guardar la pureza de nuestros cuerpos a imagen de tu propio cuerpo, y tampoco hemos hecho eso."

"Nos mandaste respetar los bienes ajenos y nunca mentir, y eso tampoco lo hemos hecho. Señor, nosotros hemos pecado; Señor, nosotros te hemos dado la espalda, hemos huido de ti, nos hemos alejado de ti, pero tú no te has apartado de nosotros, y esa soberana paciencia tuya, esa es la que nos muestra, más allá de toda duda, el amor incomparable que tú nos tienes".

Por eso hermanos, la palabra más importante y la palabra más bella de éste Viernes Santo, la palabra que tenemos que decir es la palabra: "¡Gracias¡, gracias, Señor, porque tú has mostrado el amor, porque de hoy en adelante sabemos lo que significa la palabra amor."

Amor no es una palabra bonita que se dice cuando están rebosando las pasiones del cuerpo; amor no es una palabra para engañar a un hombre o a una mujer; amor no es una palabra para disfrazar nuestro egoísmo, y utilizar a las otras personas en provecho propio.

Amor, lo que se dice amor, verdadero amor, eso es lo que tú has hecho por nosotros, Jesuscristo, eso es amar; tú nos has amado, hemos visto en ti el amor, hemos encontrado que tú, que entregaste tu amor con esa paz, con esa mansedumbre, con esa misericordia, verdaderamente nos has amado, Señor.

Es un diluvio de amor lo que tú has hecho por nosotros, es un aguacero de amor lo que cae de tú corazón; verdaderamente, Señor, en esa agua y en esa sangre que han salido de tu costado, en esos ríos de amor, necesitamos bañarnos nosotros.

Señor, queremos lavarnos en los ríos de tu amor; de ti salió agua y de ti salió sangre, lávanos con esa agua renovando la gracia del bautismo en nuestro pueblo; lávanos con esa sangre renovando el perdón y la reconciliación de nuestro pueblo; lávanos, Señor.

El libro del Apocalipsis tiene una expresión hermosísima. El vidente del Apocalipsis, un hombre llamado Juan, contempló la gloria de los cielos y vio que en esas multitudes bienaventuradas había unos hombres que llevaban unas blancas vestiduras.

Y entonces este, Juan, preguntó a un anciano venerable que estaba a su lado: ”¿Y ésos quiénes son y por qué tienen esos vestidos tan resplandecientes? Y le dijo el anciano venerable: Esos son los que han lavado su vestido en la sangre del Cordero” Apocalipsis 7,13-14.

Bendita Sangre de Cristo, santísima Sangre de Cristo, que siendo roja trae blancura al alma humana; bendita Sangre, que siendo oscura le trae brillo, le trae luz al alma humana; Jesús, esa es la Sangre que necesitamos, la Sangre que fue derramada con odio y que fue vertida con amor; con odio te sacaron esa Sangre, pero con amor tú la entregaste.

Jesús, a nombre de todos estos mis hermanos, yo, pecador como ellos, te digo: ”¡Gracias, Señor, por esa Sangre; gracias por ese amor, gracias por esa paciencia; que venga sobre nosotros tu Sangre redentora; que venga sobre nosotros los ríos de misericordia y de tu amor; pasa, Señor, por esta asamblea; limpia nuestra conciencia; desata nuestras cadenas; suéltanos, Señor, de los antiguos pecados.

Yo te pido, Señor Jesucristo, que sí hay alguien en esta asamblea que sienta deseos de venganza de un mal que le hayan hecho, yo te pido por misericordia, por el poder de tu Sangre, despide ese sentimiento de venganza; si hay alguien que esté pensando en derramar la sangre, yo te pido, Señor, por el poder de tu Sangre, que alejes este sentimiento.

Si hay alguien, Señor, que esté viviendo en pecado, que esté viviendo ofendiéndote a ti, quizás porque vive del crimen, porque vive de cometer delitos, quizás porque vive de la mentira, quizás porque vive de hacerle daño a otros.

Sí hay alguien que esté viviendo de esa manera, que hoy se sienta tan amado de ti, tan abrazado, tan acogido, tan consentido por ti, que pueda decir con resolución: ”Hoy dejo mi antiguo pecado, hoy dejo mi vida de pecado, hoy he entendido que Dios me ama, hoy he vuelto a ti, y me abrazo a ti”. Ese es el poder de la Cruz.

Sí hay alguien, Señor, en esta asamblea que ha vivido en la superstición, alguien que ha puesto su confianza en la brujería, alguien que se ha apartado de la santa religión católica, que tú nos diste.

Si hay alguien que ha pensado en irse para otra religión o que está en otra religión, sabiendo en el fondo de su corazón en dónde está la verdad, yo te pido, Jesucristo, así como están abiertos tus brazos en la Cruz, abre así tu corazón para ese hombre o esa mujer; acéptalo en tu regazo, no permitas que se divida, que se disperse el rebaño que tú adquiriste a precio de tantísimo dolor.

Este es el día de las misericordias, hermanos, el Viernes Santo el día de la Sangre de Cristo; por eso yo estoy vestido de rojo, porque estoy vestido de Sangre, el día de la Sangre de Cristo.

Este es el día de las misericordias, este es el día para recibir el amor, para agradecer el amor y para decirle al Señor: ”Lo que yo no puedo porque soy un pecador, y porque soy débil, y porque estoy mal enseñado, lo que yo no puedo solo, yo sí lo voy a poder contigo, Señor; yo contigo sí voy a poder, contigo sí, Señor; lo que yo no he podido dejar, sí lo voy a poder dejar contigo”.

Por eso hoy nuestra mirada está en la cruz de Cristo, está en le corazón de Cristo y está en la Sangre de Cristo. Y la gran palabra, la palabra maravillosa, la palabra que embriaga el alma es: ”¡Gracias, gracias, Señor!

Si antes que querido embriagarme con la venganza y desquitándome, hoy siento otra embriaguez, siento embriaguez de amor; me has amado tanto Jesús, tanto, tanto, ¡gracias, gracias¡.

Si en otro tiempo he buscado la ebriedad del licor y tal vez eso me está llevando a destruir mi salud y a destruir mi familia, hoy siento otra ebriedad; hoy me siento ebrio de agradecimiento; nadie me había amado tanto Jesús, nadie había hecho tanto por mí.

¡Gracias, gracias, Señor¡ Si me he embriagado en las diversiones ilícitas: en juego, en el sexo fuera del matrimonio; si he buscado placer desordenadamente, perdóname Señor; pero déjame que te diga gracias, porque hoy siento un placer distinto, un placer sin pecado, una alegría que no tiene culpa, la alegría de saber que tú me conoces, y que conociendo lo que yo soy, así me amas.

¡Gracias Señor, gracias Jesús¡ Y así cada uno de nosotros puede tomar esta muerte de Cristo, tomar esta Sangre de Cristo, tomarla y acercarla al propio corazón, que no hay corazón tan duro que no se vaya a romper con el poder de esta Sangre.

Los Evangelios nos dicen que cuando murió Jesucristo el universo entero conmovido retembló y muchas piedras se resquebrajaron, así también las piedras de nuestros corazones endurecidos tienen que romperse en este día, para que pueda entrar el aguacero de amor, el diluvio de amor y la lluvia de gracia que Jesús trae para nosotros.

¡Bendito sea Jesucristo; santo es Jesucristo; amado es Jesucristo; bello es Jesucristo; Cristo es la verdad, Cristo es la misericordia, Cristo es el amor!

Por eso mis hermanos, vamos a terminar este momento diciendo juntos esas palabras de agradecimiento, después de ellas, haremos la gran intercesión, porque como este es el día de las misericordias de Cristo, en este día hay que rezar por todo el mundo.

Pero antes de derramar esa oración por el orbe entero, primero hay que decirle a Jesús, ese agradecimiento y ese amor.

Yo estoy seguro que muchos de ustedes en este momento están sintiendo cómo la dulzura del amor de Cristo se está derramando en sus corazones, porque fue por nosotros y por nuestra salvación que Cristo llegó hasta el extremo de la cruz.

¡Señor Jesús, hoy hemos visto tu muerte, hoy hemos visto tu cruz, hoy hemos visto tus lágrimas, hoy hemos visto tu Sangre, hoy hemos visto tu amor.

Por eso Jesucristo, juntos, porque tu amor nos reúne, te queremos decir: "Gracias Jesús, gracias por ese amor, gracias por esas lágrimas, gracias por esa Sangre, gracias por esa cruz, gracias por esa muerte. Porque con tu muerte nos has dado la vida que no acaba.

¡Bendito seas Jesús, bendito y amado Jesús, bendito amado y adorado Jesucristo!

Amén.