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Fecha: 20011207

Título: El cinismo y la opresion: dos caracteristicas propias del ataque del demonio

Original en audio: 28 min. 19 seg.


Una parte importante de la alegría en el bien, es ver derrotado al mal, y esto es así. Desde la primera Pascua, aquella Pascua que tuvo por líder, por jefe a Moisés, ahí el pueblo tuvo la alegría de haberse salvado.

Pero tuvo una alegría adicional, ver derrotado al enemigo, ver que esos carros de guerra se habían convertido en lastre que llegó hasta el fondo de las aguas, porque los egipcios tenían una fortaleza, unos carros de metal inimaginables para los hebreos.

Pero, lo que era su orgullo y su fuerza, se les convirtió en estorbo; porque el piso donde había pasado el agua era, obviamente, como lodo, y entonces dice la Biblia: “Los carruajes avanzaban pesadamente” Exodo 14,25.

Lo que era su orgullo, su fortaleza para atacar y para humillar se les convirtió en desastre, se volvió contra ellos y cuando volvieron las aguas, los carruajes pesados, los caballos, y las armaduras, y las lanzas todo se les volvió estorbo.

Finalmente, perecieron, y los israelitas pudieron ver con sus ojos al enemigo vencido, esta es una parte de la alegría que Dios nos da, ver que sí hay victoria, y ver que lo que era más grande y más fuerte que nosotros, no es ni más grande ni mas fuerte que Dios.

En una época vino a visitarme aquí al convento una señora que venía con un muchacho, el muchacho parece que estaba endemoniado, y el muchacho me contaba de cómo le habían tratado de sacar el demonio en algún grupo cristiano, es decir, evangélico.

Y entonces él le había dicho al pastor, o al predicador allá: "El demonio es más fuerte que usted", entonces el pastor se había armado de valor y con grandes voces arrojaba, o quería arrojar a Satanás

Y llamó a otros, y estuvieron orando no sé cuánto tiempo, y me decía este señor: “Y no pudieron hacer nada conmigo”. Acto seguido, me mira a los ojos y me dice la misma fórmula: “Y el demonio también es más fuerte que usted”.

Entonces, lo miro a los ojos, y le digo, “Sí”. Y el tipo se queda de una pieza, porque esa sí no se lo esperaba, eso no estaba en el libreto de él.

Cuando ya vi que estaba descontrolado y no sabía qué responder, le dije: “Claro que el demonio, que es un ángel, es más fuerte que yo; pero, el demonio, que es un ángel, no es más fuerte que mi Señor Jesucristo, el hijo de Dios". Y él no había preparado respuesta para eso, y tuvo que quedarse callado.

Una parte importante de la victoria, de la alegría, es ver vencido al enemigo, ver que lo que antes tenía poder sobre nosotros, ya no lo tiene, eso es muy bonito, eso es muy grande, y la primera lectura, del profeta Isaías, quiere educarnos en ese sentido.

Porque nos da una serie de características de lo que es la maldad, y de lo que son los malvados; podríamos decir que nos da cuatro o cinco rasgos característicos de la acción del enemigo.

Y yo quiero reflexionar con ustedes, un poco, sobre estos rasgos característicos, para que veamos la victoria que toma Dios sobre nuestro enemigo; nosotros no debemos presumir de ser ni más fuertes, ni más inteligentes, ni más poderosos que el enemigo.

Pero sí debemos conocer de su estrategia, y sí debemos saber de la victoria de Dios, y sí debemos fundarnos en Dios.

En la primera lectura encontramos lo siguiente, dice: “Se acabó el opresor, terminó el cínico, serán aniquilados los despiertos para el mal, los que van a coger a otro en el hablar” Isaías 29,20.

Ahí hay características que son muy propias del ataque del enemigo: la opresión, el cinismo, el ataque a base de mentiras, la acusación del otro, esas cuatro características son propias de la manera como quiere hacernos daño el enemigo malo.

Yo quiero detenerme sobre todo en el cinismo y en la acusación. La opresión, yo no sabría cómo exponerla, o cómo explicarla en este momento, me interesa sobre todo, esas dos, el cinismo y la acusación al otro, la acusación continua, el querer hundir en el tribunal.

Yo pienso que una de las razones por las que es más difícil tratar de ser bueno, es porque el bien le produce risa a tanta gente, porque el bien produce burla, porque el que trata de ser bueno se siente aislado.

Se siente metido en una isla, aislar es eso, confinar a una isla, se siente rodeado de soledad, y sentirse solo, sentirse abandonado, sentirse burlado, sentirse incomunicado, es sentir que el apoyo, que el consuelo no va a estar, que el amor no va a llegar, y eso es muy duro.

A través del cinismo, a través de la burla, el enemigo malo o sus secuaces procuran que nosotros nos sintamos incomunicados, que nos sintamos solos, que nos sintamos desprotegidos.

Que sintamos que nuestra lucha no tiene ningún sentido. Cuando esos sentimientos, lamentablemente, se apoderan de nosotros, ya prácticamente la derrota está consumada; el que se siente solo, se siente incomunicado, se siente no amado, siente que no tiene fuerzas, se siente reducido sólo a sus propias fuerzas, y sus fuerzas se le acaban, se le agotan; la historia de la Iglesia nos muestra cómo ataques muy fuertes del demonio, han ido exactamente en esta línea.

"Tú no vas a poder, tú no puedes, estás solo, no tiene sentido tu lucha, te vas a acabar más tarde o más temprano, deja ese empeño, eso no tiene futuro, o como dijo la esposa de Job, que en ese caso, realmente, obraba como una emisaria del enemigo malo: “Mira, maldice a Dios y muérete” Job 2,9.

Este es el mensaje, "lo tuyo no tiene esperanza, lo tuyo no tiene futuro, no vale la pena, no te van a llegar refuerzos, no vas a poder hacer nada; aunque te acabaras, aunque lucharas hasta el fin, no conseguirías nada".

Claro, ese tipo de mensaje es aplastante, ese tipo de mensaje es abrumador, y ese es el mensaje que trae el cinismo; el cinismo es quitarle todo brillo al bien y a lo bueno.

El cinismo es quitarle todo encanto, toda poesía, todo lustre a lo que vale la pena, es hablar mal de lo bueno, para que el que intenta ser bueno se sienta solo; y si se siente solo, por buscar refugio, por buscar fuerza, por buscar soporte, entonces acuda, ¿a quién? Pues a los malvados.

Esta es una estrategia supremamente poderosa, y yo creo que la mayor parte de nosotros, si revisamos bien nuestra vida, hemos cometido muchas tonterías, hemos hecho muchas bobadas, necedades que nos han perjudicado por no sentirnos solos en el bien.

Y esto le afecta desde niños pequeñitos. Es que no pensemos que el demonio empieza, pues, a atacar, y empieza a ver si tienta. Desde el principio eso se ve en la vida de Jesucristo recién nacido, "pues vamos a matarlo".

Es desde el principio la lucha. Entonces un niño descubrirá, ya siendo niño, que es atacado. En ese sentido, que le cuesta trabajo ser bueno, que sus compañeros de juego, o de barrio, o de club, o de colegio, o de apartamento, que los otros niños lo dejan solo, y se burlan.

Fácilmente se burlan de lo que parece bueno. Es muy difícil educar a los niños para que tengan consistencia, para que sepan resistir, para que un niño sepa estar solo.

Un santo tan bello como San Martín de Porres, mira, un santo que brilló tanto en la pureza, en la humildad, en la generosidad, tardó años en vencer el cinismo; por motivos raciales, sociales y económicos se burlaban de él, y lo herían.

Y cada vez que querían herirlo, ya sabían que tenían que decirle: “¡Perro mulato!” Ese era el insulto, y él se sentía el hombre más desgraciado del mundo, y se llenaba de tristeza, y de rabia, y pecaba de alguna manera.

Y entonces, en Martín de Porres empieza un camino espiritual: "¿Cómo hago para vencer eso? Evidentemente, si ellos tienen una llavecita que es, me dicen, “perro mulato”. Ya saben qué hacer conmigo y cómo volverme.

Si me dicen: “Perro mulato”, y ya con eso me manipulan, y ya con eso me manejan, ¡no puede ser!" Y este niño, esa es la historia de un niño, eso es lo que me gusta, y este niño empieza a defenderse con oración; ese ejemplo es ilustrativo para nosotros.

Por favor, no pensemos, ni le enseñemos tampoco a los niños que cuando pasan estos problemas son solamente cosas de niños, cosas de seres humanos, no es cierto; esas burlas de niños, ese cinismo de niños, ese aislamiento de niños, luego lo descubre el psiquiatra treinta, cuarenta años después.

Luego lo oye el sacerdote, veinte, treinta, cuarenta años después. Esas heridas que se causan los niños no son heridas tontas, no lo son; son heridas muy profundas, y si ustedes tienen hijos, por favor, vigilen qué puede estar hiriendo el corazón de sus hijos.

Hable usted con esa anoréxica, -bueno, ya no se puede hablar con ella, porque precisamente murió en su anorexia-, y a ella su complejo le empezó en el colegio, “usted como es gorda, nunca la van a querer”

Eso hiere profundamente, y eso aísla, y eso produce un sentimiento pavoroso, es que ahí está realmente la garra de Satanás, en esa manera de obrar, porque separar a una persona de la comunidad humana, es confinarla a que no reciba amor, ni calor, ni soporte, ni alegría; eso destruye a cualquiera.

Pues, San Martín de Porres se puso en la tarea de vencer al cinismo, vencer la burla, vencer el aislamiento; lo aislaban por pobre, lo aislaban por negro, pero él no podía dejarse, "¡es que no me pueden manejar, no puede ser, que el que quiera verme bravo, entonces me dice eso, y ya me maneja, ¡no puede ser!"

Y Martín de Porres empieza en un camino de oración; él oraba fuera de la ciudad, salía, caminaba, llegaba hasta las afueras de Lima, y oraba junto a los árboles.

A mi me parece una imagen tan tierna, tan conmovedora; este niño, este muchachito que no se quiere dejar vencer, y entra en oración para encontrar un camino, y encuentra ese camino. Y encuentra la forma de no dejarse manipular por el cinismo, no dejarse manipular por el aislamiento de sus compañeros, o de sus vecinos.

De manera que ahí hay una estrategia que utiliza el enemigo, y también hay un llamado para nosotros, si queremos realmente vencer, eso no es asunto de inteligencia, de romperle la cara al otro, de que me pegaron yo golpeo; tal vez, haya que defenderse, pues sí, todo el mundo está en el derecho y en el deber de la defensa propia.

Pero entendamos que aquí hay algo mucho más profundo, y que si nosotros ayudamos a nuestros alumnos, a nuestros hijos, a nuestros sobrinos, a descubrir ese caminito, el de Martín de Porres, seguramente haremos de esos niños personas mucho más libres, personas que no se dejan manejar.

Porque claro, si el niñito, se burlaron de él, y le rompió la cara al otro niño, pues, se acabó ese insulto. Pero el problema de fondo que es: “Yo te manipulo, burlándome de ti”, que es la estrategia del diablo; “yo te hago pecar de esta manera”. Ése sigue vivo. Entonces, sí, que la gente se defienda, de acuerdo, pero el problema de fondo, lo que se pretende con la burla, eso hay que vencerlo.

El otro punto es el de la acusación. Tiene su parecido con lo del cinismo. El tema de la acusación es: “Tú no mereces”, algo de esto predicábamos en el congreso de Palabra Viva, “tú no mereces”, “tú has hecho muchas cosas malas", "tú no mereces pensar siquiera en esa bondad, en esa santidad, tú, eso no lo mereces, tú no mereces orar, tú no mereces…” Va entrando la persona en un lío, en un enredo consigo mismo, o consigo misma, y no sabe qué hacer,

Es tan importante ver que si nosotros tenemos quien nos acuse, tenemos también quien nos defienda, ¡esto recordémoslo! Quienes tienen que luchar, así un poco más, llamémoslo explícitamente, con el poder del demonio, es decir, los exorcistas, saben muy bien de estos temas, y saben que ante el demonio hay que tener muy clara la defensa necesaria ante esa acusación.

Porque, claro, como el demonio tiene tanto conocimiento, no lo sabe todo, y no sabe todo de todas las personas, pero sí sabe muchas cosas. Entonces el demonio intenta desestabilizar, incluso psicológicamente al exorcista, sacándole en cara cosas, acusándolo con verdades o con mentiras; si son verdades, es difamar; y si son mentiras, es calumniar.

Y es muy fácil que el exorcista se enrede, se confunda. Santo Tomás de Aquino propone lo siguiente: que tengamos en cuenta que todas nuestras faltas, lo mismo que las Llagas de Cristo, van a ser visibles el día del juicio final. ¡Ah!, ¿cómo así? Esa noticia le tengo.

Lo que sucede es que son visibles, ante ojos que están llenos del resplandor de Cristo. De manera que nadie nos mirará sino como Cristo nos mira, pero la gente va a saber muchas cosas.

Yo no tengo claridad sobre si es absolutamente todos los pecados, pero muchos pecados, muchísimos pecados de nosotros van a estar a la vista, dice Santo Tomás de Aquino; además, Cristo dice: “No hay nada oculto que no llegue a saberse” San Mateo 10,26.

Un buen exorcista parte de esa base, no se deja enredar por eso. De manera que la solución no es oponer, a la acusación del demonio, las virtudes que yo tengo, como quien dice, "pues, sí, es verdad que yo pequé, pero también es verdad que yo me he esforzado, es verdad que yo he tratado de ser bueno, yo he puesto de mi parte".

Eso no sirve, porque el ataque se hace más penetrante, lo que sirve es: "Tú tienes razón para acusarme, y yo tengo quien me defienda, es el amor de Cristo, es la oración de Cristo, es la Sangre de Cristo derramada por mí, esa es mi fe". Yo apelo no a mis pequeñas, o aparentemente grandes, o medianas virtudes, yo no apelo a mis virtudes, yo apelo y clamo a la Sangre de Jesús".

"Porque fue por amor a mí que se derramó esa Sangre, fue por mi conversión. Y yo, en este mismo momento, -y ahí puede estar el demonio haciendo su show-, recibo y acepto el amor de Jesús para salvación de mi alma, y la gloria es para Él.”

Eso no tiene respuesta posible de parte del demonio, se parece a la escena que les conté con este muchacho, que yo después de todo no estoy seguro de si estaba o no estaba endemoniado, no tengo ni idea.

Pero se parece a eso, fíjate la manera cómo obró él con el pastor protestante: “El demonio puede más que usted”, como quien dice, "¡voy a competir yo, a echar carreras, yo que voy a echar carreras con un ángel!"

O que voy a decir que mis virtudes, ¿cuáles virtudes? Es tan relativo, es tan poquito el bien que hacemos, y es tan regular el bien que hacemos, de manera que la gran respuesta para nosotros es el amor que Cristo tiene por mí. Frente a la acusación, la gran defensa es esa.

Entonces lo que hemos aprendido hoy, son dos cosas: la primera, el ataque del demonio a través del cinismo, llevarnos a la soledad, y por la soledad a la desesperación. Defensa de ese ataque, indudablemente, en la oración, pero una oración como la de Martín de Porres, una oración derramada con humildad, una oración puesta ante Dios, diciendo: “No tengo ni idea, no sé qué hacer, esto me puede, sin ti no puedo.”

Es decir, si pretenden desconectarnos de todo, nosotros nos reconectamos a Dios: “Yo no sé que hacer, yo me entrego a ti, yo me pongo en tus manos” Una y otra vez, esa estrategia la quiso utilizar el demonio también con Cristo. Tanto, que el Señor les dice a los discípulos en el evangelio de Juan: “Ustedes me van a dejar solo; pero no estoy solo, el Padre está conmigo” San Juan 16,32.

Entonces, frente a la estrategia de aislarme, de hacerme sentir que todo es absurdo, que no vale la pena, que más tarde o más temprano, usted se va a caer, ¡uy! los ataques del demonio a Santa Catalina en este plano, fueron muy fuertes, pero también es tan linda la paz, la humildad, y ese espíritu tan lleno de confianza en Dios, que le da la victoria a Catalina!

Así tenemos que ser nosotros, como Catalina de Siena, como Martín de Porres, no es entrar en desesperación, ni en angustia, ni alegar; no, no es nada de eso, es el corazón que se postra ante Dios, y le dice: “Sólo tú, Señor, tú me conoces, ¡yo que voy alegar! Te necesito, ven a mí, sálvame.”

Dice Dios por el profeta Isaías: “En ése pondré mis ojos: en el que se estremece ante mis palabras, ante el pobre que no tiene protector” Isaías 66,2. Ése es, entonces. Tomemos esa palabra, hagamos valer esa palabra a favor nuestro, unámonos a esa palabra, y todo cinismo será quebrantado.

Por favor, desde las edades de esta jovencita, o antes, hay que saber eso, porque yo me imagino que ya esta niña ha tenido ese tipo de ataques, claro, no es que se va aparecer el demonio con cachos y con cola, pero ese género de ataques, ya existe desde estas edades, o antes.

A Martín le insultaban diciendo “perro mulato”, a mí me ponían de mal genio diciéndome “negro chocolate”. Es decir que las cosas siguen, bueno, pero el hecho es si pretenden desconectarme, yo me reconecto, me uno con más fuerza y con más alegría, y al agua, mi Señor.

La alabanza. ¿Una oración de angustia? No, una oración de alabanza: “Tú eres el Grande, tú eres el Santo, tú eres mi Señor.”

De manera que si me aíslan, y yo me pongo a dar vueltas en torno a mí, me mareo; me aíslan, y yo me reconecto a Dios.

Y la segunda estrategia que hemos visto hoy, es la estrategia de la acusación: “Usted no merece, con la vida que ha llevado, con la incredulidad, con lo que ha cometido, con esos pensamientos, con esa manera de juzgar, de mirar, de hablar; usted no merece.”

Pues la respuesta es: “Tiene razón, yo no merezco, pero sí necesito, y tengo quien me ame, y se llama Jesús, y por mí hizo lo que hizo, y yo apelo a esa Sangre, y yo apelo a esa Cruz, y yo apelo a ese amor, yo llamo a mi Señor.”

O sea, que en el fondo, las dos respuestas son muy semejantes. El profeta Isaías nos presenta victoria, anuncia que vamos a vencer sobre esas fuerzas, anuncia que sí hay victoria sobre esos enemigos, porque dice: “Aquí se acabó el opresor, nosotros veremos victoria” Isaías 29,20.

Todavía nos falta, alguien entre ustedes decía al comenzar la Misa: “Quiero que le demos gracias a Dios por su victoria en mi historia”. Todavía faltan muchas otras victorias en la historia de esa persona y en nuestras historias, pero las victorias vienen por aquí.

Y es tan bonito ver que sí se cumple, y que sí hay victoria, para luego, eso sí nos advierte Jesús: “No nos alegremos tanto por ver derrotado al demonio, sino porque nuestros nombres se escriban en el Reino de los Cielos” San Lucas 10,20. Esa es nuestra alegría, y darle la gloria a Dios y propagar esta Buena Noticia.