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Fecha: 19981107

Título: Recordando a los Santos de la Orden Dominicana

Original en audio: 5 min. 35 seg.


Desde hace ya unos buenos años, en la Orden Dominicana se ha institucionalizado esta Fiesta del siete de noviembre, cercana a la Fiesta que tiene toda la Iglesia el primero de noviembre.

Efectivamente, en la Iglesia hay santos declarados, como Santo Tomás de Aquino, como Santo Domingo de Guzmán. Pero hay muchos que vivieron en la humildad de cada día el mensaje del Evangelio. Tal vez no hicieron mucho ruido, tal vez no fueron muy visibles, pero en ellos se realizó el mensaje de Jesucristo.

Y estos van a participar sin duda alguna, de la alegría y del gozo de la resurrección. Por consiguiente, todas estas personas, que no tienen imágenes, que no tienen cuadros, esculturas, cuyos nombres no se pronuncian en las iglesias, ni se les invoca, sin embargo son santas.

Y estos Santos, que son conocidos solamente por Dios, son los que nosotros celebramos el primero de noviembre en la Fiesta de todos los Santos. Como quien dice, en esa Fiesta nosotros tomamos conciencia de que la obra de Dios es muchísimo más de lo que se ve, porque lo que se ve es muy poquito, y lo que no se ve es mucho.

Y en realidad, como lo prueba la vida de ustedes mismos, hay mucho de lo que nosotros realizamos que nadie lo conoce. Por ejemplo, la vida del hogar, la vida de familia, es una vida constituida de muchos pequeños heroísmos, que nadie ve, que seguramente muy pocos conocen, y que no parece tampoco que sea, ni muy difícil, ni muy arduo.

La fidelidad en el matrimonio, el tiempo que usted le gasta a sus hijos, el deseo de ser un buen ciudadano, el ser un profesional correcto, cada una de estas cosas supone una suma de pequeños heroísmos, una suma de pequeñas fidelidades, que si se hacen en el Nombre de Dios, santifican, transforman la existencia.

Este es el espíritu de la Fiesta del primero de noviembre. Pero hoy estamos a siete de noviembre, y hoy estamos recordando a todos los Santos de la Orden Dominicana. Es decir, estamos entendiendo, que con Santo Domingo de Guzmán, nuestro Fundador, Dios como que abrió un manantial de gracia, y de ese manantial hemos bebido muchos.

Porque hay una multitud de religiosos, hay una multitud de monjas, hay una multitud de laicos, que han bebido, que hemos bebido de las fuentes de Domingo de Guzmán, y sólo el paso de los años nos va mostrando, cuán decisivos fueron esos años, cuánto nos marcaron.

Aparentemente era sólo una etapa. Pero si miramos un edificio, no diremos que el primer piso, o que los cimientos, son una etapa; sobre ellos se apoya el resto del edificio.

Y aquellos principios, y aquellas palabras que nosotros recibimos del ideal de Santo Domingo, especialmente en el ejemplo de Santo Tomás de Aquino, estas enseñanzas no fueron simplemente una etapa, sino de alguna manera fueron el fundamento, y se convirtieron en el criterio para muchísimas de las decisiones que tomamos después.

La invitación entonces en esta tarde, es a agradecer en primer lugar lo que hemos recibido, a retomar, por qué no, ese espíritu, y finalmente ser fieles a él.

Estas enseñanzas que nosotros hemos adquirido, ese espíritu de familia, no es solamente para algún tiempo en la vida; de algún modo implica nuestra manera de abordar la vida misma.

Por eso, que la intercesión de todos los Santos de la Orden Dominicana, renueve el espíritu de la verdad y del amor a Dios en nuestras familias, en nuestros hogares.

Se ha dicho que sólo se comprenden los sacrificios de nuestros papás cuando se tienen hijos. Y yo creo, por las edades de la concurrencia, que la gran mayoría de ustedes tienen ya esa experiencia. Pues ustedes, a esos, sus hijos, a esos, sus muchachos, quizá algunos todavía niños, quizá otros ya adolescentes, a esos es necesario también infundirles un espíritu que les haga capaces de discernir, que les haga capaces de luchar, que les haga capaces de decir sí cuando hay que decir sí, y de decir no cuando hay que decir no.

La intercesión abundante de Santo Domingo de Guzmán, de Santo Tomás de Aquino, y de toda esta multitud de Bienaventurados que sólo Dios conoce, esté en favor de nosotros, para que también nosotros hagamos fielmente nuestra tarea.

Amén.