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Fecha: 19970128
Título: Misioneros de la inteligencia
Original en audio: 10 min. 8 seg.
El mensaje central del Nuevo Testamento se puede resumir en la expresión: "Jesús es el Señor" (véase Hechos de los Apóstoles 10,36), sabiendo que en este nombre, Jesús, estamos resumiendo todo aquello que nos cuentan de Jesús de Nazareth, su nacimiento, su vida oculta, sus milagros, su predicación, pero sobre todo la espantosa humillación de la Cruz, el frío del sepulcro, el fuego del Espíritu, la gloria de la resurrección y la comunicación de ese mismo Espíritu a los creyentes.
Afirmar que el Crucificado ha resucitado y que en Él está la manifestación perfecta y sublime del amor de Dios, eso es ser cristiano. Y eso es lo que decimos cuando profesamos que Jesús es el Señor.
Que Él es el Señor, significa que Él es el que tiene potestad y autoridad sobre nosotros y a través de nosotros, sobre el universo entero. Potestad, que no es la de un tirano que aplasta, sino la de aquel amable agricultor, que sabe sacar del corazón humano la mala hierba, y que sabe regarlo con abundante y cristalina agua, para que pueda florecer, para que cada uno alcance su propia meta. Jesús es el Señor, porque es el que más nos ha amado, y Él amó todo en nosotros.
Qué madre, mirando a su bebito, diría: "Yo quiero mucho a mi bebé, pero los bracitos no los quiero. Yo quiero la cabeza, el tronco, las piernas, pero los brazos no. Esa porquería de brazos que tiene mi hijo, yo no la quiero". Ninguna mamá habla así. Al contrario, si sucediera que el niño tiene algún defecto en sus bracitos, serán esos brazos los que más quiera ella.
O qué madre diría, por ejemplo: "A mí me parece muy hermoso mi hijo; yo lo quiero mucho, pero mientras esté callado. Porque si mi hijo me va a hablar, ahí sí le cojo fastidio". Esa no sería una madre. Si quiere al niño, lo quiere en todo su cuerpo, lo quiere en todo su ser, en toda su historia, en sus palabras, en sus pensamientos.
Infinitamente mayor es el amor de Dios, y el amor de Dios quiere todo en nosotros. Él ha amado, ha redimido y ha transformado todo en nosotros.
Entonces, cuando Dios nos quiere, no es que diga: "Yo a ustedes los quiero mucho en su cuerpo, en su corazón, en su voluntad, pero no se pongan a pensar. ¡No piensen! Porque apenas se pongan a pensar, van a empezar a decir barbaridades, y por tanto ya no los voy a querer".
Dios nos quiere a nosotros y quiere en nosotros nuestra inteligencia. Dios quiere santificar y evangelizar todo nuestro ser. Por esa razón, Él quiere también purificar, consagrar y poner al servicio del Reinado de Cristo nuestra inteligencia.
Y esta es la grandeza de un Santo como Tomás de Aquino. En él, en Santo Tomás de Aquino, brilla lo que significa una inteligencia evangelizada desde las dificultades en los racionalistas de los siglos dieciocho y diecinueve, especialmente.
Hay algunos cristianos que piensan, que la inteligencia es como enemiga de la fe, que la razón está de pelea con la devoción, que el conocimiento extingue la piedad, que es mejor no saber nada, espantar los pensamientos como moscas: "¡Quite! Que se vayan los pensamientos, para que quede solamente la piedad, la devoción".
Pero si uno mira la historia de la Iglesia, ¡oh, dolor! Cuántas veces esas personas que habían espantado como moscas los pensamientos para quedarse sólo con la devoción, cuántas veces en esas personas necesariamente ignorantes, ha cundido la herejía.
Y podríamos dar nombres, entre los más conocidos, Arrio, un gran sacerdote, un predicador. Este Arrio movía multitudes, convencía a la gente y tenía grupos de vírgenes consagradas, que cantaban y tenían danzas. Ese era Arrio. Pero Arrio era dueño de sus propias ideas y poco amante del estudio.
Como le pasó también al Obispo Nestorio. Dice algún historiador, que Nestorio sólo leía los libros que él mismo escribía, un hombre que tenía poca luz en la inteligencia. Él tenía mucho fervor y quería servir verdaderamente al misterio de Dios. Pero como no había evangelizado su inteligencia, en el momento de la predicación y de invitar a otros a servir a Cristo, decía cosas que no eran rectas sobre Nuestro Salvador, sobre su Santísima Madre, sobre el misterio de la Iglesia.
¡Cuánta falta hacen a la Iglesia intelectuales santos! ¿Por qué, -pregunto yo-, a medida que una persona se va llenando la cabeza de filosofía o de ciencia, tiene que apartarse de Dios?
¿Por qué, -pregunto yo-, la frontera entre la gracia y el pecado es en muchos casos la misma frontera que hay entre el bachillerato y la universidad?
¿Cuántas personas, -pregunto yo, especialmente mujeres, pero igual vale para los hombres-, acaban el bachillerato y entran a la universidad, y como lo único que tenían eran algunas prácticas piadosas y las amiguitas de la universidad de una vez les quitan la piedad, "porque eso es mojigatería, eso es puritanismo y usted está fuera de onda, mijita, aterrice", apenas les quitan esas dos o tres briznas de devoción familiar o colegial, se les acabó la vida cristiana?
Y una vez que se les acabó la vida cristiana, quedan a margen de lo que digan tales o cuales profesores en las universidades.
Nos hacen falta, pero urgentemente, intelectuales santos, gente que tenga luz en la inteligencia y que tenga la capacidad de presentar esa inteligencia a la luz de Cristo, para que esa luz de Nuestro Señor transforme la sociedad.
Gente inteligente la hay, gente sagaz, gente astuta la hay, pero gente que tenga su sagacidad al servicio del Evangelio, ¡qué pocos! ¡Qué poquitos! Gente que ponga sus habilidades, su perspicacia al servicio del Reinado de Cristo, ¿dónde está?
Necesitamos que la oración, que la intercesión de Tomás de Aquino, traiga un espíritu de nueva evangelización a la Iglesia, para que Cristo sea eficazmente reconocido como Señor de las artes, de las ciencias, de la filosofía. Esa fue la tarea de Tomás en su tiempo, y hoy necesitamos gente que tenga gran humildad y gran oración, que no le tenga miedo a abordar ésas, que son tierras de misión.
¿Es que acaso para ser misionero, hay que irse al África necesariamente? ¡Qué bien nos haría una generación de misioneros de la inteligencia, gente que se fuera a misionar, que tuviera luz en la inteligencia y ardor en el corazón para predicar a Jesucristo de una y mil formas, en los centros culturales, en los centros artísticos y universitarios.
¿Por qué tiene que salir impresa, por qué tiene que salir a la luz pública, sólo aquello que dice porquerías sobre Dios? ¿Hace cuánto, por favor, hace cuánto no leemos algo que valga la pena para la moral, que valga la pena para la espiritualidad en los magacines literarios de los periódicos? Hay alguna excepción, pero no ciertamente en los periódicos de Bogotá.
Yo pregunto: ¿Por qué esos magacines le abren abundantemente las puertas a cualquier nadaísta, a cualquier pobrecillo que vaya a decir las indigestiones y las diarreas de su mente? ¿Por qué los magacines abren sus páginas para que cualquiera blasfeme y diga porquerías del amor humano, diga estupideces, y a eso sí están abiertas las páginas?
¿Es que no hay un intelectual cristiano que pueda asomarse a esas páginas y volver a hablar de lo que es bello, de lo que es santo y de lo que vale la pena?
¡Necesitamos de esos intelectuales! ¡Necesitamos tantos en todas las áreas de la sociedad! Y si entre ustedes, queridos hermanos, hay alguien que pueda hacer algo al respecto, ¡hágalo, y hágalo pronto, por favor!