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Fecha: 20010223

Título: Frutos para Cristo

Original en audio: 29 min. 27 seg.


El nombre Policarpo a los colombianos nos suena relativamente familiar, porque unas de las próceres de la Independencia fue precisamente Policarpa Salavarrieta, es un nombre que suena familiar en el sentido de reconocible, pero un nombre extraño.

Vamos a hablar un poco de este nombre y luego un poco de este hombre. El nombre Policarpo es un nombre propiamente cristiano. En el evangelio de Juan capitulo quince, Jesús llama a los discípulos, les invita a permanecer en Él y les anuncia: “Si ustedes permanecen en mí, darán mucho fruto” San Juan 15,5.

Policarpos, poli = muchos; carpos = fruto. Por allá en Ciencias Naturales se habla del carpo y del metacarpo y todas estas partes dentro de los frutos.

Y la raíz griega “poli” tampoco es desconocida, porque la tenemos en una cantidad de palabras que indican eso, por ejemplo, un grupo polifónico, que es un grupo que tiene varias voces, multitud de voces, de modo que el nombre Policarpo significa eso, mucho fruto, abundancia de fruto, es un nombre propiamente cristiano entonces.

Un nombre que si lo meditamos otro poco, basándonos en ese texto de Juan, adquiere mucho significado, porque una vida con mucho fruto es una vida fecunda, es una vida que tiene sentido.

Lo contrario de no dar fruto es la esterilidad, la sequedad, el absurdo, la nada, la muerte, la frustración.

De modo que por contraposición, podemos ver que el nombre Policarpo, en realidad es un anuncio muy grande, porque no ser Policarpo, no tener fruto, si la palabra de fruto no se cumple en nosotros y no tenemos fruto, entonces padecemos estas otras cosas, el absurdo, la nada, la muerte, la sequedad.

Policarpo indica que el sentido de la vida es la presencia de Cristo, “si ustedes permanecen en mí, serán policarpos”, podemos traducir así un poco bárbaramente el texto de Juan. Ser un policarpo es ser uno que permanece en Cristo y que unido a Cristo da mucho fruto, es una vida llena de sentido.

De modo que si le vamos a buscar un patrocinio a Policarpo, podemos decir que Policarpo es el Patrono de los buscadores del sentido de la vida.

Si alguien aquí padece del absurdo de la vida, de la esterilidad de la vida, entonces puede hacer una serie de oraciones, quizá una novena a San Policarpo, pidiéndole la intercesión a este santo para que la vida se llene de fruto, de fecundidad, de sentido.

Creo que esta invitación es muy actual, porque mucha gente, incluso entre de los que tienen bienes materiales, bienes intelectuales, tecnológicos, bienes laborales, mucha gente siente que le falta eso, policarpía, le hace falta sabor a la vida, le hace falta fecundidad, sentido, este es el primer punto de nuestra meditación.

Segundo, hablemos sobre el hombre. Este fue un hombre que nació hacia finales del siglo primero, él fue martirizado en el año ciento cincuenta y cinco en Esmirna. Esmirna era en aquel momento una pequeña pero floreciente ciudad de lo que la Biblia llama Asia menor, y que hoy corresponde a Turquía.

En Esmirna había una comunidad cristiana y Policarpo fue obispo de esa comunidad. Estando tan cerca del tiempo de Cristo y del tiempo de los Apóstoles, es un testigo excepcional de la transmisión inicial de la fe. Policarpo fue discípulo de San Juan Apóstol.

Idumeo, otro santo obispo y también mártir, que fue obispo en Lyon al sur de Francia, fue uno de los discípulos de Policarpo. Idumeo dice en uno de sus escritos: “Policarpo me enseñó que esto lo dijo Juan”. Porque Policarpo fue discípulo del Apóstol San Juan.

Es maravilloso encontrarse con estos testigos de la primera hora del cristianismo. Policarpo, obispo de Esmirna fue discípulo del Apóstol Juan, el último de los Apóstoles, que debió morir cerca del año cien, de muy avanzada edad murió el Apóstol Juan, y Policarpo fue su discípulo.

Por aquella misma época fue martirizado otro obispo muy importante para los orígenes del cristianismo, Ignacio de Antioquía. Ignacio fue obispo de Antioquía de Siria, que queda al norte de Palestina.

Pero no fue martirizado en Antioquía, sino que para hacer más espectacular su muerte, fue llevado, atado en cadenas, desde el norte de Palestina, en Antioquía de Siria, hasta Roma, y en Roma fue despedazado por las fieras en el circo romano.

Ignacio murió en el año ciento diecisiete y en su recorrido hacia Roma, Ignacio fue dictando unas cartas a aquellas comunidades cristianas que estaban en su recorrido, o que estaban cerca de de los lugares donde iba a pasar. Bendito Dios que esas cartas se conservan, son las Cartas de San Ignacio.

Este obispo que iba a una muerte segura, a lo largo de esas cartas, nos va contando por qué entregó su vida, nos va contando de su amor a Cristo, y nos va contando de cómo prepara su corazón para convertirse en una hostia.

Fue Ignacio de Antioquia quien dijo: “Yo soy trigo y necesito ser molido por los dientes de las fieras para que se pueda hacer pan conmigo”, frase de una santidad altísima.

Ignacio fue llevado, entre cadenas, en unas condiciones deplorantes y humillantes; él mismo describe algo de su recorrido y dice en una de las cartas: “Ahora que estoy atado a estos que no les puedo llamarse hombres sino leopardos.”

El Imperio Romano, que en ese momento desataba su sevicia contra el cristianismo, consideraba como un titulo de gloria tratar a los que eran cabezas, en este caso eran Policarpo, Ignacio y luego Idumeo, tratar a esos obispos con el máximo desprecio y degradación, como una manera de ofender la fe cristiana.

Sin saber que en el fondo, obrando así, estaban, según el designio divino, entregando a los siglos siguientes, a nuestros siglos, unos testimonios de diamante sobre lo que significa la fe y al poder de la unión con Cristo.

Les cuento estas historias de Ignacio, porque en ese recorrido que va desde el norte de Palestina hasta Roma, Ignacio hizo escala en Esmirna, y Policarpo fue testigo, hospedó en su propia iglesia, en medio de esa comunidad, al santo obispo de Antioquia, que iba camino del martirio.

Esto sucedió, de acuerdo con nuestras fechas, unos cuarenta años antes de que el mismo Policarpo tuviera que padecer la muerte por Jesús. Ignacio estuvo en Esmirna, donde estaba Policarpo, y de ahí siguió su recorrido a entregar su vida por Cristo en el circo romano.

La persecución no cesó, realmente en esos primero siglos, más que cesar, amainaba; y vino una nueva oleada de ataques: los romanos que se oponían tan furiosamente al cristianismo y que veían en él una amenaza, luego, es cosa buena preguntarse uno por qué veían una amenaza en el cristianismo, de pronto más adelante decimos salgo.

Los Romanos que veían en el cristianismo una amenaza, necesitaban cerciorarse de que la persecución era eficaz, es decir, que todo aquel que iba a salvarse de la muerte, es porque realmente había dejado el cristianismo.

En las primeras persecuciones, como las del tiempo, por ejemplo de Nerón o de Diocleciano, se les pedía a los cristianos que realizaran un gesto de veneración a los ídolos, por ejemplo, había un altar del atrio al emperador.

Ustedes saben que los emperadores a medida que fue avanzando el tiempo se consideraban, por lo menos oficialmente, seres divinos y había que ofrecerle, incluso estando vivo el emperador, en Roma, había que ofrecerle a la estatua del emperador sacrificios, incienso u ofrendas.

De modo que en las primeras persecuciones, repito, como del tiempo de Nerón o después, para asegurarse de que un cristiano no era cristiano o había dejado de ser cristiano, se le pedía que hiciera un acto en el atrio, por ejemplo. ¿Qué era lo que la gente hacía? Bueno, la religión entre los Romanos era una cosa únicamente de protocolo, de costumbre social.

Entonces la gente hacía una larga fila y llegaba al lugar donde estaba el altar, tomaba un puñado en una caja grande con incienso o sustancias aromáticas y había unas brasas ardiendo, y la persona arrojaba ahí unos granos y hacía ahí como una oración, o decía unas palabras, o lo que fuera, y el siguiente en la fila.

Y esa era la manera de demostrar que la persona no era cristiana, porque se supone que se había vuelto idólatra.

No debemos imaginar, mis hermanos, que todo el mundo tuvo la fortaleza de ánimo de hacerse matar por Cristo.

Hubo muchos, que movidos por un terror, pues, explicable, renegaron de su fe, parece que entre la tercera parte o la mitad de los cristianos, entre un treinta por ciento, o un treinta y tres por ciento, renegaron, o un cincuenta por ciento, ante la perspectiva de esas cárceles, torturas y muertes tan crueles, pues la gente renegaba de la fe.

En las primeras persecuciones, la manera de demostrar que se había renegado de la fe era haciendo la filita y echándole incienso.

Algunos cristianos hacían eso para luego volver a su comunidad y suplicar con lágrimas que les perdonaran ese pecado, pero que no se sentían capaces de padecer por Cristo, no se sentían capaces de que los torturaran, los encarcelaran o todo lo demás que sucedía, incluyendo las vejaciones comunes sobre todo para las mujeres.

Los Romanos se dieron cuenta de que la gente hacía ese jueguito, es decir, que los cristianos se metían en la fila, echaban ahí el incienso y lo que fuera y luego iban allá y pedían perdón y "póngame ustedes todas las penitencias que quieran, pero que me perdone la Iglesia, que me perdone Dios, pero no me siento capaz".

Entonces descubrieron que era necesario utilizar un recurso mas drástico, de tal manera que el que verdaderamente hubiera renunciado a Cristo, tenía que cometer alguna cosa que fuera tan grave, que sólo el que hubiera apostatado radicalmente pudiera hacerla.

Por eso, en tiempos de Policarpo, lo que se les pedía a los cristianos no era que hicieran una filita y echaran unos granos de incienso a un brasero, lo que se le pedía a la persona es que tenía, en una asamblea pública, que maldecir a Cristo.

Delante de todo el mundo tenía que blasfemar, porque suponían los romanos, que llegar a tanto sólo llegaría una persona que verdaderamente estuviera dispuesta a dejar para siempre la fe cristiana, y que por lo tanto, no iba a hacer lo que ellos consideraban el jueguito de estar diciendo: "No me maten ahora", pero en el fondo, luego se arrepentía y volvía a su comunidad.

Esa fue la escena terrible que se presentó en el año ciento cincuenta y cinco y en la ciudad de Esmirna se declara el decreto del emperador: “Queda proscrito el cristianismo y hay que rendir culto a los dioses y al emperador.”

Ya como tenían práctica en persecuciones, da escalofrío decir eso, ya sabían que lo primero que tenían que hacer para desarticular la comunidad cristiana era darle duro y a la cabeza y la cabeza es el obispo, "de manera que hay que atacar al obispo."

El obispo en cuestión, era el hombre del que estamos hablando hoy de Policarpo, Policarpo tenía a la sazón ochenta y seis años de edad, un ancianito, un viejito venerable, amado por todos los fieles. Nosotros gracias a Dios, esto es un regalo muy grande, tenemos el testimonio de este martirio, junto con muchos otros testimonios.

La Iglesia, así como cuidaba los libros de la Escritura, así como guardaba la Palabra de Dios, así como conservaba celosamente el Pan de la Eucaristía, testimonio de ello el martirio de San Tarsicio, la Iglesia, así como conservaba la Eucaristía y conservaba la Biblia, conservaba también celosamente el testimonio de sus mártires.

Porque los mártires son como el eco de la Palabra de Dios para cada siglo y los mártires son como pedacitos de hostias del cielo.

Por eso, las actas de los mártires son documentos preciosos que fueron conservados incluso en las catacumbas, en esas reuniones subterráneas, secretas, allá se escuchaban las actas de los mártires, y no ha sucedido pocas veces, que un cristiano tuviera que oír lo que le había pasado a otros cristianos, para luego tener que verlo o vivirlo en su propia carne o en la de su familia.

Han llegado hasta nosotros muchísimas de estas actas de los mártires, vale la ocasión para invitar a todos, para que nos acerquemos a estos documentos, aquí en la biblioteca de nuestro convento, por ejemplo, tenemos ejemplares de estas actas de los mártires, la Biblioteca de los Autores Cristianos, editorial católica de España, publicó un libro que se llama así, “Actas de los mártires.”

Yo invito a que nos acerquemos a estos testimonios y a que difundamos estos testimonios, porque no sólo nos hacen fuertes en la fe sino que curan dentro del corazón una herida de la que tenemos que hablar.

Resulta que nosotros, en la educación de los hijos, queremos como meterlos en una burbuja rosada para que la maldad del mundo no los toque, es pésima idea, los niños que estén más guardados en las mejores burbujas son los niños que van a estar más descontrolados cuando la burbuja se rompa y siempre se va a romper.

¿Cuándo va a ser? ¿En el bachillerato? ¿En la universidad? ¿En un atraco por la calle? ¿En un atentado? No sabemos cuando va a suceder, siempre se va a romper la burbuja.

El conocimiento de las actas de los mártires, incluso con sus relatos a veces tan dramáticos, es la mejor manera de introducir a los niños pequeños, con la certeza de que el mal existe, pero al mismo tiempo que el mal se vence, por favor, aprovechen las actas de los mártires.

No le lean a los niños mundos de gelatinas, porcelana y algodón de azúcar, el niño tiene que saber. En niños pequeños, como sucedió en el caso de Rosa de Lima, tenían verdadero gusto por estos libros, que además tienen un valor, como llamaríamos, catártico, van como limpiando, como lavando interiormente, van purificando la sensibilidad del niño.

Cuando a los niños se les intenta meter en los mundos de porcelana, adquieren una curiosidad morbosa por las cosas malas y por eso se les abren los ojos cuando ven juegos de la televisión, dibujos animados, donde uno de esos monstruos le arroja una llama y le estalla la cabeza al otro y el niño mira con fascinación eso.

¿por qué? Porque en el corazón humano es necesario encontrarle un lugar real AL mal, ningún documento mejor que las actas de los mártires para eso.

De manera que, todos los que puedan adquirir las actas de los mártires, Biblioteca de Autores Cristianos, conocida como BAC, háganlo y reúnanse con sus muchachitos y léanle a los niños, incluso pequeños y cuéntenles: “Bueno, hoy vamos a leer del santo que fue descabezado”, y entonces el niño va a decir: "¿Y por qué fue descabezado? ¿Y por qué pasó eso?"

Y entonces tú vas a tener ocasión de evangelizar al niño y también le vas a decir: ¿Hoy vamos a hablar del santo que fue hervido en aceite”, "vamos a hablar lo que pasó."

Claro que no hablemos solamente de estos santos, porque no se trata de que el niño sólo tenga esa figura del cristianismo, hay que hablar también de los héroes de la caridad y de las flores de pureza y de todas las demás obras de santidad que hace el Espíritu.

Pero hay que sentarse con los niños y leerles todas estas cosas y decirle: “Mira, a San Sebastián lo amarraron y empezaron a practicar tiro al blanco, con él dispararon flechas y flechas hasta que lo acribillaron y murió desangrado, despedazado, asaeteado”.

“A san Lorenzo, en cambio, lo tendieron en una parrilla y lo cocinaron y así fue como murió el”. Y entonces el niño se va haciendo una idea con el bien y el mal, un niño de esos no tiene nada que ver con “Dragon Ball” ni con “Pokemon”, ni con “Los Caballeros del Zodiaco”, porque ya le parecen estupideces, ya siente que eso es estúpido y fantasioso; pero el niño ya aprendió que existe el bien y el mal y sabe también qué puede hacer él.

San Policarpo fue llamado entonces por las autoridades imperiales y le dijeron: “-Bueno, usted ya sabe cómo es esto, me hace el favor, se para ahí en ese estrado y desde ahí maldice a Cristo delante de toda esa gente”.

Y entonces dijo el viejito: “-Desde hace ochenta y seis años que sirvo a Cristo, nunca he recibido de Él sino bienes, no me ha dado sino bienes, ¿cómo voy a maldecir?” Esa fue la respuesta que dio Él.

“-Ah, entonces ahora usted se muere.” Para hacer más espectacular la muerte de él entonces decidieron quemarlo vivo. Ahora ustedes son los niños y yo soy el papá, les voy a contar cómo mataron a Policarpo.

Era una muerte espantosa porque a la persona la amarraban al poste, pero no contentos con amarrarla con unos clavos, es decir, crucificaban a la persona, pero no la crucificaban sino que la unían con clavos a ese poste de madera. Así sostienen los imperios, esa es la manera de cómo se sostienen los imperios, haciendo esas cosas.

Cuando lo iban a meter los clavos, entonces dijo Policarpo, con esa calma característica: “Mire, eso no va a ser necesario porque el que me dio la gracia de llegar hasta este momento y de padecer por Él, va a permitir también que yo muera sin intentar huir.” "ah, bueno". Entonces lo amarraron solamente, no penetraron su cuerpo con los clavos.

Y encendieron el fuego delante de todos esos testigos y como suele suceder, como sucedió tantas veces en esos primeros años de la fe cristiana, la muerte de Policarpo fue causa de una multitud de conversiones, y muchos más, viendo cómo moría su obispo, entendieron que esa era la última y mejor de sus enseñanzas, que esa era la verdadera homilía, que eso era lo que había dentro de el.

Cuando se estaba quemando el cuerpo de este venerable anciano, sin quejas, sin lamentos, sin maldiciones, sin súplicas de una indulgencia que no iba a venir, cuando se estaba quemando ese cuerpo, la gente, los cristianos que estaban ahí pudieron comprender en lo profundo de su corazón: "Entonces todo es verdad, entonces no es una fábula, no son palabras sobre palabras".

El que llega hasta aquí, el que muere así, así nos está enseñando que todo es verdad, y eso, mis hermanos, es una realidad.

En ese sentido, no podemos pedirle a Dios que se multipliquen los mártires porque sería pedirle que se cometieran pecados de sacrilegio, como los que se cometieron contra Policarpo; no podemos pedirle que multiplique mártires, pero sí podemos agradecerle tantos y tantos testigos de la fe.

Porque evidentemente, de la muerte valerosa, obra del Espíritu Santo, esa muerte que padecieron todos estos santos, de ahí proviene una fuerza de certeza, una fuerza de amor y de convicción, que en el fondo es la causa principal de la extensión de la fe en esos mismos siglos.

Como dije en otras ocasiones, no fueron tanto los milagros, no fue tanto el esplendor de la sabiduría lo que hizo propagar el cristianismo en esa época, no nos engañemos.

De sabiduría, cuántos sabios conocía ese mundo antiguo, y los apreciaban: Euclides, Hipócrates, Arquímedes, Aristóteles, había para todos los gustos, ¿no? No es por la sabiduría, tampoco por los milagros, había una cantidad de milagreros y de brujos, eso existía mucho. Dos cosas fueron el sello originalísimo del cristianismo al comienzo: fueron el martirio y la virginidad.

Esas dos cosas sí que impactaron en el mundo pagano de aquellos primeros siglos, la muerte así por Cristo, no el hecho de morir así nada más sino morir por Cristo y como Cristo, sin odio y sin venganza. Policarpo murió sin nunca reclamar nada de sus verdugos, sin nunca pedir esa clemencia que ellos no le podían dar, sin amenazar a nadie.

Como no acordarme aquí de aquella frase de otro que no fue mártir directamente, pero en cierto modo sí en su corazón, nuestro Santo padre Juan XXIII. En su lecho de muerte le dijo a su secretario personal: “Hemos trabajado por la Iglesia y a nadie arrojamos las piedras que nos tiraron.”

Eso es amar, y eso es lo que han dado los mártires, y eso fue lo que testificó con fuerza en ese mundo antiguo, que había llegado una cosa nueva, una vida nueva, una vida que está por encima de todos los imperios, así los imperios la persiguieran y desde luego, el testimonio virginal, ya había gente continente, ya había gente casta en ese mundo antiguo.

En la institución religiosa romana ya existían esas mujeres que no se podían casar, las famosas vestales, y todavía esta allá en Roma el templo de las vestales, ya existían esas mujeres consagradas.

Lo nuevo no es que no tuvieran relaciones sexuales, lo nuevo es que en esa abstinencia, que junto a esa abstinencia estuviera un tamaño de amor tan grande, que alguien pudiera amar tanto sin sexo, eso parecía imposible en aquellos tiempos, y que alguien pudiera soportar tanto sin venganza, eso parecía imposible.

Martirio y virginidad fueron las dos alas que propagaron al cristianismo por ese mundo antiguo, seguramente son las mismas que hoy de una manera nueva pueden seguir ayudando a la Iglesia, para que este mundo, que parece tan pagano en tantas cosas pueda crecer en Cristo, pueda volver sus ojos hacia Cristo y crecer también en el mismo Cristo.

Bueno, que Policarpo con ese nombre tan bello interceda por nosotros, y nosotros, meditando el misterio del amor de este anciano que entregó su vida, recibamos confirmación de nuestra fe y la gracia de ser testigos ahí donde Dios nos ha sembrado.

Amén.