Smon002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20020827

Título: ¿Como convivir con la obra del pecado?

Original en audio: 30 min. 1 seg.


Miremos hoy, según nos invita la Iglesia, el ejemplo de esta santa mujer, Mónica, la mamá de Agustín; aprendamos de ella, porque todos los santos son para toda la Iglesia, son páginas del Evangelio en nuestra historia, son libros que Dios nos ofrece para leer la obra de la gracia, son ecos maravillosos de la Escritura con los que Dios hace resonar el poder de su Espíritu, la gracia de su Evangelio en nuestra vida.

En un auditorio de religiosos y religiosas, vamos a hablar de una mujer que no fue religiosa, ¿qué nos enseñará esta mujer? Mucho.

Y vamos a recorrer algunos momentos de su vida, porque la santidad no tiene las fronteras que a veces queremos ponerle; la santidad se derrama con abundancia, como veían los israelitas que bajaba el rocío sobre aquel monte Hermón.

Mónica, es una mujer que presencia la obra del pecado en su propia familia. Casada con un pagano y con un hijo tan inteligente como rebelde, y también disoluto, Mónica tiene que convivir con la obra del pecado.

Porque no se separa de su esposo, a quien finalmente, según la tradición, terminó por ver bautizado prácticamente en el lecho de muerte; no se separa de su esposo, y desde luego no renuncia a sus hijos. Ahí viene el primer punto: Mónica que tiene que convivir con la obra del pecado.

¿Por qué lo destaco? Porque ¿cuál es la actitud que nosotros tomamos cuando nos toca convivir con la obra del pecado? La indiferencia, la comodidad, en el sentido de que "ese no soy yo, eso no me afecta a mí", la desesperación o el escándalo por ver todo el poder que tiene el mal.

Ni la desesperación, ni la indiferencia, ni el egoísmo. Frente a la obra del pecado, Mónica pone en juego sus propios recursos, fundamentalmente, su ejemplo, su palabra y su oración.

Nosotros vivimos en una cultura, vivimos en un país, vivimos en una sociedad que continuamente nos está exhibiendo la obra del pecado. Si vamos a una misión y encontramos, por ejemplo, que la gran mayoría de los jóvenes son absolutamente indiferentes a Dios, que casi nadie o nadie comulga o puede comulgar porque están viviendo en una situación matrimonial irregular o no hay matrimonio.

El mundo continuamente nos está presentando la obra del pecado, nos está presentando, diría yo, casi con altanería, la obra del pecado, de todo género de pecado; la violencia se pavonea, la corrupción se exhibe, la mentira parece triunfar, la pureza, el pudor, la castidad parecen cosas de museo.

El pecado es ostentoso, pisa fuerte, grita, se hace sentir; nos toca, como a Mónica, convivir con la obra del pecado; y también, como en el caso de ella, nosotros podemos tomar o tres caminos malos o tres caminos buenos.

Los tres caminos malos son la indiferencia, volverse uno insensible, que se parece mucho al segundo, que es el egoísmo, "mientras yo esté bien, no pasa nada"; o si no la desesperación en sus diversas formas: desaliento, ira, agresividad, lo que sea. Esos son los tres caminos malos.

Pero Mónica presenta los tres caminos buenos: el ejemplo, la palabra y sobre todo la oración. Ahí hay una primera enseñanza para nosotros, el pecado se sigue exhibiendo, el pecado es altanero, ostentoso, es su manera de sentirse fuerte, ser ostentoso.

Frente a esa altanería del pecado en sus diversas formas, repito, orgullo, violencia, lujuria, deshonestidad, lo que sea; pera todas esas diversas expresiones del pecado, ¿cuál es nuestra respuesta? Tomaremos los caminos del egoísmo, la desesperación o de la indiferencia, o tomaremos los caminos del testimonio, de la predicación y de la intercesión. Primera enseñanza de Mónica hoy.

Pasemos a un segundo punto. La Oración Colecta para esta fiesta de Santa Mónica dice: "Dios escuchó la oración de Mónica, que pedía la conversión de su hijo", y luego dice esta súplica: “Concédenos, por intercesión de madre e hijo, la gracia de llorar nuestros pecados”.

Yo me acuerdo que cuando entré a la Comunidad, una de las oraciones que más me impresionó está por ahí en alguna de las Horas intermedias de la Liturgia de las Horas, no recuerdo ni de qué semana ni de qué día, se pide esto mismo: “Danos la gracia de llorar nuestros pecados y de evitar las faltas en el porvenir”

Y hay muy poca reflexión sobre el llanto hoy, de lo que he podido leer de autores teológicos espirituales, sólo recuerdo un tratado de las lágrimas, que lo tiene precisamente una dominica, una virgen seglar llamada Santa Catalina de Siena. Dentro de su obra más extensa que se llama “El Diálogo”, hay una especie de capítulo que es “el tratado del llanto”, el tratado de las lágrimas.

De manera que encontrarme con esa oración de la Hora intermedia, que le pide a Dios que podamos llorar nuestros pecados, y el tratado de las lágrimas que encontré siendo novicio en los escritos de Santa Catalina, me pusieron a pensar sobre el valor del llanto.

El llanto parece inútil, pero Cristo no lo consideró inútil, porque le dedicó una bienaventuranza, y según la versión de Lucas, que también tiene esa bienaventuranza, para reforzar lo que quería decir, le agregó un “ay”, una malaventuranza a lo contrario: “¡Ay de los que ahora reís y gozáis!” San Lucas 6,25; “bienaventurados vosotros los que lloráis” San Lucas 6,21.

El llanto tiene un gran valor, el llanto tiene el valor de derretir el alma, y así como no se pueden juntar metales sin derretirlos, ¿cómo es que pensamos nosotros unir nuestra alma con la de Cristo si no la derretimos?.

La risa es agradable y la risa tiene también su lugar muy importante en la vida cristiana, como nos dijo el Papa, que le dedicó una carta a la alegría cristiana, el Papa Paulo VI.

La risa, la alegría es importante, más la alegría que la risa, porque la risa es engañosa; los que han reído juntos han sido capaces de traicionarse; los que han llorado juntos, difícilmente; más unen las lágrimas que las risas.

Los que han gozado juntos son capaces de dividirse, los que han llorado juntos difícilmente se separan; las lágrimas tienen un gran valor, y la Edad Antigua y la Edad Media le daban ese inmenso valor a las lágrimas, tanto, que por ejemplo, del fundador de nuestra Comunidad se dice eso, “que tenía el don de lágrimas”

Por una tontería psicosociológica de nuestro tiempo, se piensa que es poco varonil llorar y se piensa que es debilidad estéril llorar, y así se suprimen las lágrimas de los hombres y de las mujeres.

Pero no pensaba así Jesús, que dejó escapar las lágrimas viendo a la Jerusalén traidora, que lloró amargamente viendo al mundo pecador, que se compadeció ante las mujeres que lloraban, que llamó bienaventurados a los que lloran y, sobretodo, que le dio tantas lágrimas a los santos.

No se pierdan ustedes, en los escritos de Santa Catalina de Siena, “El Tratado de las Lágrimas”, donde también explica qué hay que hacer en caso de que no salgan lágrimas de los ojos, pero el corazón sí esté ardiendo de dolor; son las que ella llama "lágrimas de fuego".

Podemos decir que Santa Mónica es una maestra en el llanto, porque también eso hay que aprenderlo mientras tenemos vida en esta tierra; así como uno tiene que aprender a hablar y tiene que aprender a callar y tiene que aprender a rezar, también tiene que aprender a llorar.

Porque no es igual el llanto del egoísta que el llanto del compasivo; ni suele ser igual el llanto del rico y el llanto de pobre; no suelen llorar por las mismas causas; y no es lo mismo ver llorar a un santo que ver llorar a un pecador, porque muchas veces las lágrimas del inicuo son lágrimas que refuerzan su afecto; ahí esta todo el misterio de las lágrimas, que las lágrimas están unidas al afecto.

Entonces, cuanto más alto es el afecto, más diamantinas son las lágrimas; y aprender a llorar no es otra cosa sino convertir al corazón en una especie de horno del que sólo salga el afecto purísimo. Aprender a llorar entonces es aprender a derretirnos con Jesús, es disolvernos para hacernos uno solo con Él.

Mónica lloraba por el pecado. Existe llanto de alegría, desde luego, pero aquí nos referimos al llanto del dolor. Y aquí hay una cosa bien importante, llorar por el pecado no es otra cosa sino situarnos en los intereses de Cristo. El dolor de Jesucristo es dolor por el pecado; el que aprende a llorar por los pecados, aprende a mirar las cosas como las mira Cristo.

algunos de nosotros aquí presentes, necesitamos anteojos, para poder leer y para aprender o defendernos en esta vida. Las lágrimas, como las de Mónica, las lágrimas del amor puro y santo, son otros tantos anteojos que da Dios para que podamos mirar las cosas como Él las mira.

Las lágrimas son como una operación que hace Dios en nuestra mirada, para que pueda contemplar las cosas un poco más cercanas a como Dios las mira, y esto vale para todas las obras de misericordia; por ejemplo este detalle, voy a ser un poco duro en esta parte, aunque queriendo guardar siempre todo respeto y deferencia.

Pensemos en el caso de un educador. Algunas de nuestras comunidades tienen que ver con la educación, ¿a usted no le parece preocupante el caso de una rectora que nunca llore? A mí como sacerdote me inquieta encontrarme con un rector que nunca llore por sus alumnos, por las familias, por los dolores; el que no llora por los alumnos, está administrando el colegio, no lo está rigiendo en el nombre de Cristo.

Porue el llanto de éste es la diferencia entre la persona que está resolviendo problemas y la persona que está sanando y santificando vidas; porque el mundo de la educación, y lo mismo pasa en el mundo de la salud, y lo mismo puede pasar en un ancianato, y lo mismo puede pasar en cualquier otra obra, tiene una cantidad de dimensiones, llamémoslas administrativas.

Y uno puede quedarse en la parte administrativa, es decir, "qué hago para responder a los programas, los cronogramas, los organigramas, la contabilidad, lo que dice el ministerio, los permisos, los padres de familia, la reunión; me levanto temprano, me acuesto tarde haciendo mil cosas", estoy resolviendo mi vida, estoy resolviendo una serie de problemas.

Pero lo grande no es eso, lo grande es la capacidad de mirar, detrás de la malla de lo administrativo, a los seres humanos y sobre todo a los cristianos actuales o potenciales que estén ahí.

¡Qué grande va a ser la Iglesia católica cuando los obispos lloren por su grey, y los sacerdotes por la porción de rebaño que les ha sido dada, y los rectores lloren por sus alumnos!

No me hagan esa cara, que el Miércoles de Ceniza se lee un texto del profeta Joel que invita a los sacerdotes expresamente a llorar: "Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes" Joel 2,17.

Qué grande va a ser la Iglesia, cuando el afecto que nos mueva, sea un afecto capaz de hacernos llorar; hay una frase, mis hermanos y hermanas, que yo no puedo olvidar, y dice así: “Si todavía no te duele, todavía no es amor”.

El amor empieza a llamarse amor cuando duele; el amor comienza a llamarse amor cuando rompe algo dentro de nosotros; el amor comienza a llamarse amor cuando es una apuesta que pone en peligro mis seguridades, ese es el amor que merece llamarse amor.

Por eso Jesús elogió la limosna de la viuda pobre, porque ella echó lo que tenía para vivir, se puso en peligro ella, sacó, por decirlo gráficamente, de sus entrañas, sacó de sí misma; en cambio, el que echa de lo que le sobra, no queda en peligro.

“Si todavía no te duele, todavía no es amor”, que es una manera de traducir con algo de poesía lo que también dice la Carta a los Hebreos, ustedes recordarán: “Todavía no habéis resistido hasta la sangre en vuestra lucha contra el pecado” Carta a los Hebreos 12,4.

Qué cosa tan grande debe ser poderse uno presentar ante Jesucristo y decirle: “He luchado por ti hasta la sangre”; esto lo pueden decir los mártires y de pronto nosotros en ciertas tentaciones o dificultades; el amor, la calidad del amor.

Por eso las lágrimas son tan grandes, porque las lágrimas son ese límite en el que el corazón se rompe.

Bien nos explica San Agustín, que lloró muchísimo, según nos cuenta él mismo, que las lágrimas son el límite en el que el corazón se rompe, y cada vez que se rompe el corazón, porque el corazón hay que romperlo varias veces en la vida, cada vez que el corazón se rompe, Dios lo hace más grande; pero cada vez que se rompe, llora.

Por eso, los que verdaderamente lloran, son corazones en expansión; no dudemos de que la Virgen María llora, no dudemos de las lágrimas de Jesucristo.

Yo pienso que si el Señor Jesús quisiera aparecerse ante nosotros como lo hizo ante Margarita María Alacoque o Faustina Kowalska, de alguna manera su presencia sería como un llanto y su palabra sería como un llanto.

Algo así fue lo que le dijo a Margarita María: “Mira este corazón que no se cansa, que no se detiene de amar a los hombres y que tampoco recibe de ellos”. Esa es como la expresión de alguien que está llorando, así físicamente no se le vieran lágrimas al Señor Jesús en ese momento.

De manera que Mónica es una invitación a encontrar el verdadero llanto, y esto tiene muchísimo que ver con nuestra vida consagrada, tiene que ver con la vida de todos los cristianos, pero tiene que ver especialmente con nuestra vida consagrada.

Porque para nosotros son aquellas palabras que escribió San Pablo quejándose: "Es que todos van detrás de sus intereses y no detrás de los de Cristo Jesús" Carta a los Filipenses 2,21.

Y eso hasta cierto punto como que sigue por su propio peso cuando pensamos en la vida del comerciante, del negociante, o en la vida del científico, del filósofo o del padre de familia, como que por su propio peso el afecto natural los lleva a cuidar tantas cosas de sus intereses propios, que poco pueden interesarse, dice uno disculpando, más allá de los límites, por ejemplo, de su casa.

Pero nosotros, con esta vocación que tenemos, una vocación virginal por el Reino de los cielos, no tenemos otro motivo de llanto, no tenemos otro corazón en quién pensar sino en el corazón de Cristo.

Nosotros somos libres para pasar el día y la noche con Jesús; el día, obrando misericordia como Jesús; y la noche, llorando misericordia como Jesús. De modo que ahí hay otra enseñanza grande de Mónica: las lágrimas.

El día que yo vea, y lo he visto, el día que vea al sacerdote, sea que aparezcan las lágrima en sus mejillas o que no aparezcan, porque de eso también depende de una gran cantidad de factores, no se trata de idolatrar el líquido que sale de los ojos, tampoco.

Pero el día que esas lágrimas, sean físicas o lágrimas de fuego, como las llamaba Catalina, el día que esas lágrimas aparezcan en el corazón de los sacerdotes, tendremos una Iglesia renovada con el poder del Evangelio.

Cuando el Papa Juan Pablo nos convocó a todos a la nueva evangelización, especialmente en esos años anteriores al gran jubileo del dos mil, nos repitieron muchas veces: "Una evangelización nueva en su ardor, nueva en su expresión, nueva en sus métodos".

Qué tal que se hubiera equivocado alguien por ahí en algunas de esas transmisiones y hubiera añadido otro cuarto: "Nueva en sus lágrimas"; no se trata de pensar solamente en metodologías, es la calidad del amor que hay en el corazón el que hace los milagros. Claro que eso está incluido en lo que nos dice el Papa: “Nueva en su ardor”, ahí está incluido.

Tomemos una última enseñanza de Mónica, la primera es cómo aprender a convivir con la obra del pecado, ojo, no con el pecado, sino con la obra del pecado, porque no la podemos evitar, por más queramos, no podemos frenar, por ejemplo, la corrupción política o empresarial no la podemos frenar nosotros aquí en tres días. Hay una obra del pecado que aparece, Mónica nos da una enseñanza sobre eso.

Segundo, todo este tema de las lágrimas; y tercero, es el deseo de cielo. Los últimos recuerdos que Agustín tiene de su mamá son recuerdos dirigidos hacia el cielo, como nos lo dice precisamente la lectura del Oficio de Lectura de este día: “El anhelo de cielo, la capacidad de engendrar el amor de cielo”.

Hay una súplica que aparece en el Oficio Común de Santas Mujeres en la Liturgia de las Horas que dice: “Un elogio de aquellas mujeres que engendraron a sus hijos no sólo para la tierra sino para la eternidad”, o algo parecido, esa es la idea.

Tenemos que contara entre esas mujeres a Mónica; o sea que la tercera gracia que queremos meditar de Mónica, es la gracia de la maternidad espiritual, que es una cosa maravillosa, eso de engendrar en otra persona el amor a Dios, a mí eso me parece que es una gracia soberana, que es una gracia demasiado bella.

Tiene que estar muy unido a Dios y tiene que estar muy lleno de Dios el que, cuando nos habla, nos infunde el deseo de amar a Dios, el que nos engendra para el cielo, esa es la maternidad espiritual; y Mónica no se limitó a que sus entrañas hubieran sido fecundas, quiso ser fecunda para el cielo.

Humberto de Romanis, que fue el quinto Maestro de nuestra Orden de Predicadores, decía a mediados del siglo XIII, que al cielo se entraba como en procesión, y que cada santo entraba con una procesión, que eran todos los que había enamorado del cielo.

Entonces este hombre se maravillaba de cómo sería la procesión de San Pablo, que prácticamente al mundo pagano lo ha conducido hacia el amor de Jesucristo. Eso es la maternidad espiritual.

Enamorar de Dios, ojo, no es simplemente dejar a Dios en el corazón de alguien; todavía me parece que es mayor dejar el deseo de Dios. Dejar a Dios es dejar una especie de respuesta, es más grande dejar el deseo de Dios, la pregunta por Dios.

Esa es la maternidad espiritual: una manera de conducir, una manera de mover, una manera de empujar hacia Dios; poner en camino hacia Dios.

En los orígenes de la vida religiosa, como seguramente conocerán muchos de ustedes, se dio este caso, que iba la gente a hacer grandes peregrinaciones para escuchar a los Padres del desierto, que así se les llama, aquellos santos ermitaños que estaban por allá alejados del contacto y relación con el mundo.

Por allá andaban, y la gente hacía largas caminatas para encontrar a esa especie de profetas revivivos y con ellos encontrar una palabra, encontrar una luz, encontrar una dirección.

La maternidad espiritual es algo así, es dar esa palabra, es dar esa pista, es dar esa luz que lleve a la persona a ponerse en movimiento, y si alguien le corresponde este derecho y este deber de engendrar para el cielo, es al religioso.

Porque si hay algo que es característico de la vida consagrada, como nos dice el Papa, es aquello de reservar la fecundidad para el cielo, que en cierto sentido es la esencia de la consagración virginal.

Por eso, a través de la fecundidad, a través de la hermosura, a través del perfume de la consagración, nosotros, más que una respuesta, nos convertimos en una pregunta, una pregunta que convoca, una pregunta que empuja, una pregunta que pone en camino hacia el cielo, que pone en camino hacia Dios.

Mónica quiso eso, poner en camino hacia Dios, engendrar para el cielo, ser fecunda para la eternidad.

Cómo convivir con la obra del pecado, aprender a llorar y maternidad espiritual. Los tres elementos, entre otros muchos, que podemos recoger del testimonio de Santa Mónica en este día.