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Fecha: 20000101

Título: Invoquemos siempre en nuestra vida el dulce Nombre de Jesus

Original en audio: 12 min. 57 seg.


Con la liturgia de este día se completa la Octava de la Navidad. Me gusta mucho la comparación entre las octavas litúrgicas y las octavas de la música. Un tono está completo cuando se logra que tenga la octava, por ejemplo: Do, mi, sol, do, ahí queda completo el tono, es pleno el acorde, la armonía es perfecta.

Así también en la liturgia hoy se completa la Octava. El acorde, el significado armónico y bellísimo de la Navidad queda completo cuando celebramos a María como Madre de Jesucristo Dios.

Así como al comienzo de esta Octava recordábamos y celebrábamos a Jesús como el Hijo de María, en este día recordamos y celebramos a María como la Madre de Jesús. Pero es un día fecundo en significado, un día en el que también es necesario meditar en el nombre de Jesús.

Nuestra Orden tuvo en otro tiempo una fiesta particular, que se puede celebrar votiva, para el 3 de enero, del Santísimo Nombre de Jesús. Ese es el nombre con el que Dios ha bendecido nuestra tierra y eso explica la primera lectura del libro de los Números. La fórmula de bendición israelita es hermosísima, es una súplica, es una oración para que Dios acompañe con su bendición.

Esta oración la hizo suya San Francisco de Asís: "Que el Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ¿ti, y te conceda su favor, el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz" Números 6,24-26. Es la expresión de un deseo.

Más perfecta, sin embargo, es la bendición del Nuevo Testamento, donde ya no presentamos un deseo nuestro sino una realidad, un hecho; ese hecho y esa realidad es Jesucristo. El Nombre que significa y realiza la salvación, es precisamente la expresión más completa de esta bendición.

Jesús es la bendición con que el Padre nos bendijo, y Jesús es también la bendición y la alabanza con la que nosotros bendecimos al Padre; Jesús es el lenguaje con el que Dios nos protege, y es la palabra con que nosotros le agradecemos a Dios; Jesús es el camino que el Padre nos ofrece, y Jesús es también el camino por el que nosotros presentamos a Dios nuestra ofrenda.

El Nombre de Jesús, nombre de nuestro Salvador, nombre del Hijo de Dios hecho hombre, es el Nombre que derrota todo poder del infierno y al mismo tiempo despierta las más encendidas alabanzas en los Coros de los cielos. Jesús es el Nombre frente al cual se congregarán todas las naciones porque por Él o contra Él, queda decidida la suerte de toda criatura humana.

Jesús es el Nombre pronunciado primero en los Cielos, que llega por ministerio de los Ángeles a esta tierra, es el Nombre pronunciado con cariño infinito por María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo.

Es el Nombre que José como verdadero padre establece, trata como diálogo de ese Hijo que Dios le ha concedido no por la fuerza de su carne, de su amor, o de su deseo, sino precisamente bendiciéndole a él y con él a toda la estirpe de David.

El Nombre precioso de Nuestro Señor Jesucristo sólo pudo y puede ser pronunciado por la obra del Espíritu Santo; no podemos pronunciar el Nombre de Jesús con el sentido sobrenatural, como invocación del Dios de los Cielos sino movidos por el Espíritu Santo.

Jesús es ese Nombre que unge nuestros corazones, es el Nombre que consuela nuestras tristezas; Jesús es la oración más breve que podemos expresar.

Esa simple invocación del Nombre de Jesucristo ha estado en los labios de agonizantes de todos los tiempos, ha sido el campo de victoria de los mártires en su última hora, ha sido también la expresión más amorosa y bella de las almas virginales consagradas al servicio y a la gloria de Dios.

Por eso, así como el misterio de la Navidad presenta ante nuestros ojos la carne tomada de las entrañas de María, así mismo presenta ante nuestro corazón este Nombre maravilloso y bendito con el cual podemos adentrarnos en el misterio de esa carne. Sin el Nombre de Jesús, sin la realidad de la salvación que este nombre nos ofrece, ese niño sería hermosísimo, pero sólo un niño más.

La llave que abre los misterios de la encarnación, la llave que abre las puertas de la misericordia entrañable de ese niño, la llave que permite entrar a la escuela de la enseñanza divina junto a Él, esa llave maravillosa es Jesús.

Hagamos nosotros como tantos enfermos, como tantos pecadores, como tantos necesitados, especialmente aquellos que nos presenta el Evangelio, digámoslo nosotros como lo decían aquellos ciegos, -otro texto dice que era uno solo-: "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí" San Lucas 18,38.

Con la invocación del Nombre de Jesucristo se abrieron las puertas de la misericordia y los bienes de la sanación para ese pobre hombre, esas puertas están abiertas también para nosotros.

Jesús un nombre de persona. El que recibió el niño a los ocho días -precisamente en esta fecha entonces-, ese Nombre de Jesús es el que nos recuerda que no estamos ante un poder mágico, ante un sino, o una consecuencia automática o necesaria de las leyes del cosmos.

Estamos ante un Tú, ante una persona, ante una realidad personal que tiene un nombre y con ese Nombre nosotros podemos entrar respetuosa pero realmente, al misterio de esa Persona.

Cuando conocemos a una persona y empezamos a tratarla, es precisamente a través del nombre como nos vamos acercando a su misterio, cada pregunta, cada agradecimiento, cada comentario, cada inquietud, en fin, cada conversación con esa persona está marcada por el nombre.

Así también toda conversación, relación, acercamiento o intimidad con el misterio de Jesucristo está marcado por el Nombre maravilloso que hoy estamos recordando. Tomemos, pues, ese Nombre de bendición.

Así como el bebé en el pesebre, está ahí para ser acogido, para ser abrazado, protegido y por un instinto, por una fuerza profundamente humana, queremos tomar a ese bebecito en nuestros brazos, así también tomemos y abracemos el Nombre de Jesucristo como lo más precioso que nos ha dado el Padre Celestial, como la bendición de nuestra mente.

Se cuenta de algunos santos, como Bernardino de Siena o Antonio de Padua, que Dios les concedió en experiencias místicas preciosas, sostener en sus brazos a Jesús niño, les dio el bebé; por ejemplo, la Virgen, les extendió el niño para que lo cargaran.

Bernardino de Siena cargó al Niño Jesús y quedó curado del frío para siempre, nunca más volvió a tener frío, -por eso jamás le dio gripa-; recibió al Niño Jesús. Así también nosotros tenemos que recibir la bendición de Dios ya no para nuestros brazos, sino para nuestros afectos, nuestros recuerdos, nuestra mente.

El Nombre de Jesús es la bendición. Hay que envolver con todos nuestros pensamientos, hay que cobijar con todos nuestros afectos el Nombre precioso de Jesucristo.

Muchas veces en el Antiguo Testamento Dios hizo el milagro de transformar aguas impotables en aguas de salud, y aguas potables en milagros, por ejemplo, de Moisés o del profeta Eliseo, aguas que no se podían beber y que sin embargo, por un milagro, por la intervención de estos hombres ungidos por Dios se transforman en agua que se puede tomar y que sacia la sed.

Así también hay muchas circunstancias en nuestra vida que son insoportables, fíjese usted que cuando una persona nos cae mal decimos: "Es que es impotable", como quien dice, "no me la puedo tomar, no la soporto".

Así como hay personas impotables, también hay circunstancias, situaciones que simplemente nos rebasan porque nos exasperan, porque colman nuestra medida, porque nos entristecen, nos llevan a la ira o a otro género de pasión.

Esas circunstancias, que son imposibles para nosotros, pueden ser transformadas por el Nombre de Jesucristo.

Es el Nombre de Jesús, es la invocación del Nombre de Jesús la que trae sobre nosotros la fuerza del Espíritu Divino para que nosotros obremos como Jesús. Con nuestras solas fuerzas es imposible realizar los actos de caridad sobrenatural, como por ejemplo, perdonar y amar a los enemigos.

¿Quién va a tener un sentimiento positivo, quién va a tener un acto de afecto, de amor, de acogida, de sonrisa, de simpatía con aquel que le ha hecho daño? Y sin embargo, esa situación que es impotable, que es imposible para nosotros, con el Nombre de Jesucristo trae sobre nosotros la fuerza del Espíritu y hace que podamos vencerla.

Los grandes héroes de la caridad han sido enamorados del Nombre de Jesucristo y siempre los directores espirituales, cuando aconsejan el avance serio, recio, irreversible por los caminos de la perfección, recomiendan vivir en la presencia de Dios, especialmente con la invocación letánica, continua del Nombre de Jesucristo.

En este día en que recordamos la ocasión, la Octava, cuando Jesús recibió su Nombre, en este día, que este nombre no se quede sólo para Jesús. Que la bendición de ese Nombre llegue a nuestros corazones, a nuestras vidas, a nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro, extendamos como un toldo el Nombre de Jesús para que proteja nuestro pasado.

Sembremos en lo profundo de nuestras almas el Nombre de Jesús, para que florezca en gloria; y extendamos la sombra refrescante del Nombre de Jesús sobre los temores de nuestro futuro. Y que con ese Nombre, toda la bendición que Dios nos ha dado en esta Navidad crezca en nosotros y dé su fruto para la vida eterna.

Amén.