Smam008a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19980101

Título: Aquel que nacio de la Virgen, es el mismo Hijo de Dios

Original en audio: 7 min. 48 seg.


Queridos Hermanos:

Este día termina la Octava de la Navidad. Porque la Liturgia de la Iglesia Católica, lo mismo que la música, tiene sus octavas. Y así como las octavas en la música sirven para interpretar las melodías, y en una octava están los sonidos llamados naturales de la escala musical, así también en las octavas de la liturgia nosotros recorremos las melodías de Dios.

La Iglesia tiene dos Octavas: la Octava de la Pascua, que comienza en el Domingo de Resurrección y se prolonga hasta el siguiente domingo, y la Octava de la Navidad, que comienza con la celebración de la Natividad del Señor el veinticinco de diciembre y termina en el primero de enero, es decir, en este día.

La Octava de Navidad empieza contándonos que Jesús, el Hijo de Dios, es el Hijo de María; y termina contándonos que María es la Madre de Jesús. Es casi lo mismo con otras palabras.

El veinticinco celebrábamos que Jesús es Hijo de María, y al final de la Octava, primero de enero, afirmamos que María es la Madre de Jesús. Sí, esa es la celebración de hoy: María, Madre de Dios.

Ese título que en griego se dice Theotokos, tiene una historia conflictiva. Resulta que siendo obispo un señor llamado Nestorio, en la ciudad de Constantinopla, muy importante para la fe cristiana en los primeros siglos, algún sacerdote predicó sobre en la catedral de Constantinopla, hoy se llama Estambul, diciendo que a María la podíamos considerar Madre de de Cristo, pero no deberíamos llamarla Madre de Dios.

A algunas personas no les gustó que se hablara de esa manera; pero el obispo, Nestorio, creyó que esa era la manera correcta de hablar; y de hecho, desde ese momento y de ahí en adelante, cada vez más insistió en una enseñanza, ¿cuál? Que uno era el Hiojo de Dios, que es Dios como el Padre, y otra era el hijo de María.

Nestorio enseñaba que Aquel que murió en la cruz, Aquel que padeció, Aquel que derramó su sangre, Ése era el Hijo e María, pero que no debíamos considerar a Ése como el Hijo de Dios, porque el Hijo de Dios era el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, y él veía en la Palabra de Dios como aquella inteligencia suprema, sublime que no cabe que esté humillada y despreciada, vilipendiada, ofendida y muerta en un madero.

Por eso Nestorio decía que eran dos personas distintas: una cosa es el Verbo, el Hijo de Dios, y otra cosa es el Hijo de María, es decir, Cristo. Entonces decía Nestorio que podríamos hablar de María como Cristokos, es decir, Madre de Cristo, pero no como Theotokos, no como Madre de Dios.

En aquella misma época, estamos hablando del siglo quinto, vivía en Alejandría, otro obispo llamado Cirilo, hoy es San Cirilo de Alejandría. Cirilo se opuso violentamente a la manera de enseñar de Nestorio.

Básicamente lo que está en juego cuando se habla de María como Madre de Dios es, si el mismo Dios, Creador, Todopoderoso, inteligente y sublime, es el mismo Dios a quien escuchamos gemir de dolor, pasar hambre, ser traicionado, llorar de miedo, sudar sangre, ser ofendido, flagelado y muerto en la Cruz.

Esta celebración de María, Madre de Dios lo que nos está afirmando es algo sobre Cristo. Casi más que una celebración de la Virgen, es una celebración de Jesucristo, como en el fondo es toda celebración litúrgica en la Iglesia.

Lo que estamos celebrando aquí es que el mismo Dios sublime, el Logos, como decían los griegos, ese Verbo, ese Pensamiento que hizo todos los mundos, esa Palabra sublime del Padre, es la misma que anonadada en el pesebre y humillada en la cruz, por amor, se ha entregado para nuestra salvación.

La afirmación de que María es Madre de Dios hay que entenderla entonces, no como que María le haya dado comienzo a Dios, desde luego que no; sino en esta forma: Aquel que nació de la Virgen María, es el mismo Hijo de Dios, por eso afirmamos que María es Madre de Dios.

La implicación o enseñanza para nosotros está en aquello que decíamos hace un momento: el mismo Dios sublime, y grande, y sabio, y poderoso, al que llega nuestra mente cuando piensa en los abismos de la ciencia, de la filosofía, o en lo más bello, o en lo más grande, ese mismo Dios que descubrimos así de grande, nunca manifestó tanto su grandeza, como en la humillación de la Cruz. Porque allí el amor resultó más fuerte que el odio, y la vida venció a la muerte, y la gracia sanó al pecado.

Y por eso nosotros, lo mismo que San Pablo, tenemos que decir que conocemos ante todo a Cristo Crucificado.

Nuestra salvación no está en una idea maravillosa, nuestra salvación no está en un plan estratégico, nuestra salvación está en la gracia de un Hombre Dios, cercanísimo a nosotros, cercanísimo al Padre, en quien está el perdón, de quien proviene la gracia, de quien llega la salvación.

Unámonos a esa gracia, unámonos a esa fe; no nos avergoncemos de decir que nuestro Salvador es un Crucificado; no nos avergoncemos de creer en el poder redentor de ese amor, porque nosotros no adoramos el dolor sino el amor que sabe pasar más allá del dolor.

Esta es la fe en que se goza y se salva la Santa Iglesia, la misma fe que nosotros proclamamos ahora.