Sjne005a
Fecha: 20001227
Título: Juan evangelista es maestro de contemplación
Original en audio: 28 min. 47 seg.
Juan es el Evangelista que ha podido asomarse con mayor profundidad en el ministerio de Jesucristo, Dios le concedió una comprensión especial del misterio de Cristo. Es este el Evangelista que dijo: “Hemos contemplado su gloria, la vida se hizo visible, nosotros la hemos visto” 1 Juan 1,1-2.
Él ha visto la vida, él ha visto la gloria, porque la Palabra se hizo Carne, acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria. Además, es el Evangelista del que dice el texto que acabamos de escuchar: “Vio y creyó” San Juan 20,8.
Su mirada, pues, está llena de fe, su mirada está llena de vida y de gloria. La mirada de Juan eso es lo que nosotros necesitamos, especialmente en este tiempo de Navidad, porque Cristo llega a nosotros como regalo supremo del Padre.
María lo siente vivir en sus entrañas desde hace meses, pero para nosotros, sólo ahora que podemos mirarle, que podemos abrazarle, que podemos besarle, sólo ahora empieza a como existir para nosotros.
Sólo ahora cuando nuestros ojos se abren ante la Carne de Cristo, descubrimos el tamaño del regalo que Dios nos ha dado, pero para encontrar ese regalo que viene ofrecido, pero a la vez encubierto por la Carne, necesitamos la mirada de Juan.
La Navidad, es decir, el regalo, nos lo da Cristo; pero abrir el regalo, nos lo da Juan. Necesitamos la mirada de Juan, una mirada llena de fe, una mirada llena de vida y de gloria, esa es la mirada que necesitamos para abrir el regalo, para entrar por el misterio de la Carne de Cristo.
La Carta a los Hebreos nos dice qué es lo que nos vamos a encontrar porque esta carta habla de la Carne de Cristo, comparándola con el velo del antiguo templo, el lugar más santo del antiguo templo, el que a veces se llama "Santo de los Santos" o el lugar Santísimo del antiguo templo que estaba protegido solamente por una cortina, por un velo.
Sólo el sumo sacerdote podía entrar por ese velo y esto sólo una vez al año, era allí donde se ofrecía el incienso y la sangre como súplica de propiciación por los pecados, un lugar en el que con una misteriosa soledad, el sumo sacerdote se quedaba por decirlo así a solas con Dios.
La Carta a los Hebreos, toma todo este lenguaje del Antiguo Testamento, y nos hace descubrir su dimensión de figura, es decir, todas esas realidades, esa cortina física, se convierte de repente en una Palabra, en un lenguaje que nos ayuda a descubrir lo que Dios venía preparando y que finalmente se realizó por Cristo.
Dice la Carta de los Hebreos que el velo era la Carne de Cristo, y esa Carne rasgada por la Pasión de Cristo ha quedado abierta, entonces ha podido entrar el Sumo Sacerdote que es Cristo.
Jesús es Sacerdote que penetra a través del misterio de su Carne desgarrada, la Carne es el velo, la Carne está rota, Cristo entra por esa Carne como Sumo Sacerdote, para ofrecer, no sangre ajena, sino de nuevo su propia Sangre, no la ofrece en un altar de oro, sino en su propio Altar, Él es el mismo Altar.
En Cristo se concentra toda la realidad que venía anunciándose en el Antiguo Testamento. De todo este lenguaje tan bello y profundo ¿qué nos interesa destacar? Aquello de la Carne de Cristo como un velo a través de cual hay que entrar.
Dice la Carta a los Hebreos que una vez que entra Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, el velo ha quedado abierto, así como nos dicen los evangelios que se rasgó la cortina del velo antiguo y no hubo quién la cociera.
Así también la Carne de Cristo ha quedado rota, sus Llagas están expuestas, y no han cicatrizado, están para siempre abiertas, porque a través de la Carne de Cristo está el camino por el que todos nosotros, beneficiados de ese sacerdocio del Señor, queremos también entrar con Él al Santo de los Santos.
Para este ingreso, para descubrir cómo la Sangre de Cristo y su Carne rasgada son nuestra salvación, necesitamos la mirada de Juan, una mirada llena de fe, una mirada llena de vida y llena de gloria. Ese santuario que encontramos ya no es un cuartico localizable en la Jerusalén de esta tierra, ese santuario en el que entramos es la Jerusalén del Cielo.
A través de la Carne rota de Cristo lo que se entregó es el Cielo. Esto explica por qué el Evangelista Juan nos da una versión completamente diferente sobre la Pasión de Cristo.
Mientras Lucas nos muestra con especial ternura, con especial delicadeza, casi solidaridad, los tormentos de Cristo, el lenguaje de Juan es diferente, en él Cristo es majestuoso, es un Cristo revestido de autoridad, es ese Cristo que dirige la liturgia de Su propia muerte, ese es el Cristo que padece y que muere en el evangelio de Juan.
Es un Cristo liturgo, un Cristo sacerdote que dirige la celebración de su propia muerte, porque en las palabras del Evangelista: “A mi nadie me quita la vida, yo la entrego” San Juan 10,18.
No le hemos rapado nada que Él no quisiera primero darnos, y nada tendríamos si Él no hubiera querido entregarnos, por eso el Cristo majestuoso de Juan no es un Cristo lejano de nosotros, sino un Cristo sereno.
Juan posee paz en la mirada por haber encontrado los por qué de Dios, esto es lo más grande que se puede decir de un contemplativo, no sé si haya una cima más alta en la contemplación que asomarse a los por qué de Dios, -las razones de Dios-.
Esto explica la íntima e indescriptible unión que Juan siente con aquello que predica, con aquello que anuncia, con lo que ha vivido, esa unión, en griego coinonía, esa comunión es la fuente de vida de la que tienen que vivir los discípulos de Cristo.
El ideal de comunidad eclesial que nace en los escritos de Juan es un grupo de personas que han escuchado, que han visto, que han creído y que, como el mismo Apóstol, tienen una unión profunda con las razones de Dios, una unión profunda con el amor de Dios.
Esa unión profunda es una fuente de vida de la que se alimenta el apóstol y de la que se alimenta la comunidad que lee al apóstol, que escucha al apóstol, en este caso nosotros.
“Eso que hemos visto y oído, lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con Su Hijo Jesucristo” 1 Juan 1,1-3, frases pretenciosas, casi demenciales.
¿Quién esta hablando aquí? ¿Quién es este hombre que se atreve a declarar su propia unión con Dios en un grado tan alto? Ese es el santo, el maestro, el amigo y hermano, a quien hoy recordamos y cuyas maravillas celebramos, ese es Juan Evangelista.
Cabe preguntarse, todas estas maravillas contemplativas y toda esta vida mística, ¿para quién será? Porque da la impresión de que sólo gente desocupada, ecuánime, sin grandes problemas económicos, sin desequilibrios afectivos, sin un pasado triste ni un futuro incierto, mejor dicho, que sólo la gente con todo resuelto puede dedicarse a estas cosas.
Pero hablar así, sería traicionar de arriba abajo el menaje del Apóstol, si hay algo que tiene para enseñarnos Juan es que la unión con el Verbo no es el premio para los que no necesitan del Verbo.
Si ellos fueran los únicos que pudieran dedicarse a estas contemplaciones, entonces quiere decir que Cristo vino exactamente para los que no necesitaban de Él, vino a ponerle la medalla a los que se habían portado bien.
El ejercicio contemplativo no es el postgrado después de haber resuelto todo en la vida, por lo menos esa no es la contemplación de Juan, no es un ejercicio para la gente que tiene todo resuelto, más bien es una puerta que se ofrece para resolver.
Nos falta mucha contemplación, pero también nos falta comprender mejor qué es la vida contemplativa. Mirando las cosas, la separación clásica entre una etapa ascética y una etapa mística, no existe en los escritos de Juan.
La contemplación no es el premio para las almas sosegadas, porque las grandes revelaciones no son para los que las merecen sino para los que las necesitan, si no la gracia no sería gracia.
Si miramos al evangelio, nos damos cuenta que las palabras más profundas, las relevaciones más explícitas son hechas a contrapelo de las circunstancias. Recordemos algunos ejemplos.
La samaritana, ¿había una mujer más indispuesta en todos los sentidos razonables de la palabra? La vida de la samaritana no alcanzaba el cuatro en conducta, no estaba en orden, le faltaba toda la etapa ascética, no había puesto en orden sus emociones, no le habían hecho sanación intergeneracional.
Su futuro no se sabía en qué iba a parar, pero a esa mujer Cristo le dice: “Soy yo” San Juan 4,26, ahí Jesús le da este tipo de revelaciones a ella. Cuando en la historia de la espiritualidad cristiana las recibe gente un poquito más organizada, Cristo le dice: “Soy yo”, no a la persona que merece oírlo sino a la persona que necesita oírlo, y ella lo necesitaba.
Esto nos hace suponer que si nosotros vemos nuestra necesidad, entonces a través de ella vamos a ver al único que puede sanarla, cosa que es perfectamente coherente con lo que hemos dicho de la Carne herida de Cristo. "A través de las Llagas de Cristo, miré la gloria del Verbo, a través de los rotos de mi vida miré la posibilidad de mi salvación", hay una lógica en eso.
La primera revelación del Resucitado va para María Magdalena, ¿qué tan completa iba su espiritualidad? No se sabe, debía tener sus descompensaciones emocionales, afectivas, su manera de obrar es muy sensible, quizás hasta muy carnal, yo no sé, pero es a María Magdalena a quien Cristo se le revela y le dice: “María, ve y dile a mis hermanos” San Juan 20,17.
¿Por qué se le muestra a esta mujer, a la que tiene que corregirle y tiene que decirle: “Suéltame, que tengo que ir con mi Padre”? San Juan 20,17 , ¿por qué obra así Jesús? Porque María lo necesitaba, no lo merecía pero sí lo necesitaba.
Aquí podemos completar nuestro mensaje de hoy. Juan Evangelista es maestro de contemplación, y necesitamos esa mirada contemplativa. En segundo lugar, es una contemplación muy singular porque es una contemplación de gracia.
Es una contemplación para el que la necesita y la manera de descubrir la necesidad es ver que no veo, es darme cuenta que estoy ciego, como lo dice el mismo Juan en su famoso pasaje del ciego de nacimiento.
Toda esa escena del evangelio termina cuando Cristo dice, refiriéndose a los fariseos: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado” San juan 9,40. El problema no es la ceguera, el problema es querer ver.
Por eso Juan anuncia el camino para llegar a esa maravillosa unión: “Nosotros lo hemos visto en la palabra de la vida, os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se volvió hacia nosotros” 1 Juan 1,2, eso es mucha noticia, para ver cómo la vida se vuelve hacia nosotros.
En el principio estaba la Palabra, y la Palabra estaba vuelta hacia Dios 1 Juan 1,1, lo maravilloso es que el Hijo estaba mirando al Papá. Pero ese Hijo que contemplaba al Padre se volteó y nos miró.
Hay una especie de conversión en Dios, hay un darse la vuelta, pues “la vida se hizo visible, nosotros la hemos visto” 1 Juan 1,2. La Palabra estaba vuelta hacia Dios, entonces yo miro la Palabra y lo miro.
El Hijo miraba al Padre y yo miraba la muerte, miraba mi pecado, miraba mis tristezas, miraba mis lágrimas. Como María Magdalena, que de tanto llorar no podía ver, el ser humano mira sus lágrimas, y el Hijo miraba a Papá Dios.
El Hijo, aunque no deja de mirar a Dios, se voltea y nos mira, entonces yo dejo de mirar la tragedia, a través de mi carne rota veo al Salvador de mi tragedia, porque Él es como yo, es como mi carne pero anuncia la gloria.
Entonces me encuentro con Él, le veo y en esa mirada está todo, está la fe: “Vio y creyó” San juan 20,8, está la vida: “Nosotros lo hemos visto” 1 Juan 1,2, está la gloria: “Hemos contemplado su gloria” San Juan 1,14, y de esa fe, esa vida y esa gloria, la unión con Él, y en esa unión con Él, el nacimiento de una comunidad que es la Iglesia.
Por eso tenemos que anunciar lo que nos enseñó Juan, hay que decirle al corazón cansado, escéptico y enfermo: "Deja de mirar tu llanto, porque el que estaba mirando hacia el Padre, ahora te mira".
Debemos anunciárselo a nuestro pasado, tenemos que tomar un velón grande y alumbrarlo. Hay que pasear ese velón por todas las heridas y el sufrimiento hasta que todo se vaya llenando de luz, entonces va saliendo la luz hacia fuera y así se va tejiendo la Iglesia ¡El Hijo que estaba mirando hacia el Padre, te voltea a mirar!
Una última pregunta teológica que podría hacerse es: si el Hijo estaba mirando hacia el Padre, ¿por qué se voltea a mirarme a mí? ¿No es esto una pérdida para el Hijo? No lo es, porque Él ve en mí al Padre, por eso el Hijo no pierde nada al mirarme, pero yo sí gano, lo gano todo cuando me mira.
El Hijo descubre en mí al mismo Padre de la gloria, y por eso la mirada del Hijo despierta en mí la imagen de Dios, que soy yo, que somos todos. Ese despertar de la imagen divina dentro de nosotros es como un nacimiento.
Juan señala: “Estos no han nacido ni de la carne ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios” San Juan 1,13, siento que nace la vida de Dios en mí.
La mirada de Cristo, que reconoce al Padre que da la vida en mí, permite que descubra la vida de Dios en mí, y así, cuando le doy permiso para que viva en mí, he nacido para Él.