Sese001a
Fecha: 19960123
Título: A la memoria de Enrique Seuze
Original en audio: 8 min. 18 seg.
Alemania, de diversos modos, ha sido una frontera difícil; el imperio Romano, por ejemplo, pudo expandirse por el norte de África, pudo hacer suyos los tesoros de Grecia, pudo adueñarse incluso de la tierra de los judíos.
El Imperio Romano pudo conquistar las Galias, pero al llegar a la frontera del Danubio, tuvo que detenerse con sorpresa primero, con resistencia después, con miedo finalmente, porque esta raza, la raza de los germani que habitaban al norte del Danubio, resultó especialmente resistente, sea para las fuerzas de las armas, sea para la cultura del Imperio.
No fue este el último caso de la tenacidad propia de la raza germana, si lo pensamos bien, a lo largo de la historia, Alemania ha sabido y podido unir la profundidad de la investigación con la luz de la reflexión, con la fuerza de la tecnología, y detrás de la mayoría de aquellos inventos, teorías y descubrimientos que marcan a nuestro mundo moderno.
Casi siempre hay un nombre alemán, bastaría con mencionar a la imprenta, o a la teoría de la relatividad; bastaría con pensar que detrás de la investigación, en el mundo clásico hay tantos nombres de alemanes, y detrás de la Arqueología, de la Filología moderna, con frecuencia hay investigadores de esa misma región.
Se trata de una raza fuerte, tenaz, pero al mismo tiempo, de una raza vigorosa en su pensamiento. Uno se encuentra con que detrás de muchas de las teorías filosóficas, hay un divulgador francés y antes de él, un oscuro pensador alemán, esto no le quita el brillo, desde luego, de la propia Francia, y de cada cultura, y de cada país, en la medida de que en la providencia de Dios lo ha permitido.
Pero esta popularidad de Alemania la destaco, porque puede decirse que nada o casi nada ha tenido poder sobre esta raza, que por su mismo orgullo se ha levantado, incluso hasta los extremos de locura de un Hitler.
Tierra de filósofos y al mismo tiempo de técnicos; tierra de investigadores y al mismo tiempo de científicos. Nada o casi nada, salvo Dios, y bienaventurado Enrique, a quien hoy recordamos, es como un ejemplo de ese dicho supremo de la que cautivó el corazón de la región germana durante un siglo largo.
Enrique vivió en el siglo XIV y junto con Juan Taulero y con el maestro Eckhart. Son los representantes más típicos de parte de nuestra Orden dominicana, en aquello que se ha llamado la mística renana, desde luego, por el río Rhin.
Pero hay una prueba de que alli donde la fuerza de las armas, allí donde la oratoria, allí donde la política ha podido fallar, allí, también allí, hay una suprema aspiración, hay un supremo muro de infinito y de absoluto y eso fue lo que estos místicos renanos pudieron ofrecerle a su raza.
De veras, el Rhin entero estuvo poblado de monasterios masculinos y sobre todo femeninos, y este reverdecer de místicos y de santos llegó a transformar, llegó a dar una hondura espiritual, característica que sin duda tuvo sus repercusiones en el desarrollo posterior de Alemania. Hoy, cuando parecen dominar sobre todo eso: la ciencia, la técnica, el trabajo empresarial en equipo.
Hoy, cuando parece que nada tiene suficiente eficacia, la aparente ineficacia de la mística de estos hombres, vuelve a tomar su importancia.
Al hombre moderno fascinado por la tecnología, probablemente no lo vamos a enamorar con más tecnología; al hombre moderno lleno de ideas y de razones, quizá no necesitamos evangelizarlo con tantísimas razones o apologéticas.
Probablemente a este hombre moderno, que tanto le debe en diversos aspectos a la raza alemana, probablemente a nuestro hombre contemporáneo, le llegaremos al corazón, si nuestro corazón, como el de estos santos, está pegado al corazón de Dios.
En cada Eucaristía bebemos de las fuentes del Salvador, en cada Eucaristía tenemos nuestro palpitar al palpitar de Dios.
Que el mismo Dios nos conceda esa unión con Él, que sirve como de insignia, que sirve como de señal, para eso nuevo y único que sólo Dios le puede dar a esta tierra.
Quizá hoy conviene recordar ese pensamiento que también le gustaba mucho a otro alemán: Karl Rahner, teólogo de nuestro siglo; quizá hoy conviene recordarlo: "El cristiano al futuro será un místico o no será nada".