Sant008a
El 25 de julio, nuestra Iglesia Católica celebra al apóstol Santiago. Hay algo que llama la atención en la primera lectura para la Liturgia del día de hoy; esa primera lectura fue tomada del capítulo cuarto del Libro de Hechos de Los Apóstoles (cf. Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12,2).
Lo que encontramos al principio de la lectura, es la controversia o discusión entre las autoridades sacerdotales de Jerusalén y los apóstoles Pedro y Juan. Si ponemos un poquito de contexto, en el capítulo tercero de los Hechos de Los Apóstoles se cuenta un milagro maravilloso, que fue la curación de un paralítico de nacimiento (cf. Hch 3, 1-10), y después de esa curación, Pedro hizo un magnífico discurso en el templo mismo de Jerusalén, contándole a la gente que la única razón, la única fuerza que le había devuelto o le había dado la posibilidad de caminar, a este paralítico, era, pues, la fuerza del Resucitado (cf. Hch 3, 11-26). Es decir, a partir del milagro que ha sucedido, Pedro hace una predicación sobre la resurrección de Cristo y la vida nueva que da el Resucitado. Por supuesto, esto no cae nada bien a las autoridades judías, que entonces entran en controversia con Pedro y con Juan, aunque el que más dirige la palabra, el que presenta las razones, parece ser, fundamentalmente, Pedro.
Y esto es lo sorprendente: que por un lado están los sumos sacerdotes del Templo de Jerusalén (autoridades de tipo religioso) discutiendo con Pedro; y por otro lado, está la decisión del rey Herodes (que no era autoridad religiosa, sino que la llamaríamos una autoridad civil): “Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan” (Hch 12, 2). Y uno se pregunta: “¿Pero qué tenía que ver Santiago en esto?; si toda la discusión, si toda la controversia era con Pedro, ¿por qué Herodes hace pasar a cuchillo a Santiago?”. Por supuesto, hay muchos detalles que desconocemos de lo que podría estar sucediendo ahí, pero hay una explicación: Jesús llamó a Santiago y a su hermano Juan, “los hijos del trueno”; es decir, claramente eran gente apasionada en aquello que creían, y lo que tenemos que suponer de un modo razonable, es que ese ardor, esa intensidad en su fe cristiana, transciende el círculo estrecho de los apóstoles y de los primeros discípulos, y llega incluso a oídos de Herodes, y fue tanta la intensidad del amor al Resucitado y de la predicación de este hombre tan convencido (Santiago), que Herodes pensó que podría congraciarse con los sumos sacerdotes, quitándoles ese enorme “estorbo”.
Lo que debemos deducir de esto, es que Santiago tenía que ser un hombre exuberante en su amor, un hombre intensísimo, tendría que ser una hoguera de amor de Dios y de luz de palabra, hasta el punto de que Herodes vio en ese Santiago, un peligro que tenía que ser arrancado de raíz, que tenía que ser eliminado prontamente. Por esta razón, este apóstol es el primero en entregar su vida por Cristo. Y la aplicación que inmediatamente surge en nuestro corazón, es: “Ese es el tipo de amor que necesitamos, esa es la clase de hoguera que hace falta en nuestra fe, hoy; necesitamos esos Santiagos, necesitamos gente que sea conocida por la intensidad de su amor a Jesucristo”. Aunque su nombre no se había mencionado en los acontecimientos de Pentecostés, ni en el milagro del paralítico, ni en la entrada en la cárcel, ni en las torturas a que fueron sometidos Pedro y Juan, ni en las discusiones con los sumos sacerdotes; aunque su nombre no había sido mencionado en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, la fama de su amor y la claridad que había en ese corazón antes de este acontecimiento, era bien conocida, y por eso fue llamado al martirio. Ese amor nos hace falta, ese amor lo necesitamos. Que la intercesión de este apóstol, el apóstol intenso en su amor, llegue a nosotros para vivir con mayor coherencia, para dejar tantos complejos, y para abrirnos verdaderamente a la evangelización.