Sagt004a

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Fecha: 20020828

Título: San Agustin, Doctor de la gracia

Original en audio: 19 min. 46 seg.


Es difícil resumir la vida de una persona en unas pequeñas palabras. Mucho más, si se trata de una sola frase. Sin embargo, hay una expresión, un título, una frase muy breve, que alcanza a resumir lo que significa San Agustín en la Iglesia. A él se le ha llamado el Doctor de la Gracia, el Profesor de la Gracia, el que puede enseñar el camino de la gracia.

¿Qué es la gracia de Dios? La Teología tiene tratados profundos y extensos. Tratemos de dar alguna idea, para así asomarnos al misterio tan bello de la vida de San Agustín.

Gracia y gratis, vienen de la misma raíz. gracia es regalo, gracia es lo que no se merece pero se recibe, gracia es lo que desborda nuestras expectativas, gracia es lo que rompe el esquema del mundo que sabe comprar, vender ponerle precio a todo. Todo tiene un precio, todo se puede comprar, hasta la conciencia de las personas. Ese esquema del comprar y vender, esa compraventa de todo, se termina cuando aparece, cuando se levanta la palabra gracia, regalo.

Experiencia de desbordamiento de superación de las expectativas. Nadie aprecia tanto un regalo, como el que no lo merece y eso es lo que Dios nos ha dado a nosotros concediéndonos, como un regalo, perdón de nuestros pecados, restauración de nuestra dignidad, comunicación de su Espíritu Santo, participación en su amistad, todo esto es gracia.

Así que ya entendemos que la vida entera de Jesucristo no es otra cosa sino un despliegue de gracia, un despliegue de amor que no merecíamos, amor que se convierte en llamado al arrepentimiento, amor que se convierte en sendero que lleva a la vida, pero sobre todo, amor que nos transforma, porque Cristo no es alguien que está afuera de nosotros solamente denunciado lo que está mal o mostrándonos lo que deberíamos hacer.

Cristo ha recibido una unción, que es la unción del Espíritu Santo, y por eso se llama Cristo, la palabra Cristo quiere decir ungido. Cristo ha recibido la unción del Espíritu Santo y por eso sus palabras, como flechas maravillosas, penetran el corazón y son capaces de llegar adonde nadie más llega, y, pueden allá, transformar el corazón.

La gracia no es mostrar algo, la gracia es hacer algo. Mostrar el bien, y mostrar las consecuencias del mal, eso ya lo había hecho Moisés, eso ya lo han hecho los grandes legisladores. La ley sirve para eso, para ver dónde esta el bien y dónde está el mal.

Pero la gracia es más que la ley, porque no se limita a mostrarnos lo que es bueno o mostrarnos lo que es malo, sino que nos transforma para que amemos lo bueno y para que rechacemos lo malo. Y antes de hacer esa transformación, primero nos transforma, primero nos hace renacer a una unión con Dios, a una amistad con Dios, que es lo que llamamos estado de gracia.

Bueno, estas son algunas reflexiones sobre lo que es la gracia de Dios: la experiencia de un regalo que transforma, que nos vuelve hacia Él, que nos deja participar su amistad. Con eso en mente, asomémonos a algunos datos de la vida de San Agustín, y descubriremos por qué este señor es el profesor de la gracia.

Lo que sucede es que él mismo experimentó lo que significa la gracia y por eso no podía decir, predicar, no podía cantar otra canción que no fuera la canción de la gracia, porque él mismo la había vivido.

San Agustín experimentó el poder del pecado, las garras del pecado; experimentó la fascinación, la seducción y también la crueldad que trae el pecado en sus diversas formas; especialmente el pecado cuando se convierte en engaño y el pecado cuando se convierte en pasión que nos envuelve, que nos esclaviza.

San Agustín conoció esos dos rostros, que son los más duros tal vez del pecado. El engaño, la confusión, que es como una cadena que cae sobre la mente y que no deja encontrar la verdad; y el pecado como pasión, como esclavitud del deseo que lleva al alma a someterse a lo que es menos que ella y a llevar vida de esclava, habiendo sido llamada a la libertad. Esos dos son tal vez los peores rostros del pecado y ambos los conoció Agustín.

Hombre brillante, preparado, con gran erudición para su tiempo, elocuente, con una gran capacidad de liderazgo y un dulce e inalterable aprecio por la amistad, esa era la naturaleza de Agustín. Buscador incansable de la sabiduría, que sin embargo se encuentra con una multitud de ofertas filosóficas y religiosas, que le hacen dar vueltas como quien está perdido en un bosque.

Y siente, con desesperación, con llanto, con rabia y con tristeza, que no esta yendo a ninguna parte, que está perdiendo el tesoro de su vida, que está dado vueltas en círculos, que busca pero no encuentra.

San Agustín vivió todo este pavor, todo esta dolor, toda esa sed que otros han descrito con sus propias palabras, por ejemplo, los existencialistas. El existencialismo como corriente filosófica es esa búsqueda exasperada del sentido, pero con una diferencia.

Y la diferencia está en la palabra que hoy hemos utilizado, la palabra gracia. Si no entra en juego la gracia de Dios, o si no le abrimos la puerta a la gracia de Dios, seremos condenados como todos estos existencialistas ateos, seremos condenados a marearnos en el bosque de las opiniones, hasta sentir que caemos exhaustos, hastiados, disgustados y tristes, y ese es el rostro que tiene el existencialismo.

Si no, preguntémoselo al siglo XX, es el rostro del cansancio, del hastío, o como lo dijo uno de ellos, tal vez su príncipe Jean Paul Sartre, la náusea. Náusea es lo que se siente cuando a uno lo ponen a dar vueltas y vueltas.

Pues náusea es lo que se siente en la búsqueda del sentido, cuando el alma humana no tiene otra cosa qué hacer sino perderse torturada en el bosque de las opiniones; y ese fue San Agustín. Y él vivía el dolor de esa confusión, sentía que sobre su cabeza pesaba un cierre muy duro, inquebrantable, que no le dejaba encontrar la verdad.

Por si eso fuera poco, vivía, en su corazón africano, la pasión; vivía la fuerza del deseo y entonces se encontraba doblemente dividido, porque por una parte su mente luchaba entre la verdad y la mentira, y por otra parte su mente lucha entre la coherencia y la incoherencia.

Es que encontrar la verdad todavía no es solución, uno puede darse cuenta de que algo está mal hecho y sin embargo sentirse arrastrado a seguirlo repitiendo, que es lo que sucede en los vicios. Cuánta gente que fuma, por ejemplo, que fuma desesperadamente, sabe que esta destrozando su organismo, que está dañando su salud y la de quienes que le rodean; lo sabe, pero tiene esa otra división, que también conoció San Agustín, la división entre la coherencia y la incoherencia.

San Agustín estaba, pues, crucificado por esas dos divisiones; no sabía encontrar a las claras la verdad y luchaba entre la verdad y la mentira, y no sabia encontrar la coherencia, y luchaba entre la coherencia y la incoherencia, porque las pocas verdades, las migajas de verdades que encontraba, luego no las podía aplicar a su propia vida.

Y ese era el estado lamentable de ese hombre, que tenía tanto a su favor y tenía tanto en contra. Y uno se pone a reflexionar en la vida de esta gran santo y piensa que hasta los bienes más grandes pueden convertirse en desgracia, cuando no entra en juego esa palabra, la palabra de la predicación de hoy, la palabra gracia.

¿De qué sirve tener salud, tener riqueza, tener elocuencia, tener liderazgo, tener amigos, tener sabiduría, tener genio? ¿De qué sirve todo eso, si finalmente por dentro el corazón es un remolino de confusiones y hastío ante el propio dolor y ante la propia incoherencia?

San Agustín lo tenía todo aparentemente, salud, amigos, inteligencia, más o menos recursos. Podía hacer muchas cosas, sin embargo no podía hacer nada. Por eso el drama de Agustín parece que fuera de hoy. ¡Qué maravilla que Dios le haya dado a la Iglesia un santo tan grande como Agustín! Un hombre que vivió hace más de quince siglos, y que sin embargo cuando meditamos en su vida, nos parece tan actual. Porque, ¿quién no ha tenido en algún momento de su vida preguntas como las de Agustín?

¿Y en qué terminó esta historia? Muy mal hubiera acabado si no hubiera entrado en juego la palabra que hoy estamos meditando, la palabra gracia. La gracia cambió la vida de Agustín, es una cosa impresionante, y por eso quiero detenerme un momento para que miremos los acontecimientos últimos, los que precedieron a la conversión de Agustín.

En primer lugar, está toda una preparación de oraciones de la mamá, una santa reconocida por la Iglesia de nombre Mónica. La oración. Mónica tenía a Agustín, literalmente, sumergido en una piscina de plegarias y ahí esperaba que pudiera encontrar el agua de la vida. Oración, estaba rodeado de la oración de su mamá.

Recordemos lo que le dijo un obispo a la mamá de Agustín, triste, porque no lograba avanzar nada en los cambios que ella esperaba de su hijo. Le dijo este obispo a ella: “Ya no le hables más a Agustín sobre Dios, háblale a Dios sobre Agustín”.

Y Mónica tomó eso en serio y sumergió en una piscina de plegarias a su hijo. Se dedicó a orar por él, como sólo pueden orar los santos. Pero Agustín estaba convencido, y esto también es parte del drama que vive nuestro tiempo, estaba convencido de que la inteligencia y la humildad no cabían en el mismo corazón.

Él sabía del cristianismo, había tenido una Biblia entre sus manos, pero le había parecido una palabra demasiado pobre. Era un hombre orgulloso. Él creía en la inteligencia, y no podía creer en la humildad; desde luego que la respuesta siempre estuvo en Cristo, pero lo que el veía del cristianismo era como una especie de renuncia a todo lo que él mismo era.

Como si pensara: “A ver, si para ser cristiano tengo que dejar mi talento, mi inteligencia, mis cosas, no es negocio”.

Agustín conoció, sin embargo, en la ciudad de Milán, a un santo llamado Ambrosio. O sea que se necesitaron dos santos para convertir a Agustín. Las oraciones de Mónica y el carisma de Ambrosio.

San Ambrosio era un gran predicador, era el obispo de Milán y unía el brillo de la oratoria sabia, llena de sabiduría, pues, con el aprecio a la santísima fe católica y la proclamación de esa fe. Agustín vio a una persona que unía las dos cosas, vio que la inteligencia no peleaba con la fe y que la fe no anulaba la inteligencia.

Las oraciones de Mónica y la predicación de Ambrosio. Mónica, que arrojaba a Agustín ante el Corazón de Cristo; y Ambrosio, que hacía retumbar los latidos de ese Corazón.

Y en esa orquesta del Corazón de Jesús, en esa proclamación continua, Agustín sintió que sus convicciones se agrietaban, porque él pensaba que su inteligencia, que su razón, eran la única linterna que tenía para guiarse en esta vida, y de repente encontró, en las predicaciones de San Ambrosio de Milán, alguien que podía darle una luz para su vida.

Llegó un momento en el que este hombre, tan inteligente y tan apasionado a la vez, por decirlo de algún modo, tocó fondo, se rompió, se agrietó, e hizo lo mejor que uno puede hacer en esta vida. Es lo que dice el salmo 51: “Un corazón contrito, tú no lo desprecias”.

Cuando el corazón se quebranta uno siente que se esta muriendo, pero un corazón que se rompe es un corazón que tiene alguna puerta para que pueda entrar Dios. Se le rompió el corazón a este hombre y entró en una etapa de llanto, de búsqueda.

Sintió una voz del cielo, como un niño, como un Ángel, que le decía: "Toma, y lee". Y entonces él tomó la Biblia y la abrió y se encontró con un texto de San Pablo en la Carta los Romanos donde hablaba de la conversión, y sintió que esas palabras eran para él.

Y después de otro poco de oración, de reflexión y de muchísimo llanto, se dio cuenta de que sólo había un camino, y ese camino era: entrar por la puerta humilde pero sabia de la santísima fe. Y recibió el bautismo de Cristo por manos del obispo Ambrosio.

Tiempo después, se siente llamado a servir al Señor de un modo más completo y se hace sacerdote, luego es elegido obispo en Hipona, al norte de África, y allá empieza a desplegar todo ese talento que Dios le había dado, ya no para revolver las opiniones de seres humanos, sino para ofrecer con cariño, con piedad, con ternura, las riquezas de Dios.

Y nos han quedo de San Agustín decenas de obras, decenas de libros que ustedes y yo podemos leer. De manera que todo esta que estamos contando, es también vida para nosotros si nos acercamos a ese torrente, si leemos o escuchamos los sermones de él, los tratados teológicos, sus cartas, sus comentarios a los salmos ¡Qué regalo le hizo Dios a la Iglesia con San Agustín de Hipona!

Y fue tan grande la fe, que Dios le dio, que cuando el mundo antiguo, el mundo clásico, el mundo de la grande Roma se vino al piso, Agustín descubrió que había algo que nunca se derrumbaba, la Ciudad de Dios. Y descubrió que en esa Ciudad, y descubrió que en esa construcción de Dios, él tenía también un lugar.

Y así, aunque triste de ver que su mundo cultural se hundía, la sonrisa y la paz estaban en su corazón, sabiendo que hay un mundo que no se hunde, el mundo que tiene cimiento en Jesucristo y en su santísima Palabra.

Que ruegue por nosotros en este día San Agustín, para que nuestro mundo, que vive tan hastiado, que vive tan confuso, que vive tan encadenado, pueda recibir también esplendores de gracia y se multipliquen las obras de la amor y de la sabiduría de Dios, por todas partes.

Amén.