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Fecha: 20010417

Título: Las celebraciones de la Pascua y de Pentecostes van unidas

Original en audio: 23 min. 10 seg.


La primera lectura, durante estos días, está tomada de los Hechos de los Apóstoles. Eso parece normal, porque después de Los Evangelios, en La Biblia lo que encontramos son los Hechos de los Apóstoles.

Además, es también normal, porque después de la predicación y el ministerio de Jesús, es el ministerio de los Apóstoles el que hace presente el Evangelio de Cristo en todas partes. Litúrgicamete, sin embargo, hay algo más que podemos decir.

Obsérvese que ayer, primer día de la Octava de Pascua, la lectura empieza diciendo: “El día de Pentecostés” Hechos de los Apóstoles 2,14. Y resulta que el día de Pentecostés es el día con el que va concluir el tiempo pascual.

Es decir, acabamos de entrar en el tiempo pascual, y ya la liturgia dirige nuestros ojos hacia la culminación del tiempo pascual, porque hay que saber unir la Pascua de Cristo y Pentecostés, y la Liturgia quiere ayudarnos a eso.

Sin Pentecostés, la Pascua de Cristo es una cosa muy rara, casi mágica, que le pasó a un Señor que había sufrido mucho, pero todo queda afuera de nosotros. Es Pentecostés, es la obra del Espíritu la que introduce en nosotros la Pascua, porque para que entre la Pascua es necesario que se rompa el alma.

Hay que abrirle una brecha al corazón humano, corazón que es experto en amurallarse. Hay que abrirle una grieta al corazón humano, y eso es lo que se logra con la potencia de Pentecostés.

Efectivamente, es lo que hemos oído en la primera lectura de hoy, predicó Pedro, y comenta Lucas: “Estas palabras les traspasaron el corazón” Hechos de los Apóstoles 2,37.

Esas palabras de Pedro, que estaban ungidas, rebosantes de Espíritu Santo, tienen la potencia para abrir la brecha, y cuando se abre esa brecha, cuando se agrieta por fin el alma, entonces puede entrar la Pascua de Cristo.

Sin Pentecostés, la Pascua de Cristo se queda afuera; sin el poder del Espíritu Santo, la Pascua de Cristo es una noticia afuera de nosotros, y allá muy poco va a hacer. Queda reducida casi al tamaño de una fábula.

Por eso un pagano, aquel rey, Festo, hacia el final del mismo libro de los Hechos de los Apóstoles, aquel rey que escucha a Pablo y que no entiende nada, cuando tiene que resumir lo que dijo Pablo, dijo: “Es un problema sobre un Señor llamado Cristo que murió y que Pablo dice que está vivo" Hechos de los Apóstoles 25,19, como que es ese el problema”.

Pero él no entiende por qué ese es un problema; él no entiende qué puede producir eso, para él, esa es una fábula; como que alguien dijera que los elefantes empezaron a volar; "sí, es un señor que dice cosas raras, cosas increíbles"; ahí queda la Pascua.

Por eso, la Pascua es Pascua con Pentecostés; pero, atención, en el otro extremo del tiempo pascual, o sea en Pentecostés, hay que recordar la Pascua, hay que recordar la cruz, la sangre, las llagas, la muerte.

Porque sin la Pascua de Cristo, entonces Pentecostés también se convierte en magia, se convierte en un acontecimiento sensacional, en el cual unas personas de aquella época, o unas personas de esta época, de repente se sienten conmocionadas, se sienten ebrias, se sienten en un estado distinto de conciencia, como se diría en la literatura esotérica de hoy: “Gente que entró en un nivel nuevo de conciencia”.

Pregúntele a un brujo, o bruja, mentalista, o cualquiera de esas yerbas, pregúntele qué es Pentecostés.

"-Si usted lee Hechos de los Apóstoles, capítulo dos, usted, señor mentalista, astrólogo, esotérico, díganos para usted qué es esto. Y la persona va a decir de una manera muy sería: “-Se trata de la entrada a un nivel nuevo de conciencia, es un nivel más alto de conciencia, por el cual esas personas experimenta...” Y toda la demás carreta que se quiera decir sobre el asunto.

Entonces, el arte está en unir Pentecostés y la Pascua. La Pascua de Cristo la celebro, pero mirando Pentecostés. La celebro mirando la efusión del Espíritu, rogando la efusión del Espíritu para que esa Pascua acontezca en mí.

Y luego, después de que haya caminado y llegue a Pentecostés, celebro la efusión del Espíritu, pero mirando a Cristo; porque ese Espíritu Santo que viene sobre mí, no es una fuerza anónima, no es un poder que simplemente me sacude, es un poder que me transfigura, es un poder que me consagra, según el modelo que está en el Señor Jesucristo.

Por eso dice San Pablo que nosotros estamos destinados a reproducir en nosotros la imagen de Cristo. El Espíritu Santo no viene en nosotros solamente a producir cosas extraordinarias, medio mágicas, un poco lo que creía la comunidad de los Corintios, y así miraban los carismas.

No viene a producir en mí simplemente cosas raras, extrañas, niveles raros de conciencia. El Espíritu Santo viene fundamentalmente a reproducir en mí la imagen de Jesucristo, y yo nunca conocí tanto a Cristo como en el misterio de su cruz, porque ahí, desnudo, y no sólo de ropas, Cristo muestra todo lo que Él es.

De modo que este criterio hay que conservarlo. No separemos esas dos grandes fiestas. Esto explica entre otras cosas, por qué, después de la gran fiesta de Pentecostés, se puede volver al tiempo ordinario. Porque es que las lecturas que nos explican Pentecostés, no vienen después de Pentecostés, sino son estas.

El padre Guamar, el dominico de la Escuela Bíblica de Jerusalén, alguna vez hubo de predicar en el día de Pascua, -esta anécdota me la cuenta el Padre Correa que estuvo presente-.

Y entonces, Domingo de Pascua, reunida la comunidad y seguramente algunos fieles, y empieza el Padre Guamar con estas palabras: “Nos hemos reunido para celebrar al Espíritu Santo”. Claro que sí, está muy bien dicho: estamos celebrando al Espíritu Santo, eso es así.

Todo el tiempo pascual es la homilía para entender cuando llegue Pentecostés; y si la gente no vive el tiempo pascual, cuando llega Pentecostés hacen cualquier bobada, cualquier tontería. Porque resulta que la fiesta de Pentecostés se ha ido popularizando, gracias a Dios, eso en sí mismo, es bueno.

Cuando yo era niño, hace ya unos cuantos años, Pentecostés pasaba casi desapercibido. Ahora no; ahora se hacen pentecosteses en muchos lugares: se celebran en los colegios, en las universidades, se hacen vigilias, algunas de ellas con mucho fervor, otras con nada de contenido.

El contenido de Pentecostés nos lo da la cincuentena pascual; por eso, así como Dios entiende la Pascua, rectamente no se entiende la Pascua sin la Cuaresma, pues entonces uno lo que se queda mirando es: "¿Pero pobre tipo, cómo lo torturan!" Y luego ahí, el pecado que uno tiene.

Así como no se puede celebrar la Pascua sin la Cuaresma, no se puede celebrar Pentecostés sin el tiempo pascual.

Este orden de celebración de los misterios es fundamental. Con esto en mente, podemos entrar a la homilía de hoy.

Notemos lo que dice el Apóstol Pedro: “Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, al quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” Hechos de los Apóstoles 2,36.

Quedémonos un momento en esas palabras, que para nosotros como familia de predicadores, son fundamentales, porque esas palabras tuvieron un efecto hermosísimo: lograron que muchísimas personas, que miles de personas, se convirtieran.

¿Cómo sucedió la conversión? “Estas palabras les traspasaron el corazón” Hechos de los Apóstoles 2,37, eso fue lo que sucedió.

Y aquí hay una explicación muy bonita que aprendí, y que comparto, y es esta: sabemos que cuando Cristo estaba muriendo en el terrible suplicio de la cruz, todos los esfuerzos de Satanás tenían una única meta, y era: separar a Cristo de la obediencia al Padre, eso era todo su propósito.

Lo más venenoso que tuvo la Pasión de Cristo no fueron los azotes, ni fueron las espinas; la herida más salvaje que recibió el alma de Cristo, hasta donde yo he podido ver, está en una frase que le dijeron unos de los ahí presentes: “Bájate, y creemos” San Marcos 15,32, eso es lo más espantoso, y lo más hiriente que le han podido decir a Cristo.

Porque toda la vida de Cristo fue precisamente para que la gente creyera, para que tuvieran fe, y ahora se le dice: “Todo lo que usted ha querido, todo lo que usted ha deseado se lo vamos a dar, con una sola condición: dele la espalda a la voluntad del Padre”.

Por eso Lucas, cuando nos presentaba el texto de las tentaciones, decía que "el demonio se había retirado esperando la ocasión propicia" San Lucas 4,13; y los Padres de la Iglesia, al comentar ese texto, dicen: “Y la ocasión propicia era la de la Cruz”.

Dicen: "El demonio se retira, -cuando el episodio de las tentaciones-, se retira malhumorado, pero sabiendo o por lo menos deseando que llegue un momento en el que pueda dar un nuevo zarpazo. Y ese nuevo y salvaje zarpazo es el de la Cruz".

Se trata de separar a Cristo de la voluntad del Padre, se trata de que Cristo, abandonando su inocencia, abandonando su amor universal, su amor de redención para todos, se baje de la Cruz. Cristo no hizo esto. Cristo no se bajó de la Cruz, a pesar de la herida tan terrible.

Cristo no se dejó ganar por el odio, Cristo permaneció fiel en el amor, permaneció fiel, amando al Padre, y fiel amándonos a nosotros; por eso no cabe la palabra venganza, porque la venganza nace siempre del odio, y por eso Cristo, cuando se aparece a los Apóstoles, la palabra que les dice no es una palabra de venganza, sino una palabra de gracia, una palabra de paz.

Como hemos comentado en otras ocasiones, el que fue sacado de esta tierra con tanto odio, vuelve glorioso a ella, no con odio, sino una palabra de paz y de amor. Sin embargo, aquí es donde viene la parte, de pronto un poco nueva.

Hay una especie de desquite, no de venganza, sino de desquite de Cristo. De lo cual han conocido los santos, y entre ellos recuerdo yo a Santa Rosa de Lima. Cristo resucitado no vuelve para vengarse de nadie, pero Cristo sí se desquita de alguna manera.

Si nosotros miramos lo que hace la obra de la predicación y lo que hace la obra del Espíritu Santo, y esas dos obras nacen de la Pascua del Señor. Si nosotros miramos esas dos obras, esas dos obras, la palabra y el poder del Espíritu, reproducen en nosotros de un modo nuevo lo mismo que le sucedió a Cristo.

En ese sentido, Cristo tiene un desquite de amor. Es lo que se ve, lo que ya empieza a verse en la predicación de Pedro: “Estas palabras les traspasaron el corazón” Hechos de los Apóstoles 2,37.

Algo así como que el corazón de Cristo fue traspasado por nuestro odio, entonces ahora Cristo nos traspasa el corazón, pero no por odio, que no lo tiene, sino por amor. Cristo se desquita: “Tú me atravesaste, ahora, yo te atravieso”; "tú me atravesaste desde tu pecado, yo te atravieso desde mi gracia, desde lo que yo tengo para darte".

"Si tú me heriste con lo que tú tenías para darme, yo te hiero”. Cristo que hiere. Ese tema es muy interesante en los escritos de Santa Rosa de Lima: Cristo que hiere, pero que hiere a su manera: Cristo que hiere con amor. Lo mismo podemos decir en el caso de los estigmas de San Francisco de Asís, o de Santa Catalina de Siena; ahí está la misma situación.

Los estigmas visibles o invencibles son una participación, son una reproducción de lo que le sucedió a Cristo, pero no desde las motivaciones tenebrosas que el pecado creó en nosotros, sino desde las motivaciones celestiales que la gracia sobre abundante del corazón de Cristo en su Pascua nos trae.

Y de aquí surge un pensamiento que ha atraído a las almas místicas y santas de todos los tiempos, y que está muy bien expresada en aquella frase famosa de San Luis Bertrán: “Quema, Señor, corta, quema; aquí no perdones”, decía él, no en el sentido que no le perdonara los pecados, sino que "usted corte y queme sin piedad aquí, para que en la eternidad, para que en el cielo no tenga que cortar ni quemar".

Pero, antes que hacerle un negocio a Cristo, esas palabras surgen de un amor increíble de Luis Bertrán. Un amor descomunal por el cual él quiere participar de la Pascua de Cristo.

Esto en realidad no es ninguna novedad, porque ya están en los escritos de San Pablo: “Ojalá, tenga yo una participación, -dice él-, de los sufrimientos, es que yo quiero participar en los sufrimientos de Cristo, y quiero experimentar lo que vivió Cristo, y el poder de su resurrección".

De manera que Cristo, con su palabra y con su Espíritu, se desquita de todo lo que le hicimos en la Pasión, y eso lo saben los santos. Saben que sufrir por Cristo, como dice uno de los himnos de estos días: "Será divino acuerdo". Sufrir por Cristo, padecer por Cristo es la mejor manera de vivir la Pascua; llegar al sufrimiento por Cristo.

Y por eso, otra dominica, Santa Catalina de Siena, cuando realmente sentía que el amor la llenaba, entonces, descontrolaba a los psicólogos que la estaban tratando, porque decía: “Es que yo quiero sufrir; dame sufrimiento”.

Que si es masoquismo, que si es..., no, señor, no es nada de eso. Es el desquite de Cristo que reproduce en sus amigos, en sus entrañables amigos, reproduce los misterios de su Pasión.

De manera que Cristo, según decía Santa Teresa de Jesús, no se desquita con los enemigos, sino con los amigos. El que quiera ser amigo de Cristo, tiene que saber que Cristo se desquita es con los amigos.

Y se desquita, engendrando en sus amigos un amor tan grande y tan semejante a lo que Él vivió, que sus amigos dicen: “Si me dejara desposeído de lo que Él sufrió, no estaría yo verdaderamente abrazado a Él”.

Porque que tal que uno dijera mirando, por ejemplo, esta imagen tan elocuente de Cristo crucificado: “Yo quiero abrazarlo, pero que no me unte. ¡No, si lo abrazo me unta! ¡Si abrazo a mi Jesús me unta!" No puedo abrazarlo sin que me unte. Si lo abrazo, ¿cómo voy a quedar? Ensangrentado como Él.

Entonces, los verdaderos amigos de Cristo son el lugar del desquite de Cristo. En quienes mejor se ve esto, desde luego, es en los mártires, los cuales, iluminados por el Espíritu Santo, entendían que estaban haciendo el negociazo de la vida: “¡Ahora sí voy a ser verdadero discípulo, ahora sí puedo decir que he abrazado a Cristo!”

Eso de que uno se muera y toda la ropa limpia.... Entonces no, no le pasó nada, no, pasó del sueño a la muerte. -Claro que en realidad sólo Dios sabe lo que hay en cada persona y cómo ha sufrido; eso solamente lo sabe Dios. Dios sabe verdaderamente qué hay, porque no se trata de quedarnos sólo en el aspecto exterior.

Pero en general, se puede decir, que si una persona está con Cristo, vive con Cristo, sufre con Cristo, muere con Cristo, lo normal es que termine como terminó Cristo.

No puedo estar cerca de Él, sin que me salpiquen sus lágrimas, su sangre, y su sudor. No puedo estar cerca de Él sin acabar ensangrentado. No puedo estar cerca de Él, no puedo abrazarlo sin que el palpitar de su corazón le dé ritmo a mi propio corazón. Entonces, ese es el desquite de Cristo.

Por eso, si de pronto hay por aquí almas generosas, que las puede haber, ¿por qué no? Si hay por aquí almas generosas, sepan que en la Pascua, esas almas de intensa generosidad, sienten un deseo irreprimible de reproducir la Pascua en sí mismas.

"Si soy de los tuyos, si me es concedido, Jesús, verdaderamente acercarme a ti; si de veras me vas a permitir estar contigo, entonces tu sangre tiene que salpicarme, entonces tu vida tiene que ser mi vida, y tu muerte tiene que ser mi muerte".

"Y yo tengo que tener experiencia de lo que tú eres, y tengo que tener experiencia de lo que tú fuiste. Por eso, en este día y ante esta lectura, tenemos que revaluar nuestra manera de vivir la Pascua. El gozo más grande será que esto acontezca en nosotros.

Que no es otra cosa que llevar una vida bautizada, esa es una vida bautizada. Por el bautismo hemos muerto con Cristo para resucitar también con Él.

"¿Qué tenemos que hacer?" Hechos de los Apóstoles 2,37, dijeron aquellos, cuando ya se sintieron traspasados. "Lo primero es: bautícense" Hechos de los Apóstoles 2,38 y, efectivamente, se bautizaron.

Segundo: ¿qué más tenemos que hacer? Eso fue lo que no preguntaron ahí, pero los Hechos de los Apóstoles lo responde: "Lleven ese bautismo hasta sus últimas consecuencias”. Ese es un cristiano: "Llevó el bautismo hasta sus últimas consecuencias", lo cual puede incluir una que otra muerte.