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Fecha: 19960517
Título: Jesucristo nos da una alegria que nadie nos puede quitar
Original en audio: 5 min. 1 seg.
En medio de las múltiples persecuciones que le han ocasionado los judaizantes, Pablo sigue predicando el Evangelio. Es mejor decir los judaizantes, no los judíos sin más, porque al pueblo judío se dirigió Dios el primero lugar para cumplirle sus promesas, y algunos o muchos de este pueblo o esta raza se convirtieron a Dios.
No hay que pensar entonces en una oposición entre judaísmo y Evangelio. Pero en cambio, sí hay que afirmarla entre esa tendencia judaizante, que quiere ver la salvación en el cumplimiento de la Ley o en el mantenimiento de estructuras como la de la Sinagoga, o en la reafirmación casi terca de prácticas como la circuncisión. Son más bien esos esfuerzos, son más bien estas terquedades, las que terminan oponiéndose al Evangelio.
En medio de esa oposición, Pablo sigue predicando la Buena Noticia y más bien alienta a los discípulos, como lo hemos escuchado hace unos días, diciéndoles que hay que pasar por muchas cosas para entrar el Reino de Dios. Algo semejante nos dice el Evangelio en este día: “Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” San Juan 16,20.
Podemos decir que esta tristeza tiene como una especie de valor pedagógico, y esa desaparición de Cristo del horizonte de nuestra vida, ese sentir que tiene el cristiano en su formación espiritual, algunas veces, ese sentir que ya dejó al mundo, que ya el mundo no le convence, pero que Cristo tampoco le aparece, ese especie de quedarse sin tierra y sin cielo, esa sensación, es la que hace la purificación definitiva en el corazón humano.
Porque en medio de esa especie de desierto, en esa especie de noche espiritual, como dirían los místicos, en medio de esa noche, la persona aprende a levantar su fe hasta la altura del mensaje que se le ha revelado.
Esa tristeza de la que les habla Cristo, ese sentirse a veces completamente abandonado el cristiano, tiene el valor pedagógico de lograr que él no busque su propio interés, que no busque nada de esta tierra, que no haga negocio con le fe, sino que simplemente a través de esa fe se abra totalmente pero solamente a la gracia de Jesucristo.
Por eso es necesario pasar por ese desierto, y por eso es necesario pasar por esa noche. Pero ese desierto no es infinito, ni esa noche interminable. Jesús anuncia: “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitara vuestra alegría” San Juan 16,22.
Esa alegría que da Jesús cuando retorna después de la noche espiritual, esa alegría nadie la puede rebasar, porque nadie la ha producido.
El que se ha alegrado de ganar mucho dinero, pues perderá su alegría cuando se le vaya el dinero, o cuando su dinero esté en peligro; el que se ha alegrado porque tiene muchísimos amigos en esta tierra, pues pierde la alegría que le da un amigo, porque los amigos en esta tierra van y vienen, y traicionan.
El que tiene su alegría porque tiene, que sé yo, muy buena salud o cualquiera de los otros bienes que tenemos en esta tierra, pues tiene junto con esos bienes la razón para temer que los pierde, que los puede perder, que están como en vilo.
En cambio, el que ha pasado por ese desierto o esa noche y se ha desprendido, siempre será un poco a la fuerza, y se ha desprendido de los bienes de esta tierra, pues ya no tiene nada que temer, porque los males de esta tierra son simplemente perder los bienes, y como no son los bienes lo que le está dando la alegría, perder esos bienes tampoco le causa tristeza.
Y en este sentido el cristiano ya maduro, el cristiano ya formado en Cristo, vive una alegría a la que no puede vencer ninguna tentación, ningún pecado, ninguna persecución.
Dios realice su obra en nosotros y nos conceda esa participación de su Cruz y esa participación de su Pascua, para que tengamos esa alegría que nadie puede quitarnos.
Amén.