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Fecha: 20010517

Título: El cristiano maduro es el que sabe ser duro consigo mismo y amplio con los demas

Original en audio: 13 min. 6 seg.


Toda esta discusión que se presenta en lo que se ha llamado el Concilio de Jerusalén, capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles, puede parecer un problema muy alejado de nosotros. Como sabemos, el tema era si había que imponer a los no judíos, cuando se convertían a Cristo, la Ley de Moisés.

Porque empezó a suceder que se convertían a la fe en Jesús, no solamente los que venían del pueblo de las promesas, es decir, los judíos, sino también otros, los gentiles, que no tenían ese pasado, que no tenían esa Ley de Moisés y que llegaban a la fe en Cristo. La pregunta entonces era si había que imponerles la Ley de Moisés

Lo que hemos escuchado en este día son las conclusiones de esa discusión, básicamente de lo que se trata es: no hay que imponerles la Ley de Moisés. Una conclusión que a nosotros nos parece elemental, porque ya nosotros hace mucho tiempo vivimos dentro de esa legislación, dentro de ese modo de ver las cosas, pero eso no era obvio en ese momento.

Recordemos, por ejemplo, como al principio de este mismo libro de los Hechos, Pedro y Juan asistían a las oraciones en el Templo de Jerusalén, lo cual muestra que ellos obraban como judíos piadosos, ellos no consideraban que la fe en Cristo significaba la destrucción de la Ley de Moisés.

Además, en el evangelio de Mateo, precisamente, ha quedado testimonio de ese modo de ver las cosas: “Yo no he venido a destruir la Ley, sino a darle plenitud” San Mateo 5,17.

De modo que dentro de la óptica de estos Judíos, al puro comienzo de la evangelización, pues para ellos lo natural era vivir dentro del esquema antiguo, vivir dentro de los sacrificios en el Templo, vivir dentro de las prácticas de la Ley de Moisés, aunque con una experiencia intensa del cumplimiento de todas esas promesas en Jesucristo.

Ya para nosotros esto queda muy lejano, pero es lejano solamente en apariencia, preguntemos cuál es el sentido profundo, qué quería mostrar el Espíritu Santo con esta discusión, con esta clarificación, porque más que una discusión sólo de razones humanas, fue un proceso como de amanecer de la luz del Espíritu dentro de la comunidad de creyentes.

¿Qué era lo que quería mostrar el Espíritu ahí? Evidentemente, quería mostrar que el pueblo de la primera alianza, ese pueblo Judío era el servidor de la salvación, el diácono, el mesero de la salvación para los gentiles, pero que no tenía que imponer a los demás lo que él mismo había vivido.

Es un pensamiento ya más hermoso y más profundo, visto así. El pueblo judío es el diácono, es el servidor, es el encargado de distribuir la salvación, es el mesero; el mesero no tiene que imponer su entrenamiento de mesero a los comensales, sino que tiene un papel en cierto modo instrumental, muy humilde y muy grande, si esa humildad y esa grandeza son las propias de el pueblo judío.

El pueblo tiene el llamado a experimentar la salvación, ofreciendo la salvación a todo el mundo. La manera concreta como Dios quiso que el pueblo judío viviera la salvación, es dando la salvación; y si ya miramos las cosas de este modo, entonces encontramos que salud del espíritu no era solamente para esta discusión específica y no era solamente para este pueblo particular.

Descubriremos que esa misma Ley se cumple también en nosotros. Comunicando la salvación, ofreciendo a Cristo, poseemos a Cristo; dando amor, nos llenamos de amor; testimoniando y proclamando la fe, nos afianzamos en la fe; entregando nuestros bienes, nos hacemos ricos; comunicando a otros lo recibido, nos hacemos capaces de recibir más; haciendo felices a otros, recibimos nuestro gozo.

Entonces, entendemos ahora que no solamente se trata de un acontecimiento, una especie de anécdota de los primeros siglos del cristianismo, sino que el Espíritu Santo nos invita a ver esa Ley, por así decirlo, que tiene su cumplimiento en el pueblo judío, pero que luego tiene que cumplirse también en cada uno de nosotros.

Nosotros experimentamos salvación, dando salvación; y efectivamente, eso es lo que hacen los Apóstoles, la única restricción que ponen es lo que pudiera causar escándalo en las personas ya acostumbradas a la predicación de la Ley, es la única restricción, de resto, entendieron, porque les iluminó el Espíritu, "las restricciones que yo he tenido, no se las tengo que aplicar a los demás".

Hay varios santos que han dado testimonio de lo que esto significa. En realidad, los verdaderos santos saben que no es necesario aplicar a los demás las mismas restricciones por las que uno ha pasado.

Yo, los ejemplos que doy, pues son de mi comunidad. Nosotros tenemos un santo que es Patrono de nuestra provincia en Colombia, San Luís Bertrán, era un hombre de una ascética, de una penitencia, de un ayuno, de una vida realmente austera.

Pero él, cuando fue nombrado prior, cuando fue nombrado superior de la comunidad en el convento, no aplicaba a todo el mundo eso, esa es la señal del santo, el santo sabe que las restricciones que se aplica a sí mismo, son para guarda de su alma y no necesariamente toca aplicárselas a los demás.

Fíjese que esto nos da una enseñanza muy grande, porque hay como tres tipos de personas: hay personas que quieren tener todas las comodidades para ellas mismas y que las leyes sean para los demás, ese es el caso de la persona que está en pecado: quiere que lo de él sea amplio, cómodo, laxo y que los demás, como se dice vulgarmente, se "frieguen", esos sí que trabajen, que se esfuercen, que sufran; lo ancho para mí, lo angosto para los demás. Eso es lo propio del hombre en pecado.

Luego viene el que ya se convirtió, el cristiano, pero cristiano inmaduro. El cristiano inmaduro dice: "No, igual para todo el mundo, igual para todos: si yo tengo que esforzarme en esto, todo el mundo tiene que esforzarse en eso; y si yo he pasado por humillaciones, pues también tienen que humillar al otro; y si yo he pasado...., pues también el otro".

Ya no aplica la ley del embudo, ya no es que "lo ancho para mí y lo angosto para el otro", pero quiere que sea, en cierto modo, angosto para todos, es decir, la ley para todos. Así fue como llegaron estos a esa reunión: "Igual para todos: si a nosotros nos toca Ley de Moisés, Ley de Moisés para todo el mundo".

Pero después viene el cristiano adulto, como Luis Bertrán, como Catalina de Siena, como Pablo, el cristiano que ya aplica al revés: "Lo angosto para mí y lo ancho para todos". "Yo, por mi condición frágil, por mi tendencia al pecado, tengo que guardarme, a través de ciertos ejercicios, a través de ciertas penitencias, a través de ciertas limitaciones, que son las mías".

"Pero yo no se las tengo que imponer a nadie, de manera que es lo angosto para mí, lo ancho para los demás; lo duro de la penitencia para mí, lo amplio de la caridad para los demás", y así lo han vivido estos santos.

Pablo, por ejemplo, cuenta como él, aunque tenía derecho a vivir de la predicación, él trabajaba con sus propias manos. Imaginémonos, con el agite de vida y las angustias del alma de Pablo, y de todas maneras sacaba tiempo para ganarse su propio dinero, para no recargarse en nadie.

¿Eso qué era? Aplicarse él una ley muy estricta, muy dura, y esa no se la aplicaba él a los demás, al contrario, él dice: "Para ustedes, el que trabaje en el Evangelio que viva del Evangelio, sólo que yo he querido lo estrecho para mí". Eso es propio de el que tiene mucho amor, que sabe aplicarse lo duro a sí mismo.

Otro ejemplo de Pablo: era costumbre en aquellas épocas que los Apóstoles recibían ayuda de mucha gente, y se daba el caso que cuenta ahí Pablo. Dice: "Y bueno, ¿no tengo yo derecho de que una mujer cristiana me acompañe como hacen los demás Apóstoles?"

Pero sin embargo él se abstenía de eso, y muchas veces, en soledad y pasando trabajos y viviendo mil dificultades, se abstenía de eso, ¿por qué? Porque él se aplicaba lo estrecho a sí mismo y lo amplio para los demás. A nadie condenaba, pero a sí mismo se trataba con dureza.

Entonces, son tres niveles de madurez: el nivel del pecador es: "Todo lo cómodo para mí, y todo lo duro para los otros". Luego ya uno se convierte y entonces dice: "Bueno, está bien, entonces no se puede mucha comodidad, entonces, duro para todo el mundo, parejo para todos"; pero luego viene el cristiano avanzado que sabe ser duro consigo mismo y sabe ser amplio con los demás.

Esto vale especialmente para los misioneros, para los catequistas, para los religiosos, continuamente el religioso tiene que estar en esta tónica, tiene que estar viviendo esta experiencia.

Él sabe que el seglar, sobre todo el seglar casado, que tiene independencia en sus planes, en sus vacaciones, en sus proyectos, que maneja su dinero como quiere y que cuenta con unos afectos más o menos estables y cercanos, pues, por decirlo así, tiene como muchos más derechos que él.

Pero el religioso, el que es religioso, no por hábito ni porque diga un papel, sino porque su corazón está consagrado a Dios, vive con alegría eso, y siente que sus propias restricciones es hermoso que florezcan en la amplitud de los demás, porque tiene una sobreabundancia de amor.

Entonces, lejos de entrar en envidia o entrar en nostalgia de los bienes de otro, es feliz de que los otros tengan esa amplitud, aunque él mismo tenga que restringirse en tantas cosas. Y desde luego, el que más nos ha dado ejemplo de esa total abnegación de sí mismo y absoluta generosidad para con los demás, es el mismo Señor Jesucristo.

Fíjate lo que dice Juan en el momento de la muerte de Cristo. Cuando precisamente todo se cierra, cuando todo lo ahoga, cuando todo cae sobre Él, dice Juan: "Entregó el espíritu" San Juan 19,30, que no significa solamente "exhaló", sino que, como sabemos, por los que han estudiado esto, "entregó el espíritu" significa: "Hizo posible el don del Espíritu.

Cristo, como hemos dicho varias veces, más que morir, entregó la vida. En el momento en el que su abnegación es perfecta, su generosidad también es perfecta. Ese es nuestro modelo, esa es nuestra referencia, ese es nuestro camino.

Amén.