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Fecha: 19990501

Título: La caracteristica predominante en un buen evangelizador es la alegria

Original en audio: 41 min. 32 seg.


La estrategia misionera de San Pablo la conocemos. San Pablo iba recorriendo las regiones en donde había sinagogas, es decir, lugares de oración y de enseñanza de los judíos.

Y allí predicaba, en primer lugar, a los miembros de este pueblo, que las promesas, aquéllas promesas que tienen su comienzo en Abraham, habían tenido y tienen su culminación en Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Pablo iba de un lugar a otro, buscando, podríamos decir, a las ovejas de Dios dispersas; buscaba a los miembros del Pueblo de Dios para contarles la Buena Noticia, para decirles que esa promesa de Dios se había cumplido en Jesucristo.

Sin embargo, el texto que acabamos de escuchar, nos muestra que este anuncio no siempre fue bien recibido; algunos del pueblo judío lo acogieron bien, pero otros lo acogieron mal.

Como resulta que Jesús es la plena revelación del Padre, como lo hemos escuchado en el evangelio, como resulta que Jesús es la oferta definitiva de Dios, aceptar o rechazar a Jesucristo es lo más feliz o lo más terrible que le puede pasar a uno en la vida.

Y por eso quiero apoyarme en la bondad de Dios, en primer lugar, y en las lecturas que hemos escuchado, en segundo lugar, para meditar un poco, junto con ustedes, mis hermanos, en lo que significa aceptar o rechazar el Evangelio, o si lo vamos a decir de otro modo, por qué algunas personas aceptan y otras rechazan el Evangelio.

Desde luego, las lecturas de hoy no contienen todos los casos posibles, pero sí tienen indicaciones que nos pueden ayudar para que nosotros aceptemos más el Evangelio, para que nos guardemos de rechazar el Evangelio y para que sepamos mejor cómo difundir el Evangelio.

Puedo decir que esta palabra, "Evangelio", es como la que quizá mejor engloba, contiene el sentido de las lecturas de hoy. ¿Qué hace que una evangelización sea exitosa? ¿Qué factores influyen? ¿Qué hace que una evangelización fracase?

Lo primero que hay que anotar, es que no tenemos nosotros como evangelizadores, todos los factores en nuestra mano, este no es un proceso automático. Esa es la primera enseñanza de hoy.

Probablemente la humanidad no volverá a conocer un predicador como San Pablo; y él, después de Cristo, según mi criterio, el mejor predicador de todos los siglos, es a quien vemos aquí rechazado.

Es difícil creer que todas las fallas o todos los problemas estén de parte del evangelizador, más bien el evangelizador lo primero que tiene que aprender, es que no tiene todos los factores en sus manos.

Una empresa que hace muebles, o papas fritas, o balones de caucho intenta tener el control sobre todo el proceso y hasta cierto punto lo logra; la empresa puede asegurar, por ejemplo, que se van a producir mil quinientos balones de caucho al día, lo puede asegurar porque tiene controlado el proceso.

El evangelizador lo primero que tiene que saber es que no tiene controlado el proceso, es decir, no está en nuestras manos, no está solamente en nuestras técnicas, no está solamente en nuestros esfuerzos, conocimientos, estrategias, penitencias; no está solamente en nuestros corazones el éxito de la evangelización, ni tampoco está completamente en nuestros corazones el fracaso de la evangelización. Esta es como la primera enseñanza.

"Al ver el gentío convocado por Pablo y Bernabé, a los judíos les dio mucha envidia" Hechos de los Apóstoles 13,45.

Quedando bien claro que el proceso de la evangelización no depende solamente del evangelizador, aquí nos encontramos con la primera causa de fracaso: la envidia; "les dio mucha envidia" Hechos de los Apóstoles 13,45.

Estos judíos de los que se habla aquí, no eran cualesquiera judíos; si a ellos les preocupa que se congregue una multitud en torno a Pablo y Bernabé, es porque ellos era directores, líderes, jefes en su comunidad y lo que ellos nunca habían podido hacer, estos advenedizos lo logran en un momento: "Una multitud fervorosa, entusiasmada" Hechos de los Apóstoles 13,45.

Estos judíos no solamente no recibieron el Evangelio para ellos, sino que tampoco querían que ese Evangelio creciera en las otras personas.

Si no nos estamos equivocando al tomar el orden cronológico, es decir, el orden del texto como orden de importancia, el primer enemigo de la evangelización es la envidia; manera automática de frenar la evangelización: la envidia. ¿Desapareció esta envidia cuando se murieron estos judíos? No creo, los pecados tienen más vida que los pecadores.

Envidia es cuando queremos que nuestro estilo sea el que triunfe y el que más congregue gente; envidia es cuando queremos que nuestros cantos sean los que más resuenen, nuestras ideas sean las que más se repitan, nuestra voz sea la que más se escuche, nuestras publicaciones sean las que más se lean, que nuestros videos sean los que más se admiren, nuestros métodos sean los más empleados y que los triunfos estén siempre unidos a nuestros nombres y a nuestras personas, eso es envidia.

Estos judíos eran directores, eran pastores, jefes, y ellos ven el fracaso de sus métodos y ven el éxito de los métodos de Pablo y Bernabé, y en vez de alegrarse de que Dios visite al pueblo, se entristecen porque no los visita a través de las palabras o del estilo de ellos.

De este modo se convirtieron en adversarios de Jesucristo, ¡vaya, cosa grave! Por no aceptar que Dios tenía otro camino, otro estilo, otra manera.

Esto no sólo existe en el mundo de hoy, me parece que hasta cierto punto cunde; cuando se oye hablar algunos grupos dentro de la Iglesia, la manera como se expresan de otros grupos dentro de la Iglesia, como buscando el pierde, como buscando el problema, como tratando de acusar de herejía, como tratando de excluir y como tratando de que quede claro que "nosotros sí estamos en la verdad": "Es que nosotros sí hemos vivido el proceso, que todos esos pobres desgraciados no han conocido".

Cada vez que se habla, así sea a nombre de la Renovación Carismática, de las manifestaciones marianas, del Camino Neocatecumenal, o de lo que sea, nos estamos convirtiendo en adversarios de Jesucristo, y una parte fundamental del mensaje del Señor se quedará afuera de nosotros, la estaremos perdiendo para nosotros.

A los judíos les dio mucha envidia, respondían con insultos a las palabras de Pablo. ¿Qué voy a decir yo? Que el segundo enemigo del Evangelio son los insultos. Esto tiene que ver con el modo como obraban los judíos. Me parece que sirve conocer un poco del ambiente judío.

Responder con insultos es la manera como aquí traducen del griego y luego del estilo de vida de los judíos.

¿Qué es lo que se nos está diciendo aquí? De lo que se está hablando aquí es de las disputas, de las discusiones; no dice, fíjate que parece un detalle: "A los judíos les dio mucha envidia, y se pusieron a insultar a Pablo", no dice: "Insultaban", sino: "Respondían con insultos" Hechos de los Apóstoles 13,45.

Esa expresión en castellano, traducción del respectivo término griego, lo que quiere decir es que, en las discusiones o en las disputas con Pablo, se alteraban y llegaban hasta los insultos.

De lo que se nos está hablando aquí no es del acto de pararse, hablar mal del otro, decirle groserías, ese no era el problema. De lo que se está hablando es que entraban en disputa con Pablo, y cuando se les acababan los argumentos, empezaban los insultos; responder con insultos se refiere a ese contexto de discusión.

El segundo enemigo del Evangelio entonces ¿cuál es? Siguiendo ese orden de importancia, son las discusiones. ¿Qué tipo de discusiones? Aquellas en que ya no se quiere encontrar la verdad, sino se quiere tener la razón. Cuando una persona quiere ganar la discusión, ya no quiere ganar discípulos.

Y así como estos judíos con sus celos parecía que estaban sirviendo a Dios, pero terminaron siendo sus adversarios, así también a una persona que le gustan las discusiones en algún momento le parecerá que quiere ganar gente para Dios, pero la estará apartando de Dios. Este es un discernimiento muy delicado que hay que hacer en el corazón.

Estos judíos se exasperaban y llegaban hasta las malas palabras porque necesitaban ganar la discusión, no que ganara Dios, sino que ganaran ellos. Segundo enemigo del Evangelio: discutir con el corazón puesto en la victoria de la discusión.

En general, discutir es un ejercicio estéril; en general, las conversiones no vienen de las discusiones, porque una discusión es la manera más segura de que el adversario se aferre a lo suyo.

Supongamos que yo estoy en lo correcto y supongamos que entro en discusión con otra persona, si la verdad está de mi lado, pero yo entro en un proceso de discusión, yo me aferraré a lo mío, supongamos que es la verdad, pero el otro se aferrará a lo suyo, y cuanto más agarrado esté a lo suyo, la multiplicación de mis palabras no le ayuda a él a acercarse a Dios.

Las discusiones no son buena idea, regularmente no lo son; pero hay unas discusiones que no sólo son mala idea, sino que son obstáculo para el Evangelio; aquellas discusiones en las que uno a toda costa quiere ganar, ese tipo de discusiones son especialmente estériles.

Y bueno, esto tiene enseñanza tanto para el evangelizador como para el evangelizado. Una discusión que la persona quiere ganar a toda costa no es buena para el evangelizador porque sin darse cuenta, la soberbia, que es la más penetrante y la más sutil de todas las lacras del alma, se le entrará.

Mantener una discusión en perfecta humildad y paz es muy difícil, luego la enseñanza para el evangelizador es: hasta donde te sea posible, hasta el último extremo, evita la discusión.

¿A nosotros que nos corresponde? Nos corresponde, de acuerdo con lo que dice el Apóstol San Pedro, "dar razón de nuestra esperanza" 1 San Pedro 3,15, nos corresponde tener una palabra para dar razón de aquello en lo que creemos, hasta ahí podemos llegar.

Pero tener nosotros como evangelizadores la pretensión de que nos podemos batir con cualquiera y hacerle creer que está equivocado, esa presunción deja que se nos entre la soberbia y hace que el otro se aferre a lo suyo, y las dos cosas son mortales para el Evangelio. Eso en cuanto al evangelizador.

Pero recordemos que antes de ser evangelizadores fuimos evangelizados y antes que ser grandes propagadores del Evangelio tenemos que ser grandes realizaciones del Evangelio. La mejor propagación del Evangelio es que él se realice en nosotros.

Y no está tanto en la abundancia, elocuencia o buena compostura de las palabras, como en la presencia evidentísima de la gracia en nuestras vidas, por eso no sólo hay que pensar en estos asuntos de evangelización como si yo estuviera hablando aquí de técnicas, sino hay que pensar: ¿qué hago yo, yo, para recibir mejor el Evangelio?

Con este tema de las discusiones hemos visto entonces que el evangelizador debe tener prudencia, evitar al máximo la discusión, tratar de limitarse sólo a dar razón de lo que cree, mantener la humildad, en fin.

Pero nosotros mismos en cuanto evangelizados ¿qué podemos hacer para que el Evangelio prospere? Pues también ahí tenemos que evitar las discusiones, ¿y en qué consiste esto? Pedir a Dios que nos dé una apertura infinita a la verdad, que nos dé amor a la verdad y que nos dé alegría por la verdad.

Una pregunta hecha a tiempo puede constituirte en un discípulo de Cristo, pero la insistencia de preguntas como éstas con las que los fariseos querían coser a Pablo y Bernabé, o como cuando los fariseos querían atropellar con preguntas a Cristo, o como cuando los escribas querían sepultar con sus palabras a Jesús.

Un alud de preguntas muchas veces no tiene detrás amor por la verdad, sino la expresión de otros sentimientos que uno tiene en el corazón. Cuando estos judíos acosaban a preguntas y querían hundir con preguntas a Esteban, a Pablo o a Cristo, no querían verdad, querían causarle confusión a la otra persona para destruirla.

Si uno no está atento, puede empezar a preguntar y preguntar no por amor a la verdad, sino en el fondo, por una especie de afirmación de sí mismo, o por causarle confusión a la otra persona; esto es veneno puro para el alma, y desde luego, un obstáculo para la evangelización.

Por eso ¿es válido preguntar? Dentro de la Iglesia católica, ¿es válido preguntar? Claro que sí, uno puede preguntar, pero vigila el corazón que pregunta, vigílalo tú mismo, vigila qué hay en ese corazón; si hay ansia, hambre de la verdad, alegría por la verdad, adoración por la verdad; revisa cómo está tu corazón cuando preguntas.

Porque así como la soberbia en el evangelizador, puede obstaculizar el proceso de evangelización y hacerlo estéril en discusiones, así también hay una especie de soberbia cínica, oculta, malvada, perversa, que se le puede entrar al discípulo que quiere preguntar no para aprender, sino para ver el fracaso de la teoría, del maestro, o del predicador.

Hay que pedir a Dios que nos dé corazones humildes, limpios y que a todos nos dé alegría por la verdad.

Bien, hemos encontrado así dos obstáculos para la evangelización: la envidia, que en este caso la hemos traducido como el deseo de que Dios sólo obre a través de nosotros, nuestro estilo, nuestro movimiento, nuestra manera; luego, las discusiones en el sentido de pretender tener la razón a toda costa, o en el sentido de preguntar mal, preguntar con un corazón perverso.

Pero ahora miremos un poco, siguiendo la secuencia del texto, ¿qué sucede? ¿qué hace Dios ante estos fracasos de la evangelización? Porque Dios no se queda así. Nos dice San Pablo: "El que nos dio a su propio Hijo, ¿cómo no nos va a dar con Él todas las cosas?" Carta a los Romanos 8,37.

Dios no se va a quedar así. Si tú fracasas, o si alguien fracasa contigo, Dios no se va a quedar así.

Entonces es bueno saber cómo responde Dios a estas limitaciones de la evangelización. Y la respuesta es siempre la misma: "Si no te interesó a ti, ya habrá a quién le interese".

Mira esto: Jesús dijo una vez a los fariseos y principales del pueblo: "Vosotros os quedaréis con vuestra casa vacía" (véase ); aquí dicen Pablo y Bernabé: "Como rechazáis la palabra, sabed que nos dedicamos a los gentiles" Hechos de los Apóstoles 13,46.

Esta es una enseñanza para nosotros como evangelizados y como evangelizadores. Para nosotros como evangelizados: Cristo llega a la puerta de tu casa, toca, tiene regalos para ti, pero tú no estás, no te interesa; Cristo se va con sus regalos. Él espera, él aguarda, Él ofrece; mañana llegará con otros regalos, o el otro año llegará con otras gracias, tal vez.

¡Pero Cristo se va! Esto debemos saberlo nosotros como evangelizados y también debemos reconocer que hemos perdido muchas obras de Dios, muchas, y si nosotros los católicos no predicamos con amor, con fuerza, con unción, Cristo buscará otros caminos, para que algo de su Mensaje, algo de su camino, algo de su amor llegue a otras personas.

Nosotros, por ejemplo, sacerdotes, tenemos que pensar eso: "Si yo como sacerdote no soy el primer testigo de la fe, Cristo no se va a detener por eso, encontrará otros caminos, en últimas, el que siempre sale perdiendo es uno.

Fíjate lo que dice San Pablo: "Como no os consideráis dignos de la vida eterna" Hechos de los Apóstoles 13,46; "como eres tú el que está perdiendo, ¡pierde!" Y se fueron.

Cristo se va, Él no va a esperar indefinidamente, mañana tal vez te visitará con otras gracias, tal vez, y la obra hermosa que quería realizar contigo se quedó a medias, probablemente. Pero para nosotros como evangelizadores esto también tiene un sentido.

A veces como evangelizadores tenemos unos casos que los tomamos como casos personales: "Tengo que lograr la conversión de…a toda costa"; las tentaciones más frecuentes son que uno quiera lograr la evangelización de las personas que son afectivamente importantes para uno, sobre todo la familia.

Hay papás que creen que si no logran que los hijos se conviertan totalmente al Evangelio, no tienen nada que hacer en esta tierra; ¡no! Es probable que esos hijos se conviertan de aquí a diez, o quince años o veinte años por una persona que fue convertida por la palabra tuya.

¿Quién ha dicho que Dios tiene que seguir el camino que en principio sería más natural? Dios no está obligado a seguir ese camino.

Por eso nosotros como evangelizadores tenemos que tener al mismo tiempo la generosidad de presentar la Palabra, pero también la sabiduría de Cristo para despedirnos de ciertos casos, de ciertas personas, y como dice el refrán, -tan feo que suena en esta Iglesia-: "No quemar pólvora en gallinazos", es muy descriptivo, me perdonan el refrán que no suena bien aquí, pero es así; hay veces que "no hay que quemar pólvora en gallinazos".

"¡Listo! No aceptaron la gracia, Dios te la ofreció, te lo dijo, entonces como no te consideraste digno, no hay problema, quédate saboreando tu amargura, fue lo que tú escogiste, yo me voy a predicar". Y en este sentido, la Iglesia está llamada a vivir la misma prisa, a vivir el mismo afán de Jesucristo.

Si Cristo tiene afán, si tiene prisa, la Iglesia de Jesucristo también debe tenerla.

Porque a veces nos quedamos, insistimos y volvemos a insistir, como personas que hubieran preparado una comida: "Pero bueno, como no me la recibieron al almuerzo, vamos a darle esta vueltecita para ver si a la cena, o sino como calentado al desayuno, o como empanadas a las onces, o si no como papas rellenas al almuerzo, o si no..., hasta que se lo coman".

Y muchas veces lo que hacemos es esterilizar esos oídos.

Hay que dejar muchas veces que la gente experimente hasta el fondo su propia miseria, ¡qué vamos a hacer, no es lo que queremos, pero muchas veces toca así, hasta que se vayan al fondo, y hasta que toquen fondo, entre otras cosas, porque de ese fondo van a salir tan impulsados, que luego nos van a dar clases a nosotros.

Entonces uno, que no tiene fuerzas para sacarlos y que no se ahoguen, pero que tampoco los deja tocar fondo para que salgan, no les está haciendo ningún favor, lo que está haciendo es tenerlos ahí sumergidos y están ahogándose peor.

Hay que saber soltar a las personas en ciertos momentos. Soltarlas no significa dejar de quererlas, y desde luego, que no significa dejar de orar por ellas, pero hay que soltarlas y hay gente, incluso bautizada, que hay que soltarla.

Un caso se presentó en la Iglesia de Corinto, por allá resultó un fulano haciendo vida matrimonial con la madrastra; Pablo dijo: "Eso no se aguanta entre nosotros, ¡sáquenlo, sáquenlo!" 1 Corintios 5,11-13.

Es el primer caso certificado de una excomunión, ahí Pablo decretó la excomunión de esta persona, y dice una cosa: "Yo tengo entregado ese individuo al poder de Satanás, para que su espíritu se salve" 1 Corintios 5,4-5.

Cualquiera diría: "¿Pero cómo?" Pues sí, si no aprendió de otro modo, ¡pues bébase el cáliz espeso y asqueroso que quiso, de pronto de esa amargura saque una conclusión: "Oiga, yo como que iba para otro lado en la vida, tal vez".

Eso sí, las personas que nosotros soltamos, hay que soltarlas en las manos de Dios y acompañarlas con nuestra oración, y eso vale no sólo para la conversión, sino para muchas otras cosas que son gracia de Dios en la vida, vale concretamente, para cada carisma, para cada regalo que Dios quiera darnos.

¿Cuántas personas aprovechan los carismas que Dios les da? ¿Cuántas personas han seguido creciendo en el don de lenguas después de recibirlo? Por ejemplo, ¿cuántas han cultivado dones de sanación o de profecía que Dios les ha dado? Yo he visto gente darle la espalda a Dios teniendo una vocación de consagración al Señor.

Yo no voy a insistir infinitamente, Cristo no va a insistir infinitamente. Como no te consideras digno de la vida, me voy a predicarles a otras personas. Si te vi... No, si te vi, me acuerdo, uno siempre se acuerda de las personas, pero atención, esto es muy sutil.

Pablo dice: "Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te haré luz de los gentiles para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra" Hechos de los Apóstoles 13,47.

Cuando nosotros nos despedimos de una persona, cuando la dejamos para que toque fondo, no debe movernos solamente el despecho: "No aprendió, no supo quién era yo".

A Pablo no le movía solamente eso, le movía el amor intenso por la propagación del Evangelio hasta el extremo de la tierra.

Cuando nosotros soltamos a una persona y decimos simplemente: "Oraré por ella, pero ya no le voy a insistir más", y soltarla es soltarla, cuando eso sucede, nuestra motivación no puede ser solamente: "como me quedó grande ese caso, habrá otros que me queden a mi tamaño".

El problema aquí no es de si me quedó grande o no ese caso. Eso sería soberbia, sería pretender que es uno el que sí puede con algunos casos.

Yo conocí a un sacerdote, a quien estimo como persona no sólo muy recta y buena, sino yo diría probablemente santa, un sacerdote que atiende mucha gente, es pastor de muchas personas y que alguna vez me dijo que quería pedirme un consejo, ante lo cual me sentí como avergonzado, pues lo tengo como persona de mucha experiencia.

Y el consejo era para ver cómo se hacía para evangelizar un niño que tiene seis años y medio. Para la evangelización no hay casos fáciles ni difíciles.

Un niño puede ser un terremoto, y un pecador empedernido puede ser un caso fácil, las apariencias engañan, lo hemos dicho muchas veces, pero nunca como en esto de la evangelización. A veces la persona que estaba más lejos es la que se abre más fácil, y a veces las que están ahí a nuestro lado, cerquita, son los casos más difíciles.

De manera que si nosotros soltamos ciertos casos no es como diciendo: ¡Espere que yo me encuentre con casos del tamaño de mi entrenamiento!; no hay casos pequeños ni en principio grandes en esto, es la gracia fundamentalmente la que hace las conversiones.

Y por eso, la motivación para soltar los casos no es porque a mí me quedó grande, sino es por la conciencia de que Dios tendrá otro camino, por un lado; y por otro lado, la conciencia de que la salvación tiene que llegar hasta el extremo de la tierra.

Yo no creo que un sacerdote deba dedicarse a cultivar una parcelita, y una parcelita, hasta que esa parcelita sea el Edén, el paraíso. No, eso sería pretender que nosotros somos dueños de las vidas y sobre todo de la vida espiritual de las personas. Hay que soltar y a veces mucho, y hay que saber que la salvación tiene que llegar hasta el extremo de la tierra.

Hay una frase de nuestro fundador Santo Domingo de Guzmán, en este sentido. Decía él, como faltando uno o dos años para morir, a varios de los frailes: “En cuanto dejemos organizadas algunas cosas básicas de la Orden, nos vamos a evangelizar a los Cumanos”.

Los Cumanos eran unas tribus, unas etnias que quedaban al este de Europa, yo creo que todo evangelizador debe tener esa conciencia. No es, "voy a cultivar mi casa, mi familia hasta que cada uno sea perfecto, hasta decir, ¡ahhh, estoy rodeado de perfectos, lo hice…!"

Ni tampoco es buena idea mirar así a los frailes, por ejemplo, en mi caso: "Voy a cultivar ese convento hasta que sea maravilloso como un vivero de santidad; puede que sí, puede que no, tal vez ese no sea el querer de Dios; ni concentrarse en el grupo de oración.

Dicho de una manera positiva, lo que estoy contando es que todo evangelizador debe tener mirada larga y saber que sí, "¡aquí está esta gente que más o menos responde, pero mi corazón está donde está Cristo, en los extremos de la tierra!".

El verdadero evangelizador se conoce por eso, y de ahí brota una fuerza para superar las dificultades de la vida y los sinsabores, que indudablemente, tendrá en su casa, en su comunidad, en su grupo, en donde sea.

¡Que hay estos problemas, que esta gente no responde, ni camina para arriba ni para abajo! ¿Y quién ha dicho que esta es la única gente? La palabra nos dice: "Te haré luz de las gentes, para que seas salvación hasta el extremo de la tierra" Hechos de de los Apóstoles 13,47.

La persona que se concentra en su casita, su grupito, en su comunidad, está pecando contra el Evangelio, en cambio, el que tiene horizonte amplio, cuando los prójimos decepcionan, cosa que sucede con mucha frecuencia, sabe que hay un camino por recorrer, una vía para seguir.

A la persona que recorta el mundo, que dice: "Este pedacito será toda mi existencia", le pasa lo mismo que el niño que se pone una bolsa de plástico en la cabeza, se le acabará el oxígeno de su poquito de plástico y se ahogará, y muchos evangelizadores podríamos diagnosticarlos, tomarles el pulso, peso, estatura, diagnóstico, a ojo.

¡Usted lo que está es ahogado, de estar viendo las mismas personas, tratando los mismos problemas y tratando de que la misma gente dé los pasos que usted da por indispensables! ¡Usted lo que tiene es ahogo, salga, respire, tome aire, vea otras perspectivas, ofrezca su oración, sus ayunos por otras causas, no se encierre en su comunidad, en su grupito; el Evangelio es amplio, muy grande, y hay que tener horizonte amplio!

Como ya hemos comentado en otras ocasiones, ¡Cuántas veces sucedió en los Hechos de los Apóstoles que una persecución se convirtió en un mandato de evangelización, cuántas veces que a uno no lo aceptan en un lugar, lo que Cristo quiere decir es que nos necesita en otro lugar!, es que Cristo tiene sus maneras de hacer las asignaciones.

Nosotros los religiosos recibimos de nuestros superiores lo que se llama asignaciones, son esas obediencias con las que nos dicen: "Tú vas a tener este trabajo", "tú vas a estar en este convento". Pues a mí me parece que Cristo también tiene asignaciones y Cristo en sus asignaciones tiene métodos, uno de ellos es: "Este no es tu sitio, tu sitio es otro".

Pero ¿cuál es la señal de que sí se trata realmente de la voluntad de Cristo? La tenemos aquí: "Los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor" Hechos de los Apóstoles 13,48; "los discípulos, dice al final, quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo" Hechos de los Apóstoles 13,52.

Si tú dices: "En esta porquería de comunidad nadie me supo valorar, me voy para otra parte donde sí sepan quién soy yo, hasta luego". Una persona que se va así, con esa amargura en el alma, no está cumpliendo con el mandato de evangelizar; la clave está en la alegría que da el Espíritu Santo y esta es la última de las pistas que quiero compartir con ustedes.

¡La alegría! La evangelización es un proceso alegre, no es un proceso trivial, no es superficial, pero sí es alegre, y si esta falta, algo grave está faltando.

Les cuento una cosa, yo he tenido ocasión de tratar multitud de vocaciones de hombres y mujeres y particularmente lo que tiene que ver con religiosos y religiosas, que son lo que he tenido más cerca, hay una cosa que no falla, si una persona no tiene alegría, se saldrá, claudicará, o si lo quieres decir de otro modo, se largará.

La alegría es importante, no la alegría trivial de la comodidad que se recibe, no la alegría egoísta de sentirse siempre aceptado, siempre comprendido, siempre consentido, no esa alegría, sino la de sentir, de palpar la bondad y la gracia de Dios.

El verdadero evangelizador, vive, respira, pregona y difunde esa alegría, pero si le falta, es mejor que se vaya. En el convento donde yo estoy, que es precisamente casa de formación de dominicos, este ha sido un indicativo muy interesante.

Cuando es necesario discernir sobre ciertas vocaciones, conversar sobre si esta persona podría dar el siguiente paso o no, una cosa que nos ha iluminado, lo digo por mí, es esta: ¿esta persona cómo anda con respecto a la alegría? ¿Qué clase de alegrías tiene? ¿Qué le alegra? ¿Cuánto le dura la alegría?

Es una cosa interesante, el evangelizador respira la alegría, no la superficialidad, no la trivialidad, no el chiste por sí sólo, pero sí el gozo, la alegría de la redención.

De estas palabras, mis hermanos, y de aquello que el Espíritu regale a cada uno de ustedes, podemos comprender un poco mejor cuál es la obra del Evangelio, sobre todo para recibirlo más en nosotros, pero también para ser instrumentos más útiles de su propagación en todo el mundo.

Así lo conceda Dios para alabanza de su gloria.

Amén.