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La primera lectura del día de hoy está tomada del capítulo trece de los Hechos de los Apóstoles, contiene una segunda porción del discurso de San Pablo en la sinagoga de Antioquia de Pisidia (actual Turquía), allí el Apóstol Pablo después de hacer un recuento de las promesas que Dios había hecho a nuestros padres en el Antiguo Testamento, da un paso más y dice que esas promesas se cumplen en Cristo, concretamente que se cumplen a través de la resurrección de Cristo; creo que esta es una afirmación que no resultó tan fácil de recibir para aquellos hombres, descubrir de qué manera se cumplen las promesas de Dios, en la resurrección de Jesucristo no es algo tan obvio.
En qué estarían pensando ellos cuando se hablaba de las promesas de Dios, seguramente estaban pensando en las promesas que Dios le hizo a Abraham, le prometió una tierra, le prometió un hijo, precisamente esa descendencia y por eso vino después Isaac y le prometió también una relación especial con Él, una relación especial con Abraham, “Yo te bendeciré” (Gn 12,2). Bueno esta última parte de lo que le dice Dios a Abraham tiene mucho que ver con la resurrección de Cristo, porque efectivamente el resucitado dice a los apóstoles: “Id a evangelizar a todas las naciones”. (Mt 28,19). Hay una ola maravillosa de bendición que llega a los distintos pueblos. Pero la otra parte de la tierra y la descendencia no es tan fácil de digerir, excepto cuando uno empieza a darse cuenta que el modo de descendencia no iba a ser necesariamente a través de la carne y la sangre, de hecho Abraham entra en una relación peculiar en una relación única con Dios, claramente no por la carne y la sangre sino por la fe, este es un hecho que destaca mucho el Apóstol San Pablo en la carta a los Gálatas, que el primero que tiene una relación única con Dios es Abraham y no la tiene en relación de la circuncisión, ni de la carne, ni de la sangre, sino en la relación de la fe; entonces el principio imperativo que introdujo Abraham en esa unión y en esa alianza con Dios fue la fe y ese principio operativo que supone una donación y entrega completa de Abraham al plan de Dios, esa fe, no se ha agotado porque Abraham haya tenido fe, por supuesto que no, quiere decir que nosotros hemos sido llamados a participar también de esa misma riqueza, y según el argumento de San Pablo que es que los cristianos creemos es a través de esa donación de fe, es a través de ese regalo de fe como se multiplica, la descendencia de Abraham, porque la descendencia según la carne y la sangre es numéricamente muy pequeña, entonces la gran descendencia de Abraham no viene únicamente por engendrar hijos, la gran descendencia de Abraham viene por acoger en fe el amor de Dios que ciertamente se ha manifestado en la cruz y la resurrección de Cristo, Es decir, que en Cristo se cumple el tema de la descendencia pero se cumple de un modo que era inesperado que no era fácil de comprender, que no era obvio.
Lo mismo sucede con el tema de la tierra, porque lo primero que tenían que pensar aquellos judíos, es que se trataba simplemente los kilómetros cuadrados donde hoy está Israel, pero resulta que esa tierra nueva que Dios le da a Abraham es la que tiene que ver con la renovación de todas las cosas, porque nosotros rompimos nuestra relación con el universo material, con el mundo físico, rompimos esa relación en el orden que Dios había querido a través del pecado, cuando llega Cristo como Señor de nuestras vidas, se recompone, restaura, reconstruye esa relación en las proporciones que Dios quiere. Es decir, que se cumple esa promesa sobre la tierra, pero se cumple de una manera que no estaba esperando el judaísmo.
Estas reflexiones hay que hacerlas para descubrir lo que estaba palpitando en el corazón de San Pablo, pero sobre todo para descubrir como en su infinita sabiduría Dios si iba realmente conduciendo a su pueblo e iba conduciendo a todos los pueblos de la tierra para que a los pies de Cristo y en el corazón de Cristo pudiéramos reconocernos todos hermanos y deudores de un mismo amor.