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De Wiki de FrayNelson
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La primera lectura de hoy, está tomada del capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles. Es una de las imágenes más bellas de la primera comunidad cristiana: hay crecimiento en la fe; hay solicitud y generosidad por parte de los pastores, es decir, los apóstoles; hay docilidad y hay obediencia por parte de los fieles; hay trabajo misionero; hay crecimiento en la santidad; hay generoso compartir de bienes (Hch 4, 32-37). Este cuadro ha permanecido, a lo largo de los siglos, como una especie de imagen de lo que la Iglesia misma debe ser: un lugar de acogida, fraternidad, perdón, misericordia, crecimiento, unidad, labor misionera, entrega confiada. Eso es lo que la Iglesia está llamada a ser. Los grandes santos han comprendido que esta, precisamente, es la vocación de la Iglesia; esto es lo que la Iglesia fundada en el amor de Cristo, y alimentada por la fuerza del Espíritu, ha de llegar a ser. Eso también significa que en sus diversos esfuerzos, iniciativas, muchos santos han querido acercarse a este ideal: el ideal de los apóstoles, el ideal de estas comunidades tan bellas, tan unidas, que aparecen en los Hechos de los Apóstoles. Así por ejemplo, no cabe duda que cuando San Agustín se convierte, y desea compartir vida cristiana con otros en un estilo de monasterio, lo que está buscando es esto que aparece aquí, este compartir a partir del regalo de la fe en Cristo; desde el tesoro que es tener a Cristo en común, llegar a ser hermanos. Encontramos en San Francisco, en Santo Domingo, en San Ignacio… ideales parecidos: una comunidad desprendida de los ídolos de este mundo, compacta en un mismo amor y en un mismo ideal, deseosa de compartir con los demás la buena noticia; esa es la Iglesia, ese es el ideal.

También hay movimientos laicales que se han inspirado en este mismo estilo; en nuestros días, después del Concilio Vaticano II, muchos han buscado estilos de vida que correspondan un poco más de cerca, con lo que nos describe aquí la Sagrada Escritura. Así por ejemplo, se ha hablado de comunidades eclesiales de base, que a través del compartir de la Palabra de Dios, a través de la conciencia de las necesidades comunes, y a través de la Oración y el Estudio, buscan vivir este ideal de fraternidad, y ser testigos de que la humanidad no está condenada a repetir patrones de egoísmo y de codicia. Se ha hablado, también, del movimiento carismático, del camino neocatecumenal, y muchas otras experiencias, donde se utilizan, por ejemplo, palabras como “Koinonía”, una Koinonía, una comunidad de amor, una comunidad de fe.

Hay un llamado muy profundo en el corazón humano, y es bueno recordar esto, porque nosotros no debemos renunciar a lo mejor de nuestros sueños. Ciertamente, necesitaremos sabiduría, realismo, prudencia; ciertamente, necesitaremos una gran capacidad de aceptación, de renuncia de sí mismos, de dar un paso más; pero, aún en medio de las limitaciones que tienen estos distintos esfuerzos, hay un mensaje común que no debemos dejar perder; y ese mensaje es que estamos hechos para vivir en verdadera comunión, estamos hechos para vivir en verdadera comunidad, y el único que puede convocarnos así, es precisamente Jesucristo; el Cristo Resucitado, con la Gracia de su Espíritu, es el único que puede llevarnos a esa verdadera comunión, es el único que puede construir verdadera comunidad. Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, dijo de una manera muy bella, que el secreto de toda comunidad, se llama “Jesús en medio”. Si Él está entre nosotros, llegamos a ser comunidad; si nos une, o si pretendemos unirnos por otro motivo, terminamos finalmente fracturándonos y, seguramente, hiriéndonos unos a otros. Que Cristo reine en medio de nosotros, y que este ideal, siempre altísimo, siempre superior, en cierta forma, a nuestras capacidades, esté en lo profundo de nuestro corazón, porque hasta allá quiere llevarnos el Señor.