O312001a
Fecha: 20021105
Título: ¿Por que Cristo es la buena noticia para los pobres y excluidos?
Original en audio: 6 min. 40 seg.
Hermanos:
En más de una ocasión nos hemos referido a ese precioso himno que San Pablo nos regala en la primera lectura del día hoy. Es el himno de de la humildad y de la humillación de Cristo. Es el himno del abajamiento, del anonadamiento del Señor. Aquel que no rehusó el suplicio, incluso suplicio de cruz, muerte en cruz.
Ese acto de amor de Jesús se hace especialmente presente con aquello que nos dice el evangelio, y esa es la parte en la que quisiera insistir en esta breve reflexión.
Porque cuando uno piensa en la humillación de Cristo, cuando uno piensa en el abajamiento de Cristo, siente admiración por Él y siente gratitud por lo que Él hizo por nosotros. Ahora bien, esa admiración y esa gratitud tienen que traducirse en algo muy nuevo, en algo muy especial, según el evangelio.
El evangelio nos habla de un banquete, y nos cuenta cuáles son los invitados finales para este banquete. Porque los invitados originales, la gente sana, de buena familia y de buenos recursos, estaba tan ocupada en sus cosas, que no tenía tiempo para atender la invitación de Dios. Los invitados finales al banquete son los humillados, son los despreciados, son los abajados.
Unamos entonces las dos lecturas: en la Carta de San Pablo a los Filipenses se nos presenta a Cristo como el humillado, como el abajado; y en el evangelio se presentan los invitados al banquete de Cristo como aquellos despreciados, aquellos que son humillados, aquellos que son abajados.
Yo no puedo quedarme en la admiración al misterio de la humillación de Cristo sin la evangelización, sin el anuncio de la Buena Noticia a aquellos que son como Cristo, y esto es muy profundo, porque entonces entendemos por qué son dichosos los pobres, y entonces entendemos por qué Jesús dice que "ha sido enviado para dar la Buena Noticia a los pobres" San Lucas 4,18.
Ahora lo entendemos porque nos damos cuenta de cómo este Cristo viene de modo particular a tomar sobre sí mismo el destino, la vida, el dolor y también la esperanza de todos esos que no suelen importar, todos esos que no suelen interesarnos. Y por eso tenemos una buena noticia para ellos, y la buena noticia no es otra sino el mismo Cristo.
Tengo una buena noticia para ti: "Tú que estás o que has sido excluido, tú que pareces no importarle a nadie, eres tan importante para Dios, eres tan importante en Jesús; Él ha tomado tu vida, Él toma tu existencia, Él toma tu dolor y construye contigo esperanza.
De modo que el agradecimiento a Jesús por su humillación, se convierte en una fuerza que nos lleva a proclamar la Buena Noticia a los pobres, como Jesús. Proclamarla como la proclamó Jesús, y proclamar la Buena Noticia a los pobres, como se hizo pobre Jesús.
Hermanos, esto tiene todavía otra consecuencia. ¿Si nosotros no somos de ese grupo de los excluidos por destino o por opción, hay lugar para nosotros en el banquete? ¿Si nosotros no somos parte de los excluidos, de los marginados de los despreciados por opción o por destino, entonces somos dignos de evangelizar?
Estas palabras no las invento yo, estas palabras las dice el mismo Cristo cuando allá en ese texto de las Bienaventuranzas llega a afirmar: "Dichosos Ustedes cuando hablen mal de ustedes, cuando los excluyan, cuando proscriban su nombre como despreciable por mi causa" San Mateo 5,11.
Realmente, hay que participar del destino de Cristo, y hay que participar del destino de los excluidos. Y también dice Cristo: "¡Ay de ustedes cuando todos hablen bien de ustedes!" San Lucas 6,26.
De manera que este evangelio del banquete para los excluidos, cuando lo comparamos con el misterio de la redención, el misterio de la salvación en la Cruz de Cristo, tiene muchísima fuerza, tiene muchísimo impacto en nosotros.
¿Quiénes somos? ¿Qué queremos ser en Cristo? ¿Cómo queremos anunciar su Evangelio? ¿Y a quiénes queremos darles esta Buena Noticia?
Que Dios el Señor transforme nuestra vida; que Dios el Señor cambie tantos criterios nuestros y que nos abra al desafío incomparable de la Cruz y del Evangelio del Señor.