O295002a
Fecha: 20001027
Título: Aprende a mirar
Original en audio: 23 min. 54 seg.
Es un gran ejercicio buscar el hilo conductor en las lecturas de la Misa. A veces es bastante obvio, otras veces no resulta tan fácil.
Yo creo que la de hoy no está tan sencilla, no es tan fácil. Pero sin forzar las palabras, sí hay cosas que podemos decir, y yo creo que Dios nos ha traído aquí para darnos de su Pan Dulce, de su Alimento Nutritivo, de su Fuerza Poderosa, de su Vida Incomparable.
No es un accidente que estemos aquí, es Él quien nos ha traído y Él nos quiere alimentar. Como dice aquel libro sapiencial: "Venid todos a comer del banquete que he preparado, del vino que he reservado para ustedes" Proverbios 9,5, así también, Dios, tiene reservados para nosotros sus alimentos; somos sus invitados y queremos recibir de Él.
A ver, ¿de qué nos habla Pablo? Nos habla de una vocación, nos habla de un llamado, un llamado que tiene su comienzo en esta tierra, pero que tiene su plenitud más allá de las cosas de esta tierra.
Pablo nos invita a mirar, podríamos decir, hacia adelante y hacia arriba; hacia el futuro y hacia la eternidad; a descubrir la grandeza de lo que Dios ha hecho por nosotros como preludio de lo que quiere hacer con nosotros, a que sintamos la nobleza y la hermosura de la vida nueva que Dios nos ha dado.
Y por eso, nos invita a conformar un solo cuerpo y un solo espíritu, a unirnos en ese llamado. Lo que nos hace uno no son nuestros intereses, sino el interés de Dios; los intereses nuestros tienden cada uno por su parte; el interés de Dios nos unifica; en Dios podemos llegar a ser uno.
Esto tiene ya aplicaciones prácticas y sellos inmediatos; pensemos, por ejemplo, en una comunidad religiosa. Yo me asombro con mis hermanos cómo somos tan distintos en nuestras historias, temperamentos, gustos; somos tan distintos, pero en la medida en que Dios está viviendo en nosotros, nos vamos volviendo uno.
Lo mismo pienso en un matrimonio; el matrimonio también está llamado a una unidad en Jesucristo, por eso decía Antoine de Saint-Exúpery que "el verdadero amor no es mirarse el uno al otro, sino el mirar juntos en la misma dirección"; ahí está el verdadero amor, y nosotros los cristianos tenemos una misma dirección.
Pablo nos invita: "Mira más adelante, mira más arriba". Fíjese usted que los matrimonios se acaban cuando empiezan a mirarse demasiado el uno al otro, ¿por qué? Porque de tanto mirar a una persona, asusta: "¿Usted quién es? ¿Usted qué es lo que me mira? Así termina uno por asustarse.
Hay gente que, claro, asusta más rápido que otra; pero la unidad está en recuperar la mirada hacia adelante y hacia arriba; una vocación para llegar a ser uno. Eso nos ha contado la primera lectura.
El evangelio también nos invita a mirar. Lo que sucede es que es un lenguaje un poco críptico que tendremos, con la ayuda del Espíritu Santo, que desencriptar.
Cristo nos dice: "Hay señales en el clima, y esas las sabemos discernir, pero hay señales a nuestro alrededor y no la podemos reconocer" San Lucas 12,56.
Siempre me ha llamado la atención esa palabra tan dura que Cristo dice en esta ocasión, dice: "Hipócritas" San Lucas 12,56. Yo, realmente, no termino de entender por qué dice aquí "hipócritas" San Lucas 12,56, porque uno tiene la idea que hipócrita es aquel que aparenta lo que no es. Tal vez se trate de eso.
"Ustedes, ¿por qué aparentan tanto de sabios, y que saben para dónde va la economía, saben dónde hay que poner la plata, saben cuándo hay que comprar y cúándo hay que vender, saben cómo mejorarse el cuerpo, cómo crecer en la inteligencia, saben cómo divertirse? ustedes saben muchas cosas, pero no saben lo principal, ¿puede llamarse sabiduría lo que ustedes tienen?"
Parece que por ahí va el reproche de Jesús. Pero yo no quiero hoy centrarme en el reproche, sino quiero centrarme en esa expresión que le gustaba tanto al Papa Juan XXIII, la expresión, mire: "¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?" San Lucas 12,56.
En castellano, lo mismo que otras lenguas, la palabra "tiempo" se puede referir a la secuencia de los instantes, lo que genera la historia, o se puede entender también del clima, lo que rodea; aquí es como eso lo que se está diciendo: "Sabes interpretar el tiempo, el tiempo de las nubes, el tiempo de las lluvias, y no sabes leer tu tiempo.
Fíjate, entonces, cómo Jesús nos invita a hacer de lo que nos rodea como un libro, y a leer en ese libro: "¿Sabes leer lo que te rodea?" ¡Buena pregunta!
Pablo nos estaba invitando a mirar hacia adelante y a mirar hacia arriba; Jesús nos invita a mirar entorno. Parece que lo que va uniendo las lecturas es: mirar, saber mirar, aprender a leer. ¿Entiendes lo que está sucediendo? ¿Entiendes lo que te rodea? ¿Entiendes el tiempo, el tiempo que está entorno tuyo? ¿Puedes leer tus circunstancias? Creo que va por ahí.
Y luego dice,-vamos a ver si estamos en lo correcto-, viene una palabra también un poco difícil: "Cuando te dirijes al tribunal, haz lo posible para llegar a un acuerdo con él mientras vais de camino" San Lucas 12,58.
Ahí, ¿a qué se refiere Cristo? ¿Se refiere al caso en que yo tengo la razón y el otro está equivocado? ¿Se refiere a eso? ¿Se refiere al caso en el que ambos nos hicimos daño y tenemos que perdonarnos mutuamente?
¿A qué se refiere Cristo cuando dice: "Mientras vas de camino, trata de ponerte de acuerdo con el que está de pelea contigo, antes de que lleguen al tribunal, no sea que en el tribunal te vaya mal"? San Lucas 12,58.
Bueno, yo no estoy seguro de que mi interpretación sea ni la más perfecta, ni la más verdadera, ni la más profunda, pero yo les comparto lo que he podido encontrar, creo que es ese el oficio que a mí me corresponde.
Lo que yo he podido encontrar es esto que me gusta mucho: mientras tú vas de camino hacia el tribunal, ¿tú qué piensas? ¿Qué es lo normal que uno piense cuando uno va a un pleito? Uno piensa que uno tiene la razón, si no, uno no iría al tribunal; uno va al tribunal porque uno piensa que uno tiene la razón, es decir, uno va al tribunal pensando: "Se va a fallar a mi favor", y Cristo dice:" Bueno, ¿y qué tal que se fallara en contra tuya?"
Entonces, Cristo nos invita a entrar en un diálogo, a entrar en una concertación, a entrar en un acuerdo con el que está poniéndome pleito; ahí Cristo no dice de parte de quién está la culpa; la enseñanza de Nuestro Señor no es:" Para con las casos en que seas inocente, haz esto; para los casos en que seas culpable, haz esto".
Cristo lo que dice es: "Intenta ponerte de acuerdo con el que está de pelea contigo, mientras vas al tribunal" San Lucas 12,58.
Entonces, el análisis que yo hago, porque creo que así me ha ayudado el Espíritu Santo, es este: cuando uno va al tribunal, uno cree que uno tiene la razón, y uno cree: "El tribunal va a fallar a mi favor".
Cristo dice: "-¿Intentaste ponerte de acuerdo con él?" Imaginémonos a alguien que responde: "-No". Cristo le pregunta: "-¿Por qué?" El otro responde: "-Porque yo tengo la razón", y el otro tiene toda la equivocación. No vale la pena hablar con él.
"-¿Intentaste ponerte de acuerdo?" "-No, porque yo soy totalmente inocente, y él es totalmente culpable"; ahí no hay nada que hablar; y Cristo dice: "-¿Y tú, por qué estás tan seguro de que estás tan completamente inocente? ¿Por qué estás tan convencido de eso? "¿Qué tal que fuera al revés, qué tal que el culpable fueras tú?"
Cristo, evidentemente, quiere infundir en nosotros una duda sana, quiere enseñarnos a dudar de esa inocencia con la que nosotros nos pretendemos presentar.
Antes de seguir cpor esta línea argumentativa que es interesantísima, tratemos de asociar esto con otros cosos, por ejemplo, -todos mis ejemplos son de la familia y de la pareja-, por ejemplo, con la pareja: cuando una pareja va adonde un consejero, va como ante el tribunal.
¿Y qué va pensando cada uno? Que el otro está totalmente equivocado, el otro está totalmente errado, y yo estoy totalmente correcto, "yo soy perfectamente inocente, y él es absolutamente culpable, por consiguiente, yo soy la víctima y ese ser, vamos a darle ese nombre porque hay que respetarlo, ese ser es el culpable, ese ser dotado de inteligencia, es el culpable y yo soy el inocente".
¿Qué pasa cuando una persona se considera inocente? Cuando una persona se considera inocente sucede algo espantoso: deja de ver, deja de oír; eso yo lo he comprobado una y mil veces. En primer lugar, en mí, que soy un iluso, pecador, pero encima de pecador, iluso.
Catalina de Siena decía: "Yo no soy nada, con pecado encima". En cambio, yo soy nada, con pecado y con ilusíón encima.
Entonces, la persona que se considera inocente, ¿qué hace? Ya no necesita más pruebas. ¿Cuál es el dicho de los inocentes?: "No más preguntas, ya quedó todo claro; no más preguntas, está claro".
Es decir, el que se considera inocente deja de oír: "No me hable más, está claro que usted está culpable, váyase cuanto antes a su infierno, váyase", ¿qué hacemos? Le corresponde pudrirse", váyase, púdrase.
Y a mí me corresponde quedar limpio, libre y sano"; no tengo nada qué hablar, no hay nada qué hablar". El inocente no tiene nada qué hablar, no tiene nada qué escuchar y no tiene nada qué ver.
Luego, este evangelio, ¿qué quiere? Que uno no se crea inocente, que uno no se considere inocente; que uno entre en lo que los autores espirituales llaman: "la sana desconfianza de uno mismo".
En todos los colegios, especialmente en los colegios bilingües, por ejemplo que quedan cerca de este convento, hacen énfasis en la autoestima: "A usted tiene que crecerle la autoestima", debe tener una gran autoestima". ¡Y aquí hay una gente de una autoestima impresionante!
Cristo quiere que uno sepa tener alta la autoestima, pero también que sepa tener una sana desconfianza de sí mismo, porque es que la autoestima va unida a la confianza en uno.
Dicen, -eso como que fue cierto-, que aquel ministro británico, quizá el más famoso del siglo XX, Winston Churchill, fue a dar una conferencia en una universidad en Estados Unidos, toda la conferencia de Winston Churchill estuvo en unas pocas palabra:"¡Nunca te rindas! ¡Nunca te rindas! ¡Nunca te rindas!", y se bajó; eso era todo lo que tenía que decir.
Claro, obviamente así pasó a la historia, si hubiera echado un discurso largo, como los que echan todos los secretarios de la OEA, y todos los presidentes, y todos los ministros, nadie se acordaría.
Pero como apenas se paró allá, y dijo, con perfecto acento británico, les voy a decir cómo fue más o menos: "Never give up", como dijo con perfecto acento, claro, todo el mundo se grabó ese discurso, el discurso de las nueve palabras en inglés.
Ese es un gran discurso para que uno adquiera confianza en sí mismo: "¡Nunca te rindas!" Pero pensemos que ese discurso lo aplicara, por ejemplo un terrorista; el terrorista quiere poner otra bomba en el Centro de la Noventa y tres, por el otro lado, pero duda un poco, porque piensa: "Hombre, eso siempre es complicado, eso de estallar bebés, es complicado".
Y el hombre duda, pero entonces se acuerda: "Debo tener confianza en mí mismo, nunca un paso atrás, siempre adelante, nunca atrás, siempre adelante, nunca atrás...", pone su bomba y la estalla.
O sea que "nunca te rindas", no es un gran discurso, sirve para pasar a la historia, pero puede ser: "obstínate en tu cretinada"; "nunca te rindas" puede ser un gran consejo, o "nunca te rindas" puede ser el peor de los consejos.
De manera que descanse en su tumba Winston Churchill, pero no estoy de acuerdo con su discurso, porque me parece que sirve para lo bueno o para lo malo.
Lo de Cristo es exactamente la otra versión; Cristo es como si dijera: "¡Hey!, antes de llegar a ese tribunal, ¿sí miraste bien? ¿oíste bien todo lo que tenías que oír? ¿Pusiste a prueba tu modelo? ¿Cuestionaste tu teoría? ¿Estás tan seguro de todo lo que dices? Una sana desconfianza, ¿para qué? ¿Para que uno llegue inseguro?
Los abogados lo preparan a uno, ¿no? Cuando uno va para una audiencia, -a mí me ha tocado ir a audiencias-, entonces los abogados lo preparan a uno.
Entonces le dice a uno el abogado: "Usted no titubée, usted tiene que decir lo que tiene que decir, y si el primer día dijo que había amanecido no el sol sino la luna, hasta el último momento tiene que decir: "Fue la luna, fue la luna y fue la luna", ¿ve? Así funcionan los tribunales de este mundo.
Cristo nos enseña una duda que no es por meterle a uno inseguridad; no es la duda de la inseguridad, es la duda del que quiere ver más, es la duda del que sabe que la verdad no se agota en lo alcanzaron a ver sus ojos, es la duda del que sabe que los ojos que tiene no son perfectos.
En el libro de los Números, ustedes pueden buscar, me parece que es por la altura del capítulo venticuatro, una cosa así, ustedes pueden buscar un episodio simpatiquísimo, el famoso episodio de una especie de brujo o de shamán.
Era un señor ahí todo raro, que era el que tenía como visiones, tenía como oráculos, recibía como palabras. Entonces a este señor lo contrataron, él era brujo propiamente-, entonces lo contrataron para que le echara una maldición, pero, como dicen en la Costa Atlantica comlombiana: "Raca mandaca", una maldición de "raca mandaca" al pueblo de Israel.
Entonces Balac se llamaba el rey que quería que le cayera esa maldición al pueblo de Israel, y este señor extraño, se llamaba Balam; Balac, el rey, Balam, el rarófono este.
Entonces llevaron a Balam, ¿para qué? Para que maldijera las tribus de Israel, y lo subieron por allá a un monte, y se veía Israel que iba peregrinando por el desierto, y empieza Balam su oráculo: "Oráculo de Balam, el hombre de los ojos perfectos, que contempla visiones con los ojos abiertos" Números 24,15, y no sé.
O sea, que él empezaba haciendo el elogio de todo lo que él veía; hacía un canto a sus ojos: "mis ojos que lo ven todo, mis ojos perfectos, mis ojos..." Números 24,15, no sé qué. Cuando ya había acabado de hablar de sus ojos, ahí sí ya decía el oráculo.
Cristo lo que quiere es exactamente lo contrario de lo que hacía este brujo, este pagano: "No empieces por elogiar tu mirada, no empieces por ahí, tus ojos también se equivocan, tu mirada también falla; siempre tienes algo que aprender. Y Aún en la versión del peor de tus enemigos, quizá podrías aprender algo" ¡Es una actitud tan grande!
Entonces vamos descubriendo que el nexo que une a las dos lecturas de hoy se llama: mirar, mirar. Pablo nos dice: "No te quedes sólo mirando tus pies, tu presente, tu ya; levanta, mira al frente, mira adelante, mira todo lo que está por venir; mira arriba, adelante y arriba; mira, descubre sobre tus ojos a la maravillosa vocación que has recibido".
Y Cristo nos dice: "Mira, mira entorno, aprende a leer tu vida, entiende el sentido de lo que te está pasando y desconfía de lo que ya has visto, no en la desconfianza de la inseguridad, -yo quisiera tener la certeza de que me estoy explicando-, no es la desconfianza de la inseguridad, es la desconfianza del que sabe que la verdad es infinita, y que siempre se puede completar y que siempre se puede perfeccionar.
Por eso, hoy podemos resumir el mensaje: mira más adelante, mira más arriba, mira más entorno y mira más profundo; descubre, en esa mirada progresiva, en esa mirada atenta, en esa mirada humilde.
Mire, tan bello que nos dijo San pablo, -¡cuánto queremos a San Pablo, bendita su memoria!- Mire lo que nos dijo: "Sed siempre humildes, amables, comprensivos; humildes, amables, comprensivos; humildes, amables y comprensivos" Carta a los Efesios 4,2. Los ojos humildes ven más.
Balam, empezaba: "Yo que veo todo perfectamente", ¿qué tal? Como quien dice: "Tengo la versión definitiva; la verssión definitiva la tiene sólo Dios, sólo Dios.
"Humilde, amable, comprensivo" Carta a los Efesios 4,2, el que busca la unidad. Nunca será medida de sabiduría condenar a nadie, nunca. Condenar a alguien es perder una posibilidad de verdad. A lo sumo, tenemos que reconocer que hay cosas que son inaceptables de nuestro prójimo, de acuerdo.
El pecado evidente y patente lo tenemos que rechazar, de acuerdo, pero es que en todas partes, también en ése que comete ese pecado, hay un algo; no lo pierdas. El que sepa tener esa mirada, el que sepa descubrir eso, puede aproximarse al que sí tiene los ojos perfectos, a Jesucristo; ese sí puede encontrar lo que ve Cristo.
¿Y sabe por qué esto es tan hermoso y tan importante? Porque resulta que si Cristo no hubiera tenido esa mirada, esa mirada capaz de sacar la verdad del medio del fango; si Cristo no hubiera tenido esa mirada, nunca te hubiera mirado a ti, y nunca me hubiera mirado a mí.
A ti te rescató una mirada que supo ver, en medio de todas las locuras de tu vida, en medio de todas las tonterías cometidas o por cometer, supo encontrar una posibilidad de bien.
Lo que Cristo te pide ahora es que tú tengas esa misma mirada; que con esas misma mirada te acerques al que te hace pleito; que con esa misma mirada te acerques al que te enferma, al que te hiere.
Tú no la puedes tener, de acuerdo, pero es que tú tampoco tenías una mirada así para contigo mismo, pero Cristo sí la tenía, y la mirada de Cristo te rescató. Una mirada así sobre ti te puede rescatar, y una mirada así sobre tu hermano lo puede rescatar.
Y dice la Carta de Santiago: "El que convierte a un pecador de su mala conducta, cubre la multitud de sus pecados" Carta de Santiago 5,19. A nadie condenemos, a nadie, a nadie.
Vamos a pedir misericordia para todos; comprensión y perdón para todos; conversión para todos, y que nuestros ojos puedan ser bendecidos con la luz de Dios, porque parece que el gran mensaje de hoy es: "Mira, aprende a mirar".